La simetría del tiempo, de Javier Ávila

Quiero tomarme unos minutos en esta mañana lluviosa del último día del año para meditar en alegrías ajenas, que de algún modo las hago mías.

Primero, el excelente poemario La simetría del tiempo, del amigo Javier Ávila, ganador del Premio Olga Nolla de Poesía, no sólo recibió la distinción como mejor poemario del año por el Pen Club de Puerto Rico, sino que fue escogido entre los libros del año por la doctora Carmen Dolores Hernández. Con Javier he crecido, desde su novela Different, pasando por los Vidrios ocultos en la alfombra hasta su futuro proyecto, Criatura del olvido. Way to go, buddy.

Segundo: Hilo de voz, del admirado Noel Luna, obtuvo el segundo lugar en el Premio de Literatura Nacional 2006, y tercer lugar en el reconocimiento del Pen Club. Para mí, el premio de Noel debe ser Primer Lugar de Libro de Poesía, puesto que el ganador en el certamen del instituto de literatura fue un libro de narrativa. Por supuesto, calibrar libros de narrativa contra libros de poesía y/o vicervera no me parece adecuado. Lo que me lleva a:

Tercero: el libro ganador fue El corazón de Voltaire, la novela de Luis López Nieves, cosa que me parece extraordinaria, pues la obra eleva la rúbrica sobre hacer novelas en Puerto Rico. Con Luis he tenido la experiencia de trabajar este año en el Programa de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Su obra me parece que se expande con esta novela, y sera merecedor de mayores acercamientos críticos. Precisamente, Terranova acaba de sacar La tergiversación en Luis López Nieves: cuentos y novela, estudio de Estelle Irizarry.

Claro, queda el logro de Mayra Santos-Febres con su Nuestra señora de la noche y el de Juan Antonio Ramos, con El libro de la rabia, que abonan al desarrollo del género más elusivo de la literatura puertorriqueña: la novela. Esto es indicativo de que nuestras letras entran en una nueva fase de evolución. Espero.

Faltaron, por supuesto, libros de cuentos significativos, puesto con poemarios como el de Julio César Pol, Mara Pastor y Gallego, la poesía siempre queda bien querida.

Big Brother is watching you... always

Por Mario Alegre Barrios
El Nuevo Día

SE TRATA de una droga que hacer ver a Dios. Se llama Gracia y es como un falso oasis en el infierno que se vuelve eje de un asesinato, una conspiración y un culto religioso, triángulo en el que intervienen Patria, Abel, Sam y la CIA. Se trata de la novela más reciente de Elidio La Torre Lagares.

Insertada en la mejor tradición del thriller contemporáneo, Gracia -publicada por la editorial Oveja Negra- representa el debut en este género de La Torre Lagares, quien no hace mucho publicó el poemario Cáliz, con su editorial Terranova. "Con Oveja Negra se me abre un mercado más amplio, porque se trata de una editorial con presencia internacional y eso es vital para proyectar en el exterior la literatura joven puertorriqueña", apunta el escritor. "Gracia es un proyecto que me demoró alrededor de tres años y que está hecho con toda la intención de hacerse leer, a través de su temática, el tratamiento del lenguaje y su complejidad dramática."
Al aceptar que este tipo de literatura no es muy común como fruto de plumas locales, Elidio señala que algunas personas consideran que el thriller es "extranjerizante". "Yo simplemente lo considero como parte de la postmodernidad y una respuesta de los escritores contemporáneos que desean apartarse diametralmente del realismo mágico", reflexiona. "Si bien la novela policial ha sido abordada por varios de los escritores más famosos de nuestros tiempos, como Piglia, Bolaño y Fuguet, en el caso de Gracia ese aspecto es sólo uno de los elementos de la trama".

La idea germinal de Gracia, explica Elidio, nace de la idea de que se crea una droga que permite que los usuarios vean a Dios. "Todo esto tiene que ver con los experimentos que hizo la CIA con alucinógenos y otro tipo de drogas creadas en laboratorios con fines militares", ilustra. "Algunos de estos experimentos se hicieron en la Universidad de Harvard y de ahí salió el famoso ácido o 'LSD', que fue probado con estudiantes voluntarios. Uno de ellos fue el poeta Allen Ginsberg, quien más tarde realizó una cruzada casi solitaria para que la CIA decodificara los resultados de esas pruebas. Toda esa historia siempre me sedujo y alimentó la idea que finalmente se convirtió en Gracia. Llegó el vínculo con la religión y el proyecto tomó forma. Gracia es el nombre de una droga que hace ver a Dios y que es usada por una secta religiosa para controlar a sus miembros. A la vez, la CIA anda detrás del fármaco y así es como se complica la trama. En realidad, el final no lo sabía cuando empecé a escribirla... y sigo sin saberlo, a pesar de haberla terminado de escribir".

Como en todo proceso de escritura, dice Elidio que arduo no es escribir, sino reescribir, pulir los personajes y los diálogos, darles fluidez. "Siempre lo más difícil es el trabajo artesanal y ahí está también parte de la magia", apunta. "No me seduce describir los personajes... prefiero que ellos cobren vida por sí mismos con sus gestos, sus palabras, sus actitudes. Mis personajes nunca han sido héroes y en el caso de los de Gracia tampoco. Me gusta despertarme a media noche pensando qué estarán haciendo sin mí. Este es uno de los laberintos maravillosos de este oficio".
Elidio comenta que Gracia tiene diversos niveles de lectura, pluralidad que va desde la alegoría política o la de la salvación personal, hasta el simple entretenimiento. "De cualquier manera, intenta atrapar al lector y creo que lo logra, según testimonios de quienes la han leído", dice.
...

"Me siento muy satisfecho con esta novela. Me gustó escribirla... el final es abierto. Me place escribir dando margen a que el lector también participe. Tiene un falso final: termina, pero no acaba. Y tampoco viene una segunda parte".

Foto: "Get away from the light!", por Sophia Angélica

por Mario R. Cancel
Escritor
http://www.geocities.com/narrativa_puertorriquena/Tertulias_43.html

Gracia (2004), novela de Elidio La Torre Lagares, manufactura una fábula social y política del Puerto Rico de principios del siglo 21 centrada en la conflictividad entre Sam Eagle y Patria. El erotismo y la violencia sádica matizan la relación erótica hasta que la ruptura, ocurrida tras la experimentación de Patria con la droga de moda ve a dios. El acontecimiento puede leerse como un ritual de paso hacia un cosmos desconocido y por ello deseado. El acto resulta liberador y peligroso por el tipo de reto que representa para la autoridad de Sam Eagle y el misterioso Tío G. Pero el episodio también puede leerse como una reconstrucción del reto de Eva a la autoridad divina en el juego de la tentación y la seducción. Los paralelismos entre gracia y el soma en la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932) no pueden ser pasados por alto.

El bajo mundo del narcotráfico y los espacios de lavado de dinero expresan la voluntad de La Torre Lagares de actualizar la narrativa puertorriqueña a la luz de su lectura del film noir y el pulp fiction. La recuperación de ese tipo de recursos genera una estética retro que celebra la violencia y da un giro peculiar a la obra de este escritor. En gran medida se trata de una reescritura del lenguaje de los narradores de la tradición de la Beat Generation poco observada por la crítica hasta el presente. El personaje del Yonqui que aparece y desaparece a través del texto y que resulta ser el mítico Arcángel San Miguel que vuelve a combatir contra el demonio, recuerda al Yonqui de la conocida novela de homónima de William S. Burroughs de 1953.

Este tipo de escritura de la violencia remite el thriller literario en la tradición del Paul Auster de la “Trilogía de Nueva York” o el Ian McEwan de El placer del viajero (1981) una pieza maestra de la “Nueva Novela inglesa.” En cierto modo la experiencia del recurso a la violencia marca una pauta que ya se había hecho notable en la literatura de ciencia ficción posterior a los años 1980 en el resto de América y que rompre con la tradición del boom y de la generación de 1970 en el país.

En Gracia se desarrolla un juego con múltiples remedos del lenguaje de las religiones finalistas, las ideoreligiones populares y el marco conceptual extático. El procedimiento es notable tanto en los capítulos en que se ofrecen los antecedentes del alucinógeno, como al momento de reconstruir los efectos de la poderosa droga controlada por el Tío G. también conocido como “El profeta.” El hecho de que el lenguaje utilizado para crear la impresión del éxtasis sea una representación paródica y caricaturesca del que usan ciertas ideoreligiones populares en la New Age, representa un comentario del presente en el cual esos sistemas imaginarios se han popularizado.

La novela está salpicada de una serie de apostillas sobre un orden social en crisis. El peso que tiene la terrible experiencia de Sam en Vietnam o el fracaso de los proyectos de Abel Pesares, estudiante de literatura que termina escribiendo esquelas funerarias son dos modelos de ello. La novela delata situaciones polémicas tales como las narco-guerras y la utilización del tráfico internacional de estupefacientes para el financiamiento de proyectos bélicos. No hay que olvidar el escándalo Irán-Contras de la época de Ronald Reagan, el asunto del opio en el mundo afgano previo y posterior a los talibanes la relación de la amapola y las luchas armadas en Colombia. La droga gracia representa una garantía para el flujo de dinero que los estados y las organizaciones violentas aprovechan a la hora de adelantar sus causas particulares. El balance entre la lectura simbólica y la lectura política de Gracia y la internacionalización de un título puertorriqueño producto de un autor de nueva generación, representa un acontecimiento literario valioso para la nueva narrativa puertorriqueña.



