Tres poemas de mi autoría se publican en el jornal de poesía Ariel Chart, curado por Mark Antony Rossi. Los poemas son  "elon", "matter and decay" y "desolation like sushi".

"elon" en realidad surgió como un post en Facebook.



elon


Elon Musk says that, if given the green light, he can power Puerto Rico.

-Headline on Market Watch, October 6, 2017.


Elon Musk,
you have the green light

the blue light
the moonlight
our sunlight
my flashlight

my Medalla Light
and that’s not to be taken lightly


Original post:
http://arielchart.blogspot.com/2017/10/urgent-poems-for-humanitarian-crisis.html




Publicado originalmente en Nagari
Afuera, la tierra quemada de sed no tiene color con el cual presumir de vida. El cielo de peltre cuela el viento como una cafetera. Hay un puerto calcinado, digo cuando pienso en mi país, cuyo nombre, hoy, padece de antilogía. Mi gata premia la tristeza que se ve desde mi ventana y me trae un pájaro muerto. Alguna poesía puede ser así. Un hueso roído que fosforece en otro plato. Sobre todo, en este momento después en que, Entonces, a mi lado, el Chinatown a toda hora y otros poemas (Valparaíso México, 2017) de Andrea Cote-Botero. La necesidad es terrible. 24/7. Como la poesía de Andrea, necesaria.
El tomo de poemas lo comprenden tres libros, Puerto calcinado (2003), La ruina que nombro(2015) y el libro objeto Chinatown a toda hora. El libro, como su autora, peregrina desde Barrancabermeja, en la provincia de Santander, Colombia, a la ciudad de Nueva York, pasando por las geografías que el tiempo no desbanca, como lo es el territorio interior. Los poemas de Puerto calcinado se contornan por la topografía de la infancia. Las hablantes son voces habitadas desde diversos tiempos a veces; otras, parecería tratarse de un desdoblamiento de la voz lírica. «También acuérdate, María», inicia el poema «La merienda» que abre el conjunto. Una elipsis argumental. También, dice. Añadido a lo anteriormente nombrado, que el lector nunca escucha. «También acuérdate, María,/ de las cuatro de la tarde/en nuestro puerto calcinado./ Nuestro puerto/ que era más bien una hoguera calcinada» («La merienda»). Hay una deserción implícita de la cual la memoria no deberá (¿no podrá?) escapar. Ese puerto existe. Es el puerto de la niñez. Timbra un matiz de Blanca Varela, cuya obra, Andrea Cote conoce bien.
La palabra se dice para romper el silencio y en su movimiento, abre un agujero en el aliento. La voz del poema «La merienda» parece hilar la conciencia de Puerto calcinado, en tanto reverbera en poemas como «Llanto», «Noche en ti» y «Siembra triste», donde el enunciante poético, de algún modo, anticipa el dolor que acarrean las partidas y los abandonos. Las orfandades no tienen que ser siempre biológicas. Las derivas también son autoinfligidas. Más que una instancia dialéctica del universo de Blake (inocencia + experiencia = síntesis de vida), Cote Botero supera en partes iguales al designio racional y el empirismo romántico –decir concepto e intuición, o conciencia e inconsciente- y los amasa en imagen poética. Así, el puerto calcinado también es un puerto desecado, o jardín de la sequía donde el silencio son treinta y dos ataúdes («Casa de piedra»).
La muerte es un florero bermejo barranca abajo, mientras lo miramos con todo el fragor del silencio. La muerte es el gajo mayor de la violencia sobre la cual estos poemas buscan abrirse. El puerto es la frontera del río. La ceniza del agua. El río corre y se hunde en la tierra. «Hace parte de las cosas que cuando se están yendo, parece que se quedan» («Puerto calcinado»).
El fuego consume y nada es casual. Confiere un imaginario propio. Cuando Bachelard concibe la imaginación como energía de metáforas que nutre el espíritu poético, o «la fuerza misma de la producción psíquica», sabemos que el fuego no solo destruye, sino que también pesa como luz. La luz es recordar, avivar la memoria. Esto es Puerto calcinado, un fuego íntimo y universal. Como en Novalis, el fuego implica amor- un amor al entorno, que es como decir un amor propio. Así de sutiles son las correspondencias en Andrea Cote-Botero. No hay rebeldía sin luz.
