El árbol de la sabiduría



Ya entrada en su educación formal, Sophia llegó del colegio insuflada de emoción porque había visto la película que narra la historia bíblica del jardín del Edén. No paraba de hablar de cómo Dios había creado a Adán y a Eva y que si yada yada yada, pues el resto de la historia es harto conocido. Cuando terminó de contarme la historia, dejó caer una de sus ya acostumbradas preguntas molotov: «Papá, ¿y por qué Dios dejó el árbol de la sabiduría en medio del jardín si no quería que comieran de él?». Aunque sorprendido por el cuestionamiento, me limité a decirle que yada yada yada y todo el resto de la contestación que se supone uno provea a una niña de cinco años.

Sophia meditó mi respuesta.

Yo podía advertir en su rostro que algún mecanismo estaba en plena función dentro de su cabecita.

Y entonces, aprendí que una pregunta molotov que se responde con diplomacia sólo va a generar una reacción tipo bomba de iluminación: «Bah. Si yo fuera Eva, también hubiese probado del árbol».


You may also like

Blog Archive