publicado originalmente en Nagari.
Allen Ginsberg se encuentra a tres mil millas de distancia de su madre cuando recibe notificación de la muerte de esta. Infarto cardíaco masivo. Fulminante. Tres mil millas son un continente completo, o un dolor sin fondo en la futilidad.
Naomi Ginsberg sería sepultada al otro día y, ante la falta de minyan, un mínimo de diez hombres para rezar el kaddish, su matería se transformaría sin el tradicional panegírico de la religión judía por el alma de los muertos.
Pronunciado en labios del familiar más cercano, el kaddish supone honra para el alma que la recibe. Así, Allen Ginsberg, imposibilitado de viajar para el sepelio de su madre, comienza la escritura de un poema extendido que, en medio del dolor y la tristeza, resultaría en su obra lírica más refinada: «Kaddish», poema que cumple sesenta años de su apalabramiento inicial.
La muerte es ese remedio con el que todos los cantantes sueñan, cantan, recuerdan, profetizan como en el Himno hebreo, o el Libro budista de respuestas, escribe Ginsberg con su imaginación de hoja marchita. La muerte perfora el aliento y ya cuando el cuerpo desgastado se avienta al desecho, solo queda la palabra que espejea en el aire tratando de acaparar la memoria. Es justo que, en medio del duelo, la palabra de afirmación se articule en nombre del alma del difunto en un intento de aferrarse al por-siempre de aquellos que cambian de plano existencial.
«Kaddish» probablemente no alcanza la brillantez sonora de las cadencias en clave de jazz del «Howl», el poema icónico de Allen Ginsberg, pero sin duda pone de manifiesto al frenesí mágico sobre el raciocinio como acto de preservación. En su misticismo, solo el verso repara el dolor intenso. El poema, en la oscuridad, escapa del olvido.
La escritura pulsa por el orden, un intento de dar cohesión a la entropía. Si «Howl», como ha dicho Gary Snyder, es un gran ejercicio en escapismo que culmina como un intento fallido en apuentar la materia y el espíritu, «Kaddish» es una invocación al imaginario mítico en pos de la voz de la madre de Ginsberg contrapuesta al paisaje apocalíptico de la ciudad de Nueva York. «Kaddish», en cierto modo, es neurótico, superpuesto a las relaciones de dominio y se deteriora ante la realidad urbana.
Como uno de los propulsores de la Generación Beatnik, Ginsberg persevera en el elogio a la irreverencia. Si bien la crítica conservadora ha considerado que «Kaddish» resulta en un uso desautorizado e ilegítimo de la oración judía, el uso del verso bíblico se escucha más como citas de las sagradas escrituras que como mimesis whitmaniana. Enérgico y equilibrado, el poema se concibe más en la performance que en lo referencial. O sea, ante la ausencia de un kaddish para su madre, Allen Ginsberg escribe uno.
Dos elementos organizativos informan la construcción del poema. El primero es la vida de Naomi desde su llegada de Rusia a Nueva York y su consecuente vida en Nueva Jersey; el segundo, la escritura misma del poema y la necesidad de decirlo. Orar. Elevar la plegaria. El poder de la palabra supera las acumulaciones en la vida nos desgastan: relojes, cuerpos, consciencia, zapatos, senos, hijos engendrados, el comunismo, la «paranoia» en los hospitales. El candor debilita la paranoia.
Naomi Ginsberg guarda historia particular. Militante del Partido Comunista, y casada con el poeta Louis Ginsberg, Naomi comienza a padecer de presuntas alucinaciones y sentido de persecución durante el período Post-Segunda Guerra Mundial. Sometida varias veces a tratamientos psiquiátricos, Naomi reclamaba que agentes del FBI la acechaban de manera insistente a todas horas del día y la noche. Para Ginsberg, la pérdida de la inocencia y la pureza de su madre no es un acto de Dios, sino de Moloch.
El lenguaje esquizofrénico sale de paseo en medio de la desterritorialización social y psíquica que enfrentan tanto Allen -homosexual convulso y revolucionario- y su madre -la comunista enemiga del Estado-. La edipalización del papel de la madre en la sociedad de consumo durante los años posteriores a la guerra amenazan la idea del conformismo sedentario. Tal y como Lee Eldman ha observado en sus lecturas de «Kaddish», a través de los medicamentos y del electro-shock, Naomi se separa de su propio cuerpo, o la frontera del yo. En un mundo cualquiera, la flor enloquecida no hace utopía.
Hölderlin tenía razón. Los viejos dioses se han ido, pero los nuevos no han llegado.
El poema en boca del poeta es necesario. La correlación entre el homosexual marginado y la mujer desmembrada se asume en el intento de recuperar a la madre desquiciada con un poema que redima su vida fatídica.
En una escena del extenso poema narrativo, Ginsberg la describe: «Naomi, Naomi sudando, con los ojos saltones, gordos, el vestido desabrochado a un lado, el pelo sobre la frente, la media colgando malévola en las piernas, gritando por una transfusión de sangre, una mano justiciera levantada- sosteniendo un zapato- descalza en la Farmacia». Llévame a casa, solicita Naomi más adelante, pero es imposible.
No hay regreso ya. El mundo material se descompone. La realidad no puede ser resignificada. El lenguaje no puede transferir la realidad. Entonces, Ginsberg solo puede remitirse a citar el kaddish original: Yisborach, v’yistabach, v’yispoar, v’yisroman, v’yisnaseh, v’yishador, v’yishalleh, v’yishallol, sh’meh d’kudsho, b’rich hu.

