Indiscreciones de un lobo estepario


La novela de Luis Rafael Sánchez me ha causado tremenda decepción. No sé cuál será la crítica en el resto del país, pero desde mi óptica, la novela no es lo mejor de LRS.

Hay una gran escritura, cierto. Hay un gran escritor, también.

Pero la manera en que se presentan los argumentos que al fin y al cabo son los que cuentan, a mi entender, es un poco enrevesada.

La trama es sencilla. Un escritor/ hablante encuentra un manuscrito escrito por Buddy Clinton, el perro del Presidente Clinton, y en el que confiesa que, en efecto, Monica le dio servicio labial a Bill. Eso es todo.

Por el foco de la acción, y por la ausencia de interacción entre Bill, Mónica y/o Hillary, esto es línea de fondo para un cuento, no una novela. Conocemos más de gangsters perfumados que de los dueños del perro y protagonistas del culebrón de Casa Blanca.

Lo de culebrón no lo digo por Bill, sino en el equivalente a “soap opera”.

Bueno, pero lo malo de la posmodernidad es que cualquier cosa es aceptable.

Pero digamos que en el género novelesco todo es admisible, y aún así me encuentro con que Impertinencias tienen un conflicto entre los hablantes: el escritor/narrador que inicia y cierra la novela, y Buddy Clinton, protagonista de la novela que se encierra entre esos dos paréntesis discursivos, tienen el mismo registro. No hay diferencia de cómo habla uno a como habla el otro. Es más, en el “Epílogo”, donde el escritor que encuentra el manuscrito llega por casi por silogismo a una eficaz pero inverosímil conclusión sobre la proveniencia del manuscrito, el narrador totalitario sabe demasiado para ser un encuentro fortuito con el texto.

A todo esto, la parte fundamental de la novela, la que le da título y razón de ser al libro, que es la confesión del perro, se puede reducir en una sola oración: Sí, Monica y Bill lo hicieron. El resto es una digresión que va desde el arca de Noé hasta un ataque a los gatos. En fin, la novela comienza en la página 141 y termina en la 149.

El “Epílogo” hace un intento por salvar el texto, y se convierte en una metanovela, que entonces se convierte en una apología del autor real para salvaguardar su decisión de escribir sobre perros.

En fin, que aparte del Prólogo y el Epílogo, la novela que se encierra es toda una disquisición fonológica en la que se caracteriza al perro –y si los perros asumen la personalidad de su amo, a Bill Clinton- y se mueve poco.

La novela cansa, porque de todos los presidentes del US of A, el menos “snub”, el menos formal, el menos pretencioso es, precisamente, Bill Clinton. No se esperaría que su perro hablara desde el discurso totalitario del siglo XIX.

Hay más, pero en fin, probablemente me equivoque.


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