La gracia de los pesares


Gracia, segunda edición, 2007

por Javier Ávila
(palabras de resentación al libro en la librería Borders de Plaza Las Américas, San Juan).

La religión, la inestabilidad política y el consumo de sustancias peligrosas fungen como mecanismos de control (o descontrol, en algunos casos) de las masas. La Torre Lagares entiende esa realidad perfectamente. Sin embargo, su novela se limita a narrar y a documentar en lugar de predicar y condenar. Las soluciones, entiende La Torre Lagares, no son rutas fáciles ni caminos lisos. Son distancias empinadas y rocosas, y cada caminante elige su destino dentro de sus limitaciones. Gracia cuestiona nuestras ideologías, pero no las menoscaba ni las ridiculiza. Gracia abre puertas previamente cerradas, pero no nos indica a dónde ir. Por eso es una novela bien lograda.

Abel Pesares es también otro de los personajes emblemáticos de Gracia, y carga con la cruz del conocimiento forzado, no deseado, pero imposible de ignorar, imposible de abandonar sin una búsqueda exhaustiva de sus orígenes y ramificaciones. Abel es quizá el personaje que más empatía recibe del lector. Su ateísmo cínico y doloroso se funda en el pesar de su pasado desafortunado: la muerte de su hijo Giancarlo, de tan sólo seis meses de nacido; el eventual fracaso de su relación con Giovanna, madre de su difunto infante; el deceso de sus sueños profesionales que desemboca en una carrera de consolación como escritor de esquelas fúnebres; y su incapacidad de lograr un compromiso sólido con Magdalena, a quien amaba total, exclusiva e inconscientemente. Todos estos factores crean en Abel un abismo circundado por una vasta soledad.

Cuando Abel se involucra accidentalmente en el complicado y precario mundo de la Hermandad, su naturaleza inquisitiva lo guía por un camino violento, sangriento, poblado por matones inmisericordes como Belze Bob, El Bellotas y Moloc, y misterios fascinantes como el anillo del rubí luminoso y el valioso cofre de Gracia. En su travesía peligrosa y desesperada, Abel insiste en conocer la identidad del Tío G. Gracias a unos documentos confidenciales que encuentra en casa de Magdalena, Abel descubre que la Hermandad es un culto manipulado por la CIA (Administración Central de Inteligencia de los Estados Unidos) para una red de narcotráfico que beneficia al gobierno estadounidense. La droga Gracia es un mecanismo de control similar a la soma del mundo distópico que Aldous Huxley presenta en su clásico Brave New World. Abel encuentra en los documentos un sinnúmero de secretos sobre el financiamiento, el contrabando y la distribución de drogas que, además de proveer experiencias trascendentales a sus usuarios, funcionaban como sistemas de control y lucro para unos pocos privilegiados interesados en mantener el poder militar, gubernamental y económico en el país más poderoso del siglo veinte. Abel temblaba al descubrir conexiones insólitas (la mafia italiana, el ejercito norteamericano en Vietnam, grupos comunistas, cultos suicidas, etcétera) que irónicamente hacían sentido. Todas estas conexiones cumplían una misión singular: contribuir al dominio de la ideología prevaleciente e irrebatible, lo que el crítico marxista Louis Althusser denomina como el ideological state apparatus.

La ideología predominante habrá de permanecer incuestionable a toda costa. La corrupción es un ingrediente esencial para que esto se dé. En Gracia, La Torre Lagares examina los comportamientos antiéticos e ilegales de un banquero, un legislador y un cura. Esas tres profesiones representan los más valorados integrantes de la ideología católico capitalista que rige el país. El dinero, la ley y la religión controlan nuestras vidas, y Gracia trabaja para el beneficio de cada rama del poder, y lo hace reconociendo la asfixiante necesidad que cada ciudadano tiene por llenar algún vacío en su existencia. La misteriosa y ubicua G de la novela puede significar muchas cosas: Gracia en todas sus connotaciones; el nombre de Dios en inglés, God; el gobierno; el profeta Tío G; la guerra; en fin, lo que sea más conveniente para su usuario o investigador. Para Abel, la G puede tener hasta una conexión con su hijo fenecido, Giancarlo. El poder de la droga yace en su versatilidad, que es a la misma vez su omnipotencia. Gracia tiene que existir para validar la existencia del ser humano. Sin ella, ¿cómo encontrarle sentido a una vida llena de pesares?

El Puerto Rico que La Torre Lagares observa y dibuja minuciosamente en Gracia es un país caótico y deshecho, donde la droga y el bajo mundo controlan gran parte de la economía y el ambiente social. La crisis es tal que hasta los personajes secundarios, como el taxista latoso y el junkie enfermizo son profetas de una sociedad lobotomizada por una ideología abusiva que promueve la injusticia, la obediencia ciega y la mansedumbre intelectual. En Gracia, La Torre Lagares construye un espejo que nos retrata caídos, no en gracia, sino de la gracia de nosotros mismos. ¿Cómo rescatar lo que va rumbo a la desgracia? Esa es la pregunta que esta novela nos obliga a hacer y rehacer. Gracia es, más que nada, una obra exquisita que deleita al lector por su lenguaje poético, su ritmo acelerado pero apacible, su poder sugestivo y explosivo, y un estilo excepcional que demuestra el serio compromiso que el talentoso La Torre Lagares tiene con la literatura.

Javier Ávila es laureado poeta y novelista. Sus dos libros de poesía, Vidrios ocultos en la alfombra y La simetría del tiempo, han obtenido el Premio de Poesía Olga Nolla 2004 y 2006, respectivamente.


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