Doscientos dos años después, este escrito de Alejandro Tapia y Rivera, que se sabe a ciencia especulativa, sigue estando a la misma distancia del aliento. Su espacialidad es inmamente:

Tropecé no ha mucho con un Diccionario Geográfico y como era natural, dime al punto a buscar el artículo «Puerto Rico». Encumbré sobre mis narices los espejuelos, adminículo que me es indispensable, y hallando el artículo que anhelaba, comencé a leer lo siguiente: 

»Puerto Rico, la menor de las grandes Antillas, está situada en el Mar Atlántico, entre los paralelos 17º 54’ y 18º 30’ 40” Norte y entre los meridianos 59º 20’ 26” y 60º 58’ 52” al Oeste de Cádiz. Su capital es la gran ciudad de Puerto Rico o de San Juan, depósito comercial de primer orden donde van a surtirse desde los principales puntos de las Antillas y del Continente Sudamericano, merced a la franquicia o absoluta libertad de su puerto. Este, que hasta principios de nuestro siglo pudo ver fondeados en su seno navíos de línea, había llegado a obstruirse de tal modo, que era casi inaccesible a buques de mayor porte; pero gracias a intereses mejor comprendidos, se ve en la actualidad del todo limpio, desecados los pantanos de la parte del Sur y despojado de los manglares que lo infectaban y ocupaban inútilmente. Convertidos ahora estos lugares en diques, astilleros y vastos almacenes, hase trocado aquel en uno de los mejores del mundo, mereciendo por lo tanto el nombre que, sin duda por su natural excelencia le puso su primer visitante Juan Ponce de León. Vénse hoy dentro de su herradura millares de buques ostentando las enseñas de todos los países, y atracados a los muelles y espaciosos almacenes de la Puntilla los buques menores que pueden contarse por miles. Cataño se ha convertido en una bella población comercial, manteniendo el tráfico con la capital situada enfrente, por más de una docena de vaporcillos; y con Ponce al Sur de la isla, por medio de tres ferrocarriles, el Oriental, el del Centro y el de Occidente. La ciudad alumbrada a giorno por las noches y con aguas abundantes que han facilitado el aseo y la industria, sin temer a las sequías anteriores, con arbolado por donde quiera alegra la vista y mejora la salud, con casa de artes y oficios para bien de los niños pobres que hoy no vagan por las calles, con hospicios inmejorables, su célebre manicomio y su cárcel, como las demás de la isla, arreglada al sistema moralizador de las más famosas; contiene magníficos edificios, entre los cuales se ve la universidad en que se ha transformado uno de sus antiguos conventos; el banco, la biblioteca pú- blica con más de un millón de volúmenes, establecida junto al seminario, y el ateneo, templo de todas las ciencias, situado en la calle San Francisco en medio de preciosísimas tiendas que si antes llegaban apenas a la calle de San Justo hoy se extienden hasta la plaza de Santiago. Esto sin contar otros bancos particulares de descuento, de garantías, cajas de ahorros y el famoso Territorial e Industrial, con un movimiento anual de millones de millones. El campo del Morro, la Puerta de Tierra, libre de murallas, son paseos preciosos, con glorietas alegres, estatuas primorosas, fuentes y vistosos jardines. Las afueras de la puerta de Santiago se dilatan en medio de una población que llega hasta Martín Peña, ya incluso en la ciudad, unida a Caguas por camino de hierro. Cuenta además, numerosas escuelas de todas clases de enseñanza. Conservatorio Industrial, Museo de Ciencias y de Bellas Artes; periódicos que han contribuido a este progreso, que sosteniendo con vigor y perseverancia los derechos y deberes, y deslindando a fuerza de luz, las atribuciones del Estado de las sociales, municipales e individuales, han destruido toda clase de desconfianza respecto de un pueblo que solo quiere el justo y natural progreso, garantizado por la ilustrada nacionalidad en que ha nacido, y dentro de la cual, con buena voluntad, pueden caber todos los adelantos, como acontece hoy en aquella isla. Y si aún existe allí quien, resabiado por lo antiguo, use del progreso para condenarlo, esto es inevitable, como lo es que haya tinieblas donde termina la luz. Una docena de vapores costaneros liga los pueblos del litoral en todo el contorno de una isla pequeña en su terruño, pero notable hoy por su riqueza y por la laboriosidad, virtudes y saber de sus habitantes que gozan en su totalidad, puede decirse, de todos los bienes de la civilización. Imposible es allí