Puerto Rico es un espacio divorciado de su tiempo. Nada grandioso acerca de ello: es un rasgo de la modernidad, por supuesto. Pero es ese vaciar del tiempo (Harvey) es también un vaciar de experiencias.

Digo, ¿de qué otra manera se puede explicar que una ama de casa en Carolina abra una lata de salsa de tomate y encuentre una oreja adentro? Que Van Gogh nunca vivió en esta tierra, y de ahí que no se trataba de una oreja, sino de un hongo. ¿Inmigrantes ilegales de otro planeta?


Quién sabe. La realidad tiene varias manifestaciones, asi que todo es posible en Genérika.
Como pasear por un Shopping mall y encontrarse un mosquito gigante.


O un surrealista árbol de Navidad caminante y rostro de arrebato en té, pues, ¿de hongo?


La envidida de Tolkien, ¿no?
Here we are now. Entertain us!, diría Kurt (Cobain).

El asunto es que entre panteras que acechan subrepticiamente la Suburbia capitalina y en este bendito pedazo de tierra de 100 x 35 las autoridades pertinentes –y las impertinentes también- no pueden dar con un animal cuyo hábitat no es el nuestro. ¿Hello? Una pantera no es un gato glorificado, y entre tanto concreto, ¿cómo es posible perderlo?

Y es que en Genérika, hasta a las sillas de playa ya traen un radio empotrado para que podamos disfrutar reggaeton efímero y diluible… ¿por la esplada baja?


Es obtener el máximo haciendo lo mínimo. Y no es que yo incite a ser escéptico o desconfiado.

Es asunto de interés.


Por el momento, el mío es celebrar la Navidad, que no deja de ser peculiar a Genérika, como el plato de arroz con gandules y pernil, morcillas, pasteles bite-size y guineitos que ordené, y que al abrir, me mostró un rostro como en un manto de Turín, aunque tiene más de Giussepe Arcimboldo o del video “Sledgehammer” de Peter Gabriel (papá).


No quede duda: la norma es la antinorma en Genérika. Como, digamos,
hacerle una luna a la autoridad.


Invertir el orden.


En fin, como diría un estudiante mío, que es filósofo, “que le metan las cucas a otros”.
Nunca habremos de sentarnos en una máquina donde un supuesto superhéroe (imagino que es ese que Fiel a la Vega reclamaba para salvarnos allá en 1996), con cara poco amigable, comienza a dar pa’lante y pa’tras.


¿Quién se sienta ahí? Y para colmo, la máquina se opera con una palanca que controla la intensidad.

Here you are now. Entertained.

Así que, por el momento, Feliz Navidad a todos los que nos leen en estas Minucias de Genérika.

(Modelo, aparte de los arbolitos, los homeless y súperheroes: Soph)

Tocar y ser tocado. Creo que lo había dicho antes en un poema. Crear bifurcaciones de ese otro espacio que es el espíritu. Eso es esto.

El año constituía el quinto aniversario de Terranova. Así lo consigné en el entry Put Your Hands Up In the Air en marzo pasado. Comenzó bien y ahora acaba mejor en tiempos malos.

El Pen Club de Puerto Rico, en su premiación anual a los libros publicados el año anterior, ha destacado el libro El centinela y otros minicuentos, de Gary Morales, con el Premio Nacional de Cuentos 2007.

Gary, profesor de música en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, sabe orquestar sus cuentos. Trabajamos conjuntamente hasta dejar un libro ameno, seductor, sólido. Quita aquí, pon allá. De su baúl de minicuentos extrajimos cerca de quince piezas adicionales que quién sabe por qué razón estaban allí dormitando. Sustituimos las menos efectivas. Voilá. Habemus Papa.

Estoy contento por Gary.

El año pasado, ese mismo honor se lo llevó Rubén Javier Nazario, con La soberbia venganza del verbo, que igualmente vi darse a prensas desde mis manos.

La narrativa parece que pesa. Constituye una total propuesta de descentralización el hecho que, antes de estos premios, tanto Gary como R.J. eran desconocidos en el ámbito literario. Así que en algún lugar de la Tierra Nueva se anda cosechando algo bueno.


