Ginsberg

Eran los ‘80. La década de Reagan y Romero Barceló.

El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Iran e Iraq, el movimiento Soliradidad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA y las vistas del Cerro Maravilla permeaban por mi mente con la cualidad de tinta sobre algodón. En la Universidad de Puerto Rico soplaban los vientos de la post-huelga, y yo, como muchos otros que eventualmente conocí, me preguntaba qué quería ser y a dónde quería ir.

Incidentalmente, encontré un poema escrito en una forma muy particular: verso largo y tono bíblico, de fraseo sincopado, como una partitura musical en verbo. El poema me habló: “He visto a los más grandes espíritus de mi generación destruídos por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos, arrastrándose en la calle al amanecer, buscando una cura violenta.” Quedé hipnotizado por la crudeza de aquel lenguaje, y a la misma vez por el dolor que transmitía.

Era un dolor humano. Un dolor sublime.

Era el “Aullido” (“Howl”) de Allen Ginsberg.

En medio del rapto que me provocaron aquellas palabras de plumas y navajas, entendí a la poesía como algo más que un mero objeto de apreciación estética. La poesía podía ser tan sublime como peligrosa.


Ginsberg fue precursor del movimiento Beat de los años ‘50 junto a Jack Kerouac, William S. Burroughs, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, y otros íconos de la literatura post-modernista de los Estados Unidos. Allen cruzó destinos con Kerouac en la Universidad de Columbia. Ambos coincidieron en que la poesía necesitaba un nuevo renacer, una “nueva visión indecible.”

Robinson Jeffers y Richard Wilbur marcaban el canón poético de la época, pero todavía vivían bajo la sombra del modernismo de Ezra Pound, T.S. Eliot y William Carlos Williams. Los Beats, término que emerge como sustracción de polos entre “beat down” (abatido) y “beatífico,” coincidieron en que la poesía debía emanciparse de la métrica e ir en dirección más espontánea, una conjugación de los acordes del jazz de Charlie Parker y los versos de Walt Whitman.

Entonces, supe qué quería ser y a dónde quería ir.


You may also like

Blog Archive