encontrar quien no sepa leer ni escribir, y rarísimo hallar hombre vago o sin oficio. La propiedad, bastante repartida, une sus fuerzas por la asociación, contándose sociedades mercantiles e industriales de todo género, así como en el orden intelectual y moral para los asuntos religiosos, científicos, de enseñanza y de moralidad. Hasta los animales reciben protección de este benéfico influjo, existiendo asociaciones para su mejora, y para impedir el mal tratamiento de que son víctimas en los países que desconocen los deberes de la cultura y civilización. Las galleras han sido abolidas. Apenas podrá encontrarse población que no esté ligada a las demás por el ferrocarril y el telégrafo, y que no cuente suficiente número de bancos, escuelas, periódicos y bibliotecas municipales o particulares. Canalizados los ríos, utilizan la antes perdida riqueza de sus aguas en la agricultura y en los numerosos talleres hidráulicos, habiendo jurados periciales para la equitativa distribución de aquel precioso líquido. El bienestar se halla por dondequiera, y gusto de ver las poblaciones hechas al parecer para el encanto del viajero, que encuentra en ellas a su paso, el ornato, el aseo y la abundancia con albergues cómodos y fondas confortables. En la casa del jíbaro se halla el libro de instrucción y el de recreo, y el ajuar de las habitaciones urbanas más decentes. Ya aquel anda calzado y viste levita los días de fiesta o ayuntamiento en que concurre a opinar lo conveniente a la mejor distribución de los recursos locales. Con la canalización de los ríos han desaparecido las asoladoras crecientes y los viaductos que lo cruzan se alzan y mantienen exentos de todo temor. Es decir que ya los puentes no se van con los ríos como antes acontecía. Mayagüez, ya grande emporio; Ponce, unido a la playa en caserío con soberbios puentes que no le aíslan, abroquelado contra las inundaciones; Guayama, que gracias al riego de sus campos, ha resucitado; Arecibo, Aguadilla, Humacao, Caguas y otros pueblos que hoy son centros notables, viven la vida de la civilización y rivalizan noblemente en adelantamientos materiales y en cultura intelectual. Academias, grandes colegios, asociaciones, teatros, paseos, conciertos al aire libre, bellos cafés y cuanto hermosea la vida de otros pueblos, se encuentra en las poblaciones que hemos citado; y Ponce, que antes era puramente azucarero, parece en la actualidad hermoso barrio de algún gran centro de Europa. Los ferrocarriles han abierto a los correos fácil camino, y a las producciones de todos los campos del interior, con la cultura consiguiente a un pueblo que, con un censo crecidísimo, se pone en continua y variada comunicación. Este contacto acrecienta la cultura y la esfera de los negocios, con aumento del bienestar y la riqueza pública. Extraño es que antes no se haya pensado en la gran producción de las vías férreas, en un país tan fecundo y tan poblado. Por dondequiera han llevado estas arterias la vida y la abundancia, y hanse aumentado veinte veces más las fincas rurales y plantaciones. El vapor aplicado a grandes ingenios centrales, ha logrado separar el cultivo de la caña de la fabricación del azúcar, entregando aquel a pequeños propietarios, y por consiguiente, utilizando en su producción infinidad de terrenos antes incultos. La misma fuerza de Watt aplicada al arado, a la segadora, y a otros mil usos agrícolas, como gran divisor del trabajo, facilita, abarata y acrecienta la producción. Las alturas se ven hoy coronadas por el arbusto del Yemen, convertido en especialidad para Puerto Rico, y cuyos jazmines prometen una cosecha que antes no era posible utilizar por falta de transportes. Las vegas tratan de llevar con abundancia por el mundo la hoja de Comercio, mejorada su cultura por la ciencia, y su elaboración en las ciudades por la mejor inteligencia de los obreros ya ilustrados. El ganado de todas clases se acrecienta en los verdes prados de Yabucoa y demás llanuras de la isla, ofreciendo, con hábiles cruzamientos, variadas castas y especies apropiadas a su distinto objeto. Mil industrias, antes desconocidas, utilizan en tejidos, pastas y conservas, las diversas, ricas y hasta ahora no conocidas ni beneficiadas materias naturales del país. Cada centro se ha convertido allí en una Atenas por la ciencia, en una Londres por lo industrial y mercantil; cada pueblo en un vergel; cada casa en un jardín, y toda la isla en un paraíso de abundancia y bienestar». 