«Kaddish», al final, cierra como un poema de la orfandad. El doliente se suma a dar expresión plena a la pérdida irreparable. El poema actúa como ceremonia para lidiar con las emociones del duelo, las que Ginsberg, en su proceso de escribir y posteriormente recitar, ritualiza como fuga de catarsis.
El resultado, sin duda, contiene una obra maestra. En el arte se apacigua el dolor.
Afuera, Allen inclina la cabeza. Bajo los arbustos, cerca del garaje, recibe la muerte de su madre. Sabe que ella estaba mejor. Por fin.


: where the river is : an experiment in poetry publica una secuencia de poemas de mi creación titulada «The Rome Poems». Una de las piezas presentadas se titula «walking in Rome»:


walking in Rome

male cicadas foretell the sun
the distance of rain as we walk
through Rome on the 25th of July:
the history of Empire

i touch the breath of fire         inside
my mouth birds peck at
dormant words                       under my steps

roads lead into alibis for an idea of time
when tutte strada vanno a Roma

lady cicadas, on the other hand, treasure
silence around the marbled stories
of Villa Burghese

Sophie walks beside me painting
the air                longing dreams
the world conforms a canvas            her voice
a ripe fruit that floats
on the Roman landscape

from the hills of Villa Medici the city
spreads like the wings of an eagle of light
constantly diffusing         emerging            somehow
the impending clearance of dependences
melts with the gradation of memories        the precise
clockwork            of stages

with loss          and           life to gain

clouds travel homeless


All poems, here: http://whereistheriver.blogspot.ca/2018/05/elidio-la-torre-lagares-six-poems.html

Rafael Trelles | «Peregrino»

