La importancia de llamarse Pedro Cabiya, o Diego Deni

La escritura de Pedro Cabiya (o Diego Deni, o Tobías Bendeq, o Gregorio Falú, o todos ellos) es donde se sustraen todas las tradiciones continuidades literarias anteriores. Para que despunte una nueva literatura, tiene que haber negación y a la vez tradición.

La topografía de la escritura de Cabiya es diversa, dispersa, pero sobre todo, extraña, lo que nos recuerda a Donald Barthelme y a Thomas Pynchon. Los cuentos de Cabiya han aparecido en prestigiosas revistas literarias, periódicos y antologías, tales como la Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, editada por Julio Ortega, y el consabido Rostro y la máscara. Así, en el claroscuro de los siglos, nos llega Historias tremendas.

En este primer libro de Cabiya, el efecto estético, por tomar prestadas las palabras de Dominic Head, se mantiene relativamente autónomo. Se aparta el escritor de los códigos conductuales y convenciones sociales, que son suplantados con afán fetichista por los juegos de palabras y unidades de lenguaje.

Más decididamente, la escritura de Cabiya plantea un cambio de paradigma en nuestra literatura, mejor representado en un pasaje de “Historia verosímil de la noche tropical”, cuando el personaje de Iris, al notar que el personaje de Bruno Soreno (a quién conoceremos más tarde) está ebrio, insiste en conducir: “Ah, no, pues no. Mejor yo guío porque lo que yo quiero es que no me vaya a parar la jara”, dice ella. El narrador advierte entonces: “¡La jara! ¡Oye eso bien, mi hermano, la jara!... ¿De qué... sarcófago se arrastró este... pescuezo?”.

Este pasaje, a mi entender, recoge, de manera alegórica, un decisivo distanciamiento generacional. Ciertamente, las cosas ya no son como eran, ni lo serán como son. Pero, no obstante, la intención que resguarda a este pasaje como telón de fondo es la de atrechar la distancia para, primero, equipararse con su sujeto, y luego, desplazarlo. Ya lo dijo J. Tinianov al tratar el problema de la sucesión literaria: “Cuando se habla de la tradición o de la sucesión literaria, se piensa generalmente en una línea recta que une a los autores más recientes de una rama literaria con sus mayores. Las cosas, empero, son mucho más complejas. No se trata de una recta que se prolonga, sino que cada paso asistimos a un comienzo que se organiza a partir de un punto que se refuta”.

En Historias tremendas, la palabra es el epicentro del efecto Cabiya. Lo filosófico y culto cohabitan con la jerga cotidiana en una impactante mezcolanza pop de aldea global post-tecnológica. En el cuento “Historia de una visitación”, por ejemplo, se recurre en el uso del hipérbaton, con énfasis especial en los verbos al final de la oración (recurso utilizado por los prosistas españoles del renacimiento). Los personajes en este cuento, Climenestra, Pericles, Hermógenes, Tais, entre otros, degustan pasteles de yuca y de plátano y persiguen a una rata. El realismo grotesco es enfatizado cuando los actantes, que llevan nombres extraídos del mundo clásico, se reducen a la gastronomía popular puertorriqueña. Y es que, en los tiempos de la Posmodernidad, las utopías se han disuelto y sólo nos queda la experiencia inmanente: la exaltación y la burla. Así, pese a que ocho personas persiguen la rata, “ninguna pudo agarrarla. Intentaban no tropezarse entre ellos, pero esa utopía fracasó”.

En el cuento “Historia de un hombre nacido bajo el influjo de una mala estrella, o vida de un desgraciado, o penosa tragicomedia en ocho acápites”, encontramos al hablante desventurado, una deformación del “Cándido” de Voltaire que se presenta a tales desdichas que incluso nos recuerdan a los Infortunios de Alonso Ramírez de Sigüenza. En el mundo carnavalesco de la risa, no existe negación abstracta pura. “Una paliza es tan ambivalente como un insulto se transforma en elogio”. Así, el personaje, luego de varias palizas y trifulcas, es reducido a su profecía: “Dentro de muy poco sepultaré mi tamaño y anonadaré la superficie de este mundo desplegando kilómetros y kilómetros de papilas digestivas”. El castigo se transforma en risa festiva. El objeto es asumido y el sujeto se disuelve.

El absurdo, la parodia y el pastiche son materia de uso en Cabiya. Es un ensayo de la incertidumbre y la transitoriedad. Directo a la sangre en irrigaciones de chocarrería y mundanalidad culta, Cabiya recoge lo que encuentra en el vertedero cultural de esta sociedad de excesos, y lo transforma en artefactos que, si bien portan algo de patético, también son bellos.

La literatura no será igual después de Pedro Cabiya.


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