El caos es mayor que el misterio

Hoy conocí a mi grupo de apreciación de poesía anglosajona en la UPR, Río Piedras. Son 18 por lista, pero tres parece que lo pensaron dos veces antes de entrar. Es un grupo homogéneo, como cuando uno va a la Plaza del Mercado de Santurce o a cualquier moll de la isla, que ve de todo. Aparentan ser buenos chicos y chicas.

Las preguntas de rigor, por aquello de ver si el gas pela o no pela: ¿Qué poema has leído recientemente? ¿Escribes poesía? ¿Qué poeta te gusta?

Uno de los estudiantes se presentó y dijo que no leía poesía, pero que era poeta desde los dieciocho años, aunque, en su mejor performance de Rimbaud, ya se había retirado. Edad del sujeto: veintitres.

Otra me dijo que estudiaba química orgánica y que no sabía por qué estaba en el curso. Un tercer estudiante comentó que su última lectura había sido de un tal Garcilaso... Garcilaso... algo. Otro la secundó, porque habían tomado el mismo curso, apenas cuatro horas antes de mi sesión.

Alguien comentó que no entendía nada de poesía, ni anglosajona ni boricua ni de ninguna clase, y que, es más, la aborrecía.

De pronto tuve una visión tipo Nostradamus: una bestia con muchas cabezas que eran T.S. Eliot, Yeats, Ginsberg, Ezra Pound, Chaucer, Wallace Stevens y Theodore Roethke, que se devoraba a mis chicos.

Holy Guacamole.

También había una joven muy articulada que estudiaba creación literaria pero que no sabía nada de poemas y que no le gustaban y que estaba allí en mi clase a ver qué pasaba.

Claro. El viejo precepto occidental que invoca la llegada de las musas. La dificultad no son las musas, sino que ello confiere que algo externo vendrá a nosotros y nos cambiará la vida en menos de lo que toma decir Mississippi.

Mis estudiantes son la crema y nata de la eduación del país.

Todo un misterio, aunque el caos es mayor.

Pero voy a ellos. Son buenos chicos y chicas.


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