Tlatelolco



Al inicio de la segunda parte de La noche de Tlatelolco, la escritora Elena Poniatowska dice que “Tlatelolco es incoherente, contradictorio”, refiriéndose a los eventos de la noche del 2 de octubre cuando soldados del gobierno mexicano abrieron fuego contra una manifestación estudiantil, trayendo confusión, caos y muerte entre las víctimas. Tal vez dicha declaración no sólo haya quedado dibujada en la memoria colectiva, sino que también es la formulación del andamiaje estructural de la obra. Queda recogida en una polifonía de discursos directos e intertextuales, la mimesis de los acontecimientos del 2 de octubre, y donde el único hálito de subjetividad se limita a la ordenación arbitraria de los eventos presentados, pues la voz de Poniatowska casi no intercede en la presentación de los hechos, lo que reviste la obra de un valor documental. Así, las voces se bisecan, se interpolan, se contradicen y se reafirman constantemente, avanzando con la deformación de una geometría fractal.

Esta obra, sin embargo, lleva el dejo del manjar que pierde o adquiere otro sabor con el tiempo. Queda confinado el sujeto humano como un producto de la prisión, de la familia, de la fábrica y de la escuela, y la antigua idea de la clase trabajadora como sujeto de los cambios revolucionarios, a la luz del Imperio de Toni Negri, ha entrado en decadencia a medida que se va disolviendo junto con la tradición de pensamiento dialéctico a la que respondían las revoluciones de los ’60. Pero hay más: por un lado, vemos la hegemonía en función y en su carácter natural de violencia para imponer el poder y la dominancia del estado en su deseo totalizador; por otro, apreciamos el ideal fútil de la utopía socialista, cuyo final es un encuentro con su antípoda, lo que se resalta en el siglo XXI como la erosión de la democracia. Así, la muerte del sujeto, literal y figurada, es un epíteto del fracaso humano.


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