Por: Jorge Rodríguez
Redactor ESCENARIO/ El Vocero de Puerto Rico
Sábado 23 de diciembre de 2006


Apenas celebrando la obtención del escritor cubano Amir Valle del premio Vargas Llosa de Novela, en la XI edición de los Premios Literarios Vargas Llosa, que patrocina Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), por su obra "Las palabras y los muertos", su editorial boricua Terranova Editores tiene mucho que festejar en adelante, al instalar y consolidar su casa editorial en el Cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan.

Presidida por el poeta, ensayista, guionista, cuentista y novelista Elidio La Torre, autor de la colección de cuentos "Septiembre" y las novelas "Historia un dios pequeño" y "Gracia", esta editorial iniciará su campañas de lanzamientos literarios a partir de febrero de 2007, iniciándola nada menos que con la novela "Tatuajes" de Valle. Este escritor también ha publicado en Puerto Rico, "Las puertas de la noche", una historia policial sobre prostitución infantil que se desarrolla en La Habana Vieja.

"Tenemos en Terranova, planificando para el año entrante, lanzar la colección de narrativa con tres títulos: ‘Tatuajes’, de Amir Valle, a quien me une una amistad de hace años; "Emoticons" de Aurora Arias; y el primer libro de cuentos Juan Carlos López. Estoy tirando a México y Sudamérica, y ya tenemos una narradora mexicana y uno chileno. Hasta ahora, voy viento en popa al inaugurar en Ballajá donde tenemos instaurado un taller de poesía que ofrece Yara Liceaga; abriré un taller de cuento; y otro de literatura infantil que anunciaremos después", declara La Torre.

La plantilla de escritores de Terranova, integrada básicamente por poetas —como ha constituido su promoción inicial— hasta el momento actual, se compone por Javier Avila, ganador en dos ocasiones del primer lugar con el Premio de Poesía Olga Nolla; Kattia Chico, Eddie Ferraioli, Clara Lair, Elidio La Torre-Lagares, Noel Luna, Francisco Matos Paoli, Mayra Santos-Febres, Madeline Millán, Etnairis Rivera, Néstor Rodríguez, David Santiago, Edgardo Soto y Wanda Vega-Negrón.

"La poesía en Puerto Rico está transformándose siempre y ha estado en evolución y gestación de voces todo el tiempo. La poesía es un mercado más selecto; y creo que dentro de esa modalidad poética, la gente tiende más hacia la oralidad y la cotidianidad. Estos poetas añaden el aspecto de la poesía de ‘performance’ que da otra dimensión a la palabra escrita y la hace representada. Esta nueva fase, por no decir una cosa nueva, es una nueva manera de decir la palabra y de encontrar nuevos lectores", agrega el escritor, natural de Lares.

El también editor resalta el espacio ideal de la ubicación de su casa editorial, lo que ha brindado un poco de magia, como dice, a la creación literaria y su fin primordial de publicar. Esta dimensión geográfica, en medio de la última edificación española durante la soberanía en Puerto Rico de España, que duró hasta 1998, hace más visible su compromiso para crear nuevos lectores y autores; con estrategias de campañas de lecturas poéticas, y otro tipo de comunicación donde se vincule a la comunidad.

"Desde nuestra fundación en marzo 2003, hemos recibido a nuestra comunidad de poetas, que serán de quienes estaremos hablando por los próximos diez a 15 años. Contamos también con otros nuevos poetas para el año que viene; y esperamos darle voz a las presencias menos representadas en nuestra cultura", concluyó el artista.

Los cuarteles de Terranova Editores se encuentran en el Local V del Cuartel de Ballajá, en el Viejo San Juan. Para información adicional, puede llamar al 787-725-7711.

portada de la primera edición

por Mercedes López-Baralt,
Catedrática de la Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras

Lugones fue de los primeros en devaluarla: la llamó “trucha amarilla y flacucha”. Neruda, aun queriendo rescatarla para sus Odas elementales, continuó con la degradación, esta vez redentora: “y no serás inútil/ reloj/ nocturno,/ magnolia/ del árbol de la noche,/ sino sólo/ legumbre,/ queso puro,/ vaca celeste,/ ubre/ derramada...”. Insertándose en la misma tradición desmitificadora, Elidio La Torre Lagares abre su primera novela con la aparición de una luna muy poco romántica: “Ayer, desde temprano, me sentía como un augur pues había apreciado que la Luna se levantaba en el horizonte como un ojo de queso rancio, y eso no era normal, y mucho menos si la Luna hedía”. Que sin embargo tendrá en la novela el mismo poder de aquella que inspiró a los poetas con ‑para decirlo en palabras martianas‑ “los rayos de lumbre pura/ de la divina belleza”, lo podemos inferir de un detalle elocuente: su nombre aparece a largo del texto con mayúscula. No es para menos, pues la Luna figura como co‑protagonista de este extraño relato.

Me complace muchísimo ‑tuve la desfachatez de pedírselo al autor- presentar esta noche la primera novela de Elidio La Torre Lagares, ya conocido entre nosotros por sus espléndidas colaboraciones como ensayista en El Nuevo Día, así como por su poemario Cuerpo sin sombras y por su libro de cuentos Septiembre. Se trata de Historia de un dios pequeño, publicada en el año 2000 por la Editorial Plaza Mayor. La leí con delectación, y sólo al final pude entender la dedicatoria críptica que me puso en una de sus páginas iníciales su autor: “Para Mercedes: comparto contigo esta historia de un amigo que te admira”. Como Elidio, tiene una letra que a veces muestra trazas de parentesco con la cultura egipcia, por lo jeroglífica, cuando la leí por primera vez me pareció simpática y cariñosa, y no le di más pensamiento. Había leído, o creído leer: "de tu amigo que te admira". Releyéndola, ya comenzada la lectura del libro, me di cuenta de que decía “de un amigo que te admira”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Pensé, ¿qué rayos me querrá decir aquí Elidio? Pero luego olvidé la dedicatoria y me interné en el relato. La clave no tardó en aparecer. Se trata de un libro sobre el desdoblamiento, tema que debe su prestigio literario a Dostoievski, y por cierto, en el que incide otro escritor puertorriqueño, Edgardo Rodríguez Juliá, en su última novela, Sol de medianoche. ¿Tendrá esta coincidencia algo que decirnos sobre nuestro país? Lamento admitir que me parece que sí.

Presentar una novela fundada en un enigma tiene el peligro de enojar al futuro lector. Porque no hay más remedio que develar su misterio, cuando nunca se haga del todo si el relato es bueno. Quedan siempre muchos cabos sueltos. Pero me curo en salud pidiendo perdón de antemano a los lectores, y esgrimo en mi defensa el consabido consuelo de que el camino es más importante que el destino. Y que por ello, muchas veces nos negamos a soltar un libro, temiendo que se nos acabe el placer de la lectura.

Historia de un dios pequeño narra las aventuras de un joven de clase acomodada, "un blanquito" de nombre Jabí que va a darse unas copas al bar La Almeja, asediado por el presentimiento que augura la extraña luna que lo alumbra, de que algo malo va a suceder. Así es, porque dos delincuentes asaltan el bar, y tras matar a uno de sus clientes, toman a Jabí de rehén para escapar en su carro. Cuando lo abandonan, desnudo, en la autopista, la policía lo arresta por exposici6n deshonesta y Jabí va a parar con sus huesos a la cárcel. Allí se encontrará con su secuestrador; con un grupo de putas y travestíes que hacían la calle de noche; con un Viejo que asesinó a su esposa Lucrecia; con el gigoló Joel, que rapeaba a la mujer madura con la que Jabí flirteó en La Almeja, que no es otra que la víctima del Viejo; con la joven Zoé, hija de Lucrecia y el viejo, que va a buscar al padre asesino y quien también salía con Joel‑ Pronto nos damos cuenta de que casi todos los personajes se conocen, de que son presos de una misma red, más allá de la prisi6n, está en el relato mismo. También nos damos cuenta de que Joel pronuncia las mismas palabras de Jabí... Como el Fernando Vidal del Informe de ciegos de Sábato, el protagonista afirma no creer en casualidades. ¿Quién es quién?

Sin embargo, la entrada de la novela, que convoca en el curioso lector aquellas primeras palabras de El tambor de hojalata, de Gunter Grass: “Lo admito: resido en un asilo de locos”, nos había advertido ya la condición del narrador‑protagonista: “Hoy mí vida transcurre como una película en cámara lenta, como si tuviese una constitución viscosa y le fuese muy difícil abrirse paso entre la arefacción del tiempo. Bajo mis pies, el suelo es un mar de hule hirviente, pero sólo yo lo veo o nadie quiere creerme, cosa que es un problema, porque la gente puede pensar que soy un ‑ mentiroso o estoy loco. [...] Tampoco me sorprende que el aire sea un cubo de peste, cosa que no combina con el blanco de las paredes de esta habitación, ni con el blanco de mis ropas, ni de las sábanas, ni de los ángeles que me visitan. Bueno, tal vez no son ángeles, son enfermeras, de la misma manera que coaduno molinos con gigantes...”. El narrador está internado en un manicomio y oye voces. Voces que encarnan en personajes que dialogan con el paciente, que lo mortifican con su realidad palpable. En la atestada celda de la “Babel de miserias” de la cárcel, dirá Jabí (¿o Jaime Gabriel Arrillaga?): “Sentí que me absorbían, me despedazaban, me diluían en el espacio, hasta que no era yo, sino ellos. Zoé, el Viejo, Ostolaza, Oropel, Muñoz, Roticier, Méndez, Armas y Mac eran todos cabezas de una misma Medusa melancólica y bipolar”.

El nivel psiquiátrico de la historia está convincentemente trazado, mediante el sinuoso proceso del desdoblamiento de la personalidad múltiple. Estamos ante uno de los méritos más importantes de la novela, que nos hace recordar al Obsceno pájaro de la noche, del chileno José Donoso. Son innumerables las novelas que tratan el tema de la locura, desde el primer paradigma del Quijote, pero son muy pocas, poquísimas, las que tratan el problema desde adentro...

