La simetría del tiempo, de Javier Ávila

Quiero tomarme unos minutos en esta mañana lluviosa del último día del año para meditar en alegrías ajenas, que de algún modo las hago mías.

Primero, el excelente poemario La simetría del tiempo, del amigo Javier Ávila, ganador del Premio Olga Nolla de Poesía, no sólo recibió la distinción como mejor poemario del año por el Pen Club de Puerto Rico, sino que fue escogido entre los libros del año por la doctora Carmen Dolores Hernández. Con Javier he crecido, desde su novela Different, pasando por los Vidrios ocultos en la alfombra hasta su futuro proyecto, Criatura del olvido. Way to go, buddy.

Segundo: Hilo de voz, del admirado Noel Luna, obtuvo el segundo lugar en el Premio de Literatura Nacional 2006, y tercer lugar en el reconocimiento del Pen Club. Para mí, el premio de Noel debe ser Primer Lugar de Libro de Poesía, puesto que el ganador en el certamen del instituto de literatura fue un libro de narrativa. Por supuesto, calibrar libros de narrativa contra libros de poesía y/o vicervera no me parece adecuado. Lo que me lleva a:

Tercero: el libro ganador fue El corazón de Voltaire, la novela de Luis López Nieves, cosa que me parece extraordinaria, pues la obra eleva la rúbrica sobre hacer novelas en Puerto Rico. Con Luis he tenido la experiencia de trabajar este año en el Programa de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Su obra me parece que se expande con esta novela, y sera merecedor de mayores acercamientos críticos. Precisamente, Terranova acaba de sacar La tergiversación en Luis López Nieves: cuentos y novela, estudio de Estelle Irizarry.

Claro, queda el logro de Mayra Santos-Febres con su Nuestra señora de la noche y el de Juan Antonio Ramos, con El libro de la rabia, que abonan al desarrollo del género más elusivo de la literatura puertorriqueña: la novela. Esto es indicativo de que nuestras letras entran en una nueva fase de evolución. Espero.

Faltaron, por supuesto, libros de cuentos significativos, puesto con poemarios como el de Julio César Pol, Mara Pastor y Gallego, la poesía siempre queda bien querida.

Big Brother is watching you... always

Por Mario Alegre Barrios
El Nuevo Día

SE TRATA de una droga que hacer ver a Dios. Se llama Gracia y es como un falso oasis en el infierno que se vuelve eje de un asesinato, una conspiración y un culto religioso, triángulo en el que intervienen Patria, Abel, Sam y la CIA. Se trata de la novela más reciente de Elidio La Torre Lagares.

Insertada en la mejor tradición del thriller contemporáneo, Gracia -publicada por la editorial Oveja Negra- representa el debut en este género de La Torre Lagares, quien no hace mucho publicó el poemario Cáliz, con su editorial Terranova. "Con Oveja Negra se me abre un mercado más amplio, porque se trata de una editorial con presencia internacional y eso es vital para proyectar en el exterior la literatura joven puertorriqueña", apunta el escritor. "Gracia es un proyecto que me demoró alrededor de tres años y que está hecho con toda la intención de hacerse leer, a través de su temática, el tratamiento del lenguaje y su complejidad dramática."
Al aceptar que este tipo de literatura no es muy común como fruto de plumas locales, Elidio señala que algunas personas consideran que el thriller es "extranjerizante". "Yo simplemente lo considero como parte de la postmodernidad y una respuesta de los escritores contemporáneos que desean apartarse diametralmente del realismo mágico", reflexiona. "Si bien la novela policial ha sido abordada por varios de los escritores más famosos de nuestros tiempos, como Piglia, Bolaño y Fuguet, en el caso de Gracia ese aspecto es sólo uno de los elementos de la trama".

