La revista Burdeliana's Poetry de Colombia publica una selección de poemas de mi autoría. Son poemas perdidos. Otros todavía dentro del cascarón. Reptiles de tinta. Si me buscan, doy en error. 404. Not found.

Hace poco alguien me preguntó si yo era escritor y que qué había escrito. Yo me hice la misma pregunta. De todos modos, pensé en este poema, que le dedico a Carlos Roberto
Gómez Beras, que fue quien me lanzó la pedrada a la ventana. 


EL PRIMER VUELO


el deseo
precedió a la palabra
antes que las cosas
tuviesen nombre,
en aquel tiempo
cuando éramos
dos islas distantes,
indistintamente
de la consecuencia
de una en la otra

previo al sonido,
no podía existir el silencio,
hasta que transigimos
una moneda de cambio,
un lenguaje
para entender
el suelo común:
una metáfora
que aunara
todo lo que somos,
que siempre,
de alguna manera,
es lo que nunca fuimos

de: Ensayo del vuelo, (inédito)


La selección completa queda aquí:
http://www.burdelianaspoetry.com/escritores-puertorriquenos/error-404-seleccion-de-poemas-de-elidio-la-torre-lagares/

Foto por Néstor Barreto

Publicada originalmente en Nagari

Un día, Yván Silén poseía el tiempo. Y lo injurió. Y lo escupió a la cara. Luego se marchó a los rascacielos y gozó de su espíritu y de su soledad y durante años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó- y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y lo escupió de nuevo. Lo injurió. Cuando regreso de los rascacielos, trajo consigo la tristeza de Orfeo. Entonces, la hizo poesía.

Orfeo canta y de aquí el carácter formal de Los poemas de Orfeo, un conjunto de 87 sonetos dispuestos en cuatro estadios, como si se tratara de "Las cuatro estaciones” de Vivaldi. Silén se sumerge como un buzo por la tráquea del desamparo. La soledad. La libertá. La poesía. Pugna el pulso por las venas plateadas hacia el mundo de los humanos. Rilke, reprochamos por lo bajo, es el poeta de las torres de marfil desde donde canta a lo caduco, a lo transitorio, a la movilidad. Para Silén, el poeta resiste, y la resistencia se asume como poesía que piensa.

Es el peligro de la poesía. Mientras, Orfeo se ríe, se burla, escupe y agoniza.

Para Virgilio, Orfeo suponía una suerte irremediable de soñador degradado a melancólico y llorón. Ovidio lo concebía un poeta egoistico de retórica soflamada y autoindulgente. Horacio lo veía como un signo de civilización. Para Ficino, Orfeo constituye un figurado orden cósmico del universo, el punto de encuentro entre Dios, la humanidad y el Estado.

Para Rainer María Rilke, Orfeo es gnosis del mundo y el cuerpo, el poder último. Se celebra lo que se tiene.

Siempre el mismo Orfeo y siempre distinto. La reencarnación es un modo de fracaso mientras Dios se hace "constante reciclaje de la poesía".

El reconocimiento de la evidente factura nietszchiana en los versos de Silén tendría mayor relevancia de no ser porque el maestro Silén es su propio género.

Silén alcanza los sonetos. Los tuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. A Silén, es lo único que puede hacerle verdaderamente libre.            Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la poesía acontece en lo extraordinario y exótico de la imaginación.

Silén revierte a Rilke. Lo parodia. Lo reduce. Lo ama. La nada es el catalítico.

En "La mirada de Orfeo", Blanchot dice que "es posible que mantengamos la misma relación con los mitos que Orfeo con la esposa perdida [...]"

Orfeo, conocemos, pierde a Euridice como el Orfeo de Silén pierde a su patria. Silén es el no ser. O el noser. "Líbrame, Orfeo, de ser puertorriqueño ilustre”, dice en el soneto VII y la patria canta contra el cielo. La oscuridad prolija. La muerte avanza. Orfeo desciende al mundo de los muertos donde la Patria amasa el olvido. La oscuridad es solo ausencia de luz.

