Malpaís Review, de Nuevo México, editada por G.L. Brower, acaba de lanzar su número correspondiente al Otoño de 2015. En la misma se incluye mi poema «the levity of firing into the dark».

the levity of firing into the dark


sitting on the hood of the Jeep you stole
the moment to call the night suspended in
cigarette smoke and mescal wasted
time of desperate bad blood cursing
the utterly dead
town we scorned with cul-de-sac blue
love of strangers looking from afar on a hill


even silence stuttered, lead
to numb the stars when you loaded
the magnificent possibility of blasting
at the unmerciful universe above us


worm of Mount Alban swam
still at the shallow bottom Glock 19 shades
sparkled in my blurry vision


you said let’s pierce heaven
blind, strange broken rancor
enticing me to pick the handgun and shoot
the thrill out of a godless sky


glassy brown eyes burned behind
Buddy Holly glasses that didn’t help
enough to make you see through
things that simply happened like becoming
the orphan that made you my brother
in a novel i would never write


the wind trimmed your crew
cut and shaved your high cheekbones
when you first fired into the night


bullet casings dripped
as rain i merely winced


you hoped to drill the dark
wallpaper of stars we’d never reach
out in our small lives of late night fried
rice combos Ego rolls underage beer
drinking the loss of our fathers


you discharged those shots in
anger and a grim taste
agave minus one bullet


you insisted i should try
but I simply recoiled in stillness


with fear worming in my eyes
i swallowed the drunk
nothing as we made the trip downhill
past the skeletons of trees futile
as moths pureed on the windshield


you dropped me off home with the dogs
barking at the noise of my thoughts


poems milked out of impassive slumber
and the low light in my front porch


as you drove away, i missed you
didn’t fist-bump me or say goodbye


i will never forgive myself for not firing
the one last bullet you took with you


Foto: www.listindiario.com
Artículo publicado originalmente en Otro Lunes.

Una fe de erratas es tanto una cortesía como una decisión económica sobre el material publicado que enmienda. Se da “fe” o conocimiento de los errores menores que puedan poblar un texto. Es tanto una cortesía como es acto de honestidad.

En una suerte de juego con el término, el editor y poeta caribeño Carlos Roberto Gómez nos entrega su más reciente colección poética, titulada Errata de fe (Isla Negra 2016).

La única certeza siempre es la duda.

La obra se construye en cuatro espacios: «Heridas como labios», «Ocho estudios incompletos», «Las cosas que perdimos en el fuego» y «Fe de erratas». A cada una de las secciones acude una actitud lingüística que se distingue autónomamente; mas, la ilación de los fundamentos estéticos del libro le entrega atributos de circularidad. En efecto, las herramientas primordiales de Gómez Beras son la metáfora, la personificación y las construcciones sensoriales en paralelismos discursivos, montados en esa concatenación onírica que crea tensiones entre los significados del poema. «En el quejido de los gatos./ En el bostezo de la noche./ En el oleaje los folios./ En la sonata de los intentos», dice en «El testigo».

A veces, el montaje de las imágenes es casi cinematográfico, lo que no sorprende cuando consideramos poemas como «The Remains of the Day», «A Man and a Woman», «Scent of a Woman» o «Things We Lost in the Fire», que conversan con las producciones fílmicas que los textos homologan.

Errata de fe se abastece en el lirismo como extensión de las varias tradiciones de vanguardia poética donde el arte y la vida se van trenzando como el mismo ímpetu. Su procedencia vital es la tradición vanguardista francesa y latinoamericana, sin duda.  A esto, se añade el poeta sabio en animación de un mundo poético que traduce por medio de imágenes en voz de un hablante que parece haber caminado largos tramos, como en «Imagen y paisaje»: «En el bosque del tiempo se suceden dos otoños», comienza, «[E]l que se refleja inmutable en el lago/ y el que regala un sendero a quien se extravía./ ¿En cuál de ellos hace su nido/ el pez inaprensible de tu recuerdo?».

El que vive, cifra la vivencia. En su afán por aprehender lo inaprehensible, el poeta solo puede comerciar con el mundo mediante un intercambio de significados.

Vivir es un arte, sin duda; amar, una vocación.

En la primera sección predomina la voz de un poeta maduro, experimentado, una voz que recompone la memoria en intensos mitos que le sirven para explicarse a sí mismo frente al mayor misterio de la existencia, que es el amor. Como la muerte, al amor solo le conocemos cuando llega; pero a diferencia del primero, al amor se le vive para recordarse. «[N]o puedo vivir sino amando”, dice el poeta cuando hace un llamado a la amada; “[y] no puedo amar sino equivocándome».