La idea germinal de Gracia, explica Elidio, nace de la idea de que se crea una droga que permite que los usuarios vean a Dios. "Todo esto tiene que ver con los experimentos que hizo la CIA con alucinógenos y otro tipo de drogas creadas en laboratorios con fines militares", ilustra. "Algunos de estos experimentos se hicieron en la Universidad de Harvard y de ahí salió el famoso ácido o 'LSD', que fue probado con estudiantes voluntarios. Uno de ellos fue el poeta Allen Ginsberg, quien más tarde realizó una cruzada casi solitaria para que la CIA decodificara los resultados de esas pruebas. Toda esa historia siempre me sedujo y alimentó la idea que finalmente se convirtió en Gracia. Llegó el vínculo con la religión y el proyecto tomó forma. Gracia es el nombre de una droga que hace ver a Dios y que es usada por una secta religiosa para controlar a sus miembros. A la vez, la CIA anda detrás del fármaco y así es como se complica la trama. En realidad, el final no lo sabía cuando empecé a escribirla... y sigo sin saberlo, a pesar de haberla terminado de escribir".

Como en todo proceso de escritura, dice Elidio que arduo no es escribir, sino reescribir, pulir los personajes y los diálogos, darles fluidez. "Siempre lo más difícil es el trabajo artesanal y ahí está también parte de la magia", apunta. "No me seduce describir los personajes... prefiero que ellos cobren vida por sí mismos con sus gestos, sus palabras, sus actitudes. Mis personajes nunca han sido héroes y en el caso de los de Gracia tampoco. Me gusta despertarme a media noche pensando qué estarán haciendo sin mí. Este es uno de los laberintos maravillosos de este oficio".
Elidio comenta que Gracia tiene diversos niveles de lectura, pluralidad que va desde la alegoría política o la de la salvación personal, hasta el simple entretenimiento. "De cualquier manera, intenta atrapar al lector y creo que lo logra, según testimonios de quienes la han leído", dice.
...

"Me siento muy satisfecho con esta novela. Me gustó escribirla... el final es abierto. Me place escribir dando margen a que el lector también participe. Tiene un falso final: termina, pero no acaba. Y tampoco viene una segunda parte".

Foto: "Get away from the light!", por Sophia Angélica

por Mario R. Cancel
Escritor
http://www.geocities.com/narrativa_puertorriquena/Tertulias_43.html

Gracia (2004), novela de Elidio La Torre Lagares, manufactura una fábula social y política del Puerto Rico de principios del siglo 21 centrada en la conflictividad entre Sam Eagle y Patria. El erotismo y la violencia sádica matizan la relación erótica hasta que la ruptura, ocurrida tras la experimentación de Patria con la droga de moda ve a dios. El acontecimiento puede leerse como un ritual de paso hacia un cosmos desconocido y por ello deseado. El acto resulta liberador y peligroso por el tipo de reto que representa para la autoridad de Sam Eagle y el misterioso Tío G. Pero el episodio también puede leerse como una reconstrucción del reto de Eva a la autoridad divina en el juego de la tentación y la seducción. Los paralelismos entre gracia y el soma en la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932) no pueden ser pasados por alto.

El bajo mundo del narcotráfico y los espacios de lavado de dinero expresan la voluntad de La Torre Lagares de actualizar la narrativa puertorriqueña a la luz de su lectura del film noir y el pulp fiction. La recuperación de ese tipo de recursos genera una estética retro que celebra la violencia y da un giro peculiar a la obra de este escritor. En gran medida se trata de una reescritura del lenguaje de los narradores de la tradición de la Beat Generation poco observada por la crítica hasta el presente. El personaje del Yonqui que aparece y desaparece a través del texto y que resulta ser el mítico Arcángel San Miguel que vuelve a combatir contra el demonio, recuerda al Yonqui de la conocida novela de homónima de William S. Burroughs de 1953.

Este tipo de escritura de la violencia remite el thriller literario en la tradición del Paul Auster de la “Trilogía de Nueva York” o el Ian McEwan de El placer del viajero (1981) una pieza maestra de la “Nueva Novela inglesa.” En cierto modo la experiencia del recurso a la violencia marca una pauta que ya se había hecho notable en la literatura de ciencia ficción posterior a los años 1980 en el resto de América y que rompre con la tradición del boom y de la generación de 1970 en el país.

