de "De poetas y locos, todos tenemos un poco: Elidio La Torre Lagares y su primera novela"


portada de la primera edición

por Mercedes López-Baralt,
Catedrática de la Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras

Lugones fue de los primeros en devaluarla: la llamó “trucha amarilla y flacucha”. Neruda, aun queriendo rescatarla para sus Odas elementales, continuó con la degradación, esta vez redentora: “y no serás inútil/ reloj/ nocturno,/ magnolia/ del árbol de la noche,/ sino sólo/ legumbre,/ queso puro,/ vaca celeste,/ ubre/ derramada...”. Insertándose en la misma tradición desmitificadora, Elidio La Torre Lagares abre su primera novela con la aparición de una luna muy poco romántica: “Ayer, desde temprano, me sentía como un augur pues había apreciado que la Luna se levantaba en el horizonte como un ojo de queso rancio, y eso no era normal, y mucho menos si la Luna hedía”. Que sin embargo tendrá en la novela el mismo poder de aquella que inspiró a los poetas con ‑para decirlo en palabras martianas‑ “los rayos de lumbre pura/ de la divina belleza”, lo podemos inferir de un detalle elocuente: su nombre aparece a largo del texto con mayúscula. No es para menos, pues la Luna figura como co‑protagonista de este extraño relato.

Me complace muchísimo ‑tuve la desfachatez de pedírselo al autor- presentar esta noche la primera novela de Elidio La Torre Lagares, ya conocido entre nosotros por sus espléndidas colaboraciones como ensayista en El Nuevo Día, así como por su poemario Cuerpo sin sombras y por su libro de cuentos Septiembre. Se trata de Historia de un dios pequeño, publicada en el año 2000 por la Editorial Plaza Mayor. La leí con delectación, y sólo al final pude entender la dedicatoria críptica que me puso en una de sus páginas iníciales su autor: “Para Mercedes: comparto contigo esta historia de un amigo que te admira”. Como Elidio, tiene una letra que a veces muestra trazas de parentesco con la cultura egipcia, por lo jeroglífica, cuando la leí por primera vez me pareció simpática y cariñosa, y no le di más pensamiento. Había leído, o creído leer: "de tu amigo que te admira". Releyéndola, ya comenzada la lectura del libro, me di cuenta de que decía “de un amigo que te admira”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Pensé, ¿qué rayos me querrá decir aquí Elidio? Pero luego olvidé la dedicatoria y me interné en el relato. La clave no tardó en aparecer. Se trata de un libro sobre el desdoblamiento, tema que debe su prestigio literario a Dostoievski, y por cierto, en el que incide otro escritor puertorriqueño, Edgardo Rodríguez Juliá, en su última novela, Sol de medianoche. ¿Tendrá esta coincidencia algo que decirnos sobre nuestro país? Lamento admitir que me parece que sí.

Presentar una novela fundada en un enigma tiene el peligro de enojar al futuro lector. Porque no hay más remedio que develar su misterio, cuando nunca se haga del todo si el relato es bueno. Quedan siempre muchos cabos sueltos. Pero me curo en salud pidiendo perdón de antemano a los lectores, y esgrimo en mi defensa el consabido consuelo de que el camino es más importante que el destino. Y que por ello, muchas veces nos negamos a soltar un libro, temiendo que se nos acabe el placer de la lectura.

