Zazen

H.R. Giger

Ayer Edgardo Rodríguez Juliá entró como Jesús en el templo y llenó de luz el periódico donde publicó un extrañísimo ensayo titulado "El halo", en el que dice:

"Es una enfermedad boricua que pienso incurable: Lo mismo es el músico culto (sic.) que, inflado de ambición escénica, un día descubre la mediocridad de su talento, por lo que, entonces, la música compuesta por otros puertorriqueños “es basura”. Como también ocurre con ese joven escritor que, apenas con un libro por publicar, desmerece -tacha o menosprecia- todo lo que se ha escrito antes que él en Puerto Rico, la propia tradición que seguramente ignora. El delirio de grandeza boricua -nuestro particular modo de ser acomplejados en el mundo- tiene como justo reverso el autodesprecio y la autonegación".

Lo que prosiguió, pues, es el juicio del Master Jedi de la crónica. Pero a mí me hizo recordar aquel estudiante que tuve una vez y que me trajo un manuscrito, bajo la irrebatible convicción que nadie nunca había escrito algo así; ni en Puerto Rico ni en ningún otro país.

Me dijo que no leía a nadie.
Que solo escribía de su profunda inspiración.
Todo lo aborrecía y el mundo muy bien pudiese arder en fuego mientras él preparaba su manuscrito: una novela acerca de una isla remota en el tiempo y donde hablaban y gobernaban los caballos, quienes sometían a los humanos a un régimen de terror.

No volví a ver al chico en la clase después que le informara que un tal Jonathan Swift, tras el disfraz de Lemuel Gulliver, había escrito algo similar... 250 años antes.


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