Hoy domingo salió, en La Revista, del Periódico El Nuevo Día, la reseña del libro Ojos de luna, de la amiga Yolanda Arroyo Pizarro.

El libro es uno de los mejores del año. For sure.

Me alegro porque apunta (incluye a los escépticos) que en Yolanda revuelve un talento mayor del cual todavía nos queda por leer lo mejor.

Carmen Dolores Hernández comenta sobre la colección de cuentos de Yola:

"Varios de los cuentos de la colección ‘Ojos de luna’, de Yolanda Arroyo Pizarro, crean un clima de expectativa tan bien elaborado que no es sino hasta que están bien adentrados en el texto que los lectores se dan cuenta de hacia dónde los está llevando éste. Los cuentos que nos parecen los mejores de esta colección se desarrollan en un contexto referencial que supone una variación o ampliación del pasado histórico. Tales visiones alternas enlazan ese pasado con preocupaciones y enfoques muy contemporáneos.

El que le da título al libro, por ejemplo, subtitulado ‘Hispaniola, 1493’, va revelando el verdadero objeto de una acción de guerra concertada y va revelando también quiénes serán sus protagonistas. El descubrimiento -doble- que hacen los lectores es tanto más eficaz cuanto que, históricamente, se trata de un evento del cual no quedaron testimonios: la destrucción del fuerte de la Navidad, construido por Cristóbal Colón en La Española y en el cual dejó un número de sus hombres cuando regresó a España tras su primer viaje. Las motivaciones personales y colectivas, los antecedentes de la acción bélica y sus métodos, todo va cayendo en su sitio, sorpresivamente, según avanza la narración. Ésta, además, adquiere fuerza al identificar de manera coherente los ritos de guerra con los ritos de parto: dar vida y quitarla se convierten entonces en dos caras de una moneda que manejan, con aplomo, las mujeres.

Fuerza similar tiene el cuento titulado ‘Saeta’, que trata de otra venganza, igualmente enraizada en injusticias históricas: la de una esclava africana contra sus amos. Se personaliza aquí la humillación -sexual, racial- de los negros traídos a América para explotar su potencial laboral. El cuento no sólo ofrece atisbos interesantes de la sicología de la persona esclavizada sin entender porqué, sino que resulta poético en la fuga final hacia una realidad que puede ser material o evocada pero que conlleva la fuerza de una historia ancestral: “…No fallezcas, odalisca. No perezcas, gladiadora. El tiempo de las edades pasadas te reclama. El agua transportando pinos a esa tierra árida y enterrándolos en el lodo durante el transcurso de los siglos demanda tu existencia. Millares de cebras, antílopes y ñúes, miríadas de elefantes, leones y jirafas marcan el carnaval de las heridas, lamiendo la carne descompuesta luego de la batalla”.

‘Alborotadores’ y ‘Especias del medioevo’ son igualmente sugerentes. El primero narra, con gran delicadeza, la relación entre un centurión romano y una muchacha hebrea rebelde y osada. El segundo -aunque su referencia temporal, 1682, no parece ajustarse a una trama en que figura prominentemente el celo inquisitorial- recuerda, en su intensidad, algunos de los cuentos góticos de Edgar Allan Poe. Sugiere eficazmente -más que cuenta- una historia de celos, de frustraciones, de intolerancia y de injusticia.

A pesar de algunas inconsistencias semánticas, la lengua literaria de Yolanda Arroyo es rica y dramática. Y aunque algunos cuentos no tienen la misma intensidad que los mencionados (uno, ‘Claro’ resultó, para esta reseñadora, oscuro y excesivamente complicado), se trata de un conjunto sólido, sugerente y provocador.

La cuestión de las inconsistencias semánticas, si se refiere a lo que en narratología alude al sistema de significaciones centrales y complementarias del texto, pudiese tomarse como un recurso de ambigüedad lúdica. O sea, tema expresado a través de las particularidades del estilo. Pero la lectura es del que lee. Punto. Yo sigo igual de contento.

Así que la pista queda despejada.

Shooting for the moon.


"Meditación del equinoccio de otoño"
Poema de Elidio La Torre Lagares.
Música de Blakevox.

Pues ando de vuelta, más animado, y montado en camello.

Yo le tiro un camello a cualquier SUV, que me parece un vehículo paradójicamente ridículo en tiempos donde la gasolina va para $1.00 US el litro.

