Mercurio, el planeta que rige la comunicación, anda retrógrado estos días. Es el planeta comunicador del zodíaco. Y se encuentra en su peor momento, según la bruja Susan Miller, que es la más creíble y eficiente de las astrólogas.

Mercurio, el mensajero de los dioses, rige la intelectualidad, pero también afecta todo aquello que tenga que ver con las comunicaciones: computadoras, teléfonos, cartas, envío de documentos, escritura, edición, charlas frente a un público y, en fin, todo lo que tiene que ver con el signo que rige, que es Geminis, y con todas las cosas que son mi vida diaria.

In short: he pasado una semana donde todo se me ha atrasado, todo se me ha complicado, y hasta la compu anda algo irreverente.

Lo mejor es esperar el cambio de fase. Como se dice en buen castellano, hay que joderse.
La galleta se rompe de diversas maneras.

Me encontraba en la tienda de conveniencias del puesto de gasolina Shell esperando mi turno para pagar cuando entró una rubia en traje corto, oreja adherida al celular, hablando alto en inglés roto, pero daba igual. A nadie le importó verla entrar así, partiendo el aire acondicionado, toda maquilladita y con sus looks de Vogue. Excepto a la mujer que acababa de pagar.

La segunda mujer, tatuajes tribales en los brazos y una cara de muchos malos días y pocas buenas noches, se le queda mirando a la rubia y le dice que ah, sí? Mira que linda ella, toda una barbie. La rubia no le hace caso y entonces la mujer tatuada le insiste que mira, es a ti a quien le hablo, que no me escuchaste? Y la rubia dice esskiuss mi for e second, y mira, no tengo ganas de hablar contigo, okay?, y entonces la de los tatuajes le dice que si ah, sí?, que tú serás de lo más linda y todo eso pero te falta babilla, baby, baaaaa-biiiii-llaaaaaaaaa.....

Entonces, da la espalda, se levanta la blusa y se baja los pantalones y le muestra un espectacular tatuaje en forma de mariposa que le subía desde la ranura de la alcancía hasta la parte baja de la espalda. Y de no ser tan colorido y tan grande y tan mariposa, hubiese jurado que le hacían una luna a la rubia.

La rubia se quedó como que what the...?

La mujer de los tatuajes se fue traquilita entonces a llenarle el tanque a su carro.

La gente de la fila en el puesto de gasolina, que era mucha, se quedó como si mira qué lindos ojos tienes.

Y nada más.
Bueno, a C lo pesigue un polvazo mongol. A Ciudadano lo asedia una sinutis de espanto. A Manny se le rompieron los pantalones y se le vio el bósforo glúteo. Y a mí La Monga no sólo se enamoró de mí, sino que trajo a Alergia Nasal y tenemos un threesome al momento.

Es la McKacoa. En combo agrandado.
Es el calentamiento global. Es el polvo del volcán de Monserrate.
Roselló impune. Un pedófilo elegido ciudadano del año. Los bichotes (Big Shots) de San Juan prepararon banquetes y fiestas para los policías en la Semana de la Policía. Peor: el Secretario de Justicia arremetió contra el sistema judicial por haber dejado libre a Rosselló -el mismo sistema judicial que validó los pivazos y le dio el poder al PPD.

Es el invierno de la vida muriéndose, pienso, para alertar la primavera.

Y hoy, en su Día de Juegos, Soph, mi hija obtuvo cinco medallas -dos de primer lugar- y su equipo vino de atrás para quedarse con el evento.

Como diría Manuel Rivera Morales: "¡Qué jueeegooo, señoooooreeeessss!"

El viernes tendrán pizza day gratis.

De pronto, el mundo se borró. La memoria colgó del lado oscuro del cerebro.
Y entre la medicina para la tos y un sandwich de pavo, sonreí.
Yeidi Altieri, de la UPR de Arecibo, anduvo por Cuba con una ponencia en Casa de las Américas sobre "Creación y perfil del personaje femenino en la novela Gracia de Elidio La Torre Lagares". Es parte del Coloquio Internacional Femenino/ Masculino: Teorías y representaciones de género en la cultura de mujeres latinoamericanas y caribeñas.

