De poetas y magos

Érase un tiempo en que los poetas eran vistos como una especie de interfase entre dos planos de la existencia. El poeta era la memoria de la tribu; era el historiador; era el brujo, chaman o sacerdote que se imbuía en el abismo de la nada para encontrar esa unidad virtual de la que nos habla Octavio Paz, entre la palabra y su objeto. Érase una vez un tiempo mítico donde la poesía, en su función primordial, nombraba la comunión con lo sagrado y lo desconocido. Pero en el proceso de individualización con que se celebra la llegada de la modernidad, la humanidad reclama su dominio sobre la naturaleza, y el poeta va siendo desplazado y segregado como promulgador de herejías. El poeta va, de ser el centro de la tribu, a vivir maldito en el exilio de las grandes ciudades. Lo hemos visto desde el poeta-mago Ovidio, quien murió en el destierro escribiendo versos elegíacos. Se repite en Virgilio, quien guía al poeta de La Divina Comedia por los lúgubres pasajes del infierno y el purgatorio, pero le es vedada la entrada al cielo. Durante el Romanticismo, fue Wordsworth quien resucitó la concepción del poeta como un mediador entre los seres humanos y Dios, ideas que se repiten luego en Emerson y Whitman, para quienes el poeta era un traductor del mundo. A fines del siglo XIX, Baudelaire, Verlaine, y Holderlin promovieron la idea del poeta como ser sobrenatural, y es así que finalmente, al llegar el siglo XX, Huidobro declara en su “Ars poética” que el poeta es un pequeño dios.

Es en esta genealogía inevitable en la cual se instala la poesía de Gonzalo Márquez Cristo y su más reciente entrega, Oscuro nacimiento (Bogota: Comun Presencia, 2006) un libro que he leído recientemente y cuyo tono profético me recuerda a la poesía visionaria de William Blake.

Aún la cultura de lo efímero, siempre aparece una voz que intercepta nuestra discontinuidad.


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