Desnudar la condición humana, Part II, revista en mano

Por fin llega a mis manos la copia de Contrapunto, revista trimestral (edición de julio a septiembre 2008) editada en Madrid, que se presenta en óptima calidad tanto material como de contenido, y dirigida por Pedro Páramo (no kidding, ese es el nombre). En ella, como había comentado antes, un ensayo de Amir Valle intenta revisitar la novela negra en hispanoamérica y la plantea como la nueva novela política del siglo XXI.

Sin duda, hay dos tipos de novelas negra: en la que la justicia impera y en la que los malos imperan, o simplemente todo se quede igual o peor que al principio, pero que, en todo caso, los buenos no ganan.

En esta entrevista, "siete especialistas de reconocimiento internacional no dudan en hablar de la nueva novela negra iberoamericana" y discuten el estado del género al momento. Los curioso es que coincdimos en muchos puntos: Leonardo Padura , Rolando Hinojosa Smith, Antonio Lozano González, Ernesto Mallo, Jorge Franco, Juan Hernandez Luna y el hijo de Rosa María Lagares, desde puntos geográficos distintos, parecemos hablar, como pocas veces sucede, un mismo idioma.

Lo curioso es ver cómo Jorge Franco y Hernández Luna apuntamos a los mismos referentes que Mallo recoge y unifica.

Anyway, en lo que a mí concierne, las preguntas, más o menos -como las respuestas-, giran en torno a lo siguiente:

1.- ¿Qué entiendes como novela negra?
La novela negra suele tener una plurivalencia de lecturas, aunque esto no sea tan evidente. Por eso me gusta decir que la novela negra tiene varias capas de pieles. Más que un mero relato sobre un acontecimiento policíaco, o el desarrollo de una trama en torno a la resolución de un crimen y su inherente misterio, es una forma de novela política y hasta filosófica. Ciertamente, si la novela negra requiere de un ámbito social específico o de ciertas características, también clama por la resolución de una búsqueda, o la revelación de una verdad en la que es importante entrar el la psiquis de los personajes, sus emociones intrínsecas, defectos, virtudes, fortalezas y debilidades. Es la forma más fiel de representar a perfección una realidad que no es perfecta.

2.- ¿Qué sientes cuándo escuchas decir que la novela negra es un “género menor”?
La categorización de la novela negra como género menor obedece a todo un proyecto que en su momento pretendía aglutinar ciertos valores sociales, artísticos, y por ende, literarios, bajo el parámetro de la alta cultura, totalizadora y homogénea. Después de todo, su factura es moderna. Por supuesto, con el tiempo se convirtió en “branding” de las grandes empresas librescas, un asunto de mercado, como decir un Western Spaghetti, o una Novela Rosa, o de Fantasía, o de Ciencia Ficción. Es como transponer al plano literario las especializaciones que invaden el mundo laboral capitalista y las ciencias para inicios del siglo XX. Es todo parte del mismo programa. Pero ya Conan Doyle, Borges, Cortázar, Chandler, entre otros, han demostrado que en un género que todavía no ha terminado por definirse (como decía Bajtin sobre la novela), es poco consecuente hablar de subgéneros.

3.- Se reconoce que la novela negra es un divertimento y una satisfacción a la necesidad de intriga que tiene el ser humano. Pero se ha dicho que la novela negra latinoamericana tiene otros ingredientes. ¿Cuáles, en tu opinión, serían esos ingredientes?
La novela negra, como toda la literatura y el arte, muy bien entra en ese intento fútil que tiene el ser humano en completarse a sí mismo. Hablo de futilidad en la medida que nunca sabremos que habrá frente a nuestros ojos mañana. La literatura es, en cierto sentido, una reposición de esa carencia. Dentro de esto, más allá de ser un mero relato entretenimiento (que conste: la literatura sí es para entretener también), la novela negra latinoamericana tiene entre sus componentes el efecto de lo social político, menos patente y/o conciente que en la novela histórica, pero no por ello menos importante. Al contrario, la novela negra latinoamericana pudiese leerse –hasta cierto punto- como una sátira revertida de las consecuencias económicas y políticas en Nuestra América. En ese sentido, la novela negra puede ser más efectiva y mordaz que la propia novela política, porque convoca lo lúdico, lo maravilloso real (que no se confunda con lo real maravilloso, ¿eh?), donde la realidad abruma la ficción misma, que es a fin de cuentas la revelación, epifanía o visión indecible que nos avisa que esto ya no es Kansas, Toto.

