Palabra cedida: Adriano y Andrea

Siempre digo que de diez poetas que uno lea, que al menos uno logre calar es suficiente. A mí me tocaron dos.

Ayer terminó el Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico, donde conocí a Adriano Corrales, excelente poeta costarricense, y a Andrea Cote Botero. Ambos me impresionaron, el primero por su verso de encadenamientos silábicos extensos -casi sincopados, como el fraseo en un pentagrama- y la segunda por su capacidad de salir desde lo íntimo para tocar el mundo externo.


Adriano es un poeta probado.

Andrea es escritora de menos millaje, pero no por eso menos intensa.

De Adriano:

¡Claro que no!

Simplemente este abismo abismándose más
para doblar la esquina y saber lo que hay que saber
que esto no es Buenos Aires ni Ginebra (ni siquiera ron)
sino tigres / palabras que se evaporan y reescribimos infinitamente
como el ciego en una playa antes de la batalla
o el cantor perseguido esquivando la luz
cuando escupe estos pergaminos amarillentos
sin importar el fuego ni las migajas azules del tiempo.

(Del libro Profesión u Oficio, Ediciones Andrómeda, 2002)


De Andrea:

Estación de luz

Verás, es tu ciudad o mi ciudad que no descansa
en la que siempre hay algo apunto de venirse abajo.
Por ejemplo, la lluvia —derrumbada en ese sitio donde
estuvo la luz— ya sabes; o los árboles quemados
de cielo a media tarde,
aniquilados como pájaros que se lanzan desde
el aire y caen en los parques,
arrastrando desde arriba hasta aquí la manía
de caer. Porque es verdad que es mi ciudad,
que es del otoño, la casa misma de todo lo que
lentamente se desploma hastiado de durar
en el aire y la intemperie de la luz.
Verás, aquí es el sitio de las cosas desplomadas,
el lugar donde nos fascinamos
con el desmoronamiento paulatino de los muros
que inician con el tiempo el descenso hacia
sí mismos, simplemente, y con el único fin de
vernos sucumbir ante el encanto de las casas
derrumbadas, tan sucias o tan viejas
—nos da igual— cuando sólo nos importa
que las casas enfiladas habrán de caer
—como también se caen las tardes de su luz
—porque esta ciudad, que es del otoño,
es la casa de las cosas que siempre son más
bellas cuando están a punto de acabar.

(inédito)

Lo peculiar que encontré en estos poetas es la profundidad que arrastran sus poemas.

Es el decir que se enuncia en el tiempo presente y dice de algo antes, tal vez de algo después, o quizá un algo nunca.


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