Sin embargo, hay una novela que sin tratar directamente el tema infantil, asume de lleno su perspectiva: Cien años de soledad. Lo ha estudiado mi hermana Luce hace años, cuando intentó contestarse la pregunta de por qué, una novela cuyo tema es la soledad, nos llena de alegría. La respuesta está en la conducta infantil de personajes que abandonan la responsabilidad del mundo adulto para dedicarse a jugar, a hacer para deshacer, en una palabra, a vivir en libertad... Algo parecido sucede con la retórica plebeya de lo soez, que tantos de nuestros autores han podido crear para sus personajes, dejando sin embargo al narrador paternalista, como lo llamaría Juan Gelpí, libre de pecado. Lo ha visto con perspicacia José Luis González, al destacar a Luis Rafael Sánchez como el primero de nuestros narradores en asumir desde adentro el discurso procaz. Pues en su Guaracha del Macho Camacho el narrador es tan soez como la China Hereje. Regresando a la novela que nos ocupa, Historia de un dios pequeño es precisamente uno de los pocos relatos que asumen, como lo hace la novela de Donoso, la locura desde adentro. No hay un narrador que, llenecito de razón, observe los desafueros, de su protagonista, pues el protagonista, loco, es quien asume las riendas de un relato cuya clave está en írsele de las manos...

Cristina Rivera Garza

El gran esquema en la Modernidad era conquistar el tiempo sobre el espacio, lo que se transcribe en la eventual separación de ambos conceptos. Es decir, la Modernidad postulaba la posibilidad de un tiempo como experiencia independiente de un espacio físico. Giddens lo llama “vaciar del tiempo”, o la dislocación de la relación tiempo-espacio, donde incluso la llegada de los nuevos sistemas de producción y consumo va degradando el concepto de presencia y localidad para privilegiar el desarrollo de una dimensión abstracta y uniforme donde el sujeto se eteriza.

Si miramos la memoria como contradiscurso de la oficialidad histórica, la novela de Rivera Garza se instala como narrativa de resistencia ante los efectos erosivos del gran proyecto de la ilustración y el raciocinio positivista que se instaura bajo el régimen de Porfirio Diaz en el México de inicios del siglo XX como medio de opresión social, sobre todo en mujeres y mestizos.

Nadie me verá llorar culmina con la muerte física y la pérdida de un pasado que, como la figura de la persona principal, Matilda, en la mente del lector, sólo podrá rescatarse ilusoriamente por medio del espacio designado a la ilusión y al sueño, o, en su mejor parecer, a la memoria. Este espacio que requiere que sea llenado con una historia, una narrativa, que pueda rellenar el vacío, que pueda reparar el dislocamiento -una narrativa que esté estructurada en torno a la memoria y que en lugar de reconstruirse se pueda ir construyendo, es la designación última en el proyecto narrativo de Rivera Garza.

Neil Cassady y Jack Kerouac, quienes encarnan a Dean Moriarty y a Salvatore Paradise, respectivamente, en On the Road.

Siempre hay algo más, un poco más, la cosa nunca se termina, escribió Jack Kerouac.

Como el jazz. Como escribir poesía.

¿Jazz y poesía?

Claro. Música y literatura. La relación ha estado ahí desde los origenes desde los tiempos en que los primeros poetas legaban en palabras y melodías las historias de las primeras sociedades terráqueas. La juxtaposición de los dos artes origina antes del establacimiento de la palabra escrita como medio y nació de la necesidad del ser humano de inscribirse en el tiempo.

Pero la cosa nunca se termina.

La narrativa de Jack Kerouac cambió la manera de entender la literatura de la misma manera en que el jazz cambió la manera de percibir la música.

Para 1940 ambas artes se agotaban por concepciones ortodoxas que encasillaban a ambos artes en sus respectivos dominios. El jazz, por ejemplo, era dominado por la orquestración grande, o big band, mientras que la literatura reclamaba su fortaleza en la restricción matemática sonora, osea, métrica y rima.

Entonces llegó Miles, Bird y Dizzie. Y luego llegó Jack.

Para fines de esa década, la cuadratura del big band había sido trascendida por un nuevo concepto de jazz, el bop, mientras un grupo de jóvenes se conocían en Nueva York y alucinaban acerca de una nueva visión de lo indecible que le cambiara el compás a la literatura de aquellos días.

En efecto, Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs deconstruían el entorno social y literario para dar forma al movimiento Beat que marcó el inicio de la era post-moderna en la literatura durante los años '50. Las implicaciones de tiempo y espacio habían colocado a los Beat y al jazz en un mismo vórtice.

Ahora, finalmente, luego de décadas en preparación para el momento, Francis Ford Coppola tiene todo listo para comenzar la filmación de On the road, con adaptación de libreto de Jesús Rivera, y hasta se rumora que Brad Pitt tendrá uno de los papeles protagonicos.

Todo a 50 años de haberse publicado la novela que cambió el panorama de la literatura mundial.

Gracia, segunda edición, 2007

por Javier Ávila
(palabras de resentación al libro en la librería Borders de Plaza Las Américas, San Juan).

La religión, la inestabilidad política y el consumo de sustancias peligrosas fungen como mecanismos de control (o descontrol, en algunos casos) de las masas. La Torre Lagares entiende esa realidad perfectamente. Sin embargo, su novela se limita a narrar y a documentar en lugar de predicar y condenar. Las soluciones, entiende La Torre Lagares, no son rutas fáciles ni caminos lisos. Son distancias empinadas y rocosas, y cada caminante elige su destino dentro de sus limitaciones. Gracia cuestiona nuestras ideologías, pero no las menoscaba ni las ridiculiza. Gracia abre puertas previamente cerradas, pero no nos indica a dónde ir. Por eso es una novela bien lograda.

Abel Pesares es también otro de los personajes emblemáticos de Gracia, y carga con la cruz del conocimiento forzado, no deseado, pero imposible de ignorar, imposible de abandonar sin una búsqueda exhaustiva de sus orígenes y ramificaciones. Abel es quizá el personaje que más empatía recibe del lector. Su ateísmo cínico y doloroso se funda en el pesar de su pasado desafortunado: la muerte de su hijo Giancarlo, de tan sólo seis meses de nacido; el eventual fracaso de su relación con Giovanna, madre de su difunto infante; el deceso de sus sueños profesionales que desemboca en una carrera de consolación como escritor de esquelas fúnebres; y su incapacidad de lograr un compromiso sólido con Magdalena, a quien amaba total, exclusiva e inconscientemente. Todos estos factores crean en Abel un abismo circundado por una vasta soledad.

Cuando Abel se involucra accidentalmente en el complicado y precario mundo de la Hermandad, su naturaleza inquisitiva lo guía por un camino violento, sangriento, poblado por matones inmisericordes como Belze Bob, El Bellotas y Moloc, y misterios fascinantes como el anillo del rubí luminoso y el valioso cofre de Gracia. En su travesía peligrosa y desesperada, Abel insiste en conocer la identidad del Tío G. Gracias a unos documentos confidenciales que encuentra en casa de Magdalena, Abel descubre que la Hermandad es un culto manipulado por la CIA (Administración Central de Inteligencia de los Estados Unidos) para una red de narcotráfico que beneficia al gobierno estadounidense. La droga Gracia es un mecanismo de control similar a la soma del mundo distópico que Aldous Huxley presenta en su clásico Brave New World. Abel encuentra en los documentos un sinnúmero de secretos sobre el financiamiento, el contrabando y la distribución de drogas que, además de proveer experiencias trascendentales a sus usuarios, funcionaban como sistemas de control y lucro para unos pocos privilegiados interesados en mantener el poder militar, gubernamental y económico en el país más poderoso del siglo veinte. Abel temblaba al descubrir conexiones insólitas (la mafia italiana, el ejercito norteamericano en Vietnam, grupos comunistas, cultos suicidas, etcétera) que irónicamente hacían sentido. Todas estas conexiones cumplían una misión singular: contribuir al dominio de la ideología prevaleciente e irrebatible, lo que el crítico marxista Louis Althusser denomina como el ideological state apparatus.

La ideología predominante habrá de permanecer incuestionable a toda costa. La corrupción es un ingrediente esencial para que esto se dé. En Gracia, La Torre Lagares examina los comportamientos antiéticos e ilegales de un banquero, un legislador y un cura. Esas tres profesiones representan los más valorados integrantes de la ideología católico capitalista que rige el país. El dinero, la ley y la religión controlan nuestras vidas, y Gracia trabaja para el beneficio de cada rama del poder, y lo hace reconociendo la asfixiante necesidad que cada ciudadano tiene por llenar algún vacío en su existencia. La misteriosa y ubicua G de la novela puede significar muchas cosas: Gracia en todas sus connotaciones; el nombre de Dios en inglés, God; el gobierno; el profeta Tío G; la guerra; en fin, lo que sea más conveniente para su usuario o investigador. Para Abel, la G puede tener hasta una conexión con su hijo fenecido, Giancarlo. El poder de la droga yace en su versatilidad, que es a la misma vez su omnipotencia. Gracia tiene que existir para validar la existencia del ser humano. Sin ella, ¿cómo encontrarle sentido a una vida llena de pesares?