En Gracia se desarrolla un juego con múltiples remedos del lenguaje de las religiones finalistas, las ideoreligiones populares y el marco conceptual extático. El procedimiento es notable tanto en los capítulos en que se ofrecen los antecedentes del alucinógeno, como al momento de reconstruir los efectos de la poderosa droga controlada por el Tío G. también conocido como “El profeta.” El hecho de que el lenguaje utilizado para crear la impresión del éxtasis sea una representación paródica y caricaturesca del que usan ciertas ideoreligiones populares en la New Age, representa un comentario del presente en el cual esos sistemas imaginarios se han popularizado.

La novela está salpicada de una serie de apostillas sobre un orden social en crisis. El peso que tiene la terrible experiencia de Sam en Vietnam o el fracaso de los proyectos de Abel Pesares, estudiante de literatura que termina escribiendo esquelas funerarias son dos modelos de ello. La novela delata situaciones polémicas tales como las narco-guerras y la utilización del tráfico internacional de estupefacientes para el financiamiento de proyectos bélicos. No hay que olvidar el escándalo Irán-Contras de la época de Ronald Reagan, el asunto del opio en el mundo afgano previo y posterior a los talibanes la relación de la amapola y las luchas armadas en Colombia. La droga gracia representa una garantía para el flujo de dinero que los estados y las organizaciones violentas aprovechan a la hora de adelantar sus causas particulares. El balance entre la lectura simbólica y la lectura política de Gracia y la internacionalización de un título puertorriqueño producto de un autor de nueva generación, representa un acontecimiento literario valioso para la nueva narrativa puertorriqueña.



Por: Jorge Rodríguez
Redactor ESCENARIO/ El Vocero de Puerto Rico
Sábado 23 de diciembre de 2006


Apenas celebrando la obtención del escritor cubano Amir Valle del premio Vargas Llosa de Novela, en la XI edición de los Premios Literarios Vargas Llosa, que patrocina Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), por su obra "Las palabras y los muertos", su editorial boricua Terranova Editores tiene mucho que festejar en adelante, al instalar y consolidar su casa editorial en el Cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan.

Presidida por el poeta, ensayista, guionista, cuentista y novelista Elidio La Torre, autor de la colección de cuentos "Septiembre" y las novelas "Historia un dios pequeño" y "Gracia", esta editorial iniciará su campañas de lanzamientos literarios a partir de febrero de 2007, iniciándola nada menos que con la novela "Tatuajes" de Valle. Este escritor también ha publicado en Puerto Rico, "Las puertas de la noche", una historia policial sobre prostitución infantil que se desarrolla en La Habana Vieja.

"Tenemos en Terranova, planificando para el año entrante, lanzar la colección de narrativa con tres títulos: ‘Tatuajes’, de Amir Valle, a quien me une una amistad de hace años; "Emoticons" de Aurora Arias; y el primer libro de cuentos Juan Carlos López. Estoy tirando a México y Sudamérica, y ya tenemos una narradora mexicana y uno chileno. Hasta ahora, voy viento en popa al inaugurar en Ballajá donde tenemos instaurado un taller de poesía que ofrece Yara Liceaga; abriré un taller de cuento; y otro de literatura infantil que anunciaremos después", declara La Torre.

La plantilla de escritores de Terranova, integrada básicamente por poetas —como ha constituido su promoción inicial— hasta el momento actual, se compone por Javier Avila, ganador en dos ocasiones del primer lugar con el Premio de Poesía Olga Nolla; Kattia Chico, Eddie Ferraioli, Clara Lair, Elidio La Torre-Lagares, Noel Luna, Francisco Matos Paoli, Mayra Santos-Febres, Madeline Millán, Etnairis Rivera, Néstor Rodríguez, David Santiago, Edgardo Soto y Wanda Vega-Negrón.

"La poesía en Puerto Rico está transformándose siempre y ha estado en evolución y gestación de voces todo el tiempo. La poesía es un mercado más selecto; y creo que dentro de esa modalidad poética, la gente tiende más hacia la oralidad y la cotidianidad. Estos poetas añaden el aspecto de la poesía de ‘performance’ que da otra dimensión a la palabra escrita y la hace representada. Esta nueva fase, por no decir una cosa nueva, es una nueva manera de decir la palabra y de encontrar nuevos lectores", agrega el escritor, natural de Lares.

