Los muertos de Marta

Todos tenemos muertos que llevamos a cuestas. Y de algún modo, aún después de enterrados, se quedan con nosotros.

Mi próxima columna para la revista hispanoamericana de cultura y literatura Otro lunes la he dedicado a la novela Sexto sueño, la más reciente novela de la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina, quien nos presenta la voz de Violeta Cruz, una de las voces narradoras de esta magistral novela, y quien se dedica, además de escribir partes de la novela que leemos, a componer boleros y a disecar cadáveres.

Es una mujer que endurece el tiempo con sus manos y recrea la memoria con las palabras.

Y es que en cierto modo toda novela es un acopio de cadáveres que se convocan en la página escrita. Por tanto, el oficio de embalsamadora y el de novelista no quedan tan yuxtapuestos como pareciera.

Sexto sueño -que se instala se localiza exactamente en seis grados de separación del sueño de Sor Juana y vive de la muerte y de los muertos, como si un cadáver fuera un cadáver fuera un cadáver.

De todos estos, el más celebre es Irenaki, la momia que Leopold secuestra y que se erige como símbolo arquetípico de ese deseo de preservación de la identidad del alma.

La momia es lo imborrable. El tiempo. La experiencia. La memoria.

Esta es la dimensión íntima de los seres humanos, la misma en la cual la narradora tendrá que hurgar para llevarnos al epitálamo de la historia. Entonces, como embalsamar un muerto, la novela que inicia de afuera hacia dentro, progresará en un sentido inverso.
Creo que, al fin y al acabo, estamos hechos de pasado.

La momia es todo lo muerto que queda vivo entre nosotros, propuesto a través de ese carácter necrofílico que a su vez encierra un valor metanarrativo. En efecto, Violeta siente el corazón del cadáver de Leopold arder en sus manos, mientras acaricia las tetillas del cuerpo inerte. Se conmueve antes sus facciones, y pronto el cadáver deja de ser un mero objeto de trabajo, sino que se asume como agente intoxicador de belleza de lo que se está a punto de hacer- algo solamente comparable, en el mundo de Violeta, a la primera vez que escuchó un bolero, que la remite a su vez a la primera vez que fue penetrada, tanto física como emotivamente.

La momia es un sumo muerto, porque se queda aunque ya se ha ido, como toda esa literatura que nos precede y que nos cargamos en acumulación de náuseas, y que aquí queda convocada y superada -sin arrogancia literaria de novelista beginner- en nuestra parte de esa localidad que es la literatura hispanoamericana.


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