Se pasa de todo y se pasa el dolor. La casa. El paisaje. La memoria. Es otra la geografía.
Territorio y paisaje son más bien antípodas que rara vez se encuentran. El territorio es el nido de lo imaginado- nunca lo percibimos en su complejidad inmensa.  El paisaje, por su parte, se remite a la percepción. Se mira, pero no siempre se ve o se aprecia. El paisaje es inducción, argumentaría Bachelard. Una instancia estética del entorno. Para Cote Botero, el paisaje suda potencial poético. Ante la inmensidad, búsqueda. Actitud de existencia. Es la inmensidad del paisaje el poema que se ensueña. Esta tierra es una herida que sangra («Llanto»). Amenaza el amor.  El paisaje es todo lo que ves, pero que no sabes que existe («Un rincón para quedarse»).
La resolución: «Acuérdate/ que tú eres la casa y las paredes».
El espacio añorado y significado como por el amor nunca pasa desapercibido. Más que geometría, es la materia de la proximidad, o la memoria. Su vitalidad origina en la subjetividad. Es sentir el espacio lo que le da sentido –lo íntimo y afectivo-, no el espacio mismo.
Las cosas hablan. Hay que escucharlas.
Tal vez ese era el destino inicial de Chinatown a toda hora, en su concepción original de libro objeto. Una intimidad única. El libro, originalmente, venía concebido como una cajita de comida china en cuyo interior, como un delectable low-mein, se enredaban los versos. La tercera sección del libro radica en el paisaje antagónico. Si en Puerto calcinado contemplamos el desierto, las piedras y la selva, Chinatown concurre poblado de cajas de arroz, anguilas, peces tiernos y la amalgamada cosmópolis que supone ser la ciudad de Nueva York.
El tono es lorquiano (¿qué otro poeta en Nueva York?). La naturaleza es suplantada por la arquitectura humana. La fabulosa celebración del objeto. Un giro en la estética. De Colombia a Estados Unidos un paso es. El tiempo, un valor guardado como motivo en Puerto calcinado, se convierte en enemigo. La gente puede dejarlo todo, pero no al vacío. «Se sabe que el ocio es la madre de la codicia» («El ocio»).
En Chinatown, la inmensidad de Puerto calcinado se fragmenta. «Hay:/ un terrón de asfalto,/ la policía,/ la fila de banco,/ café y la vida fabulada» («Lo mío es un fragmento»). Todo está aquí. Y nada es mío. Solo el poema. El poema que, contrario al espíritu whitmaniano, no aspira a encumbrarlo todo, sino a desposeerse de lo abarcador. La poesía de Cote Botero no es de acumulación, sino de destilación. Esto, a pesar del carácter peregrino de la voz.
Se bate el cobre. Se nombra la ruina. En el poemario que sirve de puente a Puerto Calcinado y ChinatownLa ruina que nombro, hay otro peregrinar: el del andante entre versos. Es un flâneur de la intimidad. Sí. La intimidad, nuevamente- la materia de confección en ese lugar donde las cosas oscurecen sin pausa. No hay rebeldía sin luz, proclama «Sobre perder». El tiempo es una cosa que pasa o que no. La ruina se nombra, porque nombrar la cosa, es matarla (Blanchot). Decir poesía, es saber de la muerte. La ruina que nombro es canjear la pérdida por memorias. La pérdida se queda; las memorias, se llevan. Se admiran como un paisaje. A fin, «cada paisaje es un presagio» («Paisaje») y refracta la realidad anímica del poeta y sus estados emotivos, como se ve en «Invierno» («El primer invierno fue un derrumbe»), «Padre entrando al paisaje» («Por suerte viene una tormenta,/ te lloramos con la furia/ y la osadía de los truenos») o «Estación de la luz» («la casa misma de todo lo que se desploma,/ hastiado de durar/ en el aire y la intemperie de la luz»).
Andrea Cote Botero, confirmada como una de las voces maestras de la literatura actual, me dijo un día: «Tienes que venir al desierto. El desierto enseña».
Afuera, la tierra quemada de sed no tiene color con el cual presumir de vida. El cielo de peltre cuela el viento como una cafetera. Desolación y desierto.
Alguna poesía puede ser así. Un hueso roído que fosforece en otro plato.


