En marzo de 1825, Roberto Cofresí, de 33 años de edad, fue atrapado mediante un ardid perfilado por la Corona española y el gobierno estadounidense en su esfuerzo por erradicar la piratería en el Caribe. Cofresí, durante su breve estadía en una cárcel en San Juan, registró sus vivencias en un relato que sencillamente llamó «Última voluntad y testamento para la posteridad» y en el que no fi gura benefi ciario alguno. Si acaso, sus palabras iniciales, «Vieja conocida mía has sido» —obviamente dirigidas a la Muerte—, son el único vislumbre que tenemos en cuanto a la identidad del destinatario.

El Testamento de Roberto Cofresí representa el relato testimonial más fascinante de la historia puertorriqueña moderna, siendo, hasta la fecha, el único documento atribuido a la autoría del celebrérrimo personaje caborrojeño. Publicado por primera vez desde su fortuito descubrimiento en una cueva submarina en Isla de Mona a mediados de la década de 1990, representa una invitación a un asiento de primera fila a la mente del pirata horas antes de su ejecución.

El mismo fue encontrado, accidentalmente, por el historiador Luis Asencio Camacho, en uno de sus paseos de exploración por la hostil isla al oeste de Puerto Rico. No hay versión definitiva de las circunstancias bajo las cuales Asencio Camacho encuentra el manuscrito, puesto que aún lo mantiene oculto por miedo a ser expropiado del mismo por las fuerzas de espionaje e inteligencia estadounidense. Asencio Camacho se ha negado a entregar el original y, en su lugar, planifica publicarlo a pesar de un interdicto judicial que le prohibe la divulgación de los contenidos del texto.

Quedamos esperanzados en que el Instituto de Cultura al menos proteja a Asencio Camacho y a su descubrimiento.

Y, por supuesto, la prensa de Puerto Rico mantiene su habitual silencio. Pero no por mucho tiempo.
Mientras más uno lee, más cierra el círculo de lecturas privilegiadas.

Es un modo de austeridad del gusto literario (y aquí gusto lleva toda la carga de lo que implica leer lo que a uno le da la regalada gana porque sí, porque lo disfruta) que crece con uno en el tiempo.

Y si hay algo que Rey Emmanuel Andujar y yo tenemos en común en tanto a gusto por la literatura se refiere es la adheción al trabajo de Paul Auster.

Una fuente bastante confiable me confesó que la Universidad de Puerto Rico considera invitar a Auster para una conferencia magistral.

Mientras tanto, en septiembre llega su nueva novela Man in the Dark, la cual saldrá simultáneamente en español bajo el sello de Anagrama, y con el título Hombre en la oscuridad.

De acuerdo a El País, "La historia transcurre en Vermont, escenario recurrente en su obra. Su principal protagonista, August Brill, ha sufrido un accidente de coche y se está recuperando en casa de su hija. No puede dormir, e inventa historias en la oscuridad. Realidad y ficción se dan la mano en esta novela en la que Auster incluye una reveladora versión de la política americana actual".

La historia parece idónea para aquellos noctámbulos, o mejor, los que padecen de insomnio literario, ese que nos desvela cuando tenemos un personaje que rehusa someterse a la obediencia, o cuando la resolución del conflicto nos afecta más que la caída del Dow Jones, o cuando la trama se nos revuelve y nos importa un bledo si el gobernador de Puerto Rico es culpable o no de los cargos federales que enfrenta, si ganamos o no medallas en las olimpiadas, o si hay leche para el desayuno.

Lo que sí les aseguro es que parece que lo que me comentó Fuguet hace tiempo es real: la novela política no está de vuelta, porque nunca se ha ido (de ello dan fe Cormac McCarthy, Eduardo Mendoza, Jorge Franco y Phillip Roth, entre otros contemporáneos)

Por si no le conocen como poeta, Auster es una de las figuras más interesantes de la poética estadounidense de hoy. Disappereances sería un buen comienzo, aunque está fuera de impresión.
Para mis estudiantes, City of Glass será nuestro manjar en octubre.
Ayer el programa En la punta de la lengua, que produce Caridad Sorondo, transmitió el episodio titulado “Los poetas ante la luz de las palabras” en el cual participaron varios destacados amigos, como Ángel Darío Carrero y Guillermo Rebollo-Gil. En fin, exquisito.

El último segmento del mismo contó con mi participación, e incluso el programa cerró, en un excelente montaje de edición, con mi poema “Sentida nota de duelo”, que es el poema que cierra mi libro Vicios de construcción a manera de epitafio.

Qué les digo.