Los camellos, además de estar biológicamente dispuestos para la aridez del desierto, son ambientalmente compatibles, porque sus emisiones, contrarias a las de los autos, sirven de abono, cosa que emerge a manera de mandala o dictamen zen: "la mierda que te tiren te hará crecer".

La realidad, de todas formas, a veces es más extraña que la ficción. Y mientras más veo, menos quiero entender.

Bueno, a lo que vine fue a lo siguiente:

Más impertinencias de un lobo estepario
Ayer Carmen Dolores Hernández reseñó la novela de Luis Rafael Sánchez, Impertinencias de un perro gringo, la cual me había decepcionado grandemente. Yo felicito a Carmen Dolores, no por lo que escribió sobre la novela, sino que decidió no casarse esta vez con nuestro primer novelista.

Dice Dolores Hernández en su reseña que:

"El planteamiento novelesco... adolece de varios problemas. En este caso, la puesta en escena es excesivamente complicada -tiene algo de fantasía tecnológica porque se usa un cerebro electrónico para humanizar al perro- y digresiva en demasía. Si bien a un primer nivel habría que admirar lo imaginativo de la trama, lo cierto es que también resulta oscura en su elaboración. Esta lectora, por lo menos, nunca logró enterarse bien de cuál era el foro ante el cual testificaba el perro ni tampoco de lo que se perseguía con su testimonio. Las digresiones, además, conspiran para debilitar la ya débil premisa central y, con pocas excepciones, no añaden nada a la narración".

Me llama la atención porque ya Efraín Barradas, amigo de LRS y estudioso de su obra, había escrito en Claridad un artículo titulado "Dos o tres palabras acerca de Indiscreciones de un perro gringo", donde asevera que:

"Una lectura superficial de este texto puede llevar a descartarlo como un mero chiste alargado y superficial. Pero tal lectura sería errada pues, a pesar de su personaje, a pesar de su tono, a pesar de una trama sin sorpresas ni tensiones, ésta es una obra de relevancia, importancia e interés".

Bueno, pues en la construcción narrativa, si usted tiene una novela cuyo personaje, tono y trama son fallidos, pues yo no creo que tenga una novela todavía.

Barradas insiste: la novela no es sólo personaje, tono y trama: tiene otros atributos. Aquellas lectores incapaces de hacer una "lectura profunda" del texto, se los ha llevado quien los trajo.

O sea, mi gente: para llegar a esos atributos, hay que tener profundidad de pensamiento, palabra, obra y visión exquisita, pues el ojo del vulgo jamás será capaz de advertir las grandes técnicas innovadoras y los ejercicios de intertextualidad que llenan las docientas páginas, en tipografía de 14 puntos e interlineado de 18, y una pulgada en los márgenes, lo que me asoma a un manuscrito original de unas 60 a 70 páginas. (Trust me: yo aprendí a hacer libros con Alfaguara).

Pero ya yo dije lo que tenía que decir sobre esa novela.

Yo creo que el lector no-superficial no ha nacido, porque, por mi madre que está malita, no me he encontrado a alguien que me haya dicho que le gusta la novela. Y eso va desde colegas profesores, hasta estudiantes de literatura y, por supuesto, mami, que es fanática del Wico.

Creo que al crítico de la Universidad de Gainsville le falta de honestidad para admitir que hasta los grandes gurús literarios se equivocan.

De todos modos, es menester resaltar que la reseña de Barradas -contra quien no tengo nada, que conste- se acerca mucho a cierta clase de crítica literaria en la cual el criterio de escrutinio parte de los vínculos amistosos con el autor, no con la obra misma.

Las orgías semánticas a la hora de aplaudirnos unos a otros abundan siempre. Esto, que era exclusivo de los círculos canónicos de la academia, ha llegado a otros grupos culturales de menor importancia por efecto de lo que Homih Bhabha llamaba el "mimicry" o imitación: al parecer somos animales de costumbre y no podemos crear otra cosa que no hayamos aprendido del poder hegemónico.

Ocurre en toda cultura colonizada.

Mami modelando en Nueva York.

La muerte llega. Se sienta. Se sirve de mi whiskey. Enciende un cigarrillo.

Te lo dije, Elidio La Torre, dice.

Para alcanzarte, no necesito brazos.

Estás hecho de tierra, mar y olvido.

La Muerte, aburrida conmigo, ahora bebe del pozo de mi sangre.