La humildad del que ha sido golpeado por esa instancia de equivocación recurrente se deja sentir en «Tu cuerpo es un faro»: «Tu noche es el falso despertar de mi aurora/ Tus quizás borran la ruta de mis victorias». De los verdaderos amores, ciertamente, uno nunca sale ileso.

La palabra se agota, se desgasta, se deteriora en los labios, que balbucen como una herida, pero el poeta persiste. Se requiere amar para saber amar, y «[e]l amor tiene algo de dos trenes/ detenidos bajo un aguacero», dice en «El encuentro». Por eso, las manos de la amada solo ratifican el hambre nueva de mañana.

El hambre es la pulsión de vida y todos merecemos padecerla, dos y tres y más veces. Padecerla nos acerca y nos separa del dolor.

En la segunda parte del libro, «Ocho estudios incompletos», un conjunto de «études» comprende la totalidad del movimiento. Los poemas, todos en tercetos sin rimas, evocan otra esfera del decir en la poética de Gómez Beras: «Ven, acércate como tú sabes./ Duerme a mi lado, mientras finges que estás despierta./ Mañana el amor nos construirá otro paréntesis» dice la voz lírica en «Étude #2», en la que el amor es una fuente de conocimiento. El camino del amor no es un argumento sutil, es cierto. Su puerta es la devastación. De los poemas de esta sección, queda un sabor a poesía sufí que abraza al universo, la naturaleza y el cuerpo: «Sobre una mesa coja hicimos el amor./ El sexo fue cópula natural y orquestada,/ pero el amor es vacilante, incómodo e imperfecto» («Étude #8»).

La parte más vital del libro es, a mi entender, la tercera, en la que escuchamos a un poeta dirigirse a su hija, a quien pide perdón por nombrarla centro del universo. «Algún día comprenderás que hay luces que nos ciegan y nos alumbran/ para toda una existencia», le dice en «Sol de Galileo».

Las palabras se usan y las oraciones se hacen, dijo una vez Gilbert Ryle. Una posibilidad permanente mientras aún después que ya no se escucha.

A través de los poemas que hilan se nos revela un poeta en entrega lo mejor que puede dejar a su descendiente: las palabras. Es otro tipo de amor: el que rebasa las metáforas y se sostiene en la intemporalidad. Es el amor que no espera retorno porque nunca sabe de irse; es el amor que persevera sin esperar nada a cambio. Es una manera de quedarse. «La vida es un río que no termina», dice el poeta en «El río contenido».

El poemario cierra con la cuarta parte, «Fe de erratas», donde el autor se remite a la metapoesía y a otras recurrencias intertextuales que prueban que la poesía de Gómez Beras se traslada siempre al plano de la forma. La complejidad no estriba en el decir, sino en el hacer. «La poesía/ es la fe que, por incierta y cegadora,/ nos regala, como en un rapto, el universo», dice en «Fe». La estrategia de las imágenes obra por medio de correspondencias entre el mundo anímico del hablante y la realidad reconocible a su alrededor. No es casualidad que, en el poema «La metáfora», Gómez Beras nos aliente: «La voz del poeta es camino/ –una cosa es otra cosa es otra cosa-/ que se abre como un abanico sagrado».

El poeta es siempre vidente. Donde no ve la luz, la inventa.


La tarea del lenguaje es resistir la opresión del olvido, que a veces asoma como dígito del tiempo. De ahí, que la poesía haga las veces de su memoria, aunque, cuando se trata de amar, uno nunca mira el camino recorrido, sino los suspiros aún por llegar- los que ningún fuego consume.
Foto: Lucy Dickens

Artículo publicado originalmente en +Nagarimagazine.