De esto, es Yolanda Arroyo Pizarro quien valida la gesta, pues su libro de cuentos Ojos de luna acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura 2007, otorgado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Okay, oficialmente, le dieron el segundo lugar, pero dado que el primer puesto fue declarado desierto, yo sé que una presencia ante una ausencia equivale a una presencia, como que 1-0=1. Yola ganó. That’s right.

Pero no solo de narrativa vive el hombre: en el renglón que corresponde a la poesía, cuyo premio nacional fuera conferido a la amiga poeta Myrna Estrella, Javier Ávila obtuvo un tercer premio con Criatura del olvido y Abdiel Echevarría una mención de honor con Estoicismo profanado. Igualmente, Lowell Fiet obtuvo reconocimientos en la categoría de ensayo con Caballeros, vejigantes, locas y viejos: Santiago Apóstol y los performeros puertorriqueños.

Ya a principios de diciembre, Lydia Gil, de Agencia EFE, reconocía, entre los libros latinos de circulación en Estados Unidos, a “los cinco poemarios publicados en la primera mitad del año por Terranova Editores, en conmemoración de su quinto aniversario, entre los cuales se destaca La carencia de Guillermo Rebollo-Gil, y más tarde, La tumba de Buenaventura Roig en formato bilingüe del poeta Martín Espada”. Entre esos cinco, aunque no son nombrados, se cuentan Un abecedario para Eva Leite, de Israel Ruiz Cumba, y Vicios de construcción, de Elido La Torre Lagares.

Lo que me recuerda que a principios de año, el libro inédito Ensayo del vuelo, del mismo sujeto de los vicios, recibió el Premio Nacional de Poesía Julia de Burgos 2008.

Y estaba sentada la rana cantando debajo del agua…

It's all good.

Compete a un dolor mayor darse cuenta que solo somos fragmentos de un lenguaje inacabado.

Anoche, mi hija tuvo que enfrentarse al desangramiento de una mentira. No, Santa Claus no existe como lo metaforizamos, intenté explicarle. Es tan sólo una magia. Un buen deseo. Una manera que ha inventado la humanidad para perpetuar el mito de que todo lo que fue bueno una vez puede volver a serlo. Pero no. Las palabras suelen carecer de alcance. Por eso las inventamos. Para solventar nuestras carencias. Y con todo y eso, no dan.

—Y yo que pensaba que era una persona —me dijo, y lloró.

Lloró como cuando se pierde un juguete querido, un amor inalcanzado, o peor, un amor muerto, perdido. Lloró como cuando le matan a uno algo por dentro.

Su rostro se me alejaba… se me alejaba mientras mi voz le deshacía el rostro.

Santa Claus había muerto y de persona había transmutado en algo etéreo y mítico. Un tropo. Una aproximación. Soph inconexa como Zarathustra sin Dios.

¿Adónde había ido Rudolph? (Recuerdo aquella navidad que dibujé las pezuñas de reno desde la entrada de la casa hasta su cuarto). ¿Qué sucedió con el trineo? (Ella juraba escuchar cascabel, cascabel, lindo cascabel). ¿Rumpelstinski? ¿Los duendes?

Se aferró a mi pecho como se adentra un árbol a la tierra.

Estuvo largo rato así, triste. Luego, como es habitual en ella, sacudió la frustración.
La dejó toda conmigo, y en las manos del aliento aún sostengo los primeros pedazos de una inocencia en migajas de jengibre .

Es un Eliot-down: “I grow old, I grow old… I shall wear the bottom of my trousers rolled.”

Antes de Soph quedarse dormida, me dijo:
—Menos mal que las sirenas existen.

La besé en la frente.
La literatura hispanoamericana de hoy goza de cierto alcance y visibilidad comparable al logrado por las vanguardias a principios del siglo XX. La interconectividad que sostuienen tanto paaíses como creadores y movimientos es comparable al networking effect de la literatura de hoy.

Hoy, en el ABC de España, se publica "De McOndo a Afterpop", una entrevista que le hiciera Jorge Carrión a Jorge Volpi y a Edmundo Paz Soldán en torno al tema de las generaciones y movimientos de los '90 y de principios de este siglo. Les dejo con el texto completo. La pintura en la foto es de Alejandra Salgado.