A mi madre le han detectado cáncer de los senos. Demasiado avanzado. El remedio: una masectomía. Lo peor viene después: el tratamiento, que requiere ganas de vivir, o una voluntad increíble que mi madre no posee.

La Muerte me arroja un beso que duele y no puede ser deshecho.

Te lo dije, Elidio La Torre, dice.

Para alcanzarte, no necesito brazos.
Hunter Thompson con el Caribe Hilton de fondo (foto tomada por él mismo).

Para finales de los '50 e inicios de los '60, un joven periodista en Nueva York perdía su empleo por patear una máquina dispensadora de dulces que no le entregó la barra de chocolate por la cual ya el joven había pagado.

Era un acto simbólico: la máquina -metáfora del Sistema- lo estafaba.

Entonces, el joven de 22 años decidió venir a una islita que apenas se entregaba a los brazos de la modernidad bajo el proyecto promisorio del Estado Libre Asociado.

El reportero encontró una oferta de trabajo como periodista deportivo en The San Juan Star. Todo parecía bien. La economía prometía por un lado mientras los puertorriqueños abandonaban el país por el otro. Y pagaban en dólares. A ver quién estafaba a quién.

Perfecto. El paraíso caribeño. Right.

El plan procedía según pensado, excepto que el editor del Star, William Kennedy, pensó que al joven le faltaba potencial periodístico, pues no era muy objetivo ni ortodoxo. Eso sí: Kennedy le dijo al aspirante al puesto, luego de leer algunos de sus trabajos, que tenía talento para la ficción y que algún día escribiría "la gran novela puertorriqueña".

Años más tarde, Kennedy -discípulo de otro gran escritor que vivía en Puerto Rico para entonces, el premio Nobel Saul Bellow- ganaría el Premio Pulitzer con su novela Ironweed. Tanto Bellow (en su novela Herzog) como Kennedy escribieron parte de sus operas magnas en Puerto Rico. Y el joven, de nombre Hunter S. Thompson se convertiría en uno de los pilares en un nuevo tipo de periodismo que se conoció como el new journalism, dentro del cual creó su autodenominado Gonzo journalism. Kennedy y Thompson coincidieron y se conocieron en las clases de creación literaria que impartía Bellow.

Todo esto en el sótano de la Facultad de Humanidades, que aloja al Departamento de Inglés.

Thompson se quedó en Puerto Rico -vivía en Loíza Aldea- y escribió The Rum Diary, la cual no publicó hasta 1998, a insistencias del actor Johnny Depp. Depp siempre ha admirado a Thompson y hasta asumió los gastos de funeral de éste cuando murió en febrero de 2005.

The Rum Diary trata de las peripecias de un periodista gringo en lucha por la supervivencia en una isla políticamente inestable, socialmente caótica, turísticamente aburrida y perceptiblemente agobiada por la corrupción a todos los niveles (Sounds familiar?). Lo que queda es, pues, desgastarse en libaciones interminables con ron, como quien bebe de las aguas del Leteo.

Lo curioso es que esta visión del Otro es rara en nuestro imaginario, pero se hace necesaria. Digo, ¿no clasificaría como novela puertorriqueña, aunque no se haya escrito por un puertorriqueño? Tal vez es novela de la diáspora estadounidense, puesto que tal fenómeno, aunque negado generalmente, existe (un gran amigo mío, Richard Weinraubb, se retiró tras 30 años de servicio en la Universidad de Puerto Rico, vivió toda su vida entre Isla Verde, Condado y Viejo San Juan, pero nunca visitó los otros pueblos de la isla).  Mas, no obstante, si pensamos bien, ¿no es entonces esto una colonia de la metropolis? Por tanto, ¿puede haber diáspora revertida, esto es, ir de un país avanzado a uno en desarrollo, cuando generalmente el término funciona al revés? Quizá estaríamos hablando de The Rum Diary como una novela postcolonial, muy a la altura del Heart of Darkness de Joseph Conrad.

Si en algunos valores yo habría de profundizar, sería en la noción postcolonial de la novela, sin duda, aspecto que no descarto en el futuro.

Tal vez todas estas preguntas se contestan en la metonimia que hila la relación del personaje principal, Kemp, con la hija del gobernador de Puerto Rico, con la cual, de hecho, se escapa hacia Vieques. Es el gringo que llega y accede al poder isleño por medio de la conquista del cuerpo nacional, representado en la hija del gobernador (Preciosa, ¿hija del Caribe?). Es un acto de colonización desesperado, puesto que su verdadero amor es Chenault, su compatriota. De hecho, la infatuación de Kemp con Chenault convierte a esta novela sobre beber ron en Puerto Rico en una melancólica historia de amor frustrado. 

