CRG: Nadie me verá llorar


Cristina Rivera Garza

El gran esquema en la Modernidad era conquistar el tiempo sobre el espacio, lo que se transcribe en la eventual separación de ambos conceptos. Es decir, la Modernidad postulaba la posibilidad de un tiempo como experiencia independiente de un espacio físico. Giddens lo llama “vaciar del tiempo”, o la dislocación de la relación tiempo-espacio, donde incluso la llegada de los nuevos sistemas de producción y consumo va degradando el concepto de presencia y localidad para privilegiar el desarrollo de una dimensión abstracta y uniforme donde el sujeto se eteriza.

Si miramos la memoria como contradiscurso de la oficialidad histórica, la novela de Rivera Garza se instala como narrativa de resistencia ante los efectos erosivos del gran proyecto de la ilustración y el raciocinio positivista que se instaura bajo el régimen de Porfirio Diaz en el México de inicios del siglo XX como medio de opresión social, sobre todo en mujeres y mestizos.

Nadie me verá llorar culmina con la muerte física y la pérdida de un pasado que, como la figura de la persona principal, Matilda, en la mente del lector, sólo podrá rescatarse ilusoriamente por medio del espacio designado a la ilusión y al sueño, o, en su mejor parecer, a la memoria. Este espacio que requiere que sea llenado con una historia, una narrativa, que pueda rellenar el vacío, que pueda reparar el dislocamiento -una narrativa que esté estructurada en torno a la memoria y que en lugar de reconstruirse se pueda ir construyendo, es la designación última en el proyecto narrativo de Rivera Garza.


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