Hasta aquí la lectura. ¡Cuántas veces, asombrado ante cuadro tan lisonjero, traté de ver si mis lentes, empañados quizá, me fingían lo que parecía un sueño! Pero el mismo asombro, el ansia de llegar al fin de este bello ideal, me impedía suspender la lectura. Por último arrojé el libro exclamando: ¡Así se escribe la geografía! Pero mis lentes cayeron con tal movimiento y pude notar… ¡que no tenían cristales! Me armé de otros espejuelos y volví a buscar; pero entonces no di con el famoso artículo: ¡ni aun siquiera mencionaba a Puerto Rico el tal diccionario! 

Sin duda había leído la descripción de otro pueblo y alucinado por el deseo, había tomado por Puerto Rico, Ponce, etc., los nombres y descripción de otros países. ¡Lo que es tratar de leer sin espejuelos!


Alejandro Tapia Rivera, “Puerto Rico visto sin espejuelos por un cegato”. Extraído de Narraciones puertorriqueñas. Editado por Marta Aponte Alsina. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2015. Publicado originalmente en La Azucena. San Juan, v. 2 Nº 36 (1876), pp. 1-3.
Diseño del libro por Noma Bar
Publicado originalmente en Nagari.
Alguna vez Mark Twain dijo que la verdad supera a la literatura de ficción y la ironía es absoluta. Desde que la verdad se hizo relativa, ya nada se afirma con categoría de absolutismo, excepto por las posibilidades que guarda en ser una verdad total. Lo único constante es la búsqueda, si tan solo para enredarnos en la paradoja trágica que se nos devuelve en cada miedo. Y el peor miedo es que aquello a lo que tememos nos alcance. 
La verdad supera la literatura entonces suena a aporía. ¿Qué sucede cuando la literatura -la mentira, lo ficticio- alcanza la realidad?
Margaret Atwood escribió El cuento de la criada con la idea de ensayar una forma de literatura especulativa donde la lógica y la realidad se cuestionarán de tal modo que suspendiera las disidencias de la duda y nos hiciera especular en que aquello que se nos dice utopía en realidad se disloque en distopía y, consideremos, eso es lo que vivimos hoy.
El sistema político ideal no existe, como tampoco existe la perfección. La apariencia de las cosas nunca es lo que son las cosas. La apariencia es la máscara, es la mentira, lo que consumimos a fin de creernos sanos en la verdad. Como las afirmaciones de grupo fundamentalista cristiano llamado Los Hijos de Jacob, que en la novela de Atwood se hace del poder y establece un estado totalitario en Gilead -que es la refracción de lo antes conocido como los Estados Unidos de América-.
El control en Gilead es corporativo, burocrático, tecnológico y filosófico. Entre sus retazos, nos enfrentamos a un trabajo de una complejidad inteligente donde Atwood, bajo la unidad de estilo, refuta la plantilla formulaica o el género. Más bien, combina una variedad de enfoques y formatos que cancelan la predictibilidad del relato.
Así, Atwood nos habla de un futuro especulativo en donde la retórica del estado se ampara en un autoritarismo estricto repleto de suspensión de derechos constitucionales, segregación racial, ejecución pública de homosexuales, persecución de los disidentes, un orden policial represivo e invasivo, y la asignación de roles a las mujeres en función de su capacidad de tener hijos. Todo esto es la realidad de Gilead. La verdad de Gilead.
Pero la mentira estriba en la intención. ¿O no? De lo contrario, se traga como verdad.
La novela, publicada en 1985, se dice en boca de Offred, la protagonista, cuyo trabajo como “handmaid” o criada la compromete a la subrogación forzada. Su trabajo es darle un hijo al comandante Fred y de ahí el nombre que ella asume: Offred, o “de Fred”. En el sistema de Gilead, la criada nunca es lo que es. Es decir, nunca es una concubina. Peor: es un producto de consumo como objeto sexual.
La propaganda del estado se convierte en ley. Disentir es anatema. El flujo de información, el pensamiento individual y la libertad de asociación quedan suprimidas con una brusca sutileza que solo apunta a que la realidad es aquello que queda fuera del sujeto, porque dentro no hay nada. No hay elección, no hay movimiento. Lo que no se mueve, se muere.
En una sociedad distópica, los ciudadanos temen al mundo de afuera, donde la servidumbre se sirve todos los días como una actividad emancipadora. [Incorpore aquí a Childish Gambino cantando “This is America”].
Una vez la criada cumple con su función -quedar embarazada y pujar la criatura al mundo-, la mujer es relegada de su deber y el comandante dispone de ella como si cambiara de rasuradora. La criatura, por su parte, pasa a ser propiedad de la esposa del comandante. La criada no existe. Es un espectro.
En su momento, Atwood nos desafiaba a mirar hacia el futuro cercano. Para el lector de hoy día, es mirar al presente, mas aquí la genialidad de la novela de Atwood: nos enfrentamos a un texto cuya legitimidad es autorizada por el profesor James Darcy Pieixoto, quien, al final del texto, en un apéndice titulado “Notas históricas sobre El cuento de la criada“, nos revela que él extrajo y transcribió el testimonio de Offred que originalmente encontró grabado en una cinta magnetofónica. Las notas Pieixoto son a su vez la transcripción de una de sus conferencias.