El también editor resalta el espacio ideal de la ubicación de su casa editorial, lo que ha brindado un poco de magia, como dice, a la creación literaria y su fin primordial de publicar. Esta dimensión geográfica, en medio de la última edificación española durante la soberanía en Puerto Rico de España, que duró hasta 1998, hace más visible su compromiso para crear nuevos lectores y autores; con estrategias de campañas de lecturas poéticas, y otro tipo de comunicación donde se vincule a la comunidad.

"Desde nuestra fundación en marzo 2003, hemos recibido a nuestra comunidad de poetas, que serán de quienes estaremos hablando por los próximos diez a 15 años. Contamos también con otros nuevos poetas para el año que viene; y esperamos darle voz a las presencias menos representadas en nuestra cultura", concluyó el artista.

Los cuarteles de Terranova Editores se encuentran en el Local V del Cuartel de Ballajá, en el Viejo San Juan. Para información adicional, puede llamar al 787-725-7711.

portada de la primera edición

por Mercedes López-Baralt,
Catedrática de la Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras

Lugones fue de los primeros en devaluarla: la llamó “trucha amarilla y flacucha”. Neruda, aun queriendo rescatarla para sus Odas elementales, continuó con la degradación, esta vez redentora: “y no serás inútil/ reloj/ nocturno,/ magnolia/ del árbol de la noche,/ sino sólo/ legumbre,/ queso puro,/ vaca celeste,/ ubre/ derramada...”. Insertándose en la misma tradición desmitificadora, Elidio La Torre Lagares abre su primera novela con la aparición de una luna muy poco romántica: “Ayer, desde temprano, me sentía como un augur pues había apreciado que la Luna se levantaba en el horizonte como un ojo de queso rancio, y eso no era normal, y mucho menos si la Luna hedía”. Que sin embargo tendrá en la novela el mismo poder de aquella que inspiró a los poetas con ‑para decirlo en palabras martianas‑ “los rayos de lumbre pura/ de la divina belleza”, lo podemos inferir de un detalle elocuente: su nombre aparece a largo del texto con mayúscula. No es para menos, pues la Luna figura como co‑protagonista de este extraño relato.

Me complace muchísimo ‑tuve la desfachatez de pedírselo al autor- presentar esta noche la primera novela de Elidio La Torre Lagares, ya conocido entre nosotros por sus espléndidas colaboraciones como ensayista en El Nuevo Día, así como por su poemario Cuerpo sin sombras y por su libro de cuentos Septiembre. Se trata de Historia de un dios pequeño, publicada en el año 2000 por la Editorial Plaza Mayor. La leí con delectación, y sólo al final pude entender la dedicatoria críptica que me puso en una de sus páginas iníciales su autor: “Para Mercedes: comparto contigo esta historia de un amigo que te admira”. Como Elidio, tiene una letra que a veces muestra trazas de parentesco con la cultura egipcia, por lo jeroglífica, cuando la leí por primera vez me pareció simpática y cariñosa, y no le di más pensamiento. Había leído, o creído leer: "de tu amigo que te admira". Releyéndola, ya comenzada la lectura del libro, me di cuenta de que decía “de un amigo que te admira”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Pensé, ¿qué rayos me querrá decir aquí Elidio? Pero luego olvidé la dedicatoria y me interné en el relato. La clave no tardó en aparecer. Se trata de un libro sobre el desdoblamiento, tema que debe su prestigio literario a Dostoievski, y por cierto, en el que incide otro escritor puertorriqueño, Edgardo Rodríguez Juliá, en su última novela, Sol de medianoche. ¿Tendrá esta coincidencia algo que decirnos sobre nuestro país? Lamento admitir que me parece que sí.

Presentar una novela fundada en un enigma tiene el peligro de enojar al futuro lector. Porque no hay más remedio que develar su misterio, cuando nunca se haga del todo si el relato es bueno. Quedan siempre muchos cabos sueltos. Pero me curo en salud pidiendo perdón de antemano a los lectores, y esgrimo en mi defensa el consabido consuelo de que el camino es más importante que el destino. Y que por ello, muchas veces nos negamos a soltar un libro, temiendo que se nos acabe el placer de la lectura.