Cuervo llega a la casa, toca a la puerta y se presenta. Le recibe un hombre visiblemente abatido, afectado por alguna aflicción que Cuervo conoce. La casa, en su desorden, evoca un vacío. El hombre cree que se trata de un asalto y piensa en sus dos niños, que duermen en el cuarto de arriba. Te daré todo hasta el último centavo mientras no despiertes los niños, piensa. Cuervo lo sabe. Por eso está allí. Lo toma en su abrazo de plumas negras y levanta al hombre en vilo. No me iré hasta que estés preparado para me vaya. Es una alucinación que huele a alcohol. Es una hermosa metáfora del dolor. El dolor es un algo con plumas.
En una prestación del poema de Emily Dickinson, La esperanza es una cosa con plumas, Max Porter hace entrega de El dolor es la cosa con plumas (Graywolf, 2016), una novela que se abalanza sobre las dudas habidas en tiempos recientes sobre la supervivencia del género de ficción narrativa y emprende el vuelo de vuelta hacia los usos maravillosos de la imaginación literaria.
Que sí, que Karl Ove Knausgaard propone decir las cosas como se sienten, nada de vueltas a la tuerca, nada de retoricismos ni malabares poéticos- simplemente, decirlo, así, raw, lo que le ha tomado los cinco espléndidos volúmenes de Mi vida. Pero Max Porter –editor y escritor británico– toma el camino contrario con una novela que se conforma como objeto de arte, pues, ¿qué sucede cuando las palabras no alcanzan o no se han inventado aún para traducir la materia anímica en literatura?
Diminuta y concisa, en montaje tipográfico impecable, sus escasas ciento veintiocho páginas se dispersan con una textura narrativa que por ligera se hace sumamente densa. Un coro de voces van hilando las palabras desde tres ópticas: la del Cuervo, la del padre, y la de los niños, que funcionan como una unidad poética. Porter no pierde tiempo en mostrarnos el motivo que convoca la presencia del cuervo: la madre de la familia ha muerto, dejando al padre en un estado de suspensión emotiva y a los niños, en un espacio flotante de incomprensión.
¿Cómo se dicen las pérdidas devastadoras? ¿Cómo se expresa el dolor que amansa la ausencia material del cuerpo que aún respira, pulsa, habla en la fantasmagoría de la memoria? ¿Cómo le hace el corazón para entender que aquello que se ama ya no existe?
El dolor es la cosa con plumas sugiere profundidad sin asperezas semánticas, sin delirios léxicos ni el overkill de la compasión autoinfligida- ese self-pity que no cumple otra función que enternecer y sugestionar al lector en su juicio piadoso hacia el personaje, sino que se nos revela en un manto de registros que pasan por la poesía, canciones infantiles, microcuentos y varias instancias de intertextualidad.
Si Bajtín asociaba la novela a la invención del lenguaje escrito, a diferencia de la poesía, que nace con el lenguaje oral, en la novela de Porter se trata de fijar lo que se quiere decir en medio del dolor al lenguaje escrito. El resultado es una novela maleable, rizomática, poética. Como en el Big Fish de Daniel Wallace, la pérdida es mitificada, convertida en poderosas historias que, como en el origen mismo de los mitos, tratan de explicar lo que de otra manera es inexplicable. Los niños, en su alternancia narrativa, van creando historias sobre la desaparición de su madre. En un momento dado, se duerme de cansancio en la nieve y perece; en otra, la devoran los lobos en el bosque. Se imaginan como príncipes herederos y su padre, un rey. Pero seguramente, la historia más cercana a la realidad es cuando los niños cuentan sobre el momento en que su padre conoce al poeta Ted Hughes, y aquí el libro afianza su otra dimensión: una historia repetida, una historia que encuentra solaz y consuelo en otra historia de similar intensidad.
Ted Hughes, poeta laureado inglés, enfrentó junto a sus dos hijos la pérdida de su esposa, Sylvia Plath, y a pesar de que es harto conocido su trato hacia ella, el poeta solo pudo mediar la pérdida de su esposa en la obra Cuervo: De la vida y las canciones del cuervo (1970), en el que Hughes recurre a mitificaciones, prestaciones y reapropiaciones de la imagen del cuervo como embaucador, timador y metáfora de la muerte, con el mero propósito de sobrellevar la pérdida de su esposa poeta.
A la Plath, la conocemos. Su relación con Hughes, también. Los paralelos parecen darnos la historia detrás de la historia, sobre todo si consideramos que los niños de la pareja de poeta se duplican en los hijos del protagonista en El dolor es la cosa con plumas.
Justamente, en medio del proceso de duelo, el padre emprende la escritura de un libro sobre la obra de Hughes, El Cuervo de Ted Hughes en el sofá: un análisis salvaje.
El Cuervo de Max Porter no es otro sino el cuervo de Hughes convertido en una suerte de Mary Poppins o Nanny McPhee. Con sus rimas infantiles, ágiles, y su humor insidioso, llega para disolver la pérdida con historias y relatos de sus sueños que hacen el dolor y la soledad más llevaderos. «Esta es la historia de cómo perdiste a tu esposa», le dice el Cuervo al escritor, quien responde: «Cambié de parecer. No quiero escucharla». No obstante, a medida que la novela avanza, el Cuervo asume la personalidad oscura del hombre, aquello de lo que precisamente huye. El Cuervo, como el cuervo de Poe, es la sombra; también es la esposa perdida.
En la tercera parte, la intensidad lírica del libro acude a su expresión más brillante. Dos años tras la pérdida, el padre encuentra refugio en una relación íntima con una estudiosa de, precisamente, la obra de Sylvia Plath. Luego de hacer el amor, el padre despide a la mujer y cuando él regresa, el Cuervo está en el sofá fingiendo sonidos amatorios y simulando el acto sexual. Entonces, cree que es tiempo de pedirle al Cuervo que se vaya.
El Cuervo, no obstante, abandona la casa antes de que el hombre se lo pida.
La esperanza siempre es inconclusa. Su poder es acabarse, porque cuando culmina, se convierte en otra esfera, otro plano o cosa distinta, con o sin plumas, da igual. El dolor es intransferible, como la experiencia; un lenguaje intraducible, desdeñoso; probablemente, en su origen, el dolor, que es la carencia, expresa todas las necesidades que dan origen al lenguaje. Mas en el fondo, el dolor es algo que no podemos desear. No puede decirse. Simplemente, es; llega.
Al final de El dolor es la cosa con plumas, el padre y los niños van a un lugar que la madre adoraba, recitan un poema en voz alta y sueltan las cenizas al viento. «Te amo te amo te amo te amo», grita él; los niños le hacen eco, su voz llena con la vida y la canción de la madre.
Inconclusa. Bella. Acaparadora.
Un poema.