De pronto se corrió la noticia: Elidio La Torre Lagares había muerto.

Las llamadas a TuTV no pararon. Qué cuándo sucedió eso. Qué cómo aconteció. Que si al pobre yo le conocía. Los colegas abogados de mi hermana comenzaron a darle el sentido pésame y ella, entre el horror y la inercia, sólo podía imaginarse lo peor sin saber tan siquiera de qué hablaban.

Llamaron a la UPR. Me llamaron al celular. Me textearon. Me escribieron emails. Amigos, familiares y estudiantes: todo el mundo preveía lo peor, y hasta hubo una falsa alarma de artefacto explosivo en la Plaza Universitaria de la Universidad de Puerto Rico, donde yo, desentendido de todo lo que estaba ocurriendo, impartía feliz un taller de redacción de cuentos en la UPR. (Lo de la falsa alarma fue casualidad, supongo)

Caridad me llamó y me informó que hasta el director de programación del Canal 6 se había preocupado.

En fin: muy a pesar de lo que muchos podrían desear, no: no me he muerto por quinta vez.

¿O sí?

Bueno, después de todo, estos son vicios de construcción.
Yo recuerdo que, en algún momento de mi vida pasada, cuando uno entablaba algún tipo de conversación literaria, las lecturas obligadas tenían que provenir de aquel u otro escritor francés que se supone uno debiese haber leído. A veces el asunto se tornaba más oscuro, y comenzaban a hablar de escritores polacos, checos o húngaros. Por aquello de impresionar a los interlocutores, siempre pensé. A veces, hasta me preguntaba si en verdad leían a esos autores.

Ahora creo que va a haber un cambio de paradigma.

Hoy, en el 2008, y usurpando un poco el espíritu deportivo que suscitan los Juegos Olímpicos en Beijing, creo que el planeta comienza a redondearse con la proliferación de la literatura contemporánea china.

Me parece interesante considerar que, en relativamente menos de treinta años, China ha logrado amasar una producción editorial proporcional a su población. Y ello incluye una camada de escritores que han surgido desde diversos ámbitos de la inmensidad asiática. Por ejemplo, Han Han es un novelista –Blogger y conductor profesional de autos de carrera también– al que le siguen y veneran como una estrella de rock. Por otro lado, Che Quianzi es un poeta al que la gente lee con un fervor público similar al que goza Pablo Cohelo en América. ¿Quién diría que un poeta podía lanzar tiradas de 200,000 poemarios?

La vanguardia subterránea de los tiempos de la censura y el control comunista maoista ha producido escritores de profundo y complejo registro literario como Su Tong y Jia Pingwa, y quienes a su vez abrieron el camino para An Ni Bao Bei, una escritora que se suscribe en la marginalidad y lo urbano, algo así como un Kafka Cyber-Escritural con fino sentido de lo hip chino, whatever that is.

Esto es sólo un atisbo a lo que se escribe en la China comunista-capitalista, post-Revolución Cultural de estos días.

Irónicamente, todos estos escritores tenían una sola cosa en mente: separarse de una escritura política, que significaba entonces comprometerse ideológicamente con el Estado.

Pero, como ha sucedido en muchos de los espacios literarios en Puerto Rico, terminaron reformulando aquello que tanto repelían. Por tanto, sólo alteraron la sintaxis; nunca dejaron de ser políticos.

Yo voy a la pesca de muchos de ellos, que ya se encuentran en traducciones disponibles, al menos, en inglés. Hasta ahora, de lo que he leído, An Ni Bao Bei me parece espectacular. (Para darse un taste, pulse aquí.) Para una mejor vision de China, en primera persona singular, visite La Tribu de los Cafres.

No hay duda. Olvídese del Chow-Mein y el Cerdo Agridulce. An Ni Bao Bei: lo mejor después del arroz frito.
Ya es harto conocido –si ha leído este blog anteriormente– que suelo predicar ese aforismo posmoderno –no sé si de mi invensión, pero sí de mi más fiel advocación– que todos somos una ficción. De algún modo o de otro.

Por eso, cuando me preguntaron una vez de dónde sacaba mis personajes, contesté: “De la gente que me rodea”.

Debe ser por eso que no tengo muchos amigos.

Después de Septiembre, mi primer y hasta ahora único libro de cuentos, y donde todos los personajes son montajes de gente que ha cruzado por mi vida, me debe estar huyendo.



En todo caso, la reciente narrativa sobre el escándalo sexual entre el excandidato presidencial demócrata John Edwards y la cineasta Rielle Hunter de pronto se nos ha develado como una metaficción: Hunter ya había sido ficcionalizada en la novela Story of My Life (nada que ver con mi post del 7 de julio), de Jay McInerney (célebre autor de Bright Lights, City Lights, su primera novela).

