El sexo es poder




Si cree que la información es poder, ¿qué me dice del sexo?


La historia del mundo se ha escrito en la cama. Es inevitable. La unificación del reino español en 1492 o la emergencia de Inglaterra como poder separado de la iglesia católica en 1533 son ejemplos de ello. Es bueno ser el rey, después de todo. Lo sabe Bill Clinton. Todo por sexo, igual que los animales.


Pero no: además de levantar pesas, fumar y escribir, los humanos hemos inventado la religión y el erotismo para diferenciarnos del mono. Igualmente, surge la estrategia de poder más consecuente de la religión: el tabú, o la restricción social.


En efecto, si el sexo animaliza, el erotismo diferencia y el tabú controla.

El problema es que, según apunta Georges Bataille en Eroticism, somos seres discontinuos en el tiempo, y una de las maneras en que trabajamos con esa limitación es deseando un objeto externo a nosotros; algo que, irónicamente, nos hace sentir internamente. Por ello, erotismo y religión guardan entre sí una relación jánica, como dos bolitas de un mismo cono de helado. Ambas se atraen y se cancelan. Cumplen la misma función.


Interesante es cuando lo erótico se torna experiencia religiosa, y viceversa, según visto desde el Kama Sutra hasta San Juan de la Cruz y Sor Juana. Lo evidencian más de cuatro millones de puertorriqueños que, a pesar de que digan lo que se diga, siguen reproduciéndose como el milagro de los panes, y no necesariamente con la intención de preservar la especie.


Nuestra búsqueda de continuidad en el tiempo bien podría ser experimentada y cuantificada.


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