Las últimas semanas, nos hemos expuesto a las visitas reincidentes de varios disturbios atmosféricos que, tanto por su frecuencia anormal como por sus dimensiones apocalípticas, han demostrado que la Naturaleza no tiene emociones y que, por tanto, constituye una fuerza destructora de nivel "usted y tenga". Me viene a la mente que un huracán es solo comparable con la mente de un escritor y que, por tanto, sería justo nombrar a los huracanes con nombres de grandes plumas en la literatura universal. La primera lista que propongo sigue a continuación.

A- Alonso
La ventaja siempre es para el equipo local. Manuel A. Alonso, puertorriqueño, y quien irrumpiera como un huracán en el status quo de la época al publicar El Gíbaro en 1849, su intento de acaparar la elusiva realidad puertorriqueña. 

B- Bukowski
Bukowski. Chinaski. Buck. Hank. Todos son el mismo depravado de la contracultura de los '60 y '70. «Some people never go crazy. What truly horrible lives they must lead», dijo. Merecedor de la B.

C- Camus
Postula Joaquim Sala-Sanahuja que el autor de El extranjero crea conciencia de distancia con el mundo, "un mundo que ya uno no puede explicar ni con malas razones". Como decir cuatro huracanes y un terremoto en la misma semana. 

D- Dante
El florentino era tan terrible que escribió una comedia que no daba risa. Era una comedia divina escrita en tuscano, lo que sentó las bases para el idioma italiano. Escrita en tres cánticas -Infierno, Purgatorio y Paraíso- que suman un triángulo. Cada parte consta de 33 cantos, y el 33 es el grado más alto en la masonería. O sea, Dante es un huracán Iluminati. 

E- Eliot
Cualquiera que escriba un poema como La tierra baldía tiene fuerza de huracán. Ciudad irreal bajo la neblina sepia de un mediodía de invierno. 

F- Flaubert
Gustave Flaubert, como huracán, sería terrible. Como escritor era un perfeccionista. Aborrecía el clisé. Se afianzaba en el detalle de lo exacto. Nada de abstracciones. La tormenta perfecta.

G- Gabo
Un huracán con el pulso narrativo de Gabriel García Márquez es de temer. Bajo el Huracán Gabo, pasaríamos cien años de soledad a oscuras, sin duda. Por realismo mágica, baste mencionar la cisterna solar que vi volando durante el huracán Irma.

H- Hemingway
Hemingway tenía mal genio. Era un buscapleitos. Rudo. No le tenía miedo a la muerte. Igual pescaba un aguja azul que le disparaba a un elefante. Doblaba el codo bien y se tornaba irracional. Un huracán en Paris. O en Cuba. 

I- Ionesco
Ionesco se las carga a todas. La sátira pulsa el absurdo. El humor es feroz: burlesco. ¿Quién dijo comedia? Es todo una farsa. 

j- Joyce
Para entender a James Joyce como huracán habría que remitirnos a tratar de entender, descifrar, si tan solo leer, a Finnegan's Wake, donde hay oraciones como esta:

«bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk!»

Un desorden peligroso.

K- Kafka
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso huracán. 

L- Lovecraft
Cthulhu existía antes del tiempo. En un monstruo grande y pisa fuerte. Cualquiera que crea semejante bestia con su imaginación tiene potencial devastador como huracán. 

M- Marinetti
El padre del futurismo. O al menos su donante de esperma. Queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias, dijo en su "Manifiesto Futurista". Categoría 5, sin duda.

N- Nietzche
Dios está muerto. Conciencia desventurada. Suena a Categoría 5.5.

O- Onetti
Otro escritor realista. Porque hay que darle con la cara a algo, ¿no? Esto es Tierra de nadie. El mundo se empantana y caduca en el universo de Onetti. Autodestructivo y endofágico. Categoría 3.