O sea: memoria acumulada y conservada en un aparato tecnológico. El pasado es una gran tiniebla llena de resonancias, ciertamente, y en El cuento de la criada se sostiene como documental y oralidad. Esta novela no se escribe, sino que se dice.
Cada casete comienza con dos o tres canciones, sin duda utilizadas como camuflaje: luego la música se interrumpe y a continuación se oye una voz, explica Pieixoto. La voz está llena de arcaísmos y modismos que Pieixoto identifica en desuso. Nos percatamos, entonces, que la novela esta encorchetada en otro marco de tiempo: el año 2191.
Quedan adecuadas las palabras con las cosas a las que apuntan y lo real entonces es una tierra baldía donde los ciudadanos se someten a un deshumanizante sistema de vigilancia continua, y en el cual no queda otra expectativa que la obediencia.
La uniformidad. Lo totémico. Se único e irrepetible se degrada a la imposibilidad, a lo que no es verdad, porque no son únicos e irrepetibles: son, a falta de mejor comparación, masa. La utopía, el lugar, el estado o la convicción de que este es el mejor estado de conveniencia para la gente, es una ilusión.
Entonces, el título. El cuento de la criada. Un cuento. Fabulación o construcción narrativa de hechos imaginarios. Es decir, algo que no es real. Una mentira.
En términos estrictos, cuando lo descubrimos no era en absoluto un manuscrito, y no llevaba título, dice el profesor Pieixoto. Se trata de un homenaje a Chaucer sugerido por otro profesor. Los juegos de palabras son intencionados. Pieixoto prefiere llamarlo “artículo”.
Offred, como protagonista, no es el personaje sufrido con el cual el lector supone una relación de empatía porque sufre. Por el contrario, Offred miente también. Contrataca. Se infiltra. Se vende. Ofrece sexo a cambio de lo que quiere. Cuando el comandante Fred le ofrece ser su amante -más allá de su labor, las criadas no podían socializar con los comandantes-, ella acepta a cambio de conocer. Quiero conocer, le dice ella. ¿Conocer qué?, pregunta él.
Conocer. Todo. Contesta ella.
Conocer todo. Llegar a la verdad. Lo que admite que, tal como es su propia vida, Gilead es una mentira.
El cuento de la criada se nos hace tan vigente, tan cercano. Nunca sabemos del destino final de Offred. ¿O sí? ¿Acaso ha sido censurado? ¿Omitido?
Desde el pasado pueden llegarnos algunas voces; pero lo que nos dicen está imbuido de la oscuridad de la matriz de la cual salen, dice Pieixoto. Y, por mucho que lo intentemos, no siempre podemos descifrarlas e iluminarlas con la luz prístina de nuestro propio tiempo.
Hay aplausos en medio de la conferencia.
¿Preguntas?
Entonces, el texto calla.
Como callamos nosotros cuando aceptamos la servidumbre como actividad emancipadora.
Publicado originalmente en Nagari
Background
En la historia, es 20 de septiembre de 2017 y un segundo huracán impacta a Puerto Rico en menos de 15 días. La devastación va más allá de la geografía. La devastación perfora el aliento. La información del estado del país fluye más por lo que intuimos que por lo que sabemos. Los teléfonos, endebles aparatos sedientos de carga, encuentran su espantosa obsolescencia. No se puede conectar algo con nada.
¿Qué harías en un evento catastrófico de envergadura?, nos preguntamos en mi casa una vez y nadie contestó porque alguien de pronto puso salsa y ensordeció al silencio. Ahora precisamos la respuesta y no hay salsa para callar nuestro «no-saber». Todas las crisis son una.
Solo hay viento, lluvia, naturaleza muerta y un olor a cadáver colectivo que llega a momentos. Huele a capitalismo del desastre. Un olor quinientos años de viejo. Un olor a crustáceo muerto.
La noche del impacto del huracán, acudo a un cercano puesto de gasolina a buscar cigarrillos. Encuentro al dependiente solo, escuchando la radio y mordiéndose las uñas. Esto no es bueno, dice. El mes pasado hubo un gran eclipse solar. Lo que viene no es de Dios, añade. Mejor que nos sorprendan confesados. Me despacha los cigarrillos e inmediatamente apaga las luces del establecimiento.
Del dependiente no sabré más. La gasolinera abrirá cuatro meses más tarde.
Al regresar a casa, me percato que un cangrejo ha invadido la sala de estar. Sé que busca refugio y que seguramente su presencia ratifica lo que el dependiente de la gasolinera me dijera. Lo que se avecina. No. Es. De. Dios.
O tal vez sí. Sus maneras son misteriosas, dicen.
Llamo a mi padre. Tengo un cangrejo metido en la casa, le digo. Eso es protección, me responde. ¿Tú estás listo?, le pregunto. Sí; yo siempre, me contesta. No volveré a hablar con mi padre hasta casi un mes después, cuando pueda atravesar con dificultad la obstaculizada carretera hacia Adjuntas.
El cangrejo hace lo suyo. Se retira por donde supongo que vino.

