Dos días antes del fin del año, pienso que este es el momento en que la gente se concientiza acerca del tiempo como campo de experiencia, aunque a muchos les basta sufrirlo como unidad de medida. En cualquier caso, pensamos en lo hecho, logrado o vivido, y planificamos hacia una abstracción mayor, que es el futuro.

Puras vainas del mito humano, digo yo, pero no por ello menos interesantes o relevantes.

Para mí, como para los Babilonios, me hace más sentido comenzar el año en primavera, donde nace la vida, que en pleno invierno, cuando muere. De todas maneras, hay 365 rotaciones.

Aquí entran las resoluciones de año nuevo.

Somos tan incompletos que necesitamos ficcionalizar, incluso, el mañana. Pero así es como funcionamos. Nadie nunca es un presente solo: siempre hay un pasado que nos constituye y un futuro que constituimos.

Yo creo que la gente piensa en resoluciones de año nuevo –indistintamente si es una futilidad o no- porque quieren ejercer voluntad sobre su destino; transformarlo; afectarlo; determinarlo. Claro, una cosa es, por ejemplo, predisponerse a perder 20 libras y otra es lograrlo.

Pero no veo nada de malo en ello. Antes que el verbo, vino el deseo.

Hay cosas que uno no puede evitar, claro. A mí, por ejemplo, me han acusado de tener actitud de hacendado, de ser arrogante, de creerme Dios y otras opiniones personales que me han hecho conocer públicamente y a través del “hate mail”, todo por razones que no vienen al caso. Yo sólo pregunto: ¿Quién en esta vida puede decir que me conoce? ¿Quién se ha sentado conmigo, comido conmigo, bebido conmigo o vivido conmigo como para juzgarme?

Nada. Que eso sólo prueba que también hay una realidad externa existente en nuestras realidades subjetivas.

Pero hay cosas que sí puedo determinar. Y en esas estoy.

Puras vainas del mito humano: a work in constant progress.

Lo mejor a todos en el 2008.

El mundo es un buffet, me enseñó el amigo y editor Félix Rivera, autor de La muñeca de chocolate (Plaza Mayor).

Uno se sirve de lo que quiere y de lo que le gusta.

Han traído a la mesa un nuevo blog que me ha gustado mucho, porque trata al lector con respeto y está escrito con inteligencia. Y es que hace unas cuantos posts atrás entró a la blogosfera Rubén Javier Nazario, con "Lo que queda en silencio".

Autor de La soberbia venganza del verbo, Rubén es escritor que se disfraza de médico para ganarse la vida. La soberbia venganza es un gran libro de cuentos, de paso, elogiado críticamente.

De Rubén esperamos cosas nuevas entre pollo frito estilo sureño y pan de maíz. Aunque vive en Kentucky, no toda la literatura puertorriqueña se escribe en Puerto Rico.

La identidad en constante desplazamiento.

Para él, un premio que me concediera Ninoshka Mermoud: el Thinking Blogger Award.



Vicios de construcción es mi cuarto poemario y lo dedico a mi madre, paciente de cáncer del seno.

En la página de Terranova lo pueden adquirir con descuento de preventa a través de PayPal en precio con descuento y por tiempo limitado, en lo que llega el Street Day -en algún día de enero, creo-.

Las regalías del autor van destinadas a ayudar a las víctimas de este padecimiento.


Así que, por si no es buen libro, al menos es buena causa.

Es una tontería, pero la deuda es con mi primera fuente de vida.

(Te quiero, mami).
Yule Approaches, de Emily Carding (©)

El árbolito era símbolo de vida en medio del invierno. El jabalí era asado y ofrendado a los dioses. El solsticio de invierno se convertía en una celebración del tiempo -ese patio negado de nuestra experiencia-. Eso era en una época que Dios era mujer y se adoraba a la Luna.

Y luego llegaron los cristianos y Jesús y el nacimiento y la Navidad y yada yada yada.

El asunto es un caso más del palimpsesto religioso, donde la espiritualidad es suplantada por el dogma religioso.

El arbolito todavía alumbra las salas. El jabalí le cede el lugar a su primo, el lechón.
Y todavía celebramos el tiempo, dominado y marcado por un Dios masculino que nace ese día del 25 de diciembre.

¿El vacilón? Bueno, eso se lo debemos tal vez a las Saturniadas romanas, donde se celebraba a Baco, o al mero impulso humano de darse a los placeres.

Whatever.