Historia de un dios pequeño narra las aventuras de un joven de clase acomodada, "un blanquito" de nombre Jabí que va a darse unas copas al bar La Almeja, asediado por el presentimiento que augura la extraña luna que lo alumbra, de que algo malo va a suceder. Así es, porque dos delincuentes asaltan el bar, y tras matar a uno de sus clientes, toman a Jabí de rehén para escapar en su carro. Cuando lo abandonan, desnudo, en la autopista, la policía lo arresta por exposici6n deshonesta y Jabí va a parar con sus huesos a la cárcel. Allí se encontrará con su secuestrador; con un grupo de putas y travestíes que hacían la calle de noche; con un Viejo que asesinó a su esposa Lucrecia; con el gigoló Joel, que rapeaba a la mujer madura con la que Jabí flirteó en La Almeja, que no es otra que la víctima del Viejo; con la joven Zoé, hija de Lucrecia y el viejo, que va a buscar al padre asesino y quien también salía con Joel‑ Pronto nos damos cuenta de que casi todos los personajes se conocen, de que son presos de una misma red, más allá de la prisi6n, está en el relato mismo. También nos damos cuenta de que Joel pronuncia las mismas palabras de Jabí... Como el Fernando Vidal del Informe de ciegos de Sábato, el protagonista afirma no creer en casualidades. ¿Quién es quién?

Sin embargo, la entrada de la novela, que convoca en el curioso lector aquellas primeras palabras de El tambor de hojalata, de Gunter Grass: “Lo admito: resido en un asilo de locos”, nos había advertido ya la condición del narrador‑protagonista: “Hoy mí vida transcurre como una película en cámara lenta, como si tuviese una constitución viscosa y le fuese muy difícil abrirse paso entre la arefacción del tiempo. Bajo mis pies, el suelo es un mar de hule hirviente, pero sólo yo lo veo o nadie quiere creerme, cosa que es un problema, porque la gente puede pensar que soy un ‑ mentiroso o estoy loco. [...] Tampoco me sorprende que el aire sea un cubo de peste, cosa que no combina con el blanco de las paredes de esta habitación, ni con el blanco de mis ropas, ni de las sábanas, ni de los ángeles que me visitan. Bueno, tal vez no son ángeles, son enfermeras, de la misma manera que coaduno molinos con gigantes...”. El narrador está internado en un manicomio y oye voces. Voces que encarnan en personajes que dialogan con el paciente, que lo mortifican con su realidad palpable. En la atestada celda de la “Babel de miserias” de la cárcel, dirá Jabí (¿o Jaime Gabriel Arrillaga?): “Sentí que me absorbían, me despedazaban, me diluían en el espacio, hasta que no era yo, sino ellos. Zoé, el Viejo, Ostolaza, Oropel, Muñoz, Roticier, Méndez, Armas y Mac eran todos cabezas de una misma Medusa melancólica y bipolar”.

El nivel psiquiátrico de la historia está convincentemente trazado, mediante el sinuoso proceso del desdoblamiento de la personalidad múltiple. Estamos ante uno de los méritos más importantes de la novela, que nos hace recordar al Obsceno pájaro de la noche, del chileno José Donoso. Son innumerables las novelas que tratan el tema de la locura, desde el primer paradigma del Quijote, pero son muy pocas, poquísimas, las que tratan el problema desde adentro...

Sin embargo, hay una novela que sin tratar directamente el tema infantil, asume de lleno su perspectiva: Cien años de soledad. Lo ha estudiado mi hermana Luce hace años, cuando intentó contestarse la pregunta de por qué, una novela cuyo tema es la soledad, nos llena de alegría. La respuesta está en la conducta infantil de personajes que abandonan la responsabilidad del mundo adulto para dedicarse a jugar, a hacer para deshacer, en una palabra, a vivir en libertad... Algo parecido sucede con la retórica plebeya de lo soez, que tantos de nuestros autores han podido crear para sus personajes, dejando sin embargo al narrador paternalista, como lo llamaría Juan Gelpí, libre de pecado. Lo ha visto con perspicacia José Luis González, al destacar a Luis Rafael Sánchez como el primero de nuestros narradores en asumir desde adentro el discurso procaz. Pues en su Guaracha del Macho Camacho el narrador es tan soez como la China Hereje. Regresando a la novela que nos ocupa, Historia de un dios pequeño es precisamente uno de los pocos relatos que asumen, como lo hace la novela de Donoso, la locura desde adentro. No hay un narrador que, llenecito de razón, observe los desafueros, de su protagonista, pues el protagonista, loco, es quien asume las riendas de un relato cuya clave está en írsele de las manos...

