La morada del alma



Circula un libro muy interesante titulado El alma está en el cerebro (Aguilar, 2007), escrito por Eduardo Punset, a quien le sigo en su programa Redes que se transmite en Puerto Rico a través de TV Española. Si es cierto que para muchos el alma no existe, Punset traza una historia del alma de la manera que Walter Benjamin estudiaba los espacios del Paris decimonónico.

El cuestionamiento del alma, dice Punset, aparece tardíamente entre la humanidad con relación a otras ideas o conceptos, como el de, por ejemplo, la necesidad de herramientas para ayudarse en el trabajo. Pero desde que surgió la posibilidad de su existencia, el alma ha perserverado a través de las culturas y el tiempo.

Aristóteles fue uno de los primeros pensadores que asoció el alma con el corazón. No fue hasta el siglo XVII cuando el inglés Thomas Willis "pensamientos y emociones eran tormentas de átomos aen el cerebro", dando paso así a nuestra moderna distinción entre mente y cerebro.

Pero, a fin de cuentas, la gran interrogante siempre ha sido conocer dónde mora el alma. Sea en el corazón, en el cerebro, en el hígado o en los intestinos, siempre queda un algo entre sangre y piel que buscamos desesperadamente -o, en algunos casos, que negamos rotundamente- y es ese intangible que nos une o nos descompone -equivalente del Yo o simplemente su concepto, no importa; hay cosas cuyo entendimiento le es vedado, incluso, a la razón.



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