La Navidad en la Isla es fiesta, jolgorio "wepa wepa wepa", el "dame l'gua elía" y la ocasional parranda pre-acordada (en los tiempos del acceso controlado, uno tiene que avisar el desastre). Ah, e ir a la misa cuando se puede.

Pero esto es para el que lo quiera creer, ¿eh? Cada quien cree lo que quiera y disfruta a su manera.

Así que, celebren Kwanza o Hannukah, Navidad o Yule, o nada en particular, bendiciones a todos. A fin de cuentas, ya lo dijeron los apóstoles Juan (Lennon) y Pablo (McCartney):

"All you need is love, love...
love is all you need"


PD:
"She loves you yeah, yeah, yeah..."
H.R. Giger

Ayer Edgardo Rodríguez Juliá entró como Jesús en el templo y llenó de luz el periódico donde publicó un extrañísimo ensayo titulado "El halo", en el que dice:

"Es una enfermedad boricua que pienso incurable: Lo mismo es el músico culto (sic.) que, inflado de ambición escénica, un día descubre la mediocridad de su talento, por lo que, entonces, la música compuesta por otros puertorriqueños “es basura”. Como también ocurre con ese joven escritor que, apenas con un libro por publicar, desmerece -tacha o menosprecia- todo lo que se ha escrito antes que él en Puerto Rico, la propia tradición que seguramente ignora. El delirio de grandeza boricua -nuestro particular modo de ser acomplejados en el mundo- tiene como justo reverso el autodesprecio y la autonegación".

Lo que prosiguió, pues, es el juicio del Master Jedi de la crónica. Pero a mí me hizo recordar aquel estudiante que tuve una vez y que me trajo un manuscrito, bajo la irrebatible convicción que nadie nunca había escrito algo así; ni en Puerto Rico ni en ningún otro país.

Me dijo que no leía a nadie.
Que solo escribía de su profunda inspiración.
Todo lo aborrecía y el mundo muy bien pudiese arder en fuego mientras él preparaba su manuscrito: una novela acerca de una isla remota en el tiempo y donde hablaban y gobernaban los caballos, quienes sometían a los humanos a un régimen de terror.

No volví a ver al chico en la clase después que le informara que un tal Jonathan Swift, tras el disfraz de Lemuel Gulliver, había escrito algo similar... 250 años antes.
©2007 Michelle Giacobello, Looking for Love at the Library

¿Quién dice que las librerías son aburridas?

El amigo Omar Reyes Villanueva me envía el artículo “The art of the bookstore pickup”, de Dustin Goot, que, como se desprende de su título, trata del arte del acercamiento personal en las librerías.

O sea, un rapeo mongo, o tal vez contundente, pero, al fin y al cabo, un rapeo. Lo que bien pudiese ayudar a redefinir el término "autoayuda", superando de paso a la masturbación como recurso primario.

Jorge Valentine, amigo escritor y ex-discípulo, tenía una novela en progreso que trataba de encuentros sexuales entre los anaqueles de una megalibrería. Todavía anda haciendo "research", dice. (No, no, es broma).

El asunto es que los libros como vórtices entre dos personas dan resultado.

Y es que en las librerías se congregan gente con fines e intereses afines: los libros. Dentro de esto, pues están los que Pablo Cohelo Children, los que buscan poesía, los políticos sofistas o los reconstructores de la historia. Como dice el artículo, ya eso es un indicador. Es un pretexto para comentar un texto. Y hasta algo mejor que el refrito de “Te he visto antes” o “Tu cara me es familiar”.

Es más: una librería es un sitio más limpio y seguro -si bien íntimo, pues no entra todo el mundo-. Las librerías son lugares de encuentro social mucho más eficientes que Facebook, Wayn, o My Space. Si no lo cree, vaya a una sección de las que usted casi nunca frecuenta –en particular filosofía, gay & lesbian, erotica y art- y espere. Tan sólo espere.

Recuerdo que un amigo y yo nos encontrábamos en una concurrida librería de San Juan, en la sección de poesía específicamente, cuando un señor se nos acercó con la intención de que le ayudábamos a buscar un poemario de José Angel Buesa. Fue mi amigo quien dio con el poemario, a lo que el señor, muy sinceramente, le confesó que "gracias al poemario, tendría una tarde espectacular con su 'novia'".

Y se fue.

Luego volvió y le dijo a mi amigo si lo quería acompañar. Que si lo hacía, dejaría que se acostara con su novia primero y que luego podía irse si quería.

Según el individuo -de unos 50 y tanto años-, su novia tenía 27 años y necesitaba un "opening act" antes de él entrar en performance.

