Juan Pedro Gratitud

Cuando nos acercamos al texto Confesiones de Juan Pedro Gratitud de Juanmanuel González Ríos, debemos primero tratar de elucidar las tres interrogantes del proceso discursivo: quién confiesa, a quién confiesa y qué confiesa. La primera contestación al tríptico de preguntas nos es dada en el título: es Juan Pedro Gratitud; la segunda es menos obvia, pues se trata de un lector intradiegético –un tú que es receptor (tal vez presente, quizá ausente) de esa enunciación de los diez poemas que constituyen esta obra que progresa con una sintaxis narrativa desposeída de atributos retóricos distintivos de la poesía. Pero es la tercera pregunta la que nos arrebata el pulso: ¿Qué confiesa? Es entonces que notamos que Juanmanuel González Ríos nos ha llevado hasta el tablero de su enfermo y dañado juego: el hablante lírico de estos poemas se nos revela en su carácter pederasta, insólito y perverso, y de pronto, ya esto no es Kansas, Toto.

Las Confesiones, al final, engañan, pues el libro resulta ser más que un tratamiento temático sobre la infancia perdida.

Cierto es que hay un objeto deseado, distante en el tiempo e irrecuperable; pero también persiste un deseo de que el lenguaje se convierta en el sustituto de esa pérdida. Es un juguete con el que el hablante se entretiene y a la vez juega con nosotros.

Lo que al final podría escaparse a la lectura -por ser menos obvio- es la razón primordial que ordena el texto: las Confesiones de Juan Pedro Gratitud es un ejercicio paródico.

Esto no sólo se sostiene por relación analógica con la Lolita de Nabokov, que es una novela paródica en sí misma, sino que nos fundamentamos en otro texto célebre y probablemente menos leído estos días. Hablo de otras confesiones, esta vez, las de San Agustín.

La presentación es hoy martes 12 de agosto de 2008, a las 7:00 pm en la Librería Isla en Río Piedras.


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