El efecto trágico de la mirada impasible se recrudece con la desesperación de lo efímero, lo que se desvanece justo cuando se pretende alcanzar. La dimensión de esta pérdida es inconmensurable, porque sobreviene después que el poder del arte de Orfeo parecía
quebrantar el de la muerte.

Las imágenes escatológicas evocan, como en Sartre, el rechazo del cuerpo del mundo y a la vez su deseo. Las referencias sexuales recrudecen la percepción de las bajas pasiones. Sexo oral. Masturbación. Sodomía. Lengua. Lenguaje. Y se violenta y penetra al lector. Desenfrena en virus. La muerte colma. La muerte vence. El infierno es total.

En un mundo desacralizado, gobernado por el discurso más que por la palabra, debemos ir a buscar la parte de nosotros que permanece en el reino de las sombras.

Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la evidente factura existencialista invita a la futilidad de las correspondencias, puesto que Silén es su propio género. El presente es la alegría. Llueve contra la noche del olvido. Llueve. La futilidad. El desabrido sentido de lo inútil abarca los versos.

El poeta tuerce los sonetos. Los retuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. Al Orfeo de Silén, solo le hace libre.

La pérdida irreconciliable es polvo de palabras. Solo le vale el mito, que si bien, por un lado, ofrece un sustrato permanente en tanto estructuras del imaginario, por otro se pluraliza en versiones que cada poeta adopta por la superposición de imágenes, la disposición
cambiante de sus elementos, ofreciendo al lector la configuración de un caleidoscopio, lo que Elizam Escobar ha llamado la experiencia ezquizoide. El espejo es el carrusel kaleidoscopio del rostro (Soneto XIV).

Entonces, la trasgresión. «Escribirá hasta que tenga a la muerte enterrada/ en mi cerebro. Escribiré hasta que Dios/ (Apolo y Orfeo) resucite conmigo de/ la muerte» (XIII). Orfeo es esquizoide. Boricua. Vertiendo las copas del suicidio. «Orfeo gotea sangre de su falo» (Soneto XIV). Escribir empieza con la mirada de Orfeo, dice Blanchot.

Las imágenes de impotencia- los toros que suben heridos por la pubis, las cabezas degolladas, las navajas por las vulvas, la esperma amontonada e inútil,  entre otras- apuntan a la esterilidad de la historia. No hay placer, solo repulsión al orden; no hay creación, solo disolución. El verso, en su semantización soez, apela a lo inconsecuente:

¡Cabrón de Oniros! ¡Ángeles de Dios! ¡Cabrones!
¡Vagabundos del Hades de San Juan! ¡Orinador
de las estatuas! Galatea, hetera! ¿Quién
te dio permiso del suicidio?

El Orfeo de Silén no es el Orfeo cantor que conmovió con la magia de su lira a las fieras, a los hombres y a los dioses. Es un Orfeo porno-lírico esquizo, no un hacedor de portentos. Pero igual desciende al Hades a buscar a los muertos y encuentra sus fantasmas colgados de sonetos. Los dolores leídos nos ayudan a soportar los dolores vividos.

La colonia, como dice Escobar en el ensayo de cierre, significa lo esquizo. El desempleo, la censura, el exilio, la marginación y la irremediable reclusión se metonimizan en las muertes que ordenan la necrópolis de Los Poemas de Orfeo. Es, en fin, una poesía de la pérdida de la lógica del sentido y del lenguaje. «Inútil,/ Euridice es la belleza del espejo./ Tarados los poetas/ que mastican las navajas» (LXIV).

El orden queda roto en el anarquismo semántico de Silén. La solvencia léxica y la poesía como destrucción y resistencia son tan solo espolones de esa tristeza necrótica que, más que un lamento, celebran la única certeza posible ante que es la discontinuidad en su contingencia.

La pérdida de Orfeo, Euridice, es tanto el Eros como la vitalidad como la cordura o la patria. Desde una postura agambeniana, la violencia de estos poemas alcanza la tragedia de los campos de concentración en Europa o de las reservaciones indígenas en los Estados Unidos. La realidad es una reservación. O peor: la toma de poder que supone la presencia de una Junta de Supervisión Fiscal, creada en 2016 para escrutar y dirigir el destino económico de la isla de Puerto Rico, que pensaba que vestía de pan, tierra y libertad, hasta que despertó un día y se encontró desnuda.  