Mi amigo pasó la oferta, por supuesto, y nos fuimos a tomar café y a reírnos y concluimos que este mundo está muy, muy loco.


El Facebook es una manera de multiplicarnos, cierto, y de repetirnos.

La aplicación creada por Mark Zuckerberg en el 2004 es la última tentación de las tendencias vigentes para un público socialmente acomodado y ciertamente con poder adquisitivo. Es una red social que definitivamente se convierte en un socialismo capitalista virtual donde la gente comparte tragos, cervezas, flores, chocolates y otros obsequios (virtuales, of course) como si fuera Santa Claus en delirio extático.

Entonces caemos en lo verdaderamente común. Hasta ahora, ésto es lo que he “experimentado”:

  1. He recibido centenares de abrazos, incluyendo a gente que ni conozco, pero que igual les recibo. Igualmente, me han pellizcado, me han flagelado y me han dado de nalgadas al punto que me sorprendí comprando velas no sé con qué propósito.
  2. He atestiguado a Mortimer, un protervo oso que primero se supone provea suerte y luego se torna en maldición. He recibido hasta 10 Mortimers en un día. Ya las guerrillas le han tomado de rehén, los perros salvajes lo han descuartizado y hasta lo han decapitado. La Facebookeans lo han celebrado hasta más no poder.
  3. He recibido tantas cervezas de la amistad como para estar borracho 226 días. Eso sin contar los Mojitos, Margaritas, Jack and Coke y Cosmopolitans que me llegan. Bring them on!
  4. He sido colmado de tantos dulces mensajes de bendición que ya hasta le llegan hormigas al teclado.
  5. Me he encontrado con viejas amistades que yo pensaba que habían montado un negocio de Real Estate en otro planeta.
  6. He dejado de ser yo para ser un vegetal, un color, un auto, un asesino en serie, un villano, un personaje de Les Miserables, nunca yo. So much for hyperreal.
  7. He sido expuesto a todo el mundo cuando estoy de mal humor, o tengo hang over, o ando sin ropa interior.
  8. Me han regalado wedgies, almohadazos, plantas que crecen en cuatro días, huevos que se abren en tres y platos exóticos caros. Todo, nuevamente, virtual.
  9. He entrado en peleas entre los fanáticos de los Yankees y los de los Red Sox. Me han escupido la cara, me han arrojado cerveza por el pelo, y me han insultado verbalmente. Y viceversa.
  10. He sido vampiro, zombi, cazador, hombre lobo, ninja, y hasta he colaborado en planes maquiavélicos para conquistar el mundo.
  11. Me han invitado a fiestas, listening parties, parrandas, clubes de lectura, entre otros vacilones.
  12. Primero estuve casado, luego en status de “it’s complicated” y finalmente divorciado. Sigo siendo, no obstante, liberal y kamasutrian buddist.

En esta geografía extraña, no es lo que Facebook pueda hacer de uno, sino lo que uno hagas de Facebook.

Para mí, es otra prueba más de todos somos simplemente una metáfora.

Verdaderas minucias en otra Genérika.

Como Strawberry Fields, “nothing is real”.

(Oye, recibí otro osito...)



Café Tacvba cumple una función vital en la música pop contemporánea: mantiene la música como performance, como ejecución artística y no como un mero combo pasajero que compone un par de números para pagar la renta del año.

Los Tacvbos siempre han sido de mis predilectos por su ecléctico acercamiento al rock posmoderno. Siguen siendo avanzada y hasta suenan como un anacronismo, particularmente en su último álbum, Sino.

Y aunque el conjunto de canciones tiene un par de números que quizás debieron quedarse en el disco duro de la consola, la verdad es que no escuchaba un álbum conceptual de esta manera desde, quizás, Sgt. Pepper’s o Abbey Road, de los Beatles.

Los juegos de voces, las guitarras y acordes discordantes dentro de melodías pegajosas son típicos del new wave rock de fines de los ‘70 e inicios de los ’80, aunque el disco completo transmigra con influencias de los ’60 hasta la década cuando el rock murió, que fue la de los ’90 (pero esto es harina de otro costal).
Para bubble-gum, Juanes; para sufrir wimpy rock, Maná; Tacvba está en la tradición de los Talking Heads, Velvet Underground, Joy Division, Television, Roxy Music-- helloooo?

En fin: Sino es, tal vez, el primer (y último álbum) de rock concientemente posmoderno.

Blog Archive

Search This Blog

Loading...