Nunca se me hubiese ocurrido.

Pero lo cierto es que la Patria se roba la novela. Honestly.

En Arecibo, también, según me relató Luis López Nieves, hay alguien con una tesis doctoral en Gracia.

Parece que ha comenzado a madurar el producto. Hmmm....


Este artículo, nacido en este blog, fue publicado el 22 de febrero de 2007 por El Nuevo Día, en la sección Mirador, en la cual he sido invitado como columnista.

***
Para mi hermana Nylka Janice, en las verdes…

La noticia decía que fueron ciento tres puñaladas las que le quitaron la vida a una mujer de Arecibo, víctima reciente de la violencia doméstica.

Cien, más tres. Ciento tres, ni una más y ni una menos.

Ante mi espanto, me pregunté: ¿qué mecanismo de pensamiento opera en un hombre cuya reacción ante la decisión de la mujer de seguir su propio destino, es privar de la vida a su cónyuge?

Hubo gente consternada. Indignada, como siempre, cuando abundan las formas adjetivas y faltan los verbos. Los asesinatos de mujeres en manos de sus parejas requieren una alerta naranja.

Pero lo cierto es que, una vez más, a veces no somos lo que queremos ser sino la manera en que nos construyen.

Solía existir, en algún punto del tiempo, una creencia que otorgaba a la mujer el principio ordenador del universo como fuerza creadora y dadora de vida: la Diosa Madre, representada incluso en la naturaleza. Pero desde que los intereses políticos llevaron a Constantino a aceptar el cristianismo como táctica para la preservación del poder, el culto a la Diosa fue reprimido.

Dios debía ser hombre; padre, y no madre.

La violencia contra la mujer era estrategia de conquista.

Imbolc
Como ironía histórica, el juicio del asesinato -cometido en noviembre- se dilucidó durante la primera semana de febrero, cuando en el mundo de los celtas comienza la Fiesta de Imbolc, cuya celebración anticipa la del solsticio de primavera. El signo de la fiesta es el fuego sagrado que purifica la tierra, convoca la fertilidad y anuncia el despertar de la primavera, y mientras dura se inician los rituales de apareamiento que anteceden a su vez al llamado Día del Amor, o Día de San Valentín.
Imbolc es dedicada a Brígida, una de las advocaciones de la Triple Diosa, o la Diosa Madre: la mujer tierra.

Brígida
La diosa Brígida, que significa “mujer elevada”, es matrona de matronas, las embarazadas y los pozos de agua, que por sus connotaciones, se asocia con el vientre de la madre. Como arquetipo, Brígida es la Diosa Madre: Ishtar en la antigua Mesopotamia, o la Isis de Egipto. Todas son luz del mismo tallo.

El culto a Brígida era tal que cuando el imperio romano comenzó la conquista bajo el nuevo orden político-religioso, decidió absorber el culto a la Madre Diosa y canalizarlo hacia la veneración de la Virgen María. Pero, conceptualmente, si bien una mujer reinaba sobre el Dios todopoderoso, también era de menor jerarquía.

La fiesta de Imbolc pasó a ser el Día de la Candelaria, y Brígida se convirtió en una víctima histórica de la violencia de los hombres contra las mujeres.

Nada sale de la nada.

Las que rechazaron abandonar su culto, que eran principalmente mujeres, fueron perseguidas como herejes y brujas, y su castigo fue la muerte.

La V no es de Virgen…
La agresividad contra la primera mujer -que es todas las mujeres- desencadena en otros significantes y toma su forma superlativa en la manera que nos acercamos a la naturaleza: no guardamos respeto genuino por la defensa y conservación de la naturaleza, la Madre Suprema, la madre de todos. La degradación de las representaciones femeninas, llevadas de su lugar de poder a instancias de servilismo, es nuestro constante acto de violencia contra las mujeres.

Ciertamente, a veces no somos lo que queremos ser sino la manera en que nos construyen.

