Negro viernes negro


Plantas artificiales: $13.00.
Comforters: $29.
Televisores: entre $450 y $550.
La experiencia de estar allí: Priceless.

Mi primer -y último- Viernes Negro -el famoso Black Friday que sucede al Día de Acción de Gracias, y que marca el inicio de la temporada navideña- no me dejó ganancias sustanciales.

No llegué a casa con un televisor plasma HD nuevo, ni con laptop nueva, ni siquiera un microondas, medias, ropa interior o los regalos de Navidad.

No. Nada de eso.

Con lo que llegué fue la impresión de haber visto a miles de boricuas comprando plantas artificiales en un país tropical en el que abundan plantas naturales; comforters para dormir en un país que la temperatura promedio es 80 grados F; televisores que se ofrecían al acostumbrado "everyday low price", lo que significa que uno puede ir cualquier día del año y conseguirlo al mismo precio que durante el supuesto "viernes de ahorros".

(Lo demás era accesorio, incidental, comprar por comprar, por no perder el sacrificio de hacer una fila desde la medianoche. Que conste: yo sí fui temprano, no me amanecí en vigilia).

Llegué con la convicción estremecedora de que los puertorriqueños somos animales de consumo, que cualquier cosa nos deslumbra; que tanto que lloramos y a la hora de dejar $500 por un televisor de segunda categoría en Wal-mart a las 5 de la madrugada, nos hacemos fantasía; que vivimos la hiperrealidad más Disneylándica de todas: la de creer que, en efecto, la realidad que vivimos es la realidad.

Y llegué a la incuestionable certeza de que la experiencia es in-trans-fe-ri-ble.


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