En la novela de McInerney, el personaje de Alison Poole es una party animal a-lá “Wild thing/ you make my heart sing”, que polvorea cocaína como si fuera Splenda en mezcla para brownies y satisface sus deseos sexuales como si fueran un mero craving por chocolates. McInerney debe conocer una o dos cosas bien sobre Hunter: mientras escribía su novela, ambos dormían juntos, cuando ella se hacía llamar Lisa Druck.

El personaje de Alison quedó tan bien caracterizado, que otro escritor de los '80, Bret Easton Ellis le utilizó en sus novelas American Psycho y Glamorama.

Story of My Life (1988) no disfrutó del éxito crítico y comercial de la opera prima de McInerney, quien fuera discípulo de Raymond Carver. Pero estos días, la historia es otra, casi una reversión del pareado final de aquel soneto Shakesperiano (Soneto XVIII) y que promete inmortalizar a la amada en poema. Ahora es el escándalo Edwards-Hunter que le da vida a la novela.

La realidad suele embutirse en la ficción, y viceversa. En la obra de McInerney, Alison defalca a uno de sus amantes bajo el pretexto de que necesita dinero para practicarse un aborto. En nuestro caso de la vida real, Edwards ha admitido que él ha estado correspondiendo financieramente a Hunter por el hijo que ambos concibieron a espaldas de la esposa de Edwards, quien es paciente de cáncer.

Bad Johnny, bad Johnny.

Ahora, la novela es otra.

Dos lecciones: la primera, cuidado con los amigos escritores; la segunda, si dicen que el dinero es poder, a ver qué me dicen del sexo.

Y, por supuesto, al final, seguro que sí: todos somos un personaje en alguna ficción.
Leer un cuentista que se sabe en sus limitaciones narrativas resulta en la grata noticia de que al menos uno sabe que no intentará meterle gato por liebre. Y ese es Etgar Keret, que a pesar de ser guionista, actor y productor de comics y de cine, es un cuentista de esos dotados con el don la continencia léxica.

Ni pretende de poeta ni aspira a novelista. Sabe bien su oficio: cuen-tis-ta.

Y lo hace bien.

A Keret le cargan influencias de Kafka y del surrealismo, pero eso es como decir uno tiene influencias de Cortázar o Borges: se sabe que de algún modo, estos escritores se quedan en uno, son y están, y no creo que nadie que quiera una carrera literaria fructífera aspire a ser segunda voz de alguno de los escritores mencionados.

Estoy, al momento, en la lectura de dos obras de Keret: The Bus Driver Who Wanted to be God y The Nimrod Flipout. Natural de Tel Aviv, Keret, de 41 años, escribe cuentos cortos donde nada sobra y, muchos de ellos alcanzan un grado de precisión cronométrica y espacial, como “Breaking the Pig”, en la cual un niño que anhela un muñeco de Bart Simpson recibe en su lugar una alcancía en forma de cerdito. El padre le promete a su hijo que cuando se llene la alcancía, podrá comprarse a Bart Simpson en skateboard. Al piggy bank hasta le dan nombre: Margolis. Y se convierte en miembro de la familia. Entonces, llega el día de romper el cerdito y…

Bueno, baste decir que los cuentos de Keret, pese a su brevedad, navegan por registros variopintos y se desplazan –sin ninguna pretensión de experimentar o rehacer la rueda– con diversos grados de traslación narrativa.

La única constante en Keret parece ser el final insólito y para nada predecible. Los personajes provienen de un casting amplio y abigarrado, entre los cuales se equilibra tanto el humor con el ansia del presente inestable (o inexplicable).

De algún modo, guardan una ingenuidad casi infantil –aún aquellos que no son niños-, como la de los adultos a los que se les roba la infancia.
Me llegan noticias de España, en donde la revista Contrapunto de América Latina acaba de publicar el artículo: "Desnudar la condición humana: voces de la nueva novela negra latinoamericana".

Se edita en el número 13 de la revista, que corresponde al periodo de julio-septiembre del 2008.

En la misma aparecen entrevistas a los escritores Jorge Franco Ramos (Colombia), Juan Hernández Luna (México), Leonardo Padura (Cuba), Antonio Lozano (España), Ernesto Mallo (Argentina) y Rolando Hinojosa-Smith (Estados Unidos) y ese tipo llamado Elidio La Torre Lagares (Genérika, Puerto Rico).