 "[Tophat Eddie] died trying to shield his boyfriend from a hail of bullets".
--CNN News

Cuando nada en la tierra,
Quede que tibie el sol,
Cuando nada en la tierra,
Quede que evoque ya.

Cuando sobre la tierra no haya ya mi dolor,
Solo habra una niña y ella sera el amor, 
El amor, el amor, para empezar.
--«Génesis», de Lucecita Benítez
-


¿podría caber un amor así de grande
en mí, así, de esos que todo lo pueden,
bajo el opalescente sombrero
de copa, donde se acopla la afección
o el querer sin fin, como querer hasta
después la muerte? ¿podría morirme
yo de espaldas a las balas,
como un TopHat Eddie hecho
de universo en la noche furiosa
de #Orlando, sombra insomne de las épicas
de Ariosto, abalanzado sobre lo absoluto,
el lugar común que es el amor de la vida?

quiero ser tú, TopHat Eddie, y cantar en agonía 
“I Will Die for You”, viajando en carroza 
por la luna para encontrar lo que perdimos
en la tierra mientras la sangre arrebuja
los cuerpos acribillados por el odio,
los cuerpos que cesan ante la materia,
los cuerpos vaporizados en la memoria?

solo los valientes se sacrifican
por amor, Tophat Eddie,
como todos los que cayeron 
contigo- poder amar así es siempre
una libertad contrariada 
por los que temen ser libres

por eso solo los héroes mueren
por amor, Tophat Eddie,

solo por amor siempre,
para empezar


-a las víctimas de la masacre de Orlando, la madrugada del 12 de junio de 2016, en especial a Eddie Sotomayor, Jr., «Tophat Eddie», a quien nunca conocí, pero cuya valentía y muestra de amor provocó este poema.



Azahares Magazine, de la Universidad de Arkansas- Fort Smith, publica estos dos poemas de mi autoría en su volumen de 2016-17. Ambos poemas pertenecen a un libro dormido titulado Ephemera.


los árboles enfermos


aquí había dos árboles enfermos
atenuados por la sequía y al sol
moribundo de luz entre la arena
blanca cepillando el marfil del cielo
testigo de la desnudez habitual
en la primavera, cuando despojaban
las hojas sin pudor ni enmienda,
otoño precoz que arropa la calle
desierta de palabras que remedien
la muerte carnicera de nuestra historia
amordazada por la tristeza súbita
que invade el fantasma de lo que fuimos


lo que nos mata


el tiempo ha sucedido
como el musgo al pie
callado de la entrada,
un bien de silencio
una nueva soledad

el sol fagocita el aire
cuando llena tu mano

la verdad adicta a la duda
trae consigo un contorno
delgado: la ilusión de la luz
que se asume como causa
cuando solo es un efecto
decoroso de la materia

me atropella el «te extraño»
que transita por el corazón,
ese cenicero donde apago
los besos fumados sin filtro

vestida de distancia,
no puedes callar con el dedo
el principio de lo breve:
un «fue» siempre
cancela al «pudo haber sido»

mi boca queda llena de sortilegios
y mi cama, poblada de olvidos

lo intangible es lo que queda
y nos mata



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