Cristina Rivera Garza

El gran esquema en la Modernidad era conquistar el tiempo sobre el espacio, lo que se transcribe en la eventual separación de ambos conceptos. Es decir, la Modernidad postulaba la posibilidad de un tiempo como experiencia independiente de un espacio físico. Giddens lo llama “vaciar del tiempo”, o la dislocación de la relación tiempo-espacio, donde incluso la llegada de los nuevos sistemas de producción y consumo va degradando el concepto de presencia y localidad para privilegiar el desarrollo de una dimensión abstracta y uniforme donde el sujeto se eteriza.

Si miramos la memoria como contradiscurso de la oficialidad histórica, la novela de Rivera Garza se instala como narrativa de resistencia ante los efectos erosivos del gran proyecto de la ilustración y el raciocinio positivista que se instaura bajo el régimen de Porfirio Diaz en el México de inicios del siglo XX como medio de opresión social, sobre todo en mujeres y mestizos.

Nadie me verá llorar culmina con la muerte física y la pérdida de un pasado que, como la figura de la persona principal, Matilda, en la mente del lector, sólo podrá rescatarse ilusoriamente por medio del espacio designado a la ilusión y al sueño, o, en su mejor parecer, a la memoria. Este espacio que requiere que sea llenado con una historia, una narrativa, que pueda rellenar el vacío, que pueda reparar el dislocamiento -una narrativa que esté estructurada en torno a la memoria y que en lugar de reconstruirse se pueda ir construyendo, es la designación última en el proyecto narrativo de Rivera Garza.

Neil Cassady y Jack Kerouac, quienes encarnan a Dean Moriarty y a Salvatore Paradise, respectivamente, en On the Road.

Siempre hay algo más, un poco más, la cosa nunca se termina, escribió Jack Kerouac.

Como el jazz. Como escribir poesía.

¿Jazz y poesía?

Claro. Música y literatura. La relación ha estado ahí desde los origenes desde los tiempos en que los primeros poetas legaban en palabras y melodías las historias de las primeras sociedades terráqueas. La juxtaposición de los dos artes origina antes del establacimiento de la palabra escrita como medio y nació de la necesidad del ser humano de inscribirse en el tiempo.

Pero la cosa nunca se termina.

La narrativa de Jack Kerouac cambió la manera de entender la literatura de la misma manera en que el jazz cambió la manera de percibir la música.

Para 1940 ambas artes se agotaban por concepciones ortodoxas que encasillaban a ambos artes en sus respectivos dominios. El jazz, por ejemplo, era dominado por la orquestración grande, o big band, mientras que la literatura reclamaba su fortaleza en la restricción matemática sonora, osea, métrica y rima.

Entonces llegó Miles, Bird y Dizzie. Y luego llegó Jack.

Para fines de esa década, la cuadratura del big band había sido trascendida por un nuevo concepto de jazz, el bop, mientras un grupo de jóvenes se conocían en Nueva York y alucinaban acerca de una nueva visión de lo indecible que le cambiara el compás a la literatura de aquellos días.

En efecto, Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs deconstruían el entorno social y literario para dar forma al movimiento Beat que marcó el inicio de la era post-moderna en la literatura durante los años '50. Las implicaciones de tiempo y espacio habían colocado a los Beat y al jazz en un mismo vórtice.

Ahora, finalmente, luego de décadas en preparación para el momento, Francis Ford Coppola tiene todo listo para comenzar la filmación de On the road, con adaptación de libreto de Jesús Rivera, y hasta se rumora que Brad Pitt tendrá uno de los papeles protagonicos.

Todo a 50 años de haberse publicado la novela que cambió el panorama de la literatura mundial.

Gracia, segunda edición, 2007

por Javier Ávila
(palabras de resentación al libro en la librería Borders de Plaza Las Américas, San Juan).

