Una enfermedad llamada nostalgia


Nostalgia Hystericus, de Rick Vanrein, en rick.vanrein.org


En una lista de correos en la que he caído, un grupo de personas -como en cualquier otra lista- se escriben y se intercambian impresiones sobre su pasado común. Me hicieron recordar la vez que mientras yo compartía con unos amigos de mi padre (quienes, como yo, viven exiliados en la ciudad), alguien comentó: "Padecemos una enfermedad terribel que se llama nostalgia". Las palabras siempre se quedaron conmigo.

La verdad es que la "nostalgia" se suaviza en estos días con el anglicismo "homesickness", pero en definitiva es un cierto padecimiento o necesidad de volver al hogar que ya se presiente irrecobrable, fenómeno muy frecuente a partir del siglo 17 durantes los viajes de conquista hacia las américas.

Fiel a la Vega lo expresa como "vivir la vida mirando por el retrovisor".

La profesora canadiense Linda Hutcheon dice que la nostalgia depende, en gran medida, de la naturaleza inasible del pasado, que ya se ha ido y no vuelve; en el mejor de los casos, sólo puede ser evocado. La "enfermedad" proviene del reconocimiento psicológico de lo inaccesible que es el pasado. Se fue y no volverá. Pero, como en el poema "Miniver Cheevy", de Edwin Arlington Robinson, mucha gente vive de manera anacrónica. El pasado es idealizado a través de la memoria y el deseo, y consecuentemente, en el acto mismo de vivir.

Bakhtin lo llama "reversión histórica" y no ha podido haberlo dicho mejor: el ideal de vida que no se puede proyectar en el presente, se busca en el pasado.

¿Por qué, entonces, ese ideal no se proyecta hacia el futuro? Pues porque el futuro nos acerca a la muerte.

Nos persigue ese fantasma que nos arrojará Lyotard, y que espanta con eso de que nada nuevo puede ser creado, y de ahí que constantemente nos encontremos viendo "I Love the '80s" en VHI, conduciendo autos con corte retro, vistiendo las modas de nuestra adolecencia, y escuchando música pop que recicla a The Clash, los Talking Heads y a The Police.
Pero al final lo que nos queda es una falta de creencia en todas las instituciones que construyen nuestro presente, pues el al final, tal vez recordar no sea vivir, sino escapar.



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