Methods
El método es harto conocido. Luego del huracán, no quedan torres de comunicación en pie. Solo una radioemisora continúa en pie y la información es unidireccional. Las libertades de desplazamiento quedan sujetas bajo prohibición por toque de queda. El deterioro fuma bajo las estrellas. Todo estará bien, dice el Estado.
Todo. Bien.
El gobierno que aspira a convertir a Puerto Rico en estado 51 ahora nos deja en estado de conmoción, distracción y urgencia para impulsar una agenda corporativa radical. Lo dice Naomi Klein. O nada en absoluto.
El control es informático. Burocrático. Tecnológico. Filosófico. El vacío es un lugar normal. El vacío no tiene plumas ni cacarea.
Conformes en la uniformidad que la oscuridad nos entalla, la supervivencia se enamora del más apto: el que posee generador portable de electricidad y puede obedecer a las exigencias de la máquina, que traga diésel. La desesperación aprieta hacia el saqueo y a la ley del revólver. El presidente de los Estados Unidos vendrá a traernos papel toalla absorbente y el gobernador dirá que los muertos no alcanzan las 50 víctimas. El presidente queda impresionado. En Katrina perdimos miles, miles, dice. La poca generación de electricidad apenas da para la zona turísticas. En los hoteles, hay ron y comida caliente.
El mundo natural se desvanece. Desconfiamos hasta de la llovizna. Mi calle se puebla de pájaros muertos. Pero eso es lo de menos. Algunos pueblos hasta pierden sus cementerios y los muertos invaden los ríos.
Los barrios. Las calles. Las costas. El país comienza a heder. La apuesta es a la resiliencia. Una forma de estoicismo. De decir que los mansos heredarán la tierra.
En la radio, la gente que logra comunicación telefónica llama para alertar de sus seres queridos desaparecidos.
Una mujer llama y dice que sobrevive junto a cincuenta gatos. Yo como de lo que ellos coman, dice. Luego llora. La soledad la rompe.
Puerto Rico se levanta, nos dicen. Te mostraré el miedo en un puñado de polvo, pienso.
Pero nadie llama extrañando a su gallina.