La religión, la inestabilidad política y el consumo de sustancias peligrosas fungen como mecanismos de control (o descontrol, en algunos casos) de las masas. La Torre Lagares entiende esa realidad perfectamente. Sin embargo, su novela se limita a narrar y a documentar en lugar de predicar y condenar. Las soluciones, entiende La Torre Lagares, no son rutas fáciles ni caminos lisos. Son distancias empinadas y rocosas, y cada caminante elige su destino dentro de sus limitaciones. Gracia cuestiona nuestras ideologías, pero no las menoscaba ni las ridiculiza. Gracia abre puertas previamente cerradas, pero no nos indica a dónde ir. Por eso es una novela bien lograda.

Abel Pesares es también otro de los personajes emblemáticos de Gracia, y carga con la cruz del conocimiento forzado, no deseado, pero imposible de ignorar, imposible de abandonar sin una búsqueda exhaustiva de sus orígenes y ramificaciones. Abel es quizá el personaje que más empatía recibe del lector. Su ateísmo cínico y doloroso se funda en el pesar de su pasado desafortunado: la muerte de su hijo Giancarlo, de tan sólo seis meses de nacido; el eventual fracaso de su relación con Giovanna, madre de su difunto infante; el deceso de sus sueños profesionales que desemboca en una carrera de consolación como escritor de esquelas fúnebres; y su incapacidad de lograr un compromiso sólido con Magdalena, a quien amaba total, exclusiva e inconscientemente. Todos estos factores crean en Abel un abismo circundado por una vasta soledad.

Cuando Abel se involucra accidentalmente en el complicado y precario mundo de la Hermandad, su naturaleza inquisitiva lo guía por un camino violento, sangriento, poblado por matones inmisericordes como Belze Bob, El Bellotas y Moloc, y misterios fascinantes como el anillo del rubí luminoso y el valioso cofre de Gracia. En su travesía peligrosa y desesperada, Abel insiste en conocer la identidad del Tío G. Gracias a unos documentos confidenciales que encuentra en casa de Magdalena, Abel descubre que la Hermandad es un culto manipulado por la CIA (Administración Central de Inteligencia de los Estados Unidos) para una red de narcotráfico que beneficia al gobierno estadounidense. La droga Gracia es un mecanismo de control similar a la soma del mundo distópico que Aldous Huxley presenta en su clásico Brave New World. Abel encuentra en los documentos un sinnúmero de secretos sobre el financiamiento, el contrabando y la distribución de drogas que, además de proveer experiencias trascendentales a sus usuarios, funcionaban como sistemas de control y lucro para unos pocos privilegiados interesados en mantener el poder militar, gubernamental y económico en el país más poderoso del siglo veinte. Abel temblaba al descubrir conexiones insólitas (la mafia italiana, el ejercito norteamericano en Vietnam, grupos comunistas, cultos suicidas, etcétera) que irónicamente hacían sentido. Todas estas conexiones cumplían una misión singular: contribuir al dominio de la ideología prevaleciente e irrebatible, lo que el crítico marxista Louis Althusser denomina como el ideological state apparatus.

La ideología predominante habrá de permanecer incuestionable a toda costa. La corrupción es un ingrediente esencial para que esto se dé. En Gracia, La Torre Lagares examina los comportamientos antiéticos e ilegales de un banquero, un legislador y un cura. Esas tres profesiones representan los más valorados integrantes de la ideología católico capitalista que rige el país. El dinero, la ley y la religión controlan nuestras vidas, y Gracia trabaja para el beneficio de cada rama del poder, y lo hace reconociendo la asfixiante necesidad que cada ciudadano tiene por llenar algún vacío en su existencia. La misteriosa y ubicua G de la novela puede significar muchas cosas: Gracia en todas sus connotaciones; el nombre de Dios en inglés, God; el gobierno; el profeta Tío G; la guerra; en fin, lo que sea más conveniente para su usuario o investigador. Para Abel, la G puede tener hasta una conexión con su hijo fenecido, Giancarlo. El poder de la droga yace en su versatilidad, que es a la misma vez su omnipotencia. Gracia tiene que existir para validar la existencia del ser humano. Sin ella, ¿cómo encontrarle sentido a una vida llena de pesares?