P- Proust
Proust mete miedo. Cualquiera que se llame Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust le hace sonar como si cubriera muchas latitudes y longitudes. Sobre todo, si es un escritor en fluir proteico de conciencia que le lleva En busca del tiempo perdido.

Q- Quevedo
Desterrado, encarcerlado, autopublicado, y en su momento, bastantes enemigos. Se habla de los muchos Quevedo, pero el más peligroso es el satírico. Poderoso caballero. Digno de un huracán.

R- Rimbaud
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté. Hura. Can. 

S- Salinger
Misterioso. Antisocial. Escritor oculto. No se puede uno fiar ni del guardián en el centeno ni de un huracán que lleve este nombre. 

T- Tolstoi
León Tolstoi escribió la mejor novela del siglo XX: Guerra y Paz. I rest my case. 

U- Unamuno
Solo se ve la niebla. Lleno de contradicciones personales, Unamuno era su propia paradoja, lo que coartaba la coherencia. Un sistema algo desorganizado de angustia personal y la idea básica de entender la humanidad. Suficientes honores para nombrar un huracán. 

V- Verlaine
Pues aparte su sitial como maestro poeta simbolista y decadentista, narcómano buona fide y alcohólico probado, le pegó un tiro a Rimbaud y cumplió cárcel por ello. Bad boy. Nunca le des la mano a un escritor zurdo. 

W- Woolf
Autora indispensable quien, con su obra Orlando, evadiera las clasificaciones posibles. Inclasificable, la catalogó Borges, quien a su vez fuera traductor de la obra. «Colaboran la magia, la amargura y la felicidad». Hardball.  

X- Xun
Lu Xun, autor de Diario de un loco. Baste añadir que fue representante máximo del Movimiento del Cuatro de Mayo. en China se le venera como el padre de la literatura moderna. Formó parte de la Liga de Escritores de Izquierdas, grupo de intelectuales afines al Partido Comunista Chino. Boom.

Y- Yeats
William Butler Yeats, en "La segunda venida", escribió:

«Girando sin cesar en la espira creciente
el halcón ha dejado de oír al halconero;
todo se desmorona; el centro se doblega;
arrecia sobre el mundo la anarquía...»

Nada más con el testigo.

Z- Zolá
Emile Zolá no necesita presentadores, pero, con Germinal, el autor francés nos se arma de las municiones naturalistas para apalabrar a los explotados y los oprimidos. La rabia es dura. Duele. 

Pero cada lector tiene el huracán que se merece. Vengan otras listas.