 Publicado originalmente en Nagari
A principios del siglo XX, cuando la fe abandonaba los pulmones quemados por el vértigo de la guerra, los artistas advirtieron que aún si habían perdido todo, les quedaba la contingencia. El arte, en su polisemia recién desflorada, tomaba formas que lo alejaban del sentido de vivir por sí mismo y mutaba hacia la cercanía de la cotidianidad. Ante la muerte de la religión, La fuente de Duchamp o los poemas sonoros de Hugo Ball planteaban un zeitgeist cultural desde el dadaísmo, cuyo único precedente eran los beligerantes cantos de Filipo Marinetti y su futurismo. Cuando el grito de dolor dinamitó los dientes fuera del pino, bajó un bullicio de oro por entre las vigas del cielo. La negación del arte tal y como lo conocíamos informaba la emergente vanguardia.
Mas, si los humanos somos criaturas de la repetición, ¿podría plantearse un arte que se oponga a lo mimético y de las formas convencionales?
Como Ícaro, se vale intentar, aunque sea para desfallecer en el intento.
Hugo Ball, fundador del dadaísmo en el Cabaret Voltaire de Zurich, escribió en Vuelo fuera del tiempo que, a los inicios de la primera guerra mundial, la vida suponía «enclaustramiento y encadenamiento ante el fatalismo económico» de una época donde a los sujetos, indistintamente si se resistían o no, se les asignaba un papel que deben cumplir dentro de un designio mayor. Este fatalismo generacional, precisamente, detonaba el ataque hacia los cimientos de lo fijo desde la línea de fuego— desde la avanzada.
Como Derridá expondría décadas más tarde, los cimientos del orden presente nunca son fijos. Incluso Heidegger dedicó gran parte de su obra a desmontar aquellos conceptos ontológicos endurecidos en el tiempo y que ocultaban las fuentes primordiales del ser, puesto que, en ánimo vanguardista, la desestabilidad racional rompe los límites de la aserción individual. Del crepúsculo de los ídolos, sabemos por Nietzche, no queda nada. Observamos su vertiginosa caída y nos quedamos con jirones de cielo perfumado con la ilusión de recomponerlo.
Sin pensarlo, y repitiendo a Derridá, no hay nada afuera del texto.
¿Entonces?
La vanguardia surge como el desgaste de la modernidad y sus mitos. Contrario a la energía, el sujeto no se transforma: solo se crea y se destruye.
La «rapidez del siglo», aludiendo a la velocidad, el tema principal de muchos movimientos en Europa, parecía ocupar el imaginario de los poetas vanguardistas. «Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad», escribió Darío en las páginas de Letras en 1909. Sí, Marinetti, como no, pero también hay un atemperamiento a la realidad americana que no se deja pasar por alto. Las vanguardias son, a falta de mejor decir, la primera red de comunicaciones del mundo— la primera resistencia a desaparecer gentilmente en la conformidad.
En Puerto Rico, donde apenas el cambio de dominación política trastocaba la percepción histórica, la sincronía con los movimientos europeos demuestra que la literatura puertorriqueña estaba al tanto con las corrientes artísticas de principios de siglo.
Consideremos que tras la invasión estadounidense durante la Guerra Hispanoamericana en 1898, y desde 1910 hasta finales de los ’40, en Puerto Rico surgieron más de siete movimientos vanguardistas, más que ningún otro país latinoamericano.

En efecto, de acuerdo con el poeta vanguardista y crítico Luis Hernández Aquino, los aires de renovación lírica se promulgaron desde el diepalismo (1921) de Luis Palés Matos y José De Diego Padró (que prosiguiera a su vez al pancalismo y al panedismo de Luis Lloréns) continuado por el euforismo (1922, Vicente Palés Matos, Tomás L. Batista), el Grupo de los Seis (1924), el vanguardismo o girandulismo (1924, 1925, Evaristo  Ribera Chevremont), el noísmo (1925-1928, Vicente Géigel Polanco y Emilio Delgado), el atalayismo (1929-1935, Graciany Miranda Archilla, Alfredo Margenat, Clemente Soto Vélez, Luis Hernández Aquino y Francisco González Alberty), hasta el integralismo y el transcendentalismo, ya entrada la década del ‘40.
Nada de insularismo.
En poemas como “Abajo”, Palés Matos no solo instaba a derribar «toda esa esa pacotilla inverosímil/ de vieja quincalla literaria», sino que elogiaba al truck, el submarino y el aeroplano. O sea, todo aquello que define la velocidad y reduce el espacio con el avance del tiempo. En «Canto al tornillo», Vicente Palés Matos lo llama «Padre de lo estable y lo fuerte en la mecánica». Mientras los atalayistas se manifestaban en tratados que admirabam «[u]n descarrilamiento de trenes es diez mil veces más bello que los éxtasis de Santa Teresa». También creían que «[l]a Creación determina el carácter del ser pensante». Se trataba, según de Diego Padró, de otorgarle «concentración sintética» a la poesía; ajustarla a la rapidez del siglo, «de modo que las más altas concepciones de belleza queden sustancialmente sugeridas».
Eran tiempos extraños. Difíciles. Duros. Bellos.
Mientras Huidobro, Neruda, Macedonio, Girondo, Lugones, Vallejo, Borges —todos en pie de verso— se dedicaban a avigorar la nueva literatura latinoamericana del siglo XX, en Puerto Rico la vanguardia conflagraba con rabia de nuevos tiempos.
La mejor literatura puertorriqueña contemporánea se debe a las vanguardias de principios de siglo XX.
Hoy, que se nos deshace el país y se nos va la gente; hoy, que hemos visto la desesperanza seducir el aliento de los mañanas; hoy, que miramos las redes sociales como voyeristas de minucias que nos completan la noción de tiempo; hoy, que apostamos a la palabra «resiliencia» como moderación estoica, tal vez sea necesario volver a la semilla. Abanicarnos con los pedazos de cielo caído. Y formar cantos que nos adelanten a la sombra.
Sí. Somos criaturas de la repetición. Vale recordarlo en un país de olvidos.


