Memorias de la San Sebastián I

Las fiestas de la Calle San Sebastián (la más celebrada de toda la zona histórica del Viejo San Juan) comenzaron ayer jueves en la noche.

Llegaron los kioskos. Llegaron los vendedores ambulantes. Llegaron los artesanos. Llegaron las chicas de Heineken. Las de Coors. Las de Medalla. Llegaron los camiones con toneladas de equipo para reproducir decibelios. Llegaron de todo San Juan. Llegaron de Vieques y Culebra. Llegaron de Maricao y San Germán. Llegaron y llegaron. El carnaval estaba en on. Encendido. A fueglo. Conflagración inevitable.

Llegó a mi mente Bajtín, quien decía que el carnaval ocupaba un lugar relevante en la vida del hombre medieval.

Los ritos carnavalescos se conducen a través de un principio de lo cómico, lo que los aleja de todo carácter mágico, místico o eclesiástico. En todo caso, son más bien una parodia a los cultos religiosos.

No obstante, el carnaval, para el crítico ruso, tenía una estrecha relación con las conmemoraciones religiosas debido a que, por lo general, se desarrollaban durante los días que precedían a la cuaresma. O sea, antes del Miércoles de Ceniza, razón por la cual el carnaval más famoso del planeta se celebra el martes antes del comienzo de la cuaresma: el famoso martes gordo, o mardi gras.

Y es que el carnaval carece de fronteras espaciales y que sus únicas normas son, sin lugar a dudas, las leyes de la libertad. En ese sentido, el carnaval puede considerase como la victoria de una especie de liberación transitoria, que es la abolición las relaciones jerárquicas, los privilegios, las reglas y los tabúes. Lo alto se torna bajo y viceversa y la vida es una tómbola, tom-tom-tómbola.

De luz. Y de color.

Por eso, llegaron los pinchos. Y llegaron los burritos de tripleta y de churrasco. Y llegaron los pinchos de salchicha italiana. Pero no llegaron los taquitos de Olga Tañon. Y llegaron los bacalaitos. Y las alcapurrias. Y los piononos. Hasta los hot dogs con chili.

Conmigo llegaron Ana y Sophia y Nitza. Llegó Gloria. Llegó Frank Andujar. Llegó J.A. Bonilla y llegó Joan Vidot. Llegó Liza Lugo y llegó Georgina Borri. Llegó Fer y llegó Rosado, el guarda de seguridad del Cuartel Ballajá. Javier Ávila no llegó, pero me llamó desde Cánada. Llegaron y llegaron y ya me pierdo la lista.

Conmigo llegaron las Zantac 150 para cuando los pinchos de pollo me sepan a empanadilla de pizza. Conmigo llegaron las Benadril para cuando a alguien les de con freír los tostones donde arrojan las alcapurrias de jueyes (las cuales me causan una mortal reacción alérgica).

Y llegaron las Heineken -sin las chicas, porque Ana Ive activó el campo repelente y amenazó con hacer escuchar el crujir de dientes y huesos e intestinos petrificados por el rigor mortis.

A mi salida del casco histórico, la fría brisa proveniente del atlántico me trajo aleteos de olor a mariguana y orín.


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