Y yo pienso en mi hija y su futuro. Y yo pienso en mi hermana y su verdugo. Y yo pienso en Juana Doe y su John celoso. Y me horroriza la posibilidad de la próxima muerte.

(El autor es escritor criado entre mujeres)
Ayer, en horas de la tarde, me llegué al salón de siempre para mi clase de apreciación poética. Afuera llovía y la temperatura había bajado bastante, cortesía de un frente de frío que visita nuestro Caribe. Nos esperaban unos poemas de W.B. Yeats y Robert Frost.

Es preciso aclarar que Yeats no es fácil ni divertido para estudiantes que por algún designio del destino se han matriculado en un curso panorámico de poesía anglo, y que Frost puede parecer muy hermético, oscuro o hasta desatendido de nuestra vida post-industrial caribeña, por lo tanto, yo, el profesor, llevaba las de perder.

Pero algo extraño ocurrió.

I-pods fuera y celulares apagados, se podía escuchar el roce de la lluvia contra las hojas de palma real que se asoman por una ventana.

De pronto, el mundo como que se quedó sin tiempo.

Leímos poesía en voz alta y sentados en círculo, como una tribu frente a un fuego ancestral.

Y ocurrió: los estudiantes entendieron.

Comentaron. Opinaron. Discutieron. Y al final, la enunciación que hace sonreír a cualquier maestro: les gustaron los poemas.

A estos chicos, generalmente provenientes de una Generación Y confundida y despoetizada, les agradaron de manera particular "When You Are Old" de Yeats y "Stopping by the Woods on a Snowy Evening" de Frost.

Y hablamos de todas esas cosas que dicen que el lenguaje es metáfora, aproximación. Hablamos del amor, la vida y la muerte, que es de lo que trata toda la poesía y la literatura en general. Hablamos de un tiempo hipotético pasado y futuro. Muchos me miraban como si por primera vez descubrieran su propia tridimensionalidad. Sus caras debían tener ese aspecto que uno adquiere cuando se encuentra por primera vez frente a un espejo.

Ese es el problema de la poesía. Dice más de uno que lo que las palabras dicen. Su proximidad es como la de los pensamientos: no se sabe de dónde ni cómo surgen, pero ahí están, dentro de nosotros.

Al final de clase, y en relajamiento, los estudiantes se fueron como si abandonaran una sesión de terapia grupal. Caminaban llenos de poesía, hechos de poesía, tomados por la poesía. Un evento cósmico sinigual. Algunos hasta caminaron sin prisa bajo la lluvia riopedrense.

Hoy tal vez olvidaran todo, pero sus vidas no serán iguales. De seguro.
Entonces el gran día del amor y la amistad vino y por ahí mismo se marchó, chinguín-chinguín por la veredita.

Por respeto a la palabra, diré que fue inconsecuente. Inefectual. O como diría mi hermana: "What a flop!"

Pero no me culpo. En el ambiente faltaba esa estática mágica y hasta extrañé los ridículos ositos y los globos y todas esas tiernas charrerías. Se acabó el amor, canta La Secta. No es culpa de nadie.

Entonces, pienso en un artículo que publiqué en El Nuevo Día hace cinco años exactamente. Y aquí va:

El amor no se acaba
El amor no se acaba.

Esa es la conclusión a la que llegamos unas amistades mías y yo mientras nos damos unos tragos en un suave atardecer naranja de finales de verano. Mis amigos, seres humanos de carne y hueso, se enamoraron, se casaron y se divorciaron temprano en sus vidas, y todos se preguntan si es justo tener que escoger entre morir en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los calderos del infierno.

La ley de la vida es que las cosas nacen, crecen y mueren, y las relaciones matrimoniales por ninguna razón, física o metafísica, están exentas. Después de todo, los protagonistas seguimos siendo hombres y mujeres dotados de inigualable imperfección, y que tomamos decisiones, acertamos y cometemos errores, todo en nuestro perfecto derecho.
Errar es de humanos y perdonar es divino, escribió el poeta inglés Alexander Pope, le digo a mis amigos en ánimo de consolarlos.
Por supuesto, me responde Lisandra. Y es por eso los lápices traen su goma de borrar.

