Érase un tiempo en que los poetas eran vistos como una especie de interfase entre dos planos de la existencia. El poeta era la memoria de la tribu; era el historiador; era el brujo, chaman o sacerdote que se imbuía en el abismo de la nada para encontrar esa unidad virtual de la que nos habla Octavio Paz, entre la palabra y su objeto. Érase una vez un tiempo mítico donde la poesía, en su función primordial, nombraba la comunión con lo sagrado y lo desconocido. Pero en el proceso de individualización con que se celebra la llegada de la modernidad, la humanidad reclama su dominio sobre la naturaleza, y el poeta va siendo desplazado y segregado como promulgador de herejías. El poeta va, de ser el centro de la tribu, a vivir maldito en el exilio de las grandes ciudades. Lo hemos visto desde el poeta-mago Ovidio, quien murió en el destierro escribiendo versos elegíacos. Se repite en Virgilio, quien guía al poeta de La Divina Comedia por los lúgubres pasajes del infierno y el purgatorio, pero le es vedada la entrada al cielo. Durante el Romanticismo, fue Wordsworth quien resucitó la concepción del poeta como un mediador entre los seres humanos y Dios, ideas que se repiten luego en Emerson y Whitman, para quienes el poeta era un traductor del mundo. A fines del siglo XIX, Baudelaire, Verlaine, y Holderlin promovieron la idea del poeta como ser sobrenatural, y es así que finalmente, al llegar el siglo XX, Huidobro declara en su “Ars poética” que el poeta es un pequeño dios.

Es en esta genealogía inevitable en la cual se instala la poesía de Gonzalo Márquez Cristo y su más reciente entrega, Oscuro nacimiento (Bogota: Comun Presencia, 2006) un libro que he leído recientemente y cuyo tono profético me recuerda a la poesía visionaria de William Blake.

Aún la cultura de lo efímero, siempre aparece una voz que intercepta nuestra discontinuidad.
Mayra Santos-Febres, amiga escritora de la generación de los '80, acaba de ser declarada finalista del Premio Primavera de Novela. El amigo Mario Alegre Barrios escribe hoy en el diario El Nuevo Día:

Cuando el martes pasado la despertaron desde España para avisarle que había resultado finalista del Premio Primavera de Novela, tardó en salir de la bruma del sueño y lo primero que se le ocurrió decir fue que ese día era su cumpleaños.

Tan pronto colgó el teléfono, Mayra Santos-Febres se dio cuenta cabal de varias cosas, entre ellas que había llegado a los 40 varios días antes, que recibiría 30 mil euros (unos 35,700 dólares)… y que nunca había estado tan cerca -y tan lejos a la vez- del primer premio, “tan sólo” 200 mil dólares mayor que el que acababa de ganar con su novela Nuestra señora de la noche.

Tres años dedicó Mayra a esta historia que se teje con los hilos de un amor “imposible” entre un abogado y una prostituta, novela de largo aliento que se traduce en el mayor triunfo literario de la autora que participó en el certamen organizado por la editorial Espasa Calpe y la promotora Ámbito Cultural con la convicción de que saldría airosa
.

Para mí, el premio de Mayra Santos-Fébres confirma el hecho de que uno escribe para que lo lean.

El premio, merecido, es para llevar. El camino que nos queda, tanto como el que hemos hecho, es largo y nos espera.
La modernidad nos presenta, como uno de sus valores más exponenciales, la sensación de diversas experiencias de vida en puntos geográficos, distantes y diversos, que se manifiestan como un síntoma generalizado.

Cuando mi novela Gracia estaba en prensas, y mientras Dan Brown escalaba los mercados con El Código Da Vinci, Eduardo Mendoza ganó el premio Seix Barral con Satanás. Las tres novelas tienen un paratexto común. Pero mi punto es que cuando uno lee a Amir Valle en Cuba, a Alberto Fuguet en Chile, a Xavier Velasco en México (en especial en su libro El materialismo histérico), a Ray Loriga en España (aunque vive en Manhattan), uno encuentra un lenguaje común, que igual habla con Bret Easton Ellis en Estados Unidos o con Coupeland en Cánada, y que parecen desarrollarse en la misma espacialidad de la condición posmoderna: la distopía.

Todos estos escritores nacieron entre 1963 y 1970.

Como dice Tyler Durden en The Fight Club, la novela de Chuck Palanhiuk: "We're the middle children of history, man. No purpose or place… An we're very, very pissed off!"
Este escrito, publicado íntegramente en algún momento en El Nuevo Día, ha sido uno de los que muchos lectores me dicen que recuerdan más. Para mí, no sólo apela a un tema cotidiano, sino que lo encuentro, como decimos, chévere.


Dicen que detrás de cada hombre hay una mujer. Y con cada mujer, sin duda, viene una gran cartera, cual un inmenso hoyo negro en medio del universo infinito.

Seguro que uno hasta exclamaría que la vida, en lugar de ser, como dice el legendario Forrest Gump, una caja de chocolates, más bien podría ser como una cartera de mujer: uno nunca sabe lo que encontrará dentro de ella.

Se trata de que las carteras de las mujeres pudiesen ser la octava maravilla del mundo, o quizás prueba concreta de que el universo se encuentra en constante expansión.