Results
Lo peor sucede. Una amiga me llama y me dice que Elidio, conseguí pasajes para Miami a dos mil dólares. El viaje es de ida, asegura. Le agradezco que piense en mí, o, más que en mí, en mi hija. El país se desangra y éxodo es masivo. Si no fuéramos ciudadanos estadounidenses, pasaríamos por refugiados políticos.
En la calle, no hay cambio. No hay acceso a las cuentas de banco ni a los cajeros automáticos. Solo un centro comercial sirve de oasis. La economía dislocada. La educación interrumpida. Noventa y cinco por ciento de la isla no tiene energía eléctrica. Lo peor sucede, ya dije. Lo peor es no alcanzar los medios para asegurar y preservar la vida.
Cuando logró ver a mi padre, me dice que está cansado. A su edad, como muchos otros ciudadanos que pensaron que se retirarían de sus trabajos para recibir los nietos en la casa, rescatar memorias de la juventud en alguna bohemia y esperar el final de los latidos con la satisfacción de haber vivido, el panorama no es alentador. Quién diría que a los 79 años tendría que ocuparme de cosas que me preocuparon a los 10, como buscar agua, comida y vivir sin electricidad, dice. Todo va a estar bien, le digo. Puerto Rico se levanta, añado. Se ríe.
Lo que sigue a la risa es impublicable.
La historia no merece alargarse con lo que ya se sabe. Se hiperatenúa la falta de comida y de higiene, de acceso a servicios médicos y de condiciones propicias para la existencia.
La esperanza es un esqueleto que se cree hidalgo Caballero de la Triste Figura.
Pienso que de Isla del Encanto pasamos a puerto-distopía asmática.