Callamos un rato y parecemos un anuncio de Medalla melancólico, incoloro y en cámara lenta, en el cual, en lugar de pintar el Patria’s Place, buscamos reconstruir el Hotel Corazón. Y es que divorciarse es una cosa tan común en estos tiempos, que hasta me pregunto si no sería más conveniente hacer que casarse sea más difícil. Es más, uno sabe que si se separa formalmente de su pareja, está expuesto a división de bienes gananciales (prueba de que el matrimonio sí es un negocio), a pensiones alimentarias e inclusive, a no entrar en el reino de los cielos. Pero, yo me pregunto, ¿qué cosa espera la sociedad de dos personas cuyo compromiso nupcial se ha tornado en tedio inertemente lineal y la relación se marchita y se pulveriza, como sacudida por una ráfaga de azufre?

Quique me mira y cree tener la respuesta, porque, luego de meses de estar eludiendo la realidad de que sus relaciones con su compañera no funcionaban, comenzó a buscar el calor de hogar en otra casa. Es lo más racional, dice con pasión herida. Lo irracional fue cuando su mujer se enteró y ésta procedió a dejar a Quique muy maltrecho y excoriado, al lacerarlo con sus filosas uñas, un fetiche letal y traicionero. Desde entonces Quique, quien intenta rehacer su vida amorosa, y quien dormía del lado derecho de la cama, se acuesta del lado izquierdo en el lecho que ahora comparte con su nuevo amor.

En el caso de Lisandra, su marido mantuvo una dictadura psicológica que la hacía creer a ella que era una inútil que jamás trascendería sus propios sueños. En Arabia Saudita basta con que una mujer se niegue a llevarle café a su esposo para garantizar el derecho al divorcio, argumenta Lisandra. En nuestros tiempos, la mujer a veces tiene que ser víctima de una o varias golpizas para que alguien atienda su caso y le haga justicia sin que el asunto se vea como un reto a la ley divina o cosa que se parezca. Mi abuela decía que lo que descarrilaba para mal, terminaba, irremediablemente, mal.

Retomamos el silencio, pero Quique irrumpe en la solemnidad del momento para contarnos acerca de Roberto, nuestro otro amigo divorciado, quien fue sorprendido picando fuera del hoyo y su mujer, a manera de venganza, le preparó una noche un rico chocolate caliente como el que a él le gustaba. Sólo que la bebida fue preparada con un ingrediente especial: Ex-Lax. Roberto se pasó una semana en el hospital y por poco se vacía. De igual manera, comentamos casos de gente conocida y no tan conocida, como el de Kira, a quien su marido la olía sus partes íntimas todas las noches para verificar si ella se había acostado con alguien. O el de Jaime, a quien su mujer seguía a todas partes: al billar, al pub y hasta la cena de negocios, y donde lo encontraba le montaba un ridículo espectáculo digno de la WWF, con amenazas de sillazos y todo. También hablamos de los muchos casos donde la infidelidad es la sombra tras la cual muchos esconden su gran infelicidad.

Yo pregunto si hay que llegar a los extremos para darse cuenta que ya una relación palidece como un suela de zapato viejo, y mis amigos me contestan, nuevamente, con el silencio. Luego nos damos cuenta que, en cualquiera de los casos citados, existen varias causales de divorcio válidas y totalmente comprensibles, pero sólo una razón impera con suficiente poder como para que tal cosa ocurra: la falta de amor.

El amor se acaba, dice Lisandra con nostalgia de niña que descubre que Santa Claus es un falso viejo gordo.
No. El amor no se acaba, le digo.
Uno puede reclamar incompatiblidad de caracteres, problemas financieros, adulterio o maltrato, pero eso sólo puede ocurrir cuando el amor se seca, o cuando uno se da cuenta que éste nunca quemó lo suficiente como para encender eternamente. Pero, no. No se acaba. La energía no se crea ni se destruye. Sólo se transforma. Y el amor, por más corny que suene, es energía.