El Puerto Rico que La Torre Lagares observa y dibuja minuciosamente en Gracia es un país caótico y deshecho, donde la droga y el bajo mundo controlan gran parte de la economía y el ambiente social. La crisis es tal que hasta los personajes secundarios, como el taxista latoso y el junkie enfermizo son profetas de una sociedad lobotomizada por una ideología abusiva que promueve la injusticia, la obediencia ciega y la mansedumbre intelectual. En Gracia, La Torre Lagares construye un espejo que nos retrata caídos, no en gracia, sino de la gracia de nosotros mismos. ¿Cómo rescatar lo que va rumbo a la desgracia? Esa es la pregunta que esta novela nos obliga a hacer y rehacer. Gracia es, más que nada, una obra exquisita que deleita al lector por su lenguaje poético, su ritmo acelerado pero apacible, su poder sugestivo y explosivo, y un estilo excepcional que demuestra el serio compromiso que el talentoso La Torre Lagares tiene con la literatura.

Javier Ávila es laureado poeta y novelista. Sus dos libros de poesía, Vidrios ocultos en la alfombra y La simetría del tiempo, han obtenido el Premio de Poesía Olga Nolla 2004 y 2006, respectivamente.

Historia de un dios pequeño, segunda edición

por Nélida Arroyo
(de publicado en la revista Cultura, del Instituto de Cultura Puertorriqueña)

...El suicidio, la depresión, la neurosis y la esquizofrenia que sufren los personajes hablan de un país donde los trastornos mentales ocupan un lugar sobresaliente, de un mundo donde una de cada cuatro personas sufrirá algún trastorno mental, donde 450 millones lo padecen actualmente, según el informe de la Organización Mundial de la Salud. Podemos reconocer en Jabí o en Jaime Gabriel Arrillaga una ruptura con la realidad que se traduce en alucinaciones y voces, como ecos demoniacos que solo él ve o en los que nadie quiere creer. ¿Son los personajes sólo voces que le atormentan y ha permanecido todo el tiempo entre las paredes blancas o ha salido efectivamente de allí a encontrarse entre los otros? Recordemos que Jabi es un inventor de palabras, crea su propio lenguaje, ¿inventa acaso su propia realidad?

Lo cierto es que se convierte en el único personaje que se salva, se salva dentro de su locura, si es locura, se salva dentro de su verdad, si es verdad, porque reconoce con autenticidad cual es su propósito en la vida. El es poeta, y ve su vocación como un llamado: Cuando uno se inmerge en poesía, llega a encontrarse a sí mismo. Eso es casi como salvar el mundo. Y esa es mi misión divina. Ser poeta es ser un pequeño dios. Los demás personajes son también dioses pequeños, pero su omnipotencia termina donde termina su deseo. El sexo y la comida son también dioses, pero dioses irremisiblemente perecederos. La sociedad que ha perdido la sensibilidad para la belleza, el amor y la verdad está muerta: Una sociedad que no siente no puede dolerle nada, lo que hace la muerte lenta más llevadera.

¿Cuán fidedigna es la voz de un personaje que ha elaborado todo un discurso que discurre de su locura? Legítima por su autenticidad, porque va a la sustancia y al todo de las cosas. Llegamos a cuestionarnos inclusive cual es la finalidad del ser humano, ¿Qué Dios insano obra detrás de todo esto?… ¿Somos el objeto de una conspiración mayor? ¿Hay un orden superior en el mundo que sigue su curso, independientemente de lo que ocurra: Deus ex machina?

Un profundo pesimismo, un nihilismo soterrado emana de esta pesadilla, si no fuera por Jabí, por su negativa a aceptar el mundo que habían escrito ya para él.Y Mac, sin duda , lo ha ayudado en el proceso: yo lo envidiaba porque Mac era realmente cojonudo, y a mí siempre me faltaron las bolas para tomar control de mi vida. Esta ruptura implica una decisión: Me esperaba, entonces, mi antigua vida, predecible y automática como un semáforo, y yo no estaba dispuesto a eso. Jabí necesita la dislocación para alcanzar la unidad, que es a fin de cuentas, estar en paz consigo mismo, responder a su llamado...

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