4.- ¿Qué mirada quieres que dejen tus propias obras en el escenario actual del género?
Con la deferencia que merecen los grandes del género en lengua castellana, como Vázquez Montalban, Juan Madrid, Eduardo Mendoza, Leonardo Padura o Amir Valle, y a pesar que Bolaños la llevó a otra fase, la novela negra por excelencia sigue proviniendo del mundo anglosajón, con mayor fuerza desde los Estados Unidos, donde hay una gran industria cinematográfica que de algún modo se sustenta a la vez que fortalece al género. Para mí, la relación entre cine y literatura corresponde tal vez a la que una vez hubo entre poesía y teatro, y por tanto, mi escritura está infunda de ciertas cualidades cinematográficas. Esto, si se usa bien, agiliza y le da dimensión al género. Pero mi intención con la novela negra es elevarla, nutrirla, dimensionarla. Mi fascinación con las teorías de conspiración –de las cuales, no todos los países latinoamericanos participan tan directamente como participamos los puertorriqueños– fija un territorio poco visitado en la literatura latinoamericana y entrega la novela negra a otro juego, a la hibridad, a la constante reformulación del género. En Puerto Rico, detrás de toda esa violencia de la que hablé, hay una historia que nos han construido, que nos han dado, que hemos heredado, y que repetimos en el tiempo, y en la que me inserto y de la que me alimento. El tipo de novela negra que escribo me permite visitar toda esa geografía de la historia, que es, al fin y al cabo, otra ficción.

5.- ¿Cómo ves el estado de la actual novela negra en tu país?
Pues, todo lo que he expuesto anteriormente se sostiene para la condición de la novela negra en Puerto Rico, con algunos agravantes: si la novela negra es mirada como un género menor, en Puerto Rico es casi inexiste, por considerarse anti-literaria y como quien dice, poco adherida a la hispanofilia. Existe Wilfredo Matos Cintrón, que escribe el tipo de novela “hard-boiled”. Edgardo Rodríguez Juliá ha llevado el género a un estado de aceptación dentro de lo que se consideraría lo “politically correct”, porque es Rodríguez Juliá, y su presencia en nuestra literatura se lo permite. Por supuesto, Luis López Nieves con El corazón de Voltaire ha sentado pautas en las técnicas de narración con una novela donde nunca vemos los personajes, solo sus escritos de correo electrónico. Entre las generaciones más jóvenes, me gustan Rafael Franco Steeves y Juancarlos Quiñones entre las mejores plumas. Le dan aire y vitalidad al género. Pero, debo indicar que existe cierta renuencia de las promociones recientes para tratar el tema político directamente. No obstante, opino que si bien la novela negra proporciona ese medio propicio para crear una literatura que se aparte del canon impuesto en Puerto Rico por los últimos 50 o 60 años, también creo que a este género no se le puede excluir de la visión política. Puerto Rico es un país donde se vive una intensa violencia diariamente. En la ciudad de San Juan, el enclaustramiento colonial, o post-colonial, –sin considerar que es una ciudad “amurallada”– nos ha llevado a ese vórtice donde se nos reducen los espacios físicos y por ende los psicológicos. Todos estos asuntos epistemológicos que se originan en el desarrollo y el deterioro de una “polis”. Claro, creo que en los próximos años veremos emerger la novela negra en Puerto Rico. El momento histórico lo amerita.

And th-th-th-th-that's all, folks...


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