Las carteras de las mujeres son cápsulas de tiempo. Uno no sabe qué es más maravilloso, si preguntarse cómo las mujeres se las arreglan para meter todas esas chucherías en sus bolsos, o si admirar la acaparadora capacidad del bolso para guardar tantas cosas.

En un bolso de mujer conviven mil poemas —dos mil historias— y aunque posiblemente también guarde un puñado de secretos, la cartera asume en custodia a un arsenal que incluye lápiz labial, rimel, polvera y otros artefactos para estilizar la belleza natural. Por supuesto, uno debe encontrar el lápiz labial de uso corriente y al menos otros dos: uno añejo y derretido, como la última barra de chocolate del mundo, y otro para casos de emergencia, el cual nunca la mujer usará porque, en caso de emergencia, se compra otro.

Además, fetiche o no, la cartera siempre tiene que ir en rima consonante con los zapatos. Eso es así.

Definitivamente, el dilema campanea en la cabeza de todos los hombres que han atestiguado la manera en que sus compañeras, amigas, amantes, esposas, o todas las anteriores, son capaces de llevar cepillo, peinilla y pinches para el cabello, agenda electrónica o libreta de direcciones, una wallet con fotos de familiares y amigos, bolígrafos (aunque resulte que ninguno tiene tinta a la hora de escribir) y una revista Mademoissselle, Glamour o Vanidades.

Todo perfectamente acomodado, hasta que llega ese momento de buscar las siempre buscadas y nunca encontradas llaves de la casa y/o el auto, que se supone esten en algún lugar de la cartera.

No hay duda que no hay hombre que no haya vivido la experiencia de ver a una mujer buscar sus llaves dentro del bolso.

El proceso completo es como un ritual— un acto de comunión— una ceremonia donde el primer paso es sacudir la cartera para escuchar el metálico tintineo de las $%#* llaves. El proceso conlleva zamarrear y zarandear el bolso sin introducir la mano en su interior. La desesperación puede, en algunos casos, darle golpe de estado a la razón y entonces ese es el momento en que la mujer introduce, finalmente, su mano en la cartera, a ver si por puro instinto tactil, casualidad o causalidad, sus dedos se topan con la dentadura de las llaves— acto que usualmente fracasa y, por lo tanto, obliga a la mujer a echar mano a un acto más radical y sanguinario: sacarle las entrañas a su bolso.

Entonces, ante los ojos del espectador , y como mago a su sombrero, la mujer comienza a sacar las cosas más inesperadas: pinzas, crema humectante o body lotion, encendedores (aunque no fume), desodorante, chiclets o Tic-Tacs, muestras de perfume que ella no usa, un frasco del perfume que sí usa, escapularios o rosarios, la lista para la compra de la semana, la lista de la compra de la semana pasada, recibos de tiendas, supermercados y máquinas ATM, tarjeta de débito, estuche de gafas o espejuelos, tarjetas de presentación personales, tarjetas de presentación de los clientes y el teléfono celular con todo y cargador de batería. Luego, en un instante climático, la mujer suele exclamar: “¡Qué muchas porquerías tengo en esta cartera!”.

Cuando yo era adolescente, mi madre me decía que los hombres no debían buscar nunca en las carteras de las mujeres. Nunca entendí por qué, hasta ahora.

Si usted posee, como yo, la debilidad de no poder admitir límites al conocimiento (ser “entrometido”, me diría mi abuela), no debe sorprenderle si se pone a sondear las carteras de sus amigas y extrae de su interior sobrecitos de catsup de KFC. Pero eso no es nada. Una vecina mía siempre anda para todas partes con un rollo de papel sanitario. También conozco, por experiencia ajena, casos en que se han encontrado sobrecitos de salsa soya, salsa de pato y hasta dulcoríferos artificiales.

Ah, mis amigos, creo que ustedes deberán conocer a alguna mujer que saque a pasear sus pastillas anticonceptivas, y otras que portan de todo como en botica, desde aspirinas hasta zinc. Y no me piensen exagerado o embustero, pero juro que una vez atestigüe la manera en que una amiga mía sacaba de su cartera los floppy disks que contenían el resguardo de los archivos de su computadora. Seguro que si no creen eso, menos creerán que he visto féminas que llevan el mini-secador de pelo a todas partes, como si éste fuese la conciencia.

De igual manera, es casi regla de terreno que en la cartera de una mujer nunca puedan faltar servilletas ni toallitas desechables, boletos (así, en plural) de infracciones de tráfico, talonarios viejos de cheques, Post Its con notas de la oficina, más bolígrafos inservibles, lima de uñas, pinzas, buscapersonas (alias “el beeper”) y un juego de llaves que nunca es el que en principio siempre están buscando y que tampoco saben para qué o de quién es. Claro que las llaves que sí buscaban nunca aparecen en la cartera y resulta que las tenían en algún bolsillo.

Es muy cierto que cada mujer porta un cosmos por cartera, el cual nunca parece ser suficientemente grande o demasiado pequeño para contener en él todas las cosas que a nuestras mujeres le parecen ineludibles— porque, hermanos, Dios nos libre de insinuar que algo sobra en una cartera.

Todo tiene un propósito y un fin— un lugar y una función.

Sin embargo, no hay, ni habrá hombre que se queje de eso.

Blog Archive

Search This Blog

Loading...