Historia de Piggass el polícia y la cautiva

Este artículo fue publicado el jueves 17 de mayo de 2007 en mi columna mensual que aparece el El Nuevo Día. Historia que nunca acaba: violencia contra la mujer.

Todo cuentista sabe que la ficción es pocas veces una representación fiel de la realidad, y que hay realidades que sobrepasan cualquier intento de ficcionalización. Así, como ocurre con el Borges de los cuentos de Borges, la historia de Pigass -policía por proxy- no es la historia de Pigass. La viví antes de escribirla, aunque lo opuesto ya había ocurrido.

Comienza el asunto un cinco de mayo, cuando Cybele, su ex-esposa, acude a un establecimiento de comida rápida con Andrea, el vínculo indeleble, a quien Pedro Ignacio Gass (alias Pigass) recogerá para cumplir el acuerdo de relaciones paterno filiales. Cybele le recuerda a Pigass que debe volver con la niña a las cuatro de la tarde, lo que abre un motivo para que el policía, quien una vez mantuviese a Cybele toda una noche a punta de pistola, deje aflorar al macharrán interno con un “Hago lo que me dé la gana”. Entonces, Pigass, cuya arma de fuego parece enmendar alguna carencia fálica, arremete contra Cybele y Andrea. Plebeya, flamante pedazo de carne que le hace de novia a Pigass, ríe.

Espesa la trama:

Huye Cybele, llama al 911 y notifica la agresión. La línea de emergencias mantiene comunicación con el cuartel de Cataño, adonde Cybele debe acudir para formalizar la querella. Pigass, quien fuera abandonado por su padre a edad temprana, la persigue junto a Plebeya. Una vez llegan al cuartel, increíblemente, el retén rehúsa atender el caso y aconseja ir al cuartel de Levittown. Parte nuevamente Cybele con su hija, y Pigass sigue al asecho. Una vez llegan al segundo cuartel, Cybele desmonta a su hija del asiento protector y se apresta a solicitar protección.

Entonces, la reversión aristotélica:

Pigass, quien siempre ha resentido las inatenciones de su propia madre, sale catapultado del asiento conductor y llega primero donde la retén Cortebetan del cuartel de Levittown. El policía Pigass, que mide seis pies, reclama que Cybele, quien mide a penas cinco con dos, le ha agredido física y verbalmente.

Lo que sigue es digno de espanto. La peor pesadilla.

El agente Gonzaga toma el caso y privilegia al que llegó primero. Cybele es procesada como agresora bajo la impresión que tuvo el agente Gonzaga sobre unos alegados rasguños en los brazos depilados y tatuados de Pigass. Durante el interrogatorio, Pigass es parte y juez. Es obvio: es policía. Mientras se entrevista a Plebeya, empleada policial y ahora testigo, él entra y sale a gusto y gana de la sala, mientras Cybele observa incrédula. El policía que atiende el caso no toma en consideración el historial de maltrato de Pigass. No se cuestiona por qué la madre entrega a su hija bajo circunstancias extrañas. No considera los moretones en el brazo de la víctima verdadera. Cybele es arrestada, esposada y enviada a una celda inmunda. Y Andrea observa.

Pigass, cual miembro de una hermandad secreta, es protegido por el hecho de llevar placa policial. La historia de Pigass, furtivo como las ratas, no es la historia de Pigass; es la historia de las injusticias que esconde nuestro sistema de justicia.

El final es feliz, pero abierto: luego de 10 horas de irregularidades y abusos psicológicos, la fiscal determina que no hay caso. Seguro. Todo es montaje y performance. Cybele, juguete del abuso de poder, es liberada. Pigass se come un cable.

Lo que prosigue, ya llegará.

Pero la historia es un cliché. Aunque espanta, parece que no cala y huele a augurio oxidado. Cybele es una sombra que se repite en los opacos ojos de Andrea.

Y cualquier semejanza con un caso de la vida real, será mala leche.



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