Memoria de la San Sebastián II

Llegó el segundo día y nosotros con él. Con el auspicio de Red Bull y Panadol, subimos Norzagaray arrriba, porque era sábado, y sería un largo día. Allí ya estaba un clono de Humpty Dumpty con la mirada perdida en el Atlántico. Allí ya estaban tres sabios que decidieron olvidarse de manejar esa noche. Estaban en Belén. Allí estaban ya los primeros cabezudos y vejigantes rondando la Plaza de Quinto Centenario. Allí tuvimos el primer encuentro cercano con la fritanga mal digerida que algún estómago irritado no pudo tolerar. Tenía forma de estrella y lo tomamos como un presagio.

Entonces siguió llegando la gente a medida que el día calentaba y me trabajó en la mente Frigyes Karinthy (1929), escritor húngaro, quien creía que el mundo moderno se reducía cada día más debido a la creciente interconectividad de los seres humanos. La tecnología ha logrado acortar el espacio y el tiempo. Podemos hablar con alguien en cualquier parte del mundo sin necesidad de presenciarnos físicamente, decía. De su libro de cuentos Todo es diferente, Figyes originó el concepto de los "Seis Grados de Separación": la teoría que Stanley Milgran elaborara, y que explicaba, inspirado en los cuentos de Karinthy, que los seres humanos estamos separados unos del otro por una cadena de cinco a seis individuos.

El asunto es que en la San Sebastián, ya a eso de la una de la tarde, la gente no podía separarse ni con un hilo de acero. Entonces, apareció el Hada de los Abrazos. Y hubo para todo el mundo. Abrazos de oso. Abrazos de koala. Abrazos de lapa. Abrazos para los que los pedían y para los que no. Abrazos que reducían la posibilidad de cualquier grado de separación.


Y llegó Silverio Pérez a transmitir en vivo desde los Hijos de Borinquen. Y la calle San Sebastián ya olía a cerveza y a perfume fresco. Olía a incienso y olía a salsa BBQ. Y Silver me saludó por el micrófono y la Calle SS ovacionó, forzados por el compromiso de que me han saludado en una transmisión en vivo y la gente se cree que soy alguien importante, pues Silverio dijo algo así como que yo era profesor de creación literaria y poeta, y la gente aplaudió, porque se creyó lo de poeta, y la Sophia, que me escoltaba, me dijo: "¿Ese eres tú, Papa"?, y de los chinchorros salieron panas perdidos en el tiempo y en las mesas de billar La Tortuga y en la vellonera de los Hijos de Borinquen, de "Verde luz" a capella a las tres de la mañaba y de Def Leppard a las tres y media y entonces llegaron los cabezudos y la banda de jazz neworleanesco tocando plena con clarinete -el universo bendiga la hibridez, porque la transformación es el principio de la sobrevivencia. Y Boogie saltó de la barra como si nunca se hubiese ido de ahí. Y Orlando salió taco de billar en mano. Y salio Ivelisse y salió otra gente más. Y llegó un improvisado encuentro de la UPR, Recinto de la Memoria, y todo -incluyendo la moda- fue los '80 nuevamente.

Y llegó Nylka y Ariana -luego de cuatro horas de haber anunciado la llegada. Y llegó Norma Valle, pero no habló conmigo. Y llegó Josy Latorre. Y llegó Ebrahim y la novia. Y llegó Nitza otra vez. Y llegaron poetas y aspirantes de poeta y llegaron poetas del futuro y llegó la noche y llegó la salsa, la rumba, la fiesta y llegaron las gafas con lucecitas de colores, y llegaron las yardas de cerveza, y llegó el cuajito y la bomba y la plena y los piercings en el ombligo al aire y los hot pants y la amenaza de Ana Ive: "Tu vida occidental va a acabar si miras mucho, porque te voy a arrancar los ojos", y entonces pensé en todas esas metáforas de luz y ceguera que nos colman, y sobre las cuales se ha hilado el discurso de la modernidad, y entonces me dediqué a lo mío y al palo-palo-palito y Ebrahim citó un viejo verso mío: "Yo busco estrellas/ en una ciudad que vive sin ellas", y miré al cielo, y estaba oscuro, oscuro, oscuro, bordado por capas de humo diverso y pluriforme y entendí que allí arriba no había nada y me integré al bullicio y todo fue es-pec-ta-cu-lar...



La multitud: apenas a las 11 p.m.



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