La poesía es espantosa, dice Silén (XLIII). El Zen azul ficcionará la nada. Tanatopolítica y necrofilia. La ceniza muerta del paraíso atribulado. Orfeo ha perdido su amor y se pudre como una estatua de gangrena en el viento.

Y la lectura… la lectura, señoras y señores, es del que lee.


Foto por Nitza Tufiño

Publicado originalmente en Nagari

El asunto es que el cadáver, como en el poema de Vallejo, ahí sigue muriendo.

Ayer. Hoy. Mañana.

Así lo vio el reverendo, el reverendo Pietri. Pedro. La piedra. En su militancia -en su poetancia- supo siempre quién era el enemigo. Esperando por el jardín del Edén, las aporías de vivir entre islas. De Manhattan a Puerto Rico un paso es.

Yo soy multitudes, dijo Whitman. Pero el obituario de Pedro, adelantado por décadas a todas nuestras muertes, no adolece del espíritu whitmaniano. Absurdo y brutal, el «Puerto Rican Obituary» da cuenta de la muerte del puertorriqueño postindustrial y despatriado. Poeta, dramaturgo y activista político, Pedro Pietri publicó hace más de cuarenta y cinco años su obra maestra, una concepción plutónica de la realidad boricua entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York.

Lo vivido se empoza en los ojos como un charco de culpa.

Pero el «Obituario» de Pedro no era para los de aquí, sino para los de "allá", y tal vez por eso se nos pasó el bus. La disolución era parcial, un no-me-toques-un-dedo, aunque ya en la antología de Alfredo Matilla e Iván Silén, titulada The Puerto Rican Poets (Bantam Books, 1972) se signa la sombra, el otro- el malestar.

Reconocer es volver a conocer.

Pero «reconocer» –el signo– es un palíndromo: se lee igual de derecha a izquierda.

Lo que era extraño ahora resulta tan familiar y boricua es aquí como es en la luna. Al final, como Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel, los protagonistas de la epopeya urbana de Pietri, trabajamos diez días a la semana, sin días de asueto, y morimos arruinados, endeudados, y tal morimos ayer, moriremos mañana. Déja Vú. Hay verdades que en verdad valen la hoguera.

En «Puerto Rican Obituary», poema que Pietri leyese por primera vez en 1969 (el año donde marchitaron las utopías) durante una demostración de los Young Lords, la muerte es espera, sueño, odio. Inercia. Un equilibrio entre evidencia y lirismo que por cáustico no deja de ser humorístico. El tono es elegiaco. Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel mueren soñando con América- mueren despertando en medio de la noche gritando: «Mira, mira». Los Jets persiguen a los Tiburones y de pronto es West Side Story. East Side Story. Spanish Harlem Story. Los hiperónimos de un transpaís. «Puerto Rico, my heart’s devotion-- let it sink back in the ocean”, escucho a Anita cantar. ¡Mira, mira! 


La esperanza viste azarosa. Un boleto de la lotería. Un acto de clarividencia. Mas, no, no hay luz. En «Puerto Rican Obituary» reina lo escatológico, el gueto, la pobreza del alma. El efecto es paranormal. Anormal. Hay algo de médiumnité que transita en conversación con los muertos y planos exhaustos de la materia. Rise table, rise table. Parecería que Madame Sosostris, la mentalista en “La tierra baldía” de Eliot, nos lee el Tarot. Teme a la muerte ahogado, predice la sabia mujer.

Surreal. Morirse adrede -si a falta de eufemismos nos convendría mejor decir suicidarse- es confesarse. La idea es de Camus.

El «Obituario» hiede, como el papel de los libros, a muerte. A poeta en Nueva York. A tierra baldía. Es una temporada en el infierno y por la luna nada un pez. Por necrología no timbra en elegía, sino en llanto.

