El encanto del desencanto de Hiram

Tanto tiempo atrás como la publicación de mi primer libro, yo tenía entre mis estudiantes a un joven de ojos vivos, muy dispuesto hacia la literatura, y que gustaba de participar en clase.

En aquel entonces, le obsequié aquel objeto literario producto mío, Embudo. Sólo le dije: "Escóndelo del Monseñor Merino".

Entonces, hoy el tiempo me lo devuelve en forma de La invención del desencanto.

Hiram Sánchez Barreto me hace llegar su obra incial, publicado por la nueva editorial Letra2, y, quince años después de aquel encuentro, me hecha la culpa de los cargos en su contra: es poeta culpable de poesía en primer grado.

Así lo hace constar en una dedicatoria que me escribe.

Pero tengo que desmentirlo: nadie puede dar lo que ya estaba ahí.

Aparte de sentirme más viejo -como cuando salen poetas que se estimulan con lo que uno pueda haberles enseñado-, he quedado encantado con tanto desencanto.

El libro de Hiram me complace en muchas maneras. Sin mucho fetichismo pirómano ni exhibiciones de balística léxica, La invención es una especie de poesía que se debate entre la honestidad lírica y el propio juego con las ideas y conceptos que atraviezan el poemario.

Es clásico y es posmoderno. Tierno y tosco. Suave y brutal. Es un poeta que se acerca a la entropía de la vida con el artificio de un alquimista de experiencias.

Si yo fuera a escribir un primer poemario nuevamente, probablemente sería La invención del desencanto.


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