Publicado originalmente en Nagari.
Nunca seremos tan libres como en ese momento en que lo hemos perdido todo. Lo dijo Tyler Durden, ratero de Derridá. Así enunciado, el ser y el estar pueden convertirse en cosa terrible. La clásica dicotomía fenomenológica entre la conciencia y el mundo. La nada se la juega en la noche, y no es un comercial de Bacardí.
Es la conciencia lo que cristaliza la nada en el mundo.
Condenados a la libertad, el desagravio supone encontrar maneras de darnos a la satisfacción. Quizá pasamos más tiempo intentando ser felices que siéndolo. Quizá nos creemos que la plenitud se encuentra a un suspiro de distancia. Quizá nos damos al fundamentalismo del «todo-está-bien» que nos induce a la sumisión.
Pero se pierde la gracia. Se pierde el verano. Ser feliz no es una obligación.
Como en el poemario de Jonatán Reyes, Perdíamos la gracia y el verano.
En la casa tibia de espantos. Manchada de polen. Entre la luz nerviosa. Ahí.
El pan se corta como se cortan los dolores. O como se cortan los versos que no se pintan para quedar bonitos. Persiste esa extrañeza en la poesía de Jonatán Reyes que rebasa el sentido. Como en Mallarmé, las palabras son tanto entes autónomos como unidades de contenido como igual son parte de una sintaxis mayor que, al final, ampara sabiduría. Misterio. Juego. El sol se cae.
La dureza del verso de Reyes se suscita por la ausencia de una apología metafísica. Lo que prima es la cosa y su presencia en los sentidos o en los pensamientos. El modo en que se capta supera lo que se capta.
En «rumor de la bahía», el poeta dice: «Míranos allí, fermentados/ entre la madrugada/ y sus escalofríos». Las cosas que se pudren gozan de cierto glamour. Todo duele. Todo es bello.
La ilusión de la materia es un engaño metálico. Sin duda: preciamos tanto la sensación de felicidad, que nos perdemos en el acto de ser felices, sin nunca serlos. Pero un vaso escalofriante lleno de mar puede serlo todo, nos dice la voz en «En la habitación». La posibilidad de morir en cualquier momento no debería ser una tragedia.
Así, el libro viene en dosis de liberación prolongada. Uno lo lee y todavía al rato es que patea. En fin, que son 36 poemas orquestados en cuatro movimientos. Vivaldi nunca estuvo aquí, y menos en medio de un verano.
El verano, caracterizado por el solsticio que anuncia al sol en su punto más cercano a la tierra, no es motivo de celebración. No saber nada no significa nada. Aquí no se corrompe un sistema. Aquí se desbarata la experiencia personal como en un lirismo punk de ese con el que Sid amaba a Nancy.
“Germina la penumbra sobre/ la penumbra/ el cosmos en su constante masturbación/ de átomos/ gotea/ y destila/ el ardor de su belleza”.
Sin duda, por ser boricua, poeta y latinoamericano, Jonatán parecería que no podría escapar el romanticismo -de un orden biológico- hasta que nos dice “esta generación pixelada no me duele/ ni el líquen raro de una nostalgia” («Año trópico»).
Lo que cautiva de estos poemas es que es escatológico sin remitirse a aporías freudianas. O quizá sí. Mas, qué importa. El poemario de Jonatán ser levanta de entre la bruma de las paradojas.
Hay un incesto en todo. En cada chispa. En cada triza («Monólogo»). Hay que buscar la explosión exacta. A veces escucho a Jim Morrison. Otras, a Rimbaud. En su mejor momento, la poesía de Jonatán alcanza un decadentismo que prima la belleza sobre cualquier fundamento moral. Puro esteticismo. Puro Kant.
Los poemas de Perdíamos la gracia y el verano no se descosen por irreverentes. Al contrario, el poeta que hila estos textos procura enhebrar guiños de métrica clásica por el ojo de la aguja. En «Año.tropico», se nos cuela el yámbico latino en heptámetro: «Tras bastidores vivo una infancia mugrienta…/entre la amnesia de los objetos desalmados». Se alternan las palabras graves de tres y cuatro sílabas con invasiones de esdrújulas. Por su plurivalencia métrica, el poema decanta con efecto modernista y nada de esto es aleatorio.
La poesía siempre es riesgo cuando insiste en desubjetivizarse. «Año de la cosecha», «Año ligero» y «Año.otra tarde» se enuncian desde un plural en primera persona. Quien recibe estos textos es un otro significativo. En el penúltimo movimiento del poemario, los poemas entran en su cuenta regresiva. «A las 15 horas del final», «A las 11 horas del final», y así en regularidad numérica impar hasta deshacerse.
Hasta que los cuerpos se hacen otros cuerpos. Hasta que la nada se hace todo. Hasta que la experiencia se imprime en su lecho de memorias. Todo desenlace tiene su encantamiento bruto. Hasta que la palabra casi, tan solo casi, la alcanza. De otra manera, dejaría de ser literatura.
Si para Foucault la locura se encontraba solo en la vida en sociedad, nunca en la vida salvaje, para Jonatán Reyes la vida solo transcurre como coda de la devastación. Tiene que haber muerte. Destrucción. Cenizas, para que algo nuevo emerja. En ese lugar fértil, en el solsticio de diciembre o en un ocaso cualquiera, «los objetos dan a luz/ y penumbra».
Perdimos la gracia y el verano es un poemario escrito en la frontera entre el ser y el lenguaje. La condición lingüística del poema, no obstante, nunca logrará coadyuvar con su aspiración de conciencia. Por ser poesía, el poeta solo puede presumir el artificio.
Dejar ir la gracia. Despedir el verano. Quema el alma como se debe.
(Repita cuantas veces sea necesario).