San Juan queda pintorescamente retratado, desnudado del romanticismo petulante, mezcla de grotesco, surrealismo y alucinación.

Ya pronto comienza la filmación de El diario del ron, como yo traduzco el título de la novela, pues juega con la noción del rotativo para el cual trabaja Kemp y donde todos se hartan del lícor (la edición de Mondadori la traduce como Días de ron). Protagonizarán el filme Johnny Depp y Benicio del Toro, reunidos anteriormente en Fear and Loathing in Las Vegas, otro clásico de Thompson llevado al cine y que trata sobre el sueño americano en mezcalina, vagando por el desierto. 

Por ahora, espero la película, que dirigirá Bruce Robinson.


El Taller de Yolanda Arroyo ya es un clásico. El jueves 6 se dará la lectura de los talleristas en el Cuartel de Ballajá. Ya se convoca la próxima sesión. Es un buen paso de transición para aquellos que les interese la maestría en Creación Literaria de la U del Sagrado Corazón.

Por otro lado, pocas veces se da la oportunidad de participar en un taller de novela, ya que es el género elusivo de la literatura puertorriqueña. La novela es en nuestros tiempos lo que la poesía fue a la humanidad una vez. Pero, como el cuento, la novela es una estructura, aunque, a diferencia del primero, está en constante reformulación y escrutinio.

Más información la encuentran en http://eventosdeterranova.blogspot.com.


La novela de Luis Rafael Sánchez me ha causado tremenda decepción. No sé cuál será la crítica en el resto del país, pero desde mi óptica, la novela no es lo mejor de LRS.

Hay una gran escritura, cierto. Hay un gran escritor, también.

Pero la manera en que se presentan los argumentos que al fin y al cabo son los que cuentan, a mi entender, es un poco enrevesada.

La trama es sencilla. Un escritor/ hablante encuentra un manuscrito escrito por Buddy Clinton, el perro del Presidente Clinton, y en el que confiesa que, en efecto, Monica le dio servicio labial a Bill. Eso es todo.

Por el foco de la acción, y por la ausencia de interacción entre Bill, Mónica y/o Hillary, esto es línea de fondo para un cuento, no una novela. Conocemos más de gangsters perfumados que de los dueños del perro y protagonistas del culebrón de Casa Blanca.

Lo de culebrón no lo digo por Bill, sino en el equivalente a “soap opera”.

Bueno, pero lo malo de la posmodernidad es que cualquier cosa es aceptable.

Pero digamos que en el género novelesco todo es admisible, y aún así me encuentro con que Impertinencias tienen un conflicto entre los hablantes: el escritor/narrador que inicia y cierra la novela, y Buddy Clinton, protagonista de la novela que se encierra entre esos dos paréntesis discursivos, tienen el mismo registro. No hay diferencia de cómo habla uno a como habla el otro. Es más, en el “Epílogo”, donde el escritor que encuentra el manuscrito llega por casi por silogismo a una eficaz pero inverosímil conclusión sobre la proveniencia del manuscrito, el narrador totalitario sabe demasiado para ser un encuentro fortuito con el texto.

A todo esto, la parte fundamental de la novela, la que le da título y razón de ser al libro, que es la confesión del perro, se puede reducir en una sola oración: Sí, Monica y Bill lo hicieron. El resto es una digresión que va desde el arca de Noé hasta un ataque a los gatos. En fin, la novela comienza en la página 141 y termina en la 149.

El “Epílogo” hace un intento por salvar el texto, y se convierte en una metanovela, que entonces se convierte en una apología del autor real para salvaguardar su decisión de escribir sobre perros.

En fin, que aparte del Prólogo y el Epílogo, la novela que se encierra es toda una disquisición fonológica en la que se caracteriza al perro –y si los perros asumen la personalidad de su amo, a Bill Clinton- y se mueve poco.

La novela cansa, porque de todos los presidentes del US of A, el menos “snub”, el menos formal, el menos pretencioso es, precisamente, Bill Clinton. No se esperaría que su perro hablara desde el discurso totalitario del siglo XIX.

Hay más, pero en fin, probablemente me equivoque.

Es un ritual. Ocurre todos los septiembres desde la publicación de Septiembre. Llega ese mes y releo el libro.