Quique y Lisandra de pronto se tornan muy tristes. Sólo se escucha la risa de unos niños jugando en la arena.

Ah, los niños. Quique y Lisandra tienen hijos de sus respectivos matrimonios, y sólo hay que ver la manera en que sus caras se deforman y se desencajan cuando comentan qué se harán sin ellos. Yo pienso en el calor de la familia, la compañía, el comfort de un beso, y luego antepongo el hogar resquebrajado, la soledad y la falta de una caricia, y entonces me pongo triste. Tener todo y tener nada. Ver como un gran amor se va marchitando como un árbol envenenado hasta quedar trunco y seco como el recuerdo de una sabiduría lejana y perdida. Y sobre todo, ver que uno ama a esos dos seres que tanto daño se hacen a ellos mismos por no hacérselo a uno, y tanto daño que le hacen a uno, por no hacérselo a ellos mismos, todo con la incógnita de si morirse en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los peroles del infierno.
Lisandra y Quique me hablan con sus miradas de agua, de una soledad espantosa.
Y casi puedo tocar la melancolía azul que mis amigos sienten por aquellos momentos cuando el mundo parecía pequeño, porque ellos tenían los pasos grandes— momentos que fueron sediendo a la erosión de la falta de un “te quiero”— o tal vez, a la falta de un abrazo— una sonrisa. Quién sabe si hasta se les desgarra la falta de un gesto de agradecimiento— un compartir sin tiempo— aunar versos en el espacio— la magia de un dar sin sentarse a recibir. En algún momento, probablemente, se decidieron a ser media naranja, pero ya para entonces la otra mitad ya no tenía zumo, y es entonces cuando muchas nuevas verdades comienzan a diluviar como cuchillos de hielo, y finalmente uno llega a la circularidad de imperfección.
Como que nosotros no traemos goma de borrar.

Quique de pronto dice que es verdad, que tengo razón y que el amor no se acaba. El es conciente de que la vida ya no serán la misma, pues un algo de decepción usurpó la ilusión que una vez lo llevó a unir su vida con otra persona hasta que la muerte los separara, pero no se considera un perdedor en el amor. Lisandra concuerda con él y dice que ella tampoco se arrepiente de las decisiones que ha tomado. El divorcio, tanto para Quique como para Lisandra, no ha sido metáfora del fracaso, sino metonimia de un nuevo amanecer— crecer nuevamente.

Sí, les digo y sonrío, mientras el suave atardecer naranja de finales de verano palidece. Después de todo, el amor no se acaba, dice una canción. Simplemente, se muda a otro lugar.
La fiesta de San Valentín, tan comercializada en estos días, y tan cristiana que parece, en realidad se trata de uno de los rituales de apareamiento más antiguos de los que tenemos conocimiento.

Para mí este año, no aspecta bien. Yo, que con decir "catarro" ya me contagio, caí de cama con la monga -el flu-. Thanathos me asecha. Bastard. Me he columpiado todo el día en ese estado tan cercano a la muerte que es el sueño.

Ahora, todos sabemos que mongo no sirve, y que hay que animar a Eros, por tanto, he preparado una serie de brebajes, que hasta dudo que algunos sean legales, para poder levantar el ánimo y gozar del día del amor y la amistad mañana.

Claro, uno no tiene que mostrar amor un sólo día al año, y menos si uno está casado 365 días al año, pero nadie despide el año el 6 de enero ni celebra Halloween en verano, ¿verdad? Así de necesarios son los ciclos en nuestra vida.

Tiempo de sembrar y tiempo de cosechar. Tiempo de trabajar y de descansar.
Todo tiene su momento.

Todo, excepto vestirse de rojo el día de San Valentín.

Yo puedo entender unos zapatos de charol rojo, o un traje rojo de escote pronunciado, y sobre todo la lencería carmesina y sexy, pero que uno escoja vestirse de jeans rojos y camiseta blanca el Día de San Valentín es quesudo-cheesy, charro-corny, sin contar ridículo.

