1. Vuelta

Llueve torrencialmente. Es octubre, y regreso a encontrarme con la memoria. Espesura de furias. La mirada pesada. Un día como hoy, podríamos planificar un asesinato, o comenzar una religión (Morrison), y nadie se enteraría.

La noche enmudece. Supongo que es el lenguaje del tiempo.

Camino bajo la lluvia. En la oscuridad, nadie me ve. Las casas están cerradas. Un sentido de devastación y silencio queda atrapado bajo los alfileres de agua. Uno que otro vecino sale al balcón. Ninguno me reconoce y, ciertamente, no conozco a nadie.

Una danza de árboles enfermos se aviva en el viento. Aparte de esto, nada parece moverse o respirar. Un árbol de tulipán africano despide sus una ácida estela que me devuelve a mi infancia, cuando en la urbanización solíamos recoger los capullos, cortarle las puntas y exprimir de su interior aquel olor maloliente al que regreso de pronto. Entonces todo hace algo de sentido difuso.

Debe ser la edad. La distancia. Desconozco todo.

De una sola cosa quedo seguro: aquí nunca pude haber amado.


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