Mañana de Septiembre


Es un ritual. Ocurre todos los septiembres desde la publicación de Septiembre. Llega ese mes y releo el libro.

Es como visitar un lugar distante, pero no olvidado, donde el musgo cubre parte del camino y las enredaderas aprisonan a los árboles, cuyas hojas de pronto adquieren un tono de verde muy peculiar, al que llamo verde-septiembre.

Septiembre es un conjunto de cuentos que escribí en un mes, en septiembre de 1997. Salieron como 15 si mal no recuerdo. Se colgaron "Happy Birthday", "Travolta" y "Tragado". En el primero una mujer se convierte en sirena luego de tener sexo con un joven en el día de su cumpleaños; en el segundo un adolescente se vive la fantasía de ser el protagonista de Saturday Night Fever; y en el tercero un hombre que se cansa de la actitud de una cajera en un supermercado, de pronto saca una lengua de reptil y se traga a la chica. La gente de la fila entonces procede a llevarse lo que necesitaban sin pagar, como si nada hubiese ocurrido.

Pura fantasía: cuentos raybradburyescos. Como "Unicornio", pero al menos éste, que sí llegó al libro, es dramático.

La lista se quedo en 12, e iban desde el septiembre de un niño de 12 años que es abandonado por su padre al septiembre de un hombre adulto que encuentra a su madre ahorcada. O sea, el principio de tiempo hila los cuentos. La muerte emocional también.

Luego, por motivos meláncolicos, añadí a "Te lo dije, Rosaura", un cuento inspirado en un poema de Langston Hughes, escrito en el nefasto 1987 cuando pasé casi todo el año en cama.

Claro que tuve que trabajar todo ese material como por un año. Para septiembre de 1998 ya tenía un libro y para septiembre de 1999 recibí la primera carta de aceptación editorial. En septiembre de 2000 salió a la calle.

No es ficción ni casualidad esto de las fechas.

En estos días, es raro encontrar un Septiembre por ahí. Yo mismo cuando los encuentro, los compro. A ver si la gente de Terranova se anima a revivirlo, según habían considerado una vez.

Aquí un fragmento de "Unicornio", incluído en la Literatura puertorriqueña del siglo XX: Antología, editada por Mercedes López-Baralt, y publicada por la editorial de la Universidad de Puerto Rico:

"Según planificado, al otro día ambos nos subimos al árbol y esperamos a que el rabo de luz hiciera su aparición. Isaac estaba preparado con sus binoculares mientras yo tenía una cámara Polaroid instantánea que mi padre acababa de comprar, y la cual, según él, se operaba tan sólo enfocando y apretando el obturador rojo. Eso dijo él el día que la compró y me pareció un juguete. Esto es sencillo, dijo él. Esto es sencillo, le dije a Isaac. Al instante tendríamos la foto. A Isaac le pareció genial que al menos, si no atrapábamos al rabo de luz, pudiésemos fotografiarlo. Isaac llevaba una soga y una tabla, por si tenía que golpear al sujeto de nuestra búsqueda. Además, Isaac tenía los binoculares de su hermano. Todo esto parecía una barata empresa de espionaje militar.

El momento llegó.


Era poco más de las tres de la tarde y en efecto, el rabo de luz hizo su súbita aparición entre los arboles, sobre la cicatriz del pasto, entre las voces de las plantas, por el rumor de los gallos que se alteraban como cuando presagian mal tiempo o muerte. Y allí, frente a nuestros ojos, el rabo de luz camaleónica, girando como el que enrolla algodón de azúcar en un cono, nos regalaba un espectáculo.

—¿Estás viendo?— preguntó Isaac.

—Sí, lo veo. Parece hilacha de dulce.

—¿Tienes la cámara lista?

—Sí— contesté mientras acomodaba el aparato entre mis manos.

La luz dio dos vueltas en el aire, hizo un dilatado círculo iridiscente que dejaba un rastro de colores, como si fuera un eco cromático; tocó rocas, troncos, árboles, se deslizó por las enredaderas y, de pronto, entre las jaulas de los gallos, se materializó en un caballito de plata luminosa. Levantó el hocico al aire y relinchó al viento, haciendo que el cuerno entre sus dos ojos radiara. Se sacudió como el que quiere quitarse un largo viaje de encima. Olfateó el terreno y los gallos se calmaron. Luego, delicadamente, procedió a tomar de los estanques que suplían el agua a los gallos..."

Parece tan lejos todo hoy día... un camino cubierto por el musgo y la maleza que apenas deja ver.







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