Pequeños dioses

Siete años atrás (¿siete?), mientras me preparaba para lanzar mi novela Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001), Mercedes López-Baralt, la presentadora del libro, me llamó a una esquina de la librería Borders de Plaza Las Américas, y me dijo: “Querido, Elidio, indistintamente de lo que diga yo hoy aquí, te advierto: esta novela no es para este momento. Dale tiempo”.

¿Qué me quería decir? Pues no lo tomé muy bien, aunque tampoco le di cabeza –he aprendido a viajar ligero de equipaje–. Y seguí con el show.

La novela, para entonces, logró colocarse como la número uno en la desaparecida cadena de librerías Book Shop.

Pero desde hace más o menos un año que he comenzado a entender las palabras de Merce.

He compartido los pareceres e impresiones de diversos lectores que han entrado en la novela, desde clubes de lectura hasta estudiantes universitarios y profesores. El aspecto de la marginalidad, que contextualiza toda la novela, ha sido punto de convergencia en la mayoría de los casos.

Claro, no todo al que le asignan la novela se dan a la tarea de leerla: a mi me escribió un estudiante solicitando "un análisis de la novela y del personaje principal" y que si se lo podía hacer llegar por correo electrónico.

Got balls?

Pero el sábado tuve la oportunidad de atender dos grupos de estudiantes de la UPR Ponce que andan leyendo mi novela en uno de sus cursos de literatura y me aseguran que les gusta. De todo lo que me han dicho, lo más que me llama la atención fue la confesión de que el texto “nos habla a nosotros; es una literatura que a la vez es calle”.

Para mi fue un verdadero gusto sentarme a comentar con los dos grupos de lectores. Ha sido fenomenal la experiencia; muy satisfactoria, máxime cuando hoy la leo y me veo tan lejos de ella.


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