El Poeta en Nueva York de Lorca, en su saudade, conversa, como Pietri, con la muerte. Pero en Pietri no hay nostalgia: lo que hay es reproche, ira, realidades estructuradas en lenguaje. Una historia. O sea, la pulsión de recuperar las pérdidas. La muerte siempre. Inmanente en las cosas de la tierra. Asesinado por el cielo. Las formas -la realidad física- se arrastran como serpientes. Los árboles mutilados. Los animales con sus cabezas rotas. Nueva York, en lo ojos del poeta, brama violencia y destrucción. El poeta es un sujeto personal y culturalmente desarraigado. ¿Cuáles son las raíces que prenden?, se pregunta Eliot en su páramo. ¿Qué ramas se extienden en estos pétreos escombros?

Es inútil que la razón ciega pretenda que todo está claro. Camus, si vous plait.

La muerte pone huevos en la herida. El óxido siembra cristal y níquel.

Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel: nacieron muertos y morirán muertos. Helados como Enrique, Emilio y Lorenzo en la “Fábula y rueda de los tres amigos” de Lorca. Momificados. Embalsamados. Rise table, rise table: death is not dumb and disabled.

Rareza y ansiedad persisten tanto en el «Obiturario» de Pietri como en "La tierra baldía" de Eliot. El obituario conforma la anomia y sus personajes se redifican en la futilidad. En la desolación. En la destrucción. Te mostraré el miedo en un puñado de polvo. El profeta Jeremías transmigra en Pietri, en Lorca, en Eliot. Mi pueblo, insensato, no me reconoce, dice. Puede conectar nada con nada. Hijos necios: diestros para el mal, ignorantes para el bien.

Pietri es la continuidad de lo discontinuo. El «Obituario» apalabra la experiencia. Lo testimonial. Si se quiere, un evangelio. Las ratas viven como millonarios y la gente ni siquiera vive. Parecería que el reverendo Pietri podía ver el futuro. Rise table, rise table. Las ratas viven de los desechos. De lo que queda. Es 2017 y lo que queda de país lo roen con crueldad. Puerto York no es exactamente Judá y Pietri no es Jeremías, pero largo es el trayecto desde el Spanish Harlem hasta el cementerio de Long Island.

Solo queda el vacío del sueño. El sueño del vacío.

These empty dreams/ from the make-believe bedrooms/ their parents left them/ are the aftereffects/ of television programs/ about the ideal/ white american family/ with black maids/ and latino janitors, profetiza Pietri.

El vacío es un lugar normal. Una idea de sitio. La soledad esquiva en los hoteles de Lorca es también la soledad en los hoteles baratos de Eliot. Es la soledad del barrio, cepillado por el efecto de enfriamiento del viento.

En. El puto. frío.

Y aun así, somos más afuera que adentro y no hablo de pacientes mentales. Hablo de boricuas, sin otro motivo para el viaje que el desamparo y la pérdida. La gravedad es real. Aquí no hay agua, solo piedra, dice Eliot en "La tierra baldía". La idea de la piedra es que es dura cuando pasan a uno por ella. Si fuera otra fábula, sería funeral con té y el Sombrero Loco presidiría las exequias.

Pudiésemos pensar que La carreta de René Márquez volvió y nos saló la mala leche. Ya no hay dulce de coco, Chaguito. Juan murió odiando a Miguel porque el auto de este era mejor. Miguel murió en odio hacia Milagros porque envidiaba su televisor a color. Milagros murió en odio hacia Olga porque ganaba cinco dólares menos que ella. Olga murió en odio hacia Miguel porque él se había sacado la lotería más veces. Manuel murió en odio hacia todos porque hablaban mejor broken English que él.

Las grandes obras nacen con frecuencia a la vuelta de una esquina. O en la puerta giratoria de un restaurante. O en la mirada disuelta por los horizontes permeables de una isla que, como un Prometeo encadenado, se deja comer las entrañas por los buitres.

Entonces, de algo valdrá admiramos en el deseo sin cansarnos unos de otros. De algo servirá el Qué-Pasa Power. De algo sirve que le digan a uno negrito como una expresión de cariño para apalabrar el amor.


Aunque el cadáver siga muriendo.

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