Foto: Revista Ping Pong
Artículo publicado originalmente en Nagari.
No hay escritor sin riesgo. No hay mayor depravación que la de romper lo que ya no puede componerse cuando en el fondo del mar hay un Samsung Galaxy vibrando. Lo digo así, con una mansa violencia que levita al decirse. No hay de otra, diríamos en Puerto Rico. Al leer Mi novia preferida fue un bulldog francés(Alfaguara, 2016), me parece que ando tras un arte en fuga, como el de los que no tenemos país.
Legna sonea. Se lo dije. Entra la ansiedad, el miedo. Si no da susto, no está funcionando.
Y en sus cuentos, el héroe es el viaje. O el antihéroe, da igual. El mundo sigue siendo una cosa rota expresable, por necesidad, a través del «skaz», ese tipo de narración en primera persona más próxima a la palabra hablada que a la escrita. Más que leer, escuchamos.
Acierto: «La idea inicial de este libro, según la autora, que no soy yo, yo soy solo su mascota y su instrumento de inspiración, era escribir quince cuentos en primera persona para que el lector se sintiera más cercano al texto», dice la narradora en «Soba», la narración que cierra la colección (en voz del bulldog francés), y que hace las veces del fantasma de un arte poética usurpando el esqueleto de un cuento.
O mejor: una confesión.
La clave oculta frente a nuestras narices: «Frases ingeniosas que a ella se le ocurren con frecuencia y que escribe en su estado de Facebook y la gente enseguida pone me gusta». La gratificación es inmediata.
David Lodge afirmaría que este artificio es un espejismo. Una máscara. Caribe ñam ñam. Cuidado: muerde (Guillén). Se trata, pues, de “un esfuerzo muy calculado y una minuciosa reescritura por parte del autor «real». Dice Lodge. O sea, todos son Legna. Como la Venecia de Sergio Pitol: inabarcable.
Hay una Legna que es poeta; otra, dramaturga; una tercera es novelista. Cuando escribe cuentos, pujan las personalidades literarias. Legna a lengua de punta de hueso. «Yo sé quién soy en realidad y estoy capacitada para aceptarlo, incluso por escrito» («Mala»). Le creo. Como yo, ella no puede escribir con alguien durmiendo en la cama y alguien que dice eso así es serio. Aunque, confieso: mi novia preferida fue una gata siamesa.
Las posibilidades se presencian ante lo indómito y les va la mejor parte. En realidad, no hay nada de estados aleatorios ni frases coleccionadas por el bien de la sonoridad más que por lógica. Aquí hay atención a la mesa. Se sirven fríos la hipérbole («Si cuento la cantidad de personas que mis pobres ojos (astigmatismo y pérdida de visión) alcanzan a ver en pocos minutos, tal vez la cifra ascienda a un millón. En la derecha cien libros y en la izquierda el pasaporte», dice en «Miami»); el oxímoron («Se despertó en la noche con un grito mudo», dice en «Dios»); y la antífrasis («El comandante era una muchacha tibia»), entre otros aperitivos discursivos que machacan sentencia, ironía y sarcasmo con la misma pulsión que se muele la hierbabuena a la hora de preparar un mojito.
Se me antoja ver tanta complejidad con la libertad de la sencillez.