El Puerto Rico que La Torre Lagares observa y dibuja minuciosamente en Gracia es un país caótico y deshecho, donde la droga y el bajo mundo controlan gran parte de la economía y el ambiente social. La crisis es tal que hasta los personajes secundarios, como el taxista latoso y el junkie enfermizo son profetas de una sociedad lobotomizada por una ideología abusiva que promueve la injusticia, la obediencia ciega y la mansedumbre intelectual. En Gracia, La Torre Lagares construye un espejo que nos retrata caídos, no en gracia, sino de la gracia de nosotros mismos. ¿Cómo rescatar lo que va rumbo a la desgracia? Esa es la pregunta que esta novela nos obliga a hacer y rehacer. Gracia es, más que nada, una obra exquisita que deleita al lector por su lenguaje poético, su ritmo acelerado pero apacible, su poder sugestivo y explosivo, y un estilo excepcional que demuestra el serio compromiso que el talentoso La Torre Lagares tiene con la literatura.

Javier Ávila es laureado poeta y novelista. Sus dos libros de poesía, Vidrios ocultos en la alfombra y La simetría del tiempo, han obtenido el Premio de Poesía Olga Nolla 2004 y 2006, respectivamente.

Historia de un dios pequeño, segunda edición

por Nélida Arroyo
(de publicado en la revista Cultura, del Instituto de Cultura Puertorriqueña)

...El suicidio, la depresión, la neurosis y la esquizofrenia que sufren los personajes hablan de un país donde los trastornos mentales ocupan un lugar sobresaliente, de un mundo donde una de cada cuatro personas sufrirá algún trastorno mental, donde 450 millones lo padecen actualmente, según el informe de la Organización Mundial de la Salud. Podemos reconocer en Jabí o en Jaime Gabriel Arrillaga una ruptura con la realidad que se traduce en alucinaciones y voces, como ecos demoniacos que solo él ve o en los que nadie quiere creer. ¿Son los personajes sólo voces que le atormentan y ha permanecido todo el tiempo entre las paredes blancas o ha salido efectivamente de allí a encontrarse entre los otros? Recordemos que Jabi es un inventor de palabras, crea su propio lenguaje, ¿inventa acaso su propia realidad?

Lo cierto es que se convierte en el único personaje que se salva, se salva dentro de su locura, si es locura, se salva dentro de su verdad, si es verdad, porque reconoce con autenticidad cual es su propósito en la vida. El es poeta, y ve su vocación como un llamado: Cuando uno se inmerge en poesía, llega a encontrarse a sí mismo. Eso es casi como salvar el mundo. Y esa es mi misión divina. Ser poeta es ser un pequeño dios. Los demás personajes son también dioses pequeños, pero su omnipotencia termina donde termina su deseo. El sexo y la comida son también dioses, pero dioses irremisiblemente perecederos. La sociedad que ha perdido la sensibilidad para la belleza, el amor y la verdad está muerta: Una sociedad que no siente no puede dolerle nada, lo que hace la muerte lenta más llevadera.

¿Cuán fidedigna es la voz de un personaje que ha elaborado todo un discurso que discurre de su locura? Legítima por su autenticidad, porque va a la sustancia y al todo de las cosas. Llegamos a cuestionarnos inclusive cual es la finalidad del ser humano, ¿Qué Dios insano obra detrás de todo esto?… ¿Somos el objeto de una conspiración mayor? ¿Hay un orden superior en el mundo que sigue su curso, independientemente de lo que ocurra: Deus ex machina?

Un profundo pesimismo, un nihilismo soterrado emana de esta pesadilla, si no fuera por Jabí, por su negativa a aceptar el mundo que habían escrito ya para él.Y Mac, sin duda , lo ha ayudado en el proceso: yo lo envidiaba porque Mac era realmente cojonudo, y a mí siempre me faltaron las bolas para tomar control de mi vida. Esta ruptura implica una decisión: Me esperaba, entonces, mi antigua vida, predecible y automática como un semáforo, y yo no estaba dispuesto a eso. Jabí necesita la dislocación para alcanzar la unidad, que es a fin de cuentas, estar en paz consigo mismo, responder a su llamado...


Le conocí hace dos años durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, cuando dicha fiesta fuera dedicada a Cuba. Escritor joven pero de mucho kilometraje, Amir y yo iniciamos una amistad junto a Guillermo Vidal, que en paz descanse. Hablamos de cosas en común, de frivolidades y literatura, de Cuba y de Puerto Rico, y el destino nos hermanó nuevamente cuando la antología de Páginas de espuma, y finalmente estamos unidos por Tatuajes, una novela de la cual él es autor y yo editor. Ahora, Amir acaba de ganar el Premio de Novela de la CAM, mientras que el Javier Vivancos logró el Lituma de Cuento en el certamen que patrocina la Caja de Ahorros del Mediterráneo en España, cosa que me llena de satisfacción.

Doce mil euros se lleva el Amir-Shamir. Y la publicación de Las palabras de los muertos, la obra ganadora.

Claro, para mi amigo, ganar premios no es nuevo. Eso lo pueden constatar en www.amirvalle.com.

Pero para mí, que lo conozco hace poco y pareciera que hemos tomado cerveza toda la vida, es una gran alegría ver a un amigo triunfar.


Cerro de Guilarte, Adjuntas (Puerto Rico)

De vez en cuando uno siempre merece un viaje a la semilla. El trazo de asfalto montaña arriba, el aire cristalino, las variciones de verde, la casa de mi infancia. La lluvia me recibió, como siempre. La niebla se mantuvo vigilante desde la altura, y parecía que el pueblo era una extensión del cielo. O tal vez, que colgaba de las nubes.

Al llegar, una tierna soledad barría las calles del pueblo, y el silencio era ensordecedor.

En casa de mis padres, tuvimos la cena de acción de gracias -la segunda del día- y fue grato ver el pavo de siempre -el mismo pavo del año pasado, pensé, que era el eco de otros anteriores- y el relleno de carne de res acompañados de las papas majadas y el arroz con gandules. Luego la conversación después de la cena, sentados en la sala, mientras en la televisión -al igual que el año anterior- pasaban "Mujercitas". En un momento que las palabras faltaron, sentí el vacío de la casa nuevamente. En un tiempo, mis hermanas y yo llenábamos la casa. Eso era el concepto de tradición. Ayer éramos ramificaciones dispersas en distintos órdenes de prioridades.

Ayer solamente quedaba, pues, el silencio, el vacío y pavo repetido. Me es inevitable pensar que entre niebla, lluvia y silencio, llegará el día en que finalmente terminemos el pavo en casa de mis padres y entonces tendré que reinventar la tradición.

De todo esto, sólo quedará el fantasma de la memoria. Pero así de disfuncional, así de vivo en mí.

Para leer de verdad, la nueva novela de Volpi Posted by Picasa
Hace seis años, Jorge Volpi (México, 1968) hablaba de ese compromiso ético con la novela “entendida como una investigación personal que trata de encontrar algunas soluciones y ofrecerlas a los lectores de investigar a través de la ficción que esa es la naturaleza esencial de la novela”. En efecto, Volpi valida la consabida heteroglosia de la que nos hablaba Bhaktin, y en su defecto nos comprueba que la novela en plena evolución.

Volpi es para mí uno de los que van a trazar la literatura por los próximos diez años. Miembro buona fide la Generación del Crack, es leído tanto en Europa como en América, un evento de suma rareza entre las letras hispanos, y privilegio compartido con Vargas Llosa y García Márquez, entre otros. En su novela En busca de Klingsor se conjugan la novela histórica, detectivesca y la divulgativa. Es todas y es ninguna. En su nueva novela, No será la tierra, es todo un proyecto literario donde los personajes son partícipes de algunos de los eventos más influyentes del siglo XX, entre los que destaca, más prominentemente, la caída del comunismo.

No será la tierra (que consta de 544 páginas), Volpi concluye una trilogía sobre los acontecimientos que marcaran el siglo pasado, proyecto iniciado con Klingsor y continuada con El fin de la locura.

Esta novela, a mi entender, es uno de esos libros que marcan hitos. La producción novelesca se comenzará a medir antes y después de esta novela, que, editorialmente, le devuelve el grosor a las buenas lecturas, y literariamente, señala un nuevo rumbo en las letras hispanoamericanas.

Pedro Cabiya (foto de Marcos Perez) Posted by Picasa
La escritura de Pedro Cabiya (o Diego Deni, o Tobías Bendeq, o Gregorio Falú, o todos ellos) es donde se sustraen todas las tradiciones continuidades literarias anteriores. Para que despunte una nueva literatura, tiene que haber negación y a la vez tradición.

La topografía de la escritura de Cabiya es diversa, dispersa, pero sobre todo, extraña, lo que nos recuerda a Donald Barthelme y a Thomas Pynchon. Los cuentos de Cabiya han aparecido en prestigiosas revistas literarias, periódicos y antologías, tales como la Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, editada por Julio Ortega, y el consabido Rostro y la máscara. Así, en el claroscuro de los siglos, nos llega Historias tremendas.

En este primer libro de Cabiya, el efecto estético, por tomar prestadas las palabras de Dominic Head, se mantiene relativamente autónomo. Se aparta el escritor de los códigos conductuales y convenciones sociales, que son suplantados con afán fetichista por los juegos de palabras y unidades de lenguaje.

Más decididamente, la escritura de Cabiya plantea un cambio de paradigma en nuestra literatura, mejor representado en un pasaje de “Historia verosímil de la noche tropical”, cuando el personaje de Iris, al notar que el personaje de Bruno Soreno (a quién conoceremos más tarde) está ebrio, insiste en conducir: “Ah, no, pues no. Mejor yo guío porque lo que yo quiero es que no me vaya a parar la jara”, dice ella. El narrador advierte entonces: “¡La jara! ¡Oye eso bien, mi hermano, la jara!... ¿De qué... sarcófago se arrastró este... pescuezo?”.