Ya me imagino las decenas de parejas en Ponderosa mañana al medio día, entre ositos Teddy, globos en forma de corazón, rosas de $1 y, con Mon Cherie o Whitman's, y de seguro, vestidos de rojo y blanco.

El rojo, sabemos, incita pasión y alude al corazón, pero a todo el mundo se le pierde el morbo del color en la celebración: el color rojo es el color de la sangre; lo que queda simbolizado es el sacrificio, o sea, matar o morir, más elocuentemente expresado por Bon Jovi en "I Would Die for You"; y exagerado por Enigma, que canta "I Love You, I'd Kill You".

Eros y Thanathos: Amor y Muerte, como música y letra, uña y dedo.
A ver si mejoro mañana.
Yo cuando escribo, abandono todo tipo de lectura y me dedico a eso: a escribir. Estoy en output, por tanto, no leo mucho hace tiempo.

Pero acaba de salir un trabajo de Jim Harrison, novelista y poeta de un gusto extrañísimo, y que lleva por titulo Return to Earth, o Regreso a la tierra, una novela. La misma tiene todos los rasgos de una lectura incitante: tema provocador, personaje inusual o desajustado, trama bien definida. La compro.

Will Blythe, del New York Times, hace un buen recuento de los postulados vertidos en el libro, los que me parecen excelentes, dado el caso que el personaje principal, Donald, enfrenta la muerte, a los 45 años, a causa de la enfermedad de Lou Gehrig. Estos son:

1. Comer bien, por supuesto, evitando dietas que demonizan el apetito. Todos nos vamos a morir de algún modo u otro, así que, ¿por qué no darle su grasita al cuerpo? Personalmente, no tengo problemas con esto. Dicen que mientras más chicho, mayor es el goce.

2. Siempre fomente el amor y el sexo, sin importar el deseo o la edad. El goce merece tal humildad. Yo me suscribo 100% a esta doctrina. Soy el más humilde del mundo para eso.

3. Acepte su naturaleza animal. Ame los animales, especialmente los osos, los cuervos y los lobos, tanto en los sueños como en la vida real. Aquí tampoco encuentro problemas, pues aunque no fomento los zoológicos hogareños, entiendo que, como animales que somos los humanos, debemos compartir la tierra.

4. En lugar de explorar el territorio, deberíamos intentar vivir en él. Para explicarlo, John Lennon lo dijo mejor: "La vida es lo que pasa, mientras te ocupas haciendo planes".

5. Ama el desvío en el camino. tome el camino más largo entre dos caminos, pues es viaje es el "trip", la cosa. Lo fácil suele tener el mismo sabor efímero del junk food. Como en el sexo, suave y con calma se disfruta más.

Todo esto se pondera mientras Donald se prepara para la fecha que él mismo ha escogido para su muerte: el día de solsticio de verano, el día más largo del año.

Como dijera el Joker interpretado por Jack Nicholson en el "Batman" de Michael Keaton: "If you're gonna go, go with a smile".

Hoy me percaté que no escribía nada en este espacio desde el 2 de febrero, Día de la Candelaria, que no es otra cosa que un palimpsesto de la fiesta del fuego, o la fiesta de Imbolc, que solían celebrar las civilizaciones precristianas para anticipar el solsticio de primavera. Pero, bueno, ¿qué tiene que ver esto con la ausencia de palabras? Uf. Bastante.

Las palabras en la hoguera
En tiempos de antaño, el pasado primero de febrero constituía un día de gran celebración en las tierras en las que habitaban los pueblos celtas. Se trataba de la fiesta de Imbolc, o, en céltico antiguo, Ambiwolka. Era esta la época de las purificaciones y del fuego sagrado que purifica la tierra, propiciando la fertilidad y el despertar del sol en primavera luego del frío y gris invierno. Durante esta fiesta, los Druidas celebraban los ritos adivinatorios, y se hacían las pruebas de matrimonio.

Matrimonio no es casamiento
Pues me llama el increíble artista Rafael Trelles para iniciar un proyecto juntos, que si se da, va a ser algo tan inolvidable como será fugaz, porque se trata de una aventura en arte público. Rafy tendrá las imagenes y yo las palabras.



