Jan Grzebski, venido de los muertos



Hoy salió la columna de "Mirador" en El Nuevo Día sobre un caso muy particular que me llamó la atención; un Rip Van Winkle moderno.
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Quizás la meta no sea hoy en día descubrir qué somos, sino rechazar lo que somos.
-Foucault



Jan Grzebski abrió los ojos el pasado domingo 3 de junio y lo encontró todo distinto. El color de las paredes de su dormitorio había cambiado. La lámpara en la mesa de noche tampoco le era familiar. Sentía un entumecimiento en todo su cuerpo como si hubiese llegado de un largo viaje. En el rostro de su mujer, dos hilillos lacrimosos corrían por las arrugas que Jan, al momento, no recordaba haber visto antes. Miró a su alrededor y extrañó los frascos de mostaza y vinagre que solían abundar en su hogar. En fin, Jan Grzebski encontró todo cambiado. Es un mundo maravilloso, le pareció escuchar a Louis Armstrong cantar.

Recordaba, eso sí, el accidente. Jan, trabajador ferroviario, sufrió lesiones en el cerebro al perder control de dos vagones que le atenazaron el cráneo mientras el obrero polaco se aprestaba a anclarlos. Y parecía que había ocurrido el día anterior, pero sólo un detalle se perdía: Jan despertaba diecinueve años después.

En 1988, el concepto de mundo para un polaco se reducía al consumo de té y vinagre en las tiendas, el racionamiento de carne y las largas colas para obtener gasolina. En efecto, el gobernante de turno era el general comunista Wojciech Jaruzelski y Polonia era parte constituyente del Pacto de Varsovia, cuando hacer filas constituía parte de la subsistencia polaca. Pero durante los años que Jan permaneció en coma, la Cortina de Hierro colapsó, la Unión Soviética se disolvió y Polonia entró a la Unión Europea. Jan descubrió una Polonia fundamentalmente democrática y con una bullente economía de mercado. Como en la novela de Douglas Coupland, Mi novia en coma, donde el personaje de Karen pasa dos décadas inconsciente, Jan despierta de la distopía.

Lo que sí queda claro es que la historia captura la imaginación, aunque no es nueva. Rip Van Winkle, personaje que da título al cuento de Washington Irving, por evadir a su esposa, se echa a la sombra de un árbol en las montañas niuyorquinas a tomar una siesta que le dura veinte años. Cuando despierta, Van Winkle descubre que su pueblo se ha unido como fuerza política en América, independiente de Inglaterra. La historia tiene mucho del Kart Katz de los Hermanos Grimm y de la historia de Honi en el folclor judío. También da paso a las semejanzas con el Sleeper, de Woody Allen, y el Austin Powers caracterizado por Mike Myers.

Pero si bien Van Winkle, al regresar a su villa, se entera que su esposa ha muerto, Jan Grzebski, con un “groovy, baby”, agradece que la de él esté viva. Luego del accidente, los médicos informaron a Gertruda que, aparte del estado de coma, Jan padecía de cáncer en el cerebro. Aún así, Gertruda, por 19 años, alimentó y cuidó de su esposo. Jan nunca padeció de úlceras en la espalda.

La historia de Jan, que es muy similar a la que se presenta en la película Goodbye, Lenin (2003), tragicomedia alemana dirigida por Wolfgang Becker, es un triunfo del alma. En más de una ocasión, médicos y allegados recomendaron someter a Jan a la eutanasia, dado el caso que éste jamás se recuperaría y que moriría llevándose consigo la posibilidad de otra vida para Gertruda. Pero la mujer resistió. Y Jan, cuerpo en desahucio, se levantó.

Veo cielos azules y nubes blancas.

Deslumbrantes días benditos y la oscuridad de la noche sagrada.

Es un mundo maravilloso, me parece escuchar a Louis Armstrong cantar.

Por ello, Jan, sobreviviente venido de los muertos, nos deja una lección: puede que tome tiempo, pero nunca es tarde para despertar, boricua.
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