Conclusions
Mi padre se despide de mí con tristeza. Morirá una semana después, discreto en la oscuridad de un domingo lluvioso de diciembre sin Navidad. La razón de su muerte será cualquiera. En Ciencias Forenses hay 900 cadáveres sin enterrar y sin refrigeración eficiente. El hedor es real. Nuevamente.
El velatorio será breve. Hay otros muertos que esperan, me dirá el encargado de la funeraria. Mi padre, hombre de tierra, se reducirá a cenizas. Las honras como veterano de guerra, tal y como mi él quería, no ocurrirán hasta dos meses después.
Al final, mi padre se digitaliza en número. A nadie importa excepto a mi hermana menor y a mí. Uno más en una estadística. Recientemente, el New England Journal of Medicine publica un estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard sobre los índices de mortalidad en Puerto Rico luego del huracán María. 4645 murieron, dicen. Pueden ser más. Quizá el doble. 4645 personas cuya perdida no puede equipararse a la de una gallina, como sugirió alguna puertopian desalmada y herida por su propio fracaso humano.
Los muertos no son anónimos. Mi padre se llama Elidio La Torre y a su nombre se le suman 4644 más de los muertos por negligencia gubernamental.
Frente a mi casa corre un río de huesos que gime en las tardes. Ahora que el sol se acuesta más tarde y se levanta temprano, escucho los gemidos menos tiempo. Pero están. Y no van a ninguna parte. Enterrados en el viento, se quedan en su forma de dolor.

publicado originalmente en Nagari.
Allen Ginsberg se encuentra a tres mil millas de distancia de su madre cuando recibe notificación de la muerte de esta. Infarto cardíaco masivo. Fulminante. Tres mil millas son un continente completo, o un dolor sin fondo en la futilidad.
Naomi Ginsberg sería sepultada al otro día y, ante la falta de minyan, un mínimo de diez hombres para rezar el kaddish, su matería se transformaría sin el tradicional panegírico de la religión judía por el alma de los muertos.
Pronunciado en labios del familiar más cercano, el kaddish supone honra para el alma que la recibe. Así, Allen Ginsberg, imposibilitado de viajar para el sepelio de su madre, comienza la escritura de un poema extendido que, en medio del dolor y la tristeza, resultaría en su obra lírica más refinada: «Kaddish», poema que cumple sesenta años de su apalabramiento inicial.
La muerte es ese remedio con el que todos los cantantes sueñan, cantan, recuerdan, profetizan como en el Himno hebreo, o el Libro budista de respuestas, escribe Ginsberg con su imaginación de hoja marchita. La muerte perfora el aliento y ya cuando el cuerpo desgastado se avienta al desecho, solo queda la palabra que espejea en el aire tratando de acaparar la memoria. Es justo que, en medio del duelo, la palabra de afirmación se articule en nombre del alma del difunto en un intento de aferrarse al por-siempre de aquellos que cambian de plano existencial.
«Kaddish» probablemente no alcanza la brillantez sonora de las cadencias en clave de jazz del «Howl», el poema icónico de Allen Ginsberg, pero sin duda pone de manifiesto al frenesí mágico sobre el raciocinio como acto de preservación. En su misticismo, solo el verso repara el dolor intenso. El poema, en la oscuridad, escapa del olvido.
La escritura pulsa por el orden, un intento de dar cohesión a la entropía. Si «Howl», como ha dicho Gary Snyder, es un gran ejercicio en escapismo que culmina como un intento fallido en apuentar la materia y el espíritu, «Kaddish» es una invocación al imaginario mítico en pos de la voz de la madre de Ginsberg contrapuesta al paisaje apocalíptico de la ciudad de Nueva York. «Kaddish», en cierto modo, es neurótico, superpuesto a las relaciones de dominio y se deteriora ante la realidad urbana.
Como uno de los propulsores de la Generación Beatnik, Ginsberg persevera en el elogio a la irreverencia. Si bien la crítica conservadora ha considerado que «Kaddish» resulta en un uso desautorizado e ilegítimo de la oración judía, el uso del verso bíblico se escucha más como citas de las sagradas escrituras que como mimesis whitmaniana. Enérgico y equilibrado, el poema se concibe más en la performance que en lo referencial. O sea, ante la ausencia de un kaddish para su madre, Allen Ginsberg escribe uno.
Dos elementos organizativos informan la construcción del poema. El primero es la vida de Naomi desde su llegada de Rusia a Nueva York y su consecuente vida en Nueva Jersey; el segundo, la escritura misma del poema y la necesidad de decirlo. Orar. Elevar la plegaria. El poder de la palabra supera las acumulaciones en la vida nos desgastan: relojes, cuerpos, consciencia, zapatos, senos, hijos engendrados, el comunismo, la «paranoia» en los hospitales. El candor debilita la paranoia.
Naomi Ginsberg guarda historia particular. Militante del Partido Comunista, y casada con el poeta Louis Ginsberg, Naomi comienza a padecer de presuntas alucinaciones y sentido de persecución durante el período Post-Segunda Guerra Mundial. Sometida varias veces a tratamientos psiquiátricos, Naomi reclamaba que agentes del FBI la acechaban de manera insistente a todas horas del día y la noche. Para Ginsberg, la pérdida de la inocencia y la pureza de su madre no es un acto de Dios, sino de Moloch.
El lenguaje esquizofrénico sale de paseo en medio de la desterritorialización social y psíquica que enfrentan tanto Allen -homosexual convulso y revolucionario- y su madre -la comunista enemiga del Estado-. La edipalización del papel de la madre en la sociedad de consumo durante los años posteriores a la guerra amenazan la idea del conformismo sedentario. Tal y como Lee Eldman ha observado en sus lecturas de «Kaddish», a través de los medicamentos y del electro-shock, Naomi se separa de su propio cuerpo, o la frontera del yo. En un mundo cualquiera, la flor enloquecida no hace utopía.
Hölderlin tenía razón. Los viejos dioses se han ido, pero los nuevos no han llegado.
El poema en boca del poeta es necesario. La correlación entre el homosexual marginado y la mujer desmembrada se asume en el intento de recuperar a la madre desquiciada con un poema que redima su vida fatídica.
En una escena del extenso poema narrativo, Ginsberg la describe: «Naomi, Naomi sudando, con los ojos saltones, gordos, el vestido desabrochado a un lado, el pelo sobre la frente, la media colgando malévola en las piernas, gritando por una transfusión de sangre, una mano justiciera levantada- sosteniendo un zapato- descalza en la Farmacia». Llévame a casa, solicita Naomi más adelante, pero es imposible.
No hay regreso ya. El mundo material se descompone. La realidad no puede ser resignificada. El lenguaje no puede transferir la realidad. Entonces, Ginsberg solo puede remitirse a citar el kaddish original: Yisborach, v’yistabach, v’yispoar, v’yisroman, v’yisnaseh, v’yishador, v’yishalleh, v’yishallol, sh’meh d’kudsho, b’rich hu.

