Le conocí hace dos años durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, cuando dicha fiesta fuera dedicada a Cuba. Escritor joven pero de mucho kilometraje, Amir y yo iniciamos una amistad junto a Guillermo Vidal, que en paz descanse. Hablamos de cosas en común, de frivolidades y literatura, de Cuba y de Puerto Rico, y el destino nos hermanó nuevamente cuando la antología de Páginas de espuma, y finalmente estamos unidos por Tatuajes, una novela de la cual él es autor y yo editor. Ahora, Amir acaba de ganar el Premio de Novela de la CAM, mientras que el Javier Vivancos logró el Lituma de Cuento en el certamen que patrocina la Caja de Ahorros del Mediterráneo en España, cosa que me llena de satisfacción.

Doce mil euros se lleva el Amir-Shamir. Y la publicación de Las palabras de los muertos, la obra ganadora.

Claro, para mi amigo, ganar premios no es nuevo. Eso lo pueden constatar en www.amirvalle.com.

Pero para mí, que lo conozco hace poco y pareciera que hemos tomado cerveza toda la vida, es una gran alegría ver a un amigo triunfar.


Cerro de Guilarte, Adjuntas (Puerto Rico)

De vez en cuando uno siempre merece un viaje a la semilla. El trazo de asfalto montaña arriba, el aire cristalino, las variciones de verde, la casa de mi infancia. La lluvia me recibió, como siempre. La niebla se mantuvo vigilante desde la altura, y parecía que el pueblo era una extensión del cielo. O tal vez, que colgaba de las nubes.

Al llegar, una tierna soledad barría las calles del pueblo, y el silencio era ensordecedor.

En casa de mis padres, tuvimos la cena de acción de gracias -la segunda del día- y fue grato ver el pavo de siempre -el mismo pavo del año pasado, pensé, que era el eco de otros anteriores- y el relleno de carne de res acompañados de las papas majadas y el arroz con gandules. Luego la conversación después de la cena, sentados en la sala, mientras en la televisión -al igual que el año anterior- pasaban "Mujercitas". En un momento que las palabras faltaron, sentí el vacío de la casa nuevamente. En un tiempo, mis hermanas y yo llenábamos la casa. Eso era el concepto de tradición. Ayer éramos ramificaciones dispersas en distintos órdenes de prioridades.

Ayer solamente quedaba, pues, el silencio, el vacío y pavo repetido. Me es inevitable pensar que entre niebla, lluvia y silencio, llegará el día en que finalmente terminemos el pavo en casa de mis padres y entonces tendré que reinventar la tradición.

De todo esto, sólo quedará el fantasma de la memoria. Pero así de disfuncional, así de vivo en mí.

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