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En 1996 coincidieron las dos últimas grandes propuestas generacionales de la lengua española, desde un extremo y el otro de América Latina. Desde Chile, Alberto Fuguet y Sergio Gómez llamaban a los escritores en sintonía con la aldea global y las nuevas tecnologías y armaban la antología iberoamericana McOndo, en oposición al realismo mágico y comercial de su momento histórico. Desde México, Jorge Volpi, Ignacio Padilla y otros firmaban el manifiesto de El Crack, en defensa de la alta literatura y del retorno a la ambición del boom. Justo diez años más tarde se publicó en España Nocilla Dream (Candaya, 2006), de Agustín Fernández Mallo, cuya segunda parte, Nocilla Experience (Alfaguara), ha aparecido este mismo año. Regresa así un debate antiguo: ¿qué hacemos con lo que tradicionalmente se ha llamado «generación»? La llegada, en las mismas fechas, de los ensayos Afterpop. La literatura de la implosión mediática (Berenice, 2007) y Homo sampler. Tiempo y consumo en la era Afterpop (Anagrama, 2008), de Eloy Fernández Porta, ha dado nombre a una reactualización generacional. El fenómeno ha sido debatido por el boliviano Edmundo Paz Soldán, el mexicano Jorge Volpi y el español Jorge Carrión, desde una perspectiva histórica y crítica

Jorge Carrión: Empecemos por los nombres de las supuestas «generaciones». De una terminología numérica e histórica (del 27, del medio siglo) o epocal (modernistas, contemporáneos), se pasa en la posmodernidad a las onomatopeyas (boom, Crack), lo tecnológico o de inspiración popular (walkman, McOndo, Nocilla). ¿Será por causas periodísticas?

Edmundo Paz Soldán: El boom lo inventó un periódico argentino. En la segunda mitad del siglo XX es la crítica periodística la que comienza a influir en gran manera en la recepción de los movimientos artísticos. A veces, bautizándolos, y en otras ocasiones, banalizando el alcance de sus propuestas. En esto los escritores somos corresponsables, porque nos servimos de los medios a la vez que los criticamos.

J.C.: En 1996 se publica McOndo y se publicita el Crack. Yo tengo la sensación de que la gestación de ambos proyectos, y no sólo su ideología, es antitética. Uno parece partir de la fuerza de voluntad y el otro de una estructura de poder? ¿Me equivoco?

Jorge Volpi: Este es uno más de los malentendidos que siempre han rodeado al Crack. El grupo empieza con la reunión de cinco amigos, en 1994, cuando ninguno de nosotros tenía el menor contacto con ningún «poder». Decidimos entonces asumirnos como grupo (jamás como generación), darnos un nombre irónico (Crack por el obvio homenaje pero también burla al boom) e intentar publicar las cinco novelas dentro de una misma colección. Cuando los libros se publicaron finalmente en 1996, decidimos añadir la «broma en serio» de acompañarlos de un manifiesto. Así nació el Crack.

J.C.: Está claro que todos los escritores tienen una red o un grupo que se puede identificar con lo que hace cincuenta años se entendía por «generación». El problema es explicitar, sobre todo a partir de una forma literaria que se percibe como anacrónica: «el manifiesto»...

J.V.: Al contrario de otros grupos, los miembros del Crack decidimos hacer pública nuestra amistad literaria; el manifiesto desde el principio fue un guiño irónico. Y en ese sentido funcionó perfectamente, pues la reacción de otros grupos (que nunca se presentaron como tales) fue muy violenta. Todos sabíamos que un manifiesto era «anacrónico», como tú dices, pero esa era la intención...

E.P.S.: A finales de los noventa, por otro lado, la idea de un movimiento artístico o propuesta generacional se hallaba descartada. Eran tiempos posmo, en los que había que ser irónico, escéptico, estar de vuelta de todo. Incluso de la misma tradición literaria. McOndo, entonces, al igual que el Crack, jugaba con la idea del manifiesto, y redujo lo generacional a una cosa muy práctica.

J.C.: Hasta ahora hemos hablado de coincidencias en la forma de los fenómenos. ¿Qué ocurre con el fondo?