«Kaddish», al final, cierra como un poema de la orfandad. El doliente se suma a dar expresión plena a la pérdida irreparable. El poema actúa como ceremonia para lidiar con las emociones del duelo, las que Ginsberg, en su proceso de escribir y posteriormente recitar, ritualiza como fuga de catarsis.
El resultado, sin duda, contiene una obra maestra. En el arte se apacigua el dolor.
Afuera, Allen inclina la cabeza. Bajo los arbustos, cerca del garaje, recibe la muerte de su madre. Sabe que ella estaba mejor. Por fin.


: where the river is : an experiment in poetry publica una secuencia de poemas de mi creación titulada «The Rome Poems». Una de las piezas presentadas se titula «walking in Rome»:


walking in Rome

male cicadas foretell the sun
the distance of rain as we walk
through Rome on the 25th of July:
the history of Empire

i touch the breath of fire         inside
my mouth birds peck at
dormant words                       under my steps

roads lead into alibis for an idea of time
when tutte strada vanno a Roma

lady cicadas, on the other hand, treasure
silence around the marbled stories
of Villa Burghese

Sophie walks beside me painting
the air                longing dreams
the world conforms a canvas            her voice
a ripe fruit that floats
on the Roman landscape

from the hills of Villa Medici the city
spreads like the wings of an eagle of light
constantly diffusing         emerging            somehow
the impending clearance of dependences
melts with the gradation of memories        the precise
clockwork            of stages

with loss          and           life to gain

clouds travel homeless


All poems, here: http://whereistheriver.blogspot.ca/2018/05/elidio-la-torre-lagares-six-poems.html

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