La libertad. Esa ingrata que, como Dios, se cree que existe. Como el mapa de Cuba que la narradora de ««Tatuaje» lleva tatuado en el costado. Ahí. Sí. En las costillas, donde más duele, dice. «Macho, la patria es la patria». Es un asunto de sentimientos y hemorroides: «cuando les da por salir al exterior lo más aconsejable es hacer reposo», dice la voz narradora -quizá la autora implícita del libro; quizá la autora biográfica- que hila el conjunto de relatos con una serie de cuen-tweets, aforismos o status updates repujados por su disposición tipográfica. En fin, una puesta en escena. Una performance. 
Mientras, los textos eslabonan las voces variopintas que apalabran el libro y desafían al lector que mira bajo la falda del principio organizador. Es una perversión, lo sé. Sería más fácil si se quitara la ropa. Mas, total, ya no queda pureza que flote.
Asociar los sentimientos con las zonas escatológicas no asusta. En verdad que no. Se trata de una metonimia para cursar entre lo absurdo y la memoria. En fin, uno es como se recuerda ser.
Y por el fondo de estos relatos, la figura de la madre, como la fantasmagoría de una patria en la distancia. O perdida. En «Clítoris», es tanto la voz de la cordura como el vínculo con un estado anterior de inocencia que la narradora, quien padece de una intensa moniliasis que equivocadamente diagnostican como gonorrea, ya no recuperará. Al final, mientras la madre lleva a la narradora a presenciar a Electra Garrigó, la insigne obra de Virgilio Piñera, nos damos cuenta del registro Beckettiano con dos cucharadas de Ionesco como retoma y replanteamiento de un orden mítico, donde priman los conflictos de la genealogía de la sangre.
La madre (patria) es resentida. En «Tatuaje», la narradora se inscribe el mensaje «No hay amor como el de madre», y es justamente en la palabra «madre» que una infección se desarrolla. «Casi me coge una linfangitis», confiesa, «[p]ero gracias a Dios cicatricé bien. De todas formas, un día yo lo voy a retocar, aunque sea solamente la palabra madre» 
De sátira a Satirikón. Si no, se es tragedia o se es bicicleta.
No hay GPS para la voluntad. La fatalidad es, ciertamente, un tatuaje en las sombras de los actantes. Aquí, el que no está muerto físicamente, está por morir de algún otro modo.
En «Lepidóptero», un hombre que padece de un cáncer metastizado le habla a su hija y trata de recomponer una memoria de la vida para ella que solo se articula en poesía y en la biblioteca que el padre le dejará a la hija. El cáncer es el caracol; el cuerpo, su casa.
Lo fascinante de la escritura de Legna es que se nutre de suficiente realismo trágico del Caribe postindustrial, en reverberaciones de El llano en llamas, de Juan Rulfo. 
¿Estridente? Por supuesto. La isla pesa. Y que no se nos olvide al tránsito por los mundos fantásticos de Piñera digeridos como slogans: «Tu cabeza es un paraíso sin música lleno de chinas pelonas, aire y miedo».
Mi novia preferida fue un bulldog francés marca un desorden en el tiempo. Una ruptura y a la vez anclaje con la literatura caribeña. 
Por riesgo nada más, merece el esfuerzo.