Este pasaje, a mi entender, recoge, de manera alegórica, un decisivo distanciamiento generacional. Ciertamente, las cosas ya no son como eran, ni lo serán como son. Pero, no obstante, la intención que resguarda a este pasaje como telón de fondo es la de atrechar la distancia para, primero, equipararse con su sujeto, y luego, desplazarlo. Ya lo dijo J. Tinianov al tratar el problema de la sucesión literaria: “Cuando se habla de la tradición o de la sucesión literaria, se piensa generalmente en una línea recta que une a los autores más recientes de una rama literaria con sus mayores. Las cosas, empero, son mucho más complejas. No se trata de una recta que se prolonga, sino que cada paso asistimos a un comienzo que se organiza a partir de un punto que se refuta”.

En Historias tremendas, la palabra es el epicentro del efecto Cabiya. Lo filosófico y culto cohabitan con la jerga cotidiana en una impactante mezcolanza pop de aldea global post-tecnológica. En el cuento “Historia de una visitación”, por ejemplo, se recurre en el uso del hipérbaton, con énfasis especial en los verbos al final de la oración (recurso utilizado por los prosistas españoles del renacimiento). Los personajes en este cuento, Climenestra, Pericles, Hermógenes, Tais, entre otros, degustan pasteles de yuca y de plátano y persiguen a una rata. El realismo grotesco es enfatizado cuando los actantes, que llevan nombres extraídos del mundo clásico, se reducen a la gastronomía popular puertorriqueña. Y es que, en los tiempos de la Posmodernidad, las utopías se han disuelto y sólo nos queda la experiencia inmanente: la exaltación y la burla. Así, pese a que ocho personas persiguen la rata, “ninguna pudo agarrarla. Intentaban no tropezarse entre ellos, pero esa utopía fracasó”.

En el cuento “Historia de un hombre nacido bajo el influjo de una mala estrella, o vida de un desgraciado, o penosa tragicomedia en ocho acápites”, encontramos al hablante desventurado, una deformación del “Cándido” de Voltaire que se presenta a tales desdichas que incluso nos recuerdan a los Infortunios de Alonso Ramírez de Sigüenza. En el mundo carnavalesco de la risa, no existe negación abstracta pura. “Una paliza es tan ambivalente como un insulto se transforma en elogio”. Así, el personaje, luego de varias palizas y trifulcas, es reducido a su profecía: “Dentro de muy poco sepultaré mi tamaño y anonadaré la superficie de este mundo desplegando kilómetros y kilómetros de papilas digestivas”. El castigo se transforma en risa festiva. El objeto es asumido y el sujeto se disuelve.

El absurdo, la parodia y el pastiche son materia de uso en Cabiya. Es un ensayo de la incertidumbre y la transitoriedad. Directo a la sangre en irrigaciones de chocarrería y mundanalidad culta, Cabiya recoge lo que encuentra en el vertedero cultural de esta sociedad de excesos, y lo transforma en artefactos que, si bien portan algo de patético, también son bellos.

La literatura no será igual después de Pedro Cabiya.


Imagino el barco alejándose, cortando las olas que inundan la bahía, y a él, con sus ojos grandes perdidos en el horizonte de isla. Es el eterno viaje de ida, como el del Bayoán peregrino —el viaje que se repite como holograma de un arquetipo. Arístides, apenas con veinte años, deja atrás una estela de recuerdos y un libro de versos. Misa rosa, lo tituló.

Se torna hacia la proa y se pierde en el amplio y misterioso mar que se lo traga como una gran boca de tiempo.

Tan sólo lo imagino.

¿Razones para arar la distancia en búsqueda de otro suelo? Las podemos adivinar. Pero únicamente Arístides las conocía. Las guardaba como parte de su equipaje, allí, con “La ninfa y el fauno”, “Los cíclopes”, “Los argonautas”, “Pan” y “Prometeo”, quienes poblaron sus versos.

Tal vez era un pez demasiado grande para un estanque pequeño.

Arístides Moll Boscana se casó con la historia en una “misa rosa” que abría el espacio a una nueva estética poética al publicar el libro que oficializa el modernismo en Puerto Rico. Pero el matrimonio duró poco, y la historia se olvidó de Misa rosa, libro impreso en las prensas del Boletín Mercantil de San Juan en 1905 y que celebró el centenario de su publicación.

De la vida personal de Moll Boscana se conoce muy poco. Nacido en Adjuntas en 1885, el autor muere en Berkeley, California el 5 de marzo de 1964. Se educó en diversos centros de estudio en Francia, España y Estados Unidos. Fue maestro en su pueblo natal, pero luego migró de campo laboral para convertirse en subadministrador de aduana en Mayagüez.

Fue allí donde el mar comenzó a llamarle. Exactamente, 100 años atrás, cuando un tal Albert Einstein escribió que el tiempo no es el paradigma absoluto que hemos conocido y respetado. Masa y energía son recíprocamente transformables, dijo. Inclusive, un libro contiene energía en reposo.

Eso es Misa rosa, la obra que oficializa el modernismo en Puerto Rico. Energía en reposo.

O tal vez un pez muy grande para un estanque pequeño.


Llegué a Murakami cuando Alberto Fuguet me lo recomendó. Lo primero que leí fue After the Quake, colección de relatos, a lo que le seguí con Kafka on the Shore, novela. Le tomó a Murakami cerca de 20 años antes de ser reconocido como una de las figuras principales de la ficción mundial. Cuentista y novelista, su escritura ha sido criticada por estar muy mediatizada por la cultura de medios. En realidad, ¿qué no lo está en estos días? Posiblemente Murakami tiene tantos detractores como seguidores, pero, de nuevo, ¿qué escritor no está expuesto a eso?

Murakami escribe comprometido con la soledad del mundo moderno. Separar la realidad y la fantasía a veces ni merece la pena el esfuerzo, porque es una futilidad. Después de todo, ¿qué es la realidad? En Murakami se suscita el sujeto posmoderno y su cuestionamiento ante la soledad: el misterio, el abandono, la desesperación, el amor, la desilusión o incertidumbre. Probablemente la mejor historia de su último libro, Blind Willow, Sleeping Woman, es “Tony Takitani”, pautada para llegar al cine a inicios del año entrante, y donde el protagonista es básicamente un inadaptado de la sociedad japonesa. Sin relación edipal (su madre muere) y ante la inaccesibilidad de su padre (músico de jazz que nunca estaba en la casa), Takitani se confina a sus interiores, lo que lo desarticula como individuo partícipe de la sociedad.

Pero, ¿lo mejor de Murakami? Sus historias escapan las interpretaciones.

Cuando Mayra Santos-Febres publicó, al inicio del nuevo siglo, su novela Sirena Selena vestida de pena, los temas de la exclusión y la marginación –sostenes en la organización de la cultura occidental- adquirieron un renovado dinamismo en el imaginario popular puertorriqueño con la inclusión del concepto del travestismo que encarna el personaje que da título al libro. Según el crítico Kristian Van Haesendock, la novela de Santos-Febres marca un hito en la literatura puertorriqueña, puesto que su protagonista, Serena, es un joven quinceañero que encuentra su verdadero yo a través de la transitoriedad enmascarada que le provee la cultura del drag.

La novela escinde la visión cultural conservadora y abre un espacio a los estudios de la teoría queer y del drag and cross dressing en el Caribe. Por su carácter intrínsicamente político, el travestismo es un recurso excelente para desestabilizar aquellas posturas generalmente aceptadas en torno al sexo y al género.

Claramente, el travestismo –esto es, la apropiación de características de género normalmente asociadas con el sexo opuesto- adquiere significación más allá del género y es a la misma vez un acto sexual en sí mismo. Mas, en el caso de la Sirena Selena, el travestismo es un tanto de carácter paródico porque reta el orden occidental colonizador imperante en el Caribe, el cual es de naturaleza esencialmente falocéntrica.

La risa, en esta dirección, juega un papel fundamental como arma desestabilizadora.
Eran los ‘80. La década de Reagan y Romero Barceló.

El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Iran e Iraq, el movimiento Soliradidad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA y las vistas del Cerro Maravilla permeaban por mi mente con la cualidad de tinta sobre algodón. En la Universidad de Puerto Rico soplaban los vientos de la post-huelga, y yo, como muchos otros que eventualmente conocí, me preguntaba qué quería ser y a dónde quería ir.

Incidentalmente, encontré un poema escrito en una forma muy particular: verso largo y tono bíblico, de fraseo sincopado, como una partitura musical en verbo. El poema me habló: “He visto a los más grandes espíritus de mi generación destruídos por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos, arrastrándose en la calle al amanecer, buscando una cura violenta.” Quedé hipnotizado por la crudeza de aquel lenguaje, y a la misma vez por el dolor que transmitía.

Era un dolor humano. Un dolor sublime.

Era el “Aullido” (“Howl”) de Allen Ginsberg.

En medio del rapto que me provocaron aquellas palabras de plumas y navajas, entendí a la poesía como algo más que un mero objeto de apreciación estética. La poesía podía ser tan sublime como peligrosa.


Ginsberg fue precursor del movimiento Beat de los años ‘50 junto a Jack Kerouac, William S. Burroughs, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, y otros íconos de la literatura post-modernista de los Estados Unidos. Allen cruzó destinos con Kerouac en la Universidad de Columbia. Ambos coincidieron en que la poesía necesitaba un nuevo renacer, una “nueva visión indecible.”

Robinson Jeffers y Richard Wilbur marcaban el canón poético de la época, pero todavía vivían bajo la sombra del modernismo de Ezra Pound, T.S. Eliot y William Carlos Williams. Los Beats, término que emerge como sustracción de polos entre “beat down” (abatido) y “beatífico,” coincidieron en que la poesía debía emanciparse de la métrica e ir en dirección más espontánea, una conjugación de los acordes del jazz de Charlie Parker y los versos de Walt Whitman.

