Back in the saddle


Pues ando de vuelta, más animado, y montado en camello.

Yo le tiro un camello a cualquier SUV, que me parece un vehículo paradójicamente ridículo en tiempos donde la gasolina va para $1.00 US el litro.

Los camellos, además de estar biológicamente dispuestos para la aridez del desierto, son ambientalmente compatibles, porque sus emisiones, contrarias a las de los autos, sirven de abono, cosa que emerge a manera de mandala o dictamen zen: "la mierda que te tiren te hará crecer".

La realidad, de todas formas, a veces es más extraña que la ficción. Y mientras más veo, menos quiero entender.

Bueno, a lo que vine fue a lo siguiente:

Más impertinencias de un lobo estepario
Ayer Carmen Dolores Hernández reseñó la novela de Luis Rafael Sánchez, Impertinencias de un perro gringo, la cual me había decepcionado grandemente. Yo felicito a Carmen Dolores, no por lo que escribió sobre la novela, sino que decidió no casarse esta vez con nuestro primer novelista.

Dice Dolores Hernández en su reseña que:

"El planteamiento novelesco... adolece de varios problemas. En este caso, la puesta en escena es excesivamente complicada -tiene algo de fantasía tecnológica porque se usa un cerebro electrónico para humanizar al perro- y digresiva en demasía. Si bien a un primer nivel habría que admirar lo imaginativo de la trama, lo cierto es que también resulta oscura en su elaboración. Esta lectora, por lo menos, nunca logró enterarse bien de cuál era el foro ante el cual testificaba el perro ni tampoco de lo que se perseguía con su testimonio. Las digresiones, además, conspiran para debilitar la ya débil premisa central y, con pocas excepciones, no añaden nada a la narración".

Me llama la atención porque ya Efraín Barradas, amigo de LRS y estudioso de su obra, había escrito en Claridad un artículo titulado "Dos o tres palabras acerca de Indiscreciones de un perro gringo", donde asevera que:

"Una lectura superficial de este texto puede llevar a descartarlo como un mero chiste alargado y superficial. Pero tal lectura sería errada pues, a pesar de su personaje, a pesar de su tono, a pesar de una trama sin sorpresas ni tensiones, ésta es una obra de relevancia, importancia e interés".

Bueno, pues en la construcción narrativa, si usted tiene una novela cuyo personaje, tono y trama son fallidos, pues yo no creo que tenga una novela todavía.

Barradas insiste: la novela no es sólo personaje, tono y trama: tiene otros atributos. Aquellas lectores incapaces de hacer una "lectura profunda" del texto, se los ha llevado quien los trajo.

O sea, mi gente: para llegar a esos atributos, hay que tener profundidad de pensamiento, palabra, obra y visión exquisita, pues el ojo del vulgo jamás será capaz de advertir las grandes técnicas innovadoras y los ejercicios de intertextualidad que llenan las docientas páginas, en tipografía de 14 puntos e interlineado de 18, y una pulgada en los márgenes, lo que me asoma a un manuscrito original de unas 60 a 70 páginas. (Trust me: yo aprendí a hacer libros con Alfaguara).

Pero ya yo dije lo que tenía que decir sobre esa novela.

Yo creo que el lector no-superficial no ha nacido, porque, por mi madre que está malita, no me he encontrado a alguien que me haya dicho que le gusta la novela. Y eso va desde colegas profesores, hasta estudiantes de literatura y, por supuesto, mami, que es fanática del Wico.

Creo que al crítico de la Universidad de Gainsville le falta de honestidad para admitir que hasta los grandes gurús literarios se equivocan.

De todos modos, es menester resaltar que la reseña de Barradas -contra quien no tengo nada, que conste- se acerca mucho a cierta clase de crítica literaria en la cual el criterio de escrutinio parte de los vínculos amistosos con el autor, no con la obra misma.

Las orgías semánticas a la hora de aplaudirnos unos a otros abundan siempre. Esto, que era exclusivo de los círculos canónicos de la academia, ha llegado a otros grupos culturales de menor importancia por efecto de lo que Homih Bhabha llamaba el "mimicry" o imitación: al parecer somos animales de costumbre y no podemos crear otra cosa que no hayamos aprendido del poder hegemónico.

Ocurre en toda cultura colonizada.



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