Las carteras de las mujeres, o el universo en constante expansión

Este escrito, publicado íntegramente en algún momento en El Nuevo Día, ha sido uno de los que muchos lectores me dicen que recuerdan más. Para mí, no sólo apela a un tema cotidiano, sino que lo encuentro, como decimos, chévere.


Dicen que detrás de cada hombre hay una mujer. Y con cada mujer, sin duda, viene una gran cartera, cual un inmenso hoyo negro en medio del universo infinito.

Seguro que uno hasta exclamaría que la vida, en lugar de ser, como dice el legendario Forrest Gump, una caja de chocolates, más bien podría ser como una cartera de mujer: uno nunca sabe lo que encontrará dentro de ella.

Se trata de que las carteras de las mujeres pudiesen ser la octava maravilla del mundo, o quizás prueba concreta de que el universo se encuentra en constante expansión.

Las carteras de las mujeres son cápsulas de tiempo. Uno no sabe qué es más maravilloso, si preguntarse cómo las mujeres se las arreglan para meter todas esas chucherías en sus bolsos, o si admirar la acaparadora capacidad del bolso para guardar tantas cosas.

En un bolso de mujer conviven mil poemas —dos mil historias— y aunque posiblemente también guarde un puñado de secretos, la cartera asume en custodia a un arsenal que incluye lápiz labial, rimel, polvera y otros artefactos para estilizar la belleza natural. Por supuesto, uno debe encontrar el lápiz labial de uso corriente y al menos otros dos: uno añejo y derretido, como la última barra de chocolate del mundo, y otro para casos de emergencia, el cual nunca la mujer usará porque, en caso de emergencia, se compra otro.

Además, fetiche o no, la cartera siempre tiene que ir en rima consonante con los zapatos. Eso es así.

Definitivamente, el dilema campanea en la cabeza de todos los hombres que han atestiguado la manera en que sus compañeras, amigas, amantes, esposas, o todas las anteriores, son capaces de llevar cepillo, peinilla y pinches para el cabello, agenda electrónica o libreta de direcciones, una wallet con fotos de familiares y amigos, bolígrafos (aunque resulte que ninguno tiene tinta a la hora de escribir) y una revista Mademoissselle, Glamour o Vanidades.

Todo perfectamente acomodado, hasta que llega ese momento de buscar las siempre buscadas y nunca encontradas llaves de la casa y/o el auto, que se supone esten en algún lugar de la cartera.

No hay duda que no hay hombre que no haya vivido la experiencia de ver a una mujer buscar sus llaves dentro del bolso.

El proceso completo es como un ritual— un acto de comunión— una ceremonia donde el primer paso es sacudir la cartera para escuchar el metálico tintineo de las $%#* llaves. El proceso conlleva zamarrear y zarandear el bolso sin introducir la mano en su interior. La desesperación puede, en algunos casos, darle golpe de estado a la razón y entonces ese es el momento en que la mujer introduce, finalmente, su mano en la cartera, a ver si por puro instinto tactil, casualidad o causalidad, sus dedos se topan con la dentadura de las llaves— acto que usualmente fracasa y, por lo tanto, obliga a la mujer a echar mano a un acto más radical y sanguinario: sacarle las entrañas a su bolso.

Entonces, ante los ojos del espectador , y como mago a su sombrero, la mujer comienza a sacar las cosas más inesperadas: pinzas, crema humectante o body lotion, encendedores (aunque no fume), desodorante, chiclets o Tic-Tacs, muestras de perfume que ella no usa, un frasco del perfume que sí usa, escapularios o rosarios, la lista para la compra de la semana, la lista de la compra de la semana pasada, recibos de tiendas, supermercados y máquinas ATM, tarjeta de débito, estuche de gafas o espejuelos, tarjetas de presentación personales, tarjetas de presentación de los clientes y el teléfono celular con todo y cargador de batería. Luego, en un instante climático, la mujer suele exclamar: “¡Qué muchas porquerías tengo en esta cartera!”.

Cuando yo era adolescente, mi madre me decía que los hombres no debían buscar nunca en las carteras de las mujeres. Nunca entendí por qué, hasta ahora.

Si usted posee, como yo, la debilidad de no poder admitir límites al conocimiento (ser “entrometido”, me diría mi abuela), no debe sorprenderle si se pone a sondear las carteras de sus amigas y extrae de su interior sobrecitos de catsup de KFC. Pero eso no es nada. Una vecina mía siempre anda para todas partes con un rollo de papel sanitario. También conozco, por experiencia ajena, casos en que se han encontrado sobrecitos de salsa soya, salsa de pato y hasta dulcoríferos artificiales.

Ah, mis amigos, creo que ustedes deberán conocer a alguna mujer que saque a pasear sus pastillas anticonceptivas, y otras que portan de todo como en botica, desde aspirinas hasta zinc. Y no me piensen exagerado o embustero, pero juro que una vez atestigüe la manera en que una amiga mía sacaba de su cartera los floppy disks que contenían el resguardo de los archivos de su computadora. Seguro que si no creen eso, menos creerán que he visto féminas que llevan el mini-secador de pelo a todas partes, como si éste fuese la conciencia.

De igual manera, es casi regla de terreno que en la cartera de una mujer nunca puedan faltar servilletas ni toallitas desechables, boletos (así, en plural) de infracciones de tráfico, talonarios viejos de cheques, Post Its con notas de la oficina, más bolígrafos inservibles, lima de uñas, pinzas, buscapersonas (alias “el beeper”) y un juego de llaves que nunca es el que en principio siempre están buscando y que tampoco saben para qué o de quién es. Claro que las llaves que sí buscaban nunca aparecen en la cartera y resulta que las tenían en algún bolsillo.

Es muy cierto que cada mujer porta un cosmos por cartera, el cual nunca parece ser suficientemente grande o demasiado pequeño para contener en él todas las cosas que a nuestras mujeres le parecen ineludibles— porque, hermanos, Dios nos libre de insinuar que algo sobra en una cartera.

Todo tiene un propósito y un fin— un lugar y una función.

Sin embargo, no hay, ni habrá hombre que se queje de eso.


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