Entonces, supe qué quería ser y a dónde quería ir.


Los cuentos de Cortázar se cotizan entre los más refinados y perfectos de la literatura mundial por su maquinal sentido de la técnica sobre la cual se andamia un lúdico uso del lenguaje, que es sobrellevado a su vez en oraciones de complejidad sintáctica donde a veces se opaca la diégesis del discurso mismo. Precisamente, estos atributos destacan en “Las babas del diablo”, cuento publicado inicialmente en Las armas secretas su quinto libro, libro escrito bajo una admitida influencia del jazz be-bop de Charlie Parker, a quien dedicara uno de los cuentos.

“Las babas del diablo”, llevada al cine por Michelangelo Antonioni, fluye a manera de una trío de voces narrativas que, como instrumentistas ejecutando un jazz, van improvisando acordes intercalados, construyendo la historia sobre una escala musical, que será el discurso, dispuesto en tres secuencias narrativas, y el cual queda enmarcado por la elaboración de un metarelato. Pero más que un cuento que trata sobre hacer un cuento, nos enfrentamos a una historia donde la pérdida de la inocencia, en términos Blakeianos, nos abre los ojos a la experiencia, la cual no existe sin el mal. Este tema, que es esencialmente romántico, es presentado en las últimas dos de las tres secuencias que constituyen todo el desarrollo del cuento.

El cuento es una obra maestra de Cortázar. El lector nunca sabe dónde queda ubicado con respecto a la acción. Y terminamos, como con todo buen escritor, en sus redes de tinta.



En su más reciente novela, Bret Easton Ellis, enuncia que la brevedad y simpleza de la primera oración debe significar una vuelta a la forma, un eco de la oración inicial de su novela Less than Zero, que lo catapultara de inmediato al reconocimiento literario en los ’80. Easton Lewis admite más adelante, en el primer capítulo de Lunar Park, que, al igual que ocurre en The Rules of Attraction, American Psycho y Glamorama, la retórica obtusa y enrevesada con que inicia sus primeras novelas no era otra cosa que un reflejo de su vida abrumada. Sencillamente, Lunar Park es, de acuerdo con el autor, un retorno a lo que muchos editores alrededor del mundo han estado pidiendo a gritos: la novela que cuenta una historia.

Easton Ellis creció en Los Angeles, en una atmósfera, por citar a Joan Didion, de catástrofe. Sus novelas se pueblan de exitosos individuos que inhalan coca, pasean con rubias glamorosas en deportivos, frecuentan clubes de moda, rompen noches en Nembutal así como destrozan sus vidas dentro del contexto de y después de los Reaganomics. Nada más lejano de la previa vida del escritor, que fuese músico de bandas punk y new wave para inicios de los ’80. Su literatura es una mezcla de televisión, cine, literatura y rock’n’roll.

A los 42 años, la novela de Easton Lewis le ha perdido unos cuantos admiradores dentro de la crítica literaria. El narrador homo/intradiegético es un tipo llamado, precisamente, Bret Easton Ellis, quien, paulatinamente, va cediendo en su desolación emocional para revelarnos una historia que es tanto de horror como lo es paródica y caricaturesca mientras desemboca en una meditación nostálgica sobre la muerte. Todo esto reemplaza las proposiciones de sus novelas anteriores, donde el lenguaje era más acelerado y violento. Lo que propone el autor en su escritura es la simpleza de un decir que no implica que el lenguaje sea llano.

Si algo obtenemos de esta novela, es que lo simple a veces es lo más difícil, y contar una historia, es una verdadera tarea.


Al inicio de la segunda parte de La noche de Tlatelolco, la escritora Elena Poniatowska dice que “Tlatelolco es incoherente, contradictorio”, refiriéndose a los eventos de la noche del 2 de octubre cuando soldados del gobierno mexicano abrieron fuego contra una manifestación estudiantil, trayendo confusión, caos y muerte entre las víctimas. Tal vez dicha declaración no sólo haya quedado dibujada en la memoria colectiva, sino que también es la formulación del andamiaje estructural de la obra. Queda recogida en una polifonía de discursos directos e intertextuales, la mimesis de los acontecimientos del 2 de octubre, y donde el único hálito de subjetividad se limita a la ordenación arbitraria de los eventos presentados, pues la voz de Poniatowska casi no intercede en la presentación de los hechos, lo que reviste la obra de un valor documental. Así, las voces se bisecan, se interpolan, se contradicen y se reafirman constantemente, avanzando con la deformación de una geometría fractal.

Esta obra, sin embargo, lleva el dejo del manjar que pierde o adquiere otro sabor con el tiempo. Queda confinado el sujeto humano como un producto de la prisión, de la familia, de la fábrica y de la escuela, y la antigua idea de la clase trabajadora como sujeto de los cambios revolucionarios, a la luz del Imperio de Toni Negri, ha entrado en decadencia a medida que se va disolviendo junto con la tradición de pensamiento dialéctico a la que respondían las revoluciones de los ’60. Pero hay más: por un lado, vemos la hegemonía en función y en su carácter natural de violencia para imponer el poder y la dominancia del estado en su deseo totalizador; por otro, apreciamos el ideal fútil de la utopía socialista, cuyo final es un encuentro con su antípoda, lo que se resalta en el siglo XXI como la erosión de la democracia. Así, la muerte del sujeto, literal y figurada, es un epíteto del fracaso humano.


Ya entrada en su educación formal, Sophia llegó del colegio insuflada de emoción porque había visto la película que narra la historia bíblica del jardín del Edén. No paraba de hablar de cómo Dios había creado a Adán y a Eva y que si yada yada yada, pues el resto de la historia es harto conocido. Cuando terminó de contarme la historia, dejó caer una de sus ya acostumbradas preguntas molotov: «Papá, ¿y por qué Dios dejó el árbol de la sabiduría en medio del jardín si no quería que comieran de él?». Aunque sorprendido por el cuestionamiento, me limité a decirle que yada yada yada y todo el resto de la contestación que se supone uno provea a una niña de cinco años.

Sophia meditó mi respuesta.

Yo podía advertir en su rostro que algún mecanismo estaba en plena función dentro de su cabecita.

Y entonces, aprendí que una pregunta molotov que se responde con diplomacia sólo va a generar una reacción tipo bomba de iluminación: «Bah. Si yo fuera Eva, también hubiese probado del árbol».











Y no me la pude parar.

Así termina Factotum, una de las novelas de mi lista de mejores lecturas, y que recientemente ha sido llevada cine, esterilizando Matt Dilón y Marisa Tomei, dos actores a cuyo culto me adhiero.

La premisa de la novela de Charles Bukowski es sencilla: un escritor (Henry Chinaski, alterego del propio autor) que busca su sustento a través de diversos empleos, y de ahí el título: factotum, que en mi país le llaman de diversas maneras, incluyendo soplapotes y taparotos. El resto es un viaje a través de la vida, muy al estilo del memorial On the road, pero, contrario a la obra de Kerouac, que recorre los Estados Unidos de este a oeste y culmina en México, Factotum nunca sale de Los Angeles. Vivir y sufrir quedan poetizados magistralmente por Bukowski, escritor Beat radical y periferal.

Pero el tema subyacente que asalta al lector es la lucha del artista moderno en la sociedad capitalista. Del arte ya no se vive. Y de ahí que toda la novela sea el acopio de experiencias laborales que en ocasiones no duran más de un día, todo con tal de obtener algo para comer, beber, fumar, y poder escribir, hasta el próximo empleo.

Y no me la pude parar, termina la obra de Bukowski, mientras Chinaski intenta masturbarse en un espectáculo porno en vivo.

Es la impotencia que sofoca toda posibilidad de procreación.



















Hace cinco años publiqué mi primera colección de cuentos titulada Septiembre, una serie de historias hilvanadas por dos elementos: el clima del pueblo de Adjuntas y el mes en el cual transcurren todas las historias. Me tomó un mes escribir el primer boceto del libro, en 1996, y luego un par de septiembres más, hasta que fue aceptado para publicación en el 1999 y publicado en el 2000, aunque no en septiembre de ese año, como estaba previsto. Luego de ganar mención en el certamen del Pen Club de Puerto Rico, pensé que había logrado lo que me había propuesto: poner a Adjuntas en el mapa literario de mi país. Fue el crítico y profesor Eugene Mohr, que en paz descanse, quién único lo notó y lo resaltó en el titular de su reseña: "Adjuntas on the literary map". También fue el único que notó el modelo maestro: Dublinenses, de James Joyce. Hasta hoy, nadie más lo ha mencionado en mi país, tal vez porque no conocen mi libro, o no conocen a Joyce, o ambos. Espero poder ver la segunda edición en algún momento el año entrante, cuando publique mi tercera novela. Hoy, por el momento, me quedó releyendo ese primer libro de ficción, junto a los fantasmas de mi infancia, los protagonistas de los cuentos.














Thomas Pynchon en The Simpsons.

Su foto más actualizada data de sus días como oficial del Navy. Previamente, sólo se le conoce por la foto del anuario de escuela superior. Desde entonces, nadie le ha visto el pelo. Esto, a pesar de que sus novelas The Crying Lot of 49, V y Vineland son objeto de culto tanto popular como académico. Avanzado posmodernista, no concede una entrevista desde que en 1963, la revista Time intentara contactarlo en México, y el escurridizo escritor saliera (alegadamente) saltando por la ventana del hotel para evitar la cámara.

Hoy día sólo se sabe que vive en New York City, que escribe esporádicamente en el New York Times y que todavía no concede entrevistas.

Todo es parte del mito Thomas Pynchon.

La banda de rock Thrice acaba de lanzar un album de canciones inspiradas en V. Y Los Simpsons se han dado el lujo de tener su voz prestada en uno de sus episodios recientes donde Homero, fortuitamente, como le suele suceder sin que se percate, llega a la casa de Pynchon.