El culpable: Amir Valle, de Cuba, que es quien firma el artículo, que pueden leer aquí:
http://www.otrolunes.com/html/punto-de-mira/punto-de-mira-n05-a01-p01-2008.html.

Pronto viene la segunda edición de Gracia. Y ya me encuentro en la despedida de esa novela nueva que me ha agotado bastante.

Ya les contaré un día de estos.

Cuando nos acercamos al texto Confesiones de Juan Pedro Gratitud de Juanmanuel González Ríos, debemos primero tratar de elucidar las tres interrogantes del proceso discursivo: quién confiesa, a quién confiesa y qué confiesa. La primera contestación al tríptico de preguntas nos es dada en el título: es Juan Pedro Gratitud; la segunda es menos obvia, pues se trata de un lector intradiegético –un tú que es receptor (tal vez presente, quizá ausente) de esa enunciación de los diez poemas que constituyen esta obra que progresa con una sintaxis narrativa desposeída de atributos retóricos distintivos de la poesía. Pero es la tercera pregunta la que nos arrebata el pulso: ¿Qué confiesa? Es entonces que notamos que Juanmanuel González Ríos nos ha llevado hasta el tablero de su enfermo y dañado juego: el hablante lírico de estos poemas se nos revela en su carácter pederasta, insólito y perverso, y de pronto, ya esto no es Kansas, Toto.

Las Confesiones, al final, engañan, pues el libro resulta ser más que un tratamiento temático sobre la infancia perdida.

Cierto es que hay un objeto deseado, distante en el tiempo e irrecuperable; pero también persiste un deseo de que el lenguaje se convierta en el sustituto de esa pérdida. Es un juguete con el que el hablante se entretiene y a la vez juega con nosotros.

Lo que al final podría escaparse a la lectura -por ser menos obvio- es la razón primordial que ordena el texto: las Confesiones de Juan Pedro Gratitud es un ejercicio paródico.

Esto no sólo se sostiene por relación analógica con la Lolita de Nabokov, que es una novela paródica en sí misma, sino que nos fundamentamos en otro texto célebre y probablemente menos leído estos días. Hablo de otras confesiones, esta vez, las de San Agustín.

La presentación es hoy martes 12 de agosto de 2008, a las 7:00 pm en la Librería Isla en Río Piedras.
Le llamaban pulp fiction, inicialmente en sentido peyorativo, porque se imprimía en papel de pulpa de árbol, que suele ser áspero, tosco y barato.

En la época de la Gran Depresión, la de los 1930, cuando la gente tenía apenas para comer, el concepto de diversión o entretenimiento eran esas publicaciones periódicas -semanal o mensualmente-, muchas veces en serie, que los lectores esperaban edición tras edición.

De esa tradición nacieron Ray Bradbury, Raymond Carver, Isaac Asimov, entre otros, y personajes literarios ya convertidos en arquetipo, como Flash Gordon, Fu Man Chu, Phantomas, The Shadow y hasta El Zorro.

El pulp fiction fue tragado, consecuentemente, por el libro hoy conocido como "mass market". O, como yo le llamo, literatura de supermercado.

Pero el pulp vive, dado el resurgir en los '90 gracias particularmente a los trabajos filmográficos de Quentin Tarantino, con la película titulada, apropiadamente, Pulp Fiction.

En el Caribe Post-Industrial, los escritores de Derivas.net se han dado la tarea de publicar una maravillosa edición "Pulp", editada por José Borges.

Esto es heavy metal, particularmente por la presencia de Rey Emmanuel Andujar, con su cuento "El orfebre". Otro cuento espectácular -brutal, o con un calificativo más específico y de uso común, cabrón- es el de Nydia Antonia Russé -favor de anotar el nombre-, titulado "Sun Maid Raisins". Otros relatos nos entraman con Luis Othoniel, Isabel Batteria, J.J. Rodríguez y Manuel Clavell.

También hay un cuento crudo de Elidio La Torre Lagares, titulado "Tortugo", una pieza desenpolvada de un libro de cuentos inédito titulado Gran vacío a boca llena, donde se trabaja con las "subcategorías literarias" como la ciencia ficción, fantasía, crime noir, y hasta el melodrama de los romances rosas.

Indistintamente de la presencia de mi cuento, el colectivo virtual de Derivas, que es trabajado por Margarita Pintado, Mayra Rivera y Axel Alfaro, el editor, ha logrado aunar una excelente colección de cuentos que se salen del comfort literario. A lo mejor, quién sabe, estamos ante el primer producto condensado que podríamos llamar Plug Fiction.

(fotografía: "Jackpot", de la colección Pulp Friction, de Thomas Allen [Detroit, 1963])

Blog Archive