Durante mi niñez, papá solía contarme historias que, aunque distintas todas, parecían tener un mismo final. Las mejores trataban de sus días soldado en Alemania. En algunas, él llegaba lleno de Zigaretten y Schokolade que compartía en algún pueblo remote de Berlín, a veces- Bavaria, otras. 
A veces mi padre le enseñaba a algún compañero de pelotón a pedir comida en inglés y, conscuentemente, salvarlo del hambre. La mejor historia era la de mi padre conociendo a Elvis Presley. Eran historias que cuando él contaba, parecía engrandecerse. 

Se hacía gigante. 

A veces, me conformaba con escuchar su voz porque su rostro se perdía entre las nubes. Mi padre siempre conservaba una historia maravillosa. Él no sabía mucho de afectos, pues no tuvo una niñez fácil. Pero cada una de esas historias era todo lo que él tenía para reparar por la distancia. Por ejemplo, quizá no podía decir un "te amo", pero me contaba -con insistencia- la alegría que sintió cuando yo nací, lo que hizo, donde estaba, qué dijo cuando me vio, y, siempre concluía contándome que yo no paraba de llorar y que el mismom día que nací, a las seis o siete horas de haber salido del vientre de mi madre, me comí un guineo maduro majado en leche.

Al contarme esto, se destornillaba de la risa como si hubiese acabado de suceder.

Entonces, yo sabía que era su manera de decirme: "Tú me importas".

Para mi padre, que era reservado para sus cosas personales, las historias le eran puentes que llevaban a otras cosas. Cuando no tenía nada que contar, callaba.

Su silencio -como todos- decía tantas cosas.

Mi padre vivía orgulloso de sus logros, pero igual le dolían sus errores. Lo sé desde el día -él único día- que me dijo: «Pérdoname por todas las cosas que he hecho mal».

Mi padre, Elidio La Torre Pérez, se convirtió ese día en algo más que una historia. Mi padre, enlistado como zapador o trabajador de combate, se convirtió en otra cosa ese día: se convirtó en una nueva forma de vida.

Como le dije una vez, "Viejo, no hay nada que perdonar".

Hoy -sábado 7 de abril de 2018- no estoy en este momento en que se honra su mayor deseo, que era ser enterrado con los honores de haber servido al ejército de los Estados Unidos, al que él tanto reclamaba que le debía. 

La vida ha cruzado voluntades: justo cuando a él lo honran, mi hija -su nieta- es recibida para cursar estudios en el programa conjunto de Rhode Island School of Design y Brown University en Providence, Rhode Island.

Para mí y para mi hija, es el mejor homenaje que le podemos hacer desde la distancia. 

Te quiero, Papi. Espero que tú y mami me estén escuchando en voz de mi hermana Roshelly Joan, quien lee estas palabras al momento que tus cenizas descienden al panteón legionario. De seguro, nos volveremos a ver algún día cuando mis cenizas encuentren las tuyas.

Esa será la mejor historia. 
Still Life with Red Shoes- Marjorie Collins

still life with red shoes

life of half-emptied bottles of cider, roasted
ham almost untouched, the cold pasta and stuffed
cheese, wind sweeping the corners of the house
still full of you as the rain dripped down the windows
like fingers on a water piano where old tunes play
the times of memory and longing, when you danced
your way through the world in your favorite shoes,
red as the pulpy flesh of watermelons in summer, still
where you last left them, intact and unmoved, soles
rough and grainy like sandpaper, leather dented at the toe
and at the counter, like tired flamenco shoes, insoles
worn out by your weight, so ethereal now, and so lead
heavy, shoes that one finds to hard to lift from the ground
as the walking gets dense and thicker and sadder



Poem originally published in The Pangolín Review. Issue 1. 2018.

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