Publicado originalmente en Nagari.

A veces hay que romper cosas. El colapso de los modernismos, le llamaba Berman. Tanto orden es solo un modo vial. Como la experiencia del tiempo y el espacio. Un maeslstrom que nos hace pensar que somos los únicos y absolutos poseedores de la experiencia, que a la vez se adviene como una amenaza. En la literatura, quien mejor sabe de esto es Borges. Y los que vamos a su logia a escucharlo disentir.
Sí. A veces hay que romper las cosas. Otras simplemente, como todo lo sólido, se desvanecen en el aire (Marx). Como cuestión del modo -hay un punto exacto (Cerati) que siempre intentaremos acorralar en la idea de que así haremos llevadera la pérdida.
La pérdida. El lenguaje. La forma de las metáforas, las aproximaciones y las mentiras. El tajo es hondo. Y no, las fracturas y las fisuras no cicatrizan siempre. Supuran un verso. Una belleza terrible ha nacido (Yeats).
¿Cuánto nos mintieron? Quizá no es cuestión del adverbio, sino del verbo.
De todas las bellezas que nos hablaron, ninguna sobrevivió el espanto de despertar al cuento fallido. Ficción de pulpa. One size (doesn’t always) fit all. También hay una economía de las ideas.
Me detengo aquí a mirar la colección de escritos experimentales titulada Boricua Beauty, una antología concebida como cuatro volúmenes separados que a su vez componen una totalidad. De esos casos en que las partes superan el todo. Como en Macedonio. O de Diego Padró. O Lezama Lima. Mas, Boricua Beauty carece de la formalidad de estos vates. En su lugar, su formalidad es de bates.
Las tradiciones, sabemos, se prenden y se apagan. Nos quedamos con el sincretismo que la dialéctica suda. La diégesis es una mimesis pudorosa, con vestimenta. Hay que verlo con recato y lascivia lectora. Probablemente, en el evangelio según Tyler Durden (Club de Lucha, de Chuck Palahniuk), encontramos ese salmo responsorial que nos vacila: “Es sólo cuando perdemos todo, que somos libres de hacer lo que queramos”.
Los escritores de esta antología son extremadamente atrevidos. Krystel Bravo, Irene Margarita Irizarry, Tatiana González, Angela Orozco, María María Burgos, Xaymara, Yadeliz Lacén, Lian, Carmen, Zahid, Jéssica Fernández, JoFran Méndez, José Raúl Porrata, Eugenio Gil de la Madrid, Carlos Vélez y José Ignacio llegaron con la idea de escribir cuentos y terminaron arreando épicas. Me preguntó alguien si estos chicos no habían escrito una novela en grupo en lugar de una antología de textos cortos. O una obra de teatro. Ellos pensaban en la película de sus vidas.
La antología es la primera edición del proyecto-laboratorio editorial llamado Caminos Convergentes. A ver. Qué. Sale.
Alguno que otro ya se había almorzado a John Barth y a Donald Barthelme. Cortázar era el postre. Pero también venían a son de death metal, reggaetón y salsa. Es la que. Sus intereses académicos van desde la química y la biología, pasando por las ciencias políticas y periodismo, hasta la escritura creativa y las artes visuales. Todo a la vez. Sus mundos particulares son diversos y separados, pero en la página, ellos son un mismo país. Un país donde cohabitan los desencuentros. Nunca se sabrá si decir la historia en primera, segunda o tercera persona. Esto, dicho pesares.
Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Boricua Beauty?
Comenzaron convocados en un taller de escritura creativa inscrito bajo el nombre de “Narrativas Emergentes”. Lo de narrativas era por la intención de que el taller girara en torno a formas de la narración poco convencionales. Néstor Barreto. Oliverio Girondo. Bruno Soreno. Roger Federman. Bolaño. Ginsberg. Palés. ¿Hugo Ball? Aderece con Wittgenstein. Barthes. Traiga su propio condimento. Manga, video juegos, animé. El plan del plan. Boom. Nunca somos una sola cosa.
La aspiración final de todo escritor es ser leído, y sin embargo, estos escritores se saben mejor como lectores. Para desmontar algo, merece el esfuerzo saber cómo se monta primero. Estipulado. Especialmente, si se trata de literatura.
Inolvidable todavía es la noche en que (y aquí me incluyo) nos amanecimos en los predios de la Universidad de Puerto Rico escribiendo lo que nos viniera en gana. Vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Vi. Desde todos los puntos. Nunca nos recuperamos.
En tiempos como estos que atropellan la historia presente, el individuo intenta a imitarse a sí mismo (Nietzche). Es como un futurismo ético. O una sátira a aquello que nos dijeron que era y que luego resultó que no fue.
Correspondería aquí ensayar un examen filológico de los textos, pero no acabaría. La hiper/inter/intratextualidad de los escritos avasalla una lectura rápida. Boricua Beauty no pide prisa. Su organicidad es excéntrica. Abigarrada. Experimental. Cada pieza es una viñeta que sugiere detenimiento. Observación. Como ir a un museo. Además, cada autor cuenta con varias piezas -entre tres y cuatro por cada uno de los/las colaboradores/as- dispuestas como experiencia de lectura y no segmentadas por autor en habitual orden alfabético. No. Boricua Beauty es como el dolor: no puede transmitirse, apalabrarse o decirse. Hay que sentirlo.
Pero la alegría trabaja igual.
Boricua Beauty es plurilingüe, filosófico, político. Lírico. Celebra y llora. Grita y calla. Vive y muere. Es un tantrum y es tantra. Y cada letra de estos cuatro tomos les pertenece a ustedes como igual a nosotros.
Nos mintieron. Nada de lo que nos prometieron se cumplió. Ahora, tenemos derecho a hacer lo que queramos. Desde el desastre, ha de levantarse una nueva palabra.

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