Puerto Rico Bizarro, o el barroco posmoderno

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Alberto Fuguet comenta en su columna sobre las recientes publicaciones de Santiago Bizarro, de Sergio Paz, Bogotá Bizarra: la única guía para perderse (Varios autores) y Lima Bizarra (de Rafo León), todas en simultáneo y a destiempo, y en la que se enfoca hacia -por supuesto- lo "bizarro" (palabra de etimología polémica, pero que para mí es aceptada como lo inusual, extraño). Max Palacios tiene en Perú Ediciones Bizarro para darle espacio a la literatura marginal. Hasta la desaparición del blog de Ciudadanoem, como por virtud de un alien abduction, nos remite a la dimensión desconocida de ese claroscuro.



Me parece que, dada la reciente frustración con el realismo mágico, el bizarro latinoamericano es una degeneración del primero, sumados los elementos de la fantasía, ciencia ficción, lo kitsch y lo "charro" como lo llamamos en puertorriqueño.





Lo bizarro es un barroco posmoderno.

Las historias del Chupacabras, los mitos de la base alienígena en El Yunque, las casas de sexo clandestino, las calabazas gigantes en Adjuntas y nuestro mismo sistema de gobierno, entre otras cosas, son parte de nuestro bizarro boricua. Hasta nuestras (im)propiedades lingüísticas son parte de ese mundo de rareza.



Pero nada de esto es tan desfamiliarizante. Lo he visto en los cuentos de Francisco Font. Se desborda en Juan Carlos Quiñones y hay algo de esto en Pedro Cabiya. Lo bizarro boricua se suscita en Historia de un dios pequeño, como decía ese gran filósofo El Chavo del Ocho, "sin querer queriendo".




Así que puede que estemos ante una nueva estética de lo feo, lo inusual, lo increíblemente perturbador y posible.



Ya lo dijo Dylan (Bob, no el que se apellida Thomas): "Times are a-changin'".



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