Hay que leer a Pynchon.

Mi primer encuentro con él fue gracias a mi entonces profesora de literatura y cine, Diane Accaria. The Crying Lot of 49 fue exquisita. Gravity Rainbow, como ella dijera, "la deben comprar, pero no soy responsable si no la terminan". Algún día, me digo, algún día digestaré las casi 1,000 páginas de densa narrativa.

Y ni hablar de Mason & Dixon, que a casi 2,000 páginas, constituye un reto mayor.
Pero no es el volumen de estas novelas lo que impresiona: es que es Pynchon, en cuya escritura no sobran palabras. Hasta las comas y los silencios hablan.

El asunto es que hay que leer a Pynchon. Cualquiera que se pretenda escritor en el siglo XXI, debe conocer a Oedipa Mass y Jesus Arrabal, personajes del Lote, y arquetipos de la posmodernidad. La novela gira en torno a un tema con el que nadie en estos días se mete: el monopolio del correo federal de los Estados Unidos es amenazado por la creación de un sistema de correos underground.

V, por su parte, es otra cosa, tiene al célebre Benny Profane que vive para perfeccionar el arte del "schlemihlhood," o de hacerse la víctima, junto a sus panas del Whole Sick Crew. Pero luego Profane, ya agotado por su nihilismo, cruza destinos con Stencil, cuyo padre conoció, durante los años de la guerra, a una mujer de nombre V. La intriga es conocer más acerca de la vida de V, y comienza la búsqueda de los pedazos de información perdida.

Hoy me encuentro releyendo Vineland.

Todo en una frase: hay que leer a Pynchon. Aunque sea sólo para entender más nuestra minucia.
A fines del año pasado, tuve la oportunidad de entrevistarme con Alberto Fuguet, cuya escritura, de entre los promotores de la literatura hispanoamericana joven, tengo en buena estima. Su reciente libro, Cortos, ha sido traducido, como mucha de su obra, al inglés, que es mi otra lengua literaria. Si la emergencia del posmodernismo, como dice Jameson, está estrechamente relacionada con la de este nuevo momento del capitalismo tardío consumista o multinacional, en Fuguet encontramos, a manera de cortos metrajes, a los hijos de una posmodernidad posboom.

En efecto, los personajes en Shorts son seres hijos e hijas de la disyunción del matrimonio que van destinados a reproducir el modelo aprendido, o, en el peor de los casos, a abstenerse de reproducir vida. Hay búsqueda continua de algo o de alguien, un sentido de pérdida irreparable que no se lamenta, como en “Lost”. Hay distanciamiento con respecto a nuestros predecesores, como consecuencia de que somos la primera generación computarizada, un tema bien trabajado en “Children”. Y también existe, como consecuencia, un desarraigo del sentimiento nacionalista en “Santiago”, nombre tanto del personaje principal como el de la capital de Chile, donde se ambienta la narración. “Once, drunk at a party, I told some guy that I had outgrown Chile”, dice el hablante. Uno intenta captar como es la vida y la vida está estructurada así: fragmentada, me dice Alberto.

Entonces, le pregunto: ¿Cómo enfrentarnos al mundo cinético en constante reformulación y proliferación de Shorts?

“Gabriel García Márquez anunció el tema, pero creo que no lo ha explorado del todo” me dice Alberto. “Cuando tituló su novela Cien años de soledad, sin querer, anunció que este es un continente de gente sola. Es raro: la gente cree que no es así, que todos somos latinos y nos la pasamos abrazados y bailando. Quizás fuimos así pero, de a poco, nos hemos ido quedando solos y a la deriva”.

De ahí el resentimiento que Alberto siente contra la literatura que se venía produciendo en su país y en el resto de Latinoamérica. “Uno siempre habla –y escribe- por la herida”.
A veces me da pánico morirme de sobra.
Betunar el aliento con motivos de piel y metal.
Casarme con la suerte para no pensar en mi vejez a solas.
Chiste de vida que no da risa.
Es tarde, es muy tarde, dijo el conejo en ruta a la cocina.
Fricase con él, me dijo, y vacié el tiempo en una almendra.
Giraba la posibilidad de que nuestra identidad no fuera la relación entre dos objetos.
He de aceptar, por supuesto, que dos corazones no tienen las mismas relaciones cúbicas.
Imagino que la mecánica de un beso requiere tensión y torque.
Jamás había pensado que el color de sus ojos cambiaba con la totalidad de los hechos.
Kantismo llano: nada emerge sin precedentes en el mundo físico ni en el de las ideas.
Le invité a aquel lugar donde nos conocimos.
Me dijo que trabajaría hasta tarde; mañana, quizá.
No le devolví la mirada que ella evadió.
Oportunamente, el silencio asumió la posibilidad de todas las situaciones.
Pasó un avión sin dejarse ver, y parecía que era el cielo el que rugía.
Queríamos apocar la manera en que no nos hablábamos.
Retratos: eso era todo lo que nos quedaba.
Silogizábamos la noche larga y fría de verano.
Tendal de memorias compuestas por pixeles lejanos.
Una vez tuvimos en las manos el fuego sagrado de los días.
Vertible tiempo sin espacio, pues hoy no puede haber espacio sin tiempo.
Whiskey amargo para adormecerme entre música de lounge.
Xerocopia de un texto sin culminar.
Yogur ácrido con fecha expirada.
Zozobramos.
Érase un tiempo en que los poetas eran vistos como una especie de interfase entre dos planos de la existencia. El poeta era la memoria de la tribu; era el historiador; era el brujo, chaman o sacerdote que se imbuía en el abismo de la nada para encontrar esa unidad virtual de la que nos habla Octavio Paz, entre la palabra y su objeto. Érase una vez un tiempo mítico donde la poesía, en su función primordial, nombraba la comunión con lo sagrado y lo desconocido. Pero en el proceso de individualización con que se celebra la llegada de la modernidad, la humanidad reclama su dominio sobre la naturaleza, y el poeta va siendo desplazado y segregado como promulgador de herejías. El poeta va, de ser el centro de la tribu, a vivir maldito en el exilio de las grandes ciudades. Lo hemos visto desde el poeta-mago Ovidio, quien murió en el destierro escribiendo versos elegíacos. Se repite en Virgilio, quien guía al poeta de La Divina Comedia por los lúgubres pasajes del infierno y el purgatorio, pero le es vedada la entrada al cielo. Durante el Romanticismo, fue Wordsworth quien resucitó la concepción del poeta como un mediador entre los seres humanos y Dios, ideas que se repiten luego en Emerson y Whitman, para quienes el poeta era un traductor del mundo. A fines del siglo XIX, Baudelaire, Verlaine, y Holderlin promovieron la idea del poeta como ser sobrenatural, y es así que finalmente, al llegar el siglo XX, Huidobro declara en su “Ars poética” que el poeta es un pequeño dios.

Es en esta genealogía inevitable en la cual se instala la poesía de Gonzalo Márquez Cristo y su más reciente entrega, Oscuro nacimiento (Bogota: Comun Presencia, 2006) un libro que he leído recientemente y cuyo tono profético me recuerda a la poesía visionaria de William Blake.

Aún la cultura de lo efímero, siempre aparece una voz que intercepta nuestra discontinuidad.
Mayra Santos-Febres, amiga escritora de la generación de los '80, acaba de ser declarada finalista del Premio Primavera de Novela. El amigo Mario Alegre Barrios escribe hoy en el diario El Nuevo Día:

Cuando el martes pasado la despertaron desde España para avisarle que había resultado finalista del Premio Primavera de Novela, tardó en salir de la bruma del sueño y lo primero que se le ocurrió decir fue que ese día era su cumpleaños.

Tan pronto colgó el teléfono, Mayra Santos-Febres se dio cuenta cabal de varias cosas, entre ellas que había llegado a los 40 varios días antes, que recibiría 30 mil euros (unos 35,700 dólares)… y que nunca había estado tan cerca -y tan lejos a la vez- del primer premio, “tan sólo” 200 mil dólares mayor que el que acababa de ganar con su novela Nuestra señora de la noche.

Tres años dedicó Mayra a esta historia que se teje con los hilos de un amor “imposible” entre un abogado y una prostituta, novela de largo aliento que se traduce en el mayor triunfo literario de la autora que participó en el certamen organizado por la editorial Espasa Calpe y la promotora Ámbito Cultural con la convicción de que saldría airosa
.

Para mí, el premio de Mayra Santos-Fébres confirma el hecho de que uno escribe para que lo lean.

El premio, merecido, es para llevar. El camino que nos queda, tanto como el que hemos hecho, es largo y nos espera.
La modernidad nos presenta, como uno de sus valores más exponenciales, la sensación de diversas experiencias de vida en puntos geográficos, distantes y diversos, que se manifiestan como un síntoma generalizado.

Cuando mi novela Gracia estaba en prensas, y mientras Dan Brown escalaba los mercados con El Código Da Vinci, Eduardo Mendoza ganó el premio Seix Barral con Satanás. Las tres novelas tienen un paratexto común. Pero mi punto es que cuando uno lee a Amir Valle en Cuba, a Alberto Fuguet en Chile, a Xavier Velasco en México (en especial en su libro El materialismo histérico), a Ray Loriga en España (aunque vive en Manhattan), uno encuentra un lenguaje común, que igual habla con Bret Easton Ellis en Estados Unidos o con Coupeland en Cánada, y que parecen desarrollarse en la misma espacialidad de la condición posmoderna: la distopía.

Todos estos escritores nacieron entre 1963 y 1970.