Es como visitar un lugar distante, pero no olvidado, donde el musgo cubre parte del camino y las enredaderas aprisonan a los árboles, cuyas hojas de pronto adquieren un tono de verde muy peculiar, al que llamo verde-septiembre.

Septiembre es un conjunto de cuentos que escribí en un mes, en septiembre de 1997. Salieron como 15 si mal no recuerdo. Se colgaron "Happy Birthday", "Travolta" y "Tragado". En el primero una mujer se convierte en sirena luego de tener sexo con un joven en el día de su cumpleaños; en el segundo un adolescente se vive la fantasía de ser el protagonista de Saturday Night Fever; y en el tercero un hombre que se cansa de la actitud de una cajera en un supermercado, de pronto saca una lengua de reptil y se traga a la chica. La gente de la fila entonces procede a llevarse lo que necesitaban sin pagar, como si nada hubiese ocurrido.

Pura fantasía: cuentos raybradburyescos. Como "Unicornio", pero al menos éste, que sí llegó al libro, es dramático.

La lista se quedo en 12, e iban desde el septiembre de un niño de 12 años que es abandonado por su padre al septiembre de un hombre adulto que encuentra a su madre ahorcada. O sea, el principio de tiempo hila los cuentos. La muerte emocional también.

Luego, por motivos meláncolicos, añadí a "Te lo dije, Rosaura", un cuento inspirado en un poema de Langston Hughes, escrito en el nefasto 1987 cuando pasé casi todo el año en cama.

Claro que tuve que trabajar todo ese material como por un año. Para septiembre de 1998 ya tenía un libro y para septiembre de 1999 recibí la primera carta de aceptación editorial. En septiembre de 2000 salió a la calle.

No es ficción ni casualidad esto de las fechas.

En estos días, es raro encontrar un Septiembre por ahí. Yo mismo cuando los encuentro, los compro. A ver si la gente de Terranova se anima a revivirlo, según habían considerado una vez.

Aquí un fragmento de "Unicornio", incluído en la Literatura puertorriqueña del siglo XX: Antología, editada por Mercedes López-Baralt, y publicada por la editorial de la Universidad de Puerto Rico:

"Según planificado, al otro día ambos nos subimos al árbol y esperamos a que el rabo de luz hiciera su aparición. Isaac estaba preparado con sus binoculares mientras yo tenía una cámara Polaroid instantánea que mi padre acababa de comprar, y la cual, según él, se operaba tan sólo enfocando y apretando el obturador rojo. Eso dijo él el día que la compró y me pareció un juguete. Esto es sencillo, dijo él. Esto es sencillo, le dije a Isaac. Al instante tendríamos la foto. A Isaac le pareció genial que al menos, si no atrapábamos al rabo de luz, pudiésemos fotografiarlo. Isaac llevaba una soga y una tabla, por si tenía que golpear al sujeto de nuestra búsqueda. Además, Isaac tenía los binoculares de su hermano. Todo esto parecía una barata empresa de espionaje militar.

El momento llegó.


Era poco más de las tres de la tarde y en efecto, el rabo de luz hizo su súbita aparición entre los arboles, sobre la cicatriz del pasto, entre las voces de las plantas, por el rumor de los gallos que se alteraban como cuando presagian mal tiempo o muerte. Y allí, frente a nuestros ojos, el rabo de luz camaleónica, girando como el que enrolla algodón de azúcar en un cono, nos regalaba un espectáculo.

—¿Estás viendo?— preguntó Isaac.

—Sí, lo veo. Parece hilacha de dulce.

—¿Tienes la cámara lista?

—Sí— contesté mientras acomodaba el aparato entre mis manos.

La luz dio dos vueltas en el aire, hizo un dilatado círculo iridiscente que dejaba un rastro de colores, como si fuera un eco cromático; tocó rocas, troncos, árboles, se deslizó por las enredaderas y, de pronto, entre las jaulas de los gallos, se materializó en un caballito de plata luminosa. Levantó el hocico al aire y relinchó al viento, haciendo que el cuerno entre sus dos ojos radiara. Se sacudió como el que quiere quitarse un largo viaje de encima. Olfateó el terreno y los gallos se calmaron. Luego, delicadamente, procedió a tomar de los estanques que suplían el agua a los gallos..."

Parece tan lejos todo hoy día... un camino cubierto por el musgo y la maleza que apenas deja ver.





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