Historia de un dios pequeño narra las aventuras de un joven de clase acomodada, "un blanquito" de nombre Jabí que va a darse unas copas al bar La Almeja, asediado por el presentimiento que augura la extraña luna que lo alumbra, de que algo malo va a suceder. Así es, porque dos delincuentes asaltan el bar, y tras matar a uno de sus clientes, toman a Jabí de rehén para escapar en su carro. Cuando lo abandonan, desnudo, en la autopista, la policía lo arresta por exposici6n deshonesta y Jabí va a parar con sus huesos a la cárcel. Allí se encontrará con su secuestrador; con un grupo de putas y travestíes que hacían la calle de noche; con un Viejo que asesinó a su esposa Lucrecia; con el gigoló Joel, que rapeaba a la mujer madura con la que Jabí flirteó en La Almeja, que no es otra que la víctima del Viejo; con la joven Zoé, hija de Lucrecia y el viejo, que va a buscar al padre asesino y quien también salía con Joel‑ Pronto nos damos cuenta de que casi todos los personajes se conocen, de que son presos de una misma red, más allá de la prisi6n, está en el relato mismo. También nos damos cuenta de que Joel pronuncia las mismas palabras de Jabí... Como el Fernando Vidal del Informe de ciegos de Sábato, el protagonista afirma no creer en casualidades. ¿Quién es quién?

Sin embargo, la entrada de la novela, que convoca en el curioso lector aquellas primeras palabras de El tambor de hojalata, de Gunter Grass: “Lo admito: resido en un asilo de locos”, nos había advertido ya la condición del narrador‑protagonista: “Hoy mí vida transcurre como una película en cámara lenta, como si tuviese una constitución viscosa y le fuese muy difícil abrirse paso entre la arefacción del tiempo. Bajo mis pies, el suelo es un mar de hule hirviente, pero sólo yo lo veo o nadie quiere creerme, cosa que es un problema, porque la gente puede pensar que soy un ‑ mentiroso o estoy loco. [...] Tampoco me sorprende que el aire sea un cubo de peste, cosa que no combina con el blanco de las paredes de esta habitación, ni con el blanco de mis ropas, ni de las sábanas, ni de los ángeles que me visitan. Bueno, tal vez no son ángeles, son enfermeras, de la misma manera que coaduno molinos con gigantes...”. El narrador está internado en un manicomio y oye voces. Voces que encarnan en personajes que dialogan con el paciente, que lo mortifican con su realidad palpable. En la atestada celda de la “Babel de miserias” de la cárcel, dirá Jabí (¿o Jaime Gabriel Arrillaga?): “Sentí que me absorbían, me despedazaban, me diluían en el espacio, hasta que no era yo, sino ellos. Zoé, el Viejo, Ostolaza, Oropel, Muñoz, Roticier, Méndez, Armas y Mac eran todos cabezas de una misma Medusa melancólica y bipolar”.

El nivel psiquiátrico de la historia está convincentemente trazado, mediante el sinuoso proceso del desdoblamiento de la personalidad múltiple. Estamos ante uno de los méritos más importantes de la novela, que nos hace recordar al Obsceno pájaro de la noche, del chileno José Donoso. Son innumerables las novelas que tratan el tema de la locura, desde el primer paradigma del Quijote, pero son muy pocas, poquísimas, las que tratan el problema desde adentro...

Sin embargo, hay una novela que sin tratar directamente el tema infantil, asume de lleno su perspectiva: Cien años de soledad. Lo ha estudiado mi hermana Luce hace años, cuando intentó contestarse la pregunta de por qué, una novela cuyo tema es la soledad, nos llena de alegría. La respuesta está en la conducta infantil de personajes que abandonan la responsabilidad del mundo adulto para dedicarse a jugar, a hacer para deshacer, en una palabra, a vivir en libertad... Algo parecido sucede con la retórica plebeya de lo soez, que tantos de nuestros autores han podido crear para sus personajes, dejando sin embargo al narrador paternalista, como lo llamaría Juan Gelpí, libre de pecado. Lo ha visto con perspicacia José Luis González, al destacar a Luis Rafael Sánchez como el primero de nuestros narradores en asumir desde adentro el discurso procaz. Pues en su Guaracha del Macho Camacho el narrador es tan soez como la China Hereje. Regresando a la novela que nos ocupa, Historia de un dios pequeño es precisamente uno de los pocos relatos que asumen, como lo hace la novela de Donoso, la locura desde adentro. No hay un narrador que, llenecito de razón, observe los desafueros, de su protagonista, pues el protagonista, loco, es quien asume las riendas de un relato cuya clave está en írsele de las manos...


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