Como dice Tyler Durden en The Fight Club, la novela de Chuck Palanhiuk: "We're the middle children of history, man. No purpose or place… An we're very, very pissed off!"
Este escrito, publicado íntegramente en algún momento en El Nuevo Día, ha sido uno de los que muchos lectores me dicen que recuerdan más. Para mí, no sólo apela a un tema cotidiano, sino que lo encuentro, como decimos, chévere.


Dicen que detrás de cada hombre hay una mujer. Y con cada mujer, sin duda, viene una gran cartera, cual un inmenso hoyo negro en medio del universo infinito.

Seguro que uno hasta exclamaría que la vida, en lugar de ser, como dice el legendario Forrest Gump, una caja de chocolates, más bien podría ser como una cartera de mujer: uno nunca sabe lo que encontrará dentro de ella.

Se trata de que las carteras de las mujeres pudiesen ser la octava maravilla del mundo, o quizás prueba concreta de que el universo se encuentra en constante expansión.

Las carteras de las mujeres son cápsulas de tiempo. Uno no sabe qué es más maravilloso, si preguntarse cómo las mujeres se las arreglan para meter todas esas chucherías en sus bolsos, o si admirar la acaparadora capacidad del bolso para guardar tantas cosas.

En un bolso de mujer conviven mil poemas —dos mil historias— y aunque posiblemente también guarde un puñado de secretos, la cartera asume en custodia a un arsenal que incluye lápiz labial, rimel, polvera y otros artefactos para estilizar la belleza natural. Por supuesto, uno debe encontrar el lápiz labial de uso corriente y al menos otros dos: uno añejo y derretido, como la última barra de chocolate del mundo, y otro para casos de emergencia, el cual nunca la mujer usará porque, en caso de emergencia, se compra otro.

Además, fetiche o no, la cartera siempre tiene que ir en rima consonante con los zapatos. Eso es así.

Definitivamente, el dilema campanea en la cabeza de todos los hombres que han atestiguado la manera en que sus compañeras, amigas, amantes, esposas, o todas las anteriores, son capaces de llevar cepillo, peinilla y pinches para el cabello, agenda electrónica o libreta de direcciones, una wallet con fotos de familiares y amigos, bolígrafos (aunque resulte que ninguno tiene tinta a la hora de escribir) y una revista Mademoissselle, Glamour o Vanidades.

Todo perfectamente acomodado, hasta que llega ese momento de buscar las siempre buscadas y nunca encontradas llaves de la casa y/o el auto, que se supone esten en algún lugar de la cartera.

No hay duda que no hay hombre que no haya vivido la experiencia de ver a una mujer buscar sus llaves dentro del bolso.

El proceso completo es como un ritual— un acto de comunión— una ceremonia donde el primer paso es sacudir la cartera para escuchar el metálico tintineo de las $%#* llaves. El proceso conlleva zamarrear y zarandear el bolso sin introducir la mano en su interior. La desesperación puede, en algunos casos, darle golpe de estado a la razón y entonces ese es el momento en que la mujer introduce, finalmente, su mano en la cartera, a ver si por puro instinto tactil, casualidad o causalidad, sus dedos se topan con la dentadura de las llaves— acto que usualmente fracasa y, por lo tanto, obliga a la mujer a echar mano a un acto más radical y sanguinario: sacarle las entrañas a su bolso.

Entonces, ante los ojos del espectador , y como mago a su sombrero, la mujer comienza a sacar las cosas más inesperadas: pinzas, crema humectante o body lotion, encendedores (aunque no fume), desodorante, chiclets o Tic-Tacs, muestras de perfume que ella no usa, un frasco del perfume que sí usa, escapularios o rosarios, la lista para la compra de la semana, la lista de la compra de la semana pasada, recibos de tiendas, supermercados y máquinas ATM, tarjeta de débito, estuche de gafas o espejuelos, tarjetas de presentación personales, tarjetas de presentación de los clientes y el teléfono celular con todo y cargador de batería. Luego, en un instante climático, la mujer suele exclamar: “¡Qué muchas porquerías tengo en esta cartera!”.

Cuando yo era adolescente, mi madre me decía que los hombres no debían buscar nunca en las carteras de las mujeres. Nunca entendí por qué, hasta ahora.

Si usted posee, como yo, la debilidad de no poder admitir límites al conocimiento (ser “entrometido”, me diría mi abuela), no debe sorprenderle si se pone a sondear las carteras de sus amigas y extrae de su interior sobrecitos de catsup de KFC. Pero eso no es nada. Una vecina mía siempre anda para todas partes con un rollo de papel sanitario. También conozco, por experiencia ajena, casos en que se han encontrado sobrecitos de salsa soya, salsa de pato y hasta dulcoríferos artificiales.

Ah, mis amigos, creo que ustedes deberán conocer a alguna mujer que saque a pasear sus pastillas anticonceptivas, y otras que portan de todo como en botica, desde aspirinas hasta zinc. Y no me piensen exagerado o embustero, pero juro que una vez atestigüe la manera en que una amiga mía sacaba de su cartera los floppy disks que contenían el resguardo de los archivos de su computadora. Seguro que si no creen eso, menos creerán que he visto féminas que llevan el mini-secador de pelo a todas partes, como si éste fuese la conciencia.

De igual manera, es casi regla de terreno que en la cartera de una mujer nunca puedan faltar servilletas ni toallitas desechables, boletos (así, en plural) de infracciones de tráfico, talonarios viejos de cheques, Post Its con notas de la oficina, más bolígrafos inservibles, lima de uñas, pinzas, buscapersonas (alias “el beeper”) y un juego de llaves que nunca es el que en principio siempre están buscando y que tampoco saben para qué o de quién es. Claro que las llaves que sí buscaban nunca aparecen en la cartera y resulta que las tenían en algún bolsillo.

Es muy cierto que cada mujer porta un cosmos por cartera, el cual nunca parece ser suficientemente grande o demasiado pequeño para contener en él todas las cosas que a nuestras mujeres le parecen ineludibles— porque, hermanos, Dios nos libre de insinuar que algo sobra en una cartera.

Todo tiene un propósito y un fin— un lugar y una función.

Sin embargo, no hay, ni habrá hombre que se queje de eso.
Ver el nombre de uno en un libro siempre es agradable. El escritor siempre es una suerte de exhibicionista, después de todo. Pero ver el nombre de uno y no poder leerlo, deja una sensación de desfamiliarización muy cruda. Abajo se supone que dice: "Gracia", por Elidio La Torre Lagares, y el texto aparece en una librería cibernética en China.


カテゴリ[全て]、キーワード
キーワードを含むカテゴリ検索を行いました。各3アイテムずつ表示しています。

Siendo uno de los escritores antologados en Pequeñas resistencias 4 (Madrid: Páginas de Espuma, 2006), quisiera compartir las impresiones de la prensa española respecto a la publicación.

por J. Ernesto Ayala
de Babelia, suplemento de El País (España)

Puede que los nombres recogios en Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeñono resulten familiares a los lectores españoles. De México el lector tendrá información de Ignacio Padilla, Mario Bellatín, Cristina Rivera-Garza, autores todos editados en nuestro país. De Cuba, República Dominicana (aprovecho para recomendar una valiosa antología de cuentistas dominicanos editada por Siruela hace dos años), Estados Unidos y Puerto Rico, apenas se tendrá alguna idea. Pero este desconocimiento queda perfectamente compensado con la calidad literaria de los antologados. No se trata ya de que nos guste un cuento más que otro. Se trata de que la sensación que nos deja su lectura es la de que todas las piezas elegidas (todas pertenecientes a libros editados) sintonizan con las exigencias básicas del cuento contemporáneo: sentido de la transfiguración de la realidad, inventiva y metaforización, concisión y sentido revelador del ocultamiento de lo narrado [...]
Porn star, decía la camiseta, en letras perladas y rosa sobre un fondo blanco marfil.

La chica entró al café cortando el aromatizado aire de Mocha y Latte, latiendo al ritmo de su propio aliento, deslizada en sus mahones wash-out, boot cut, low rise y exhibiendo el ombligo atravesado por un diminuto aro. Ella se acercó a una señora, de esas que lucen Botoxed-up, sun-tanned y air-brushed, y le dijo: “Estoy aquí, mamá”, cosa que era algo así como un pleonasmo, porque todos ya habíamos notado su presencia.

Porn star, se imponía orgullosa, con una aire de seguridad en sí misma.

Y me confirmó la tesis inscrita en el evangelio de Jenna Jameson: el sexo es poder.

Quien crea la ilusión, la controla. Y nos controla.
Lo demás es pura novela.
Abres los ojos lentamente, como si el mundo te pesara en los párpados. Tendido en medio de la sala de estar, todo gira en espiral a tu alrededor. Dos aspirinas, piensas, y el mundo entrará en equilibrio. El aliento te sabe a tabaco y tequila, pero el alma te susurra en frecuencias geométricas. La procedencia de una voz pronuncia el sustantivo que aúna tu minucia: Papá, ¿estás bien? Es Aurora, tu hija, y hoy le falta el tierno artilugio de su sonrisa. Te sientes miserable al ver el gusano de la incomprensión comerse el rostro de pétalos de la niña. Ella dice que te ves mal. Feo. Tratas de incorporarte y reciprocas su preocupación con una sonrisa. Tienes que ir al médico, asegura. Teresa entra en tu vago campo de visión y la separa de ti como quien teme al contagio de alguna enfermedad terrible. Le dice que es tarde, que se marchan para el colegio y que Papá se pondrá mejor para cuando él vaya a recogerla en la tarde. Antes de cerrar la puerta, atisbas a encontrar los ojos opacos de tu esposa. Los miras pero no los ves.

Elidio La Torre Lagares.
Foto por Ana Ivelisse Feliciano

Blog Archive