Isla doncella, de Rafael Trelles


El punto aquí es que descubro -tan sólo hay que mirar por unos segundos su pintura- que Rafy es tan pagano como yo, y apuesto que sabía el día exacto que me llamaría: 2 de febrero de 2007.

Requiem
Al mismo tiempo -y todo dentro de la rúbrica de la coincidencia- he comenzado a escribir un Réquiem con el compositor puertorriqueño Carlos Alberto Vásquez. Que conste: es un réquiem de verdad, con todas sus partes, o sea, el introito, su kyrie y demás; es un requiem-for-requiem's sake, no una impostura. El asunto aquí es que la pieza -que estará supuesta a inaugurarse en enero del 2008 en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico- va dedicada a las mujeres víctimas de la violencia doméstica.

Por supuesto, no se puede hablar de violencia contra las mujeres sin considerar lo que la tradición cristiana hizo con las creencias de la diosa madre y yada yada yada nuevamente, cosa que para hacer todo más corto, !pam! Caígo de nuevo en el Imbolc, esta vez frente a Brígida, a quien los celtas le dedicaban la festividad por ser una de las advocaciones de la Triple Diosa, y que luego fuera admitida al santuario cristiano.

El Requiem de Vásquez /La Torre se remonta a la primera diosa: Brigit, víctima pública de la violencia que los hombres emprenderían por siglos contra las mujeres.

Conclusión
No existen casualidades en la vida.
Aún dentro del caos existen patrones secuenciados.




Caratula del disco de L.A. Style


Para allá para el 1991, previo a la explosión de Nirvana, un grupo llamado L.A. Style lanzaba su one-hit-wonder "James Brown is Dead". La letra para el ritmo tecno-disco se refería más bien al estilo funk-soul del recién fallecido artista de la música popular estadounidense, por supuesto, y no se trataba de una elegía.

Dieciséis años más tarde, la canción se cumple como una mala y pesadillesca profecía.


James Brown, realmente, ha muerto, pero sigue sin enterrarse.

Uno de mis mejores recuerdos de James Brown proviene de un oscuro y extinto grupo de hip-hop llamado Kid'n'Play, quienes en su primer CD utilizaron la voz de Brown en múltiples samplings. Kid'n'Play, al igual que sucedió con L.A. Style, murió primero que James Brown, por supuesto.

Previo a eso, "Living in America" rememora los mid-80's y a Rocky IV, en el mismo corazón de los '80. Sin embargo, creo que la conciencia definitiva de JB entre los boricuas fue cuando Heineken utilizó su clásico "I Feel Good", para un comercial de radio.

Para entonces, JB no era desconocido para mí. Mi hermana mayor, agente catalítico de muchas de mis gustos musicales, me lanzó una copia de un sencillo '45" (lo siento para los que nacieron después de 1980, que no tienen ni puta idea de lo que es) titulado "Get off that Thing", interpretado por James Brown, para los mid-70's. De ahí a escuchar a George Clinton y Parliament, Bootsy Collins y Rick James no fue nada.

Ya, ya sé. Todos tenemos un pasado oscuro que aceptar, ¿no?

Pero James Brown, el padrino del soul, y del disco, y del hip-hop, ha muerto.

Sergio Ramírez ha escrito recientemente en su blog sobre las circunstancias que rodean no la muerte, sino el entierro del cuerpo, estuvo en su mansión de Carolina del Sur, bajo condiciones de ambiente controladas, y sin sepultar desde el día de Navidad. Recientemente, le han mudado a un lugar secreto bajo órdenes estrictas de no dejar que nadie le vea.

¿Las razones? De todas: matrimoniales, filiales, de derechos de sucesión,y otros entuertos legales imaginables y posibles. Ahora, para complicar el asunto, ha surgido la creencia de que en el patio de su casa existe dinero enterrado.

James Brown, por tanto, no está muerto ni enterrado y no piensa dejarse morir ni enterrar por buen tiempo. En fin, eso es lo que pasa con las leyendas que se destinan a convertirse en mitos.

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