E.P.S.: Efectivamente, si bien hubo una coincidencia temporal entre el Crack y McOndo, y hubo objetivos comunes, también siento que había diferencias importantes. Una de ellas tiene que ver con la relación de la literatura con la cultura popular. A veces siento que el Crack, en su defensa de las novelas «difíciles», siguió mostrando una diferencia muy jerárquica entre cultura alta y cultura popular. McOndo intentaba un diálogo con la cultura popular, con los medios, con las nuevas tecnologías. En el manifiesto del Crack, Padilla ataca los videojuegos; a mí, por ejemplo, me parece que algunos de los creadores más interesantes de nuestro tiempo trabajan diseñando videojuegos.

J.V.: Creo que tienes toda la razón, Edmundo. A Palou, Herrasti, Urroz o a mí nunca nos interesó demasiado (hasta ahora) la llamada «cultura popular». Yo me crié con música clásica y esa sigue siendo mi pasión hasta ahora... En nuestros libros apenas hay jóvenes, no nos interesaba retratar ese mundo de sexo, drogas y rock?n?roll que tanto furor hizo tanto en España como en América Latina. En cambio, todos crecimos con la televisión y el cine, que son fundamentales tanto para McOndo como para el Crack.

J.C.: En el décimo aniversario de la antología, Fuguet escribió en su blog: «Pronto postearé el puto prólogo». ¿Cómo ven aquel proyecto, ahora, sus integrantes?

E.P.S.: De 1996 al 2003, McOndo fue una mala palabra en la literatura latinoamericana, sus escritores eran unos chicos del barrio alto, alienados por la cultura norteamericana. Después se empezó a hablar de McOndo comocomo un arrebato, pero, a la vez, que causó impacto porque fue un arrebato. Cuando pienso en Afterpop, en cambio, siento que tiene un grado de sofisticación teórica que no tenía McOndo. una cosa aceptada y asumida. En cuanto al proyecto, queda la sensación ambivalente de que fue

J.C.: Ambos se articulan en un mundo casi sin Internet. Esa es la gran diferencia respecto a lo que ha pasado con Nocilla Dream y Afterpop: el fenómeno es estrictamente español. Quizá ese es, a mi juicio, uno de sus defectos, hasta el momento. Había plataformas de internacionalización, al menos en el ámbito de la lengua, gracias a los blogs y los e-mails, y en cambio, el debate se ha limitado prácticamente a nuestras fronteras?

E.P.S.: Creo que la diferencia principal es que con McOndo y el Crack hay como diez años de perspectiva. Es más fácil hacer el balance. Nocilla y Afterpop son todavía fenómenos en flujo, en formación, como sacarle una foto a un grupo que se mueve, y creo que eso complica un poco el análisis... Ahora, lo cierto es que el Crack también inicialmente era un fenómeno local, mexicano. Fue la caja de resonancia española la que lo amplificó.

J.V.: Como dice Edmundo, del Crack y McOndo han pasado ya diez años, y su contaminación y difusión exterior fue, en realidad, bastante lenta. Nocilla y Afterpop, en efecto, son fenómenos muy recientes y sólo españoles, al menos por ahora. La distancia entre lo que ocurre en España y cada país de América Latina sigue siendo muy grande, a pesar de Internet y la globalización. Nocilla, para colmo, es un nombre puramente español, que nada significa en América Latina...

E.P.S.: En Bolivia se dice Nutella? Yo encuentro varios puntos de contacto entre McOndo y Nocilla/Afterpop: el interés por la cultura pop y de masas, el intento de narrar el impacto de los medios en la subjetividad, el deseo de ver la literatura en su relación con una ecología de medios muy intensa, etc. Pero me parece que McOndo no es un referente conocido para los narradores españoles, a diferencia de lo que ocurrió con el Crack. ¿O me equivoco? Por otro lado: ¿es Nocilla una versión retrasada de lo que pasó en América Latina hace una década? ¿Cuáles son los cambios fundamentales?

J.C.: Ten en cuenta que hablamos de plataformas de visibilidad. Lo afterpop estaba configurado, al menos parcialmente, desde mediados de los noventa. Es decir, el interés por lo audiovisual, que después ha derivado en un interés conceptual y formal por las nuevas tecnologías, la posición irónica respecto a la cultura pop, la red personal de interlocutores, la experimentación, etc., vienen de lejos en la nómina abierta de autores españoles que ven el lenguaje como un problema y no como una herramienta. Pero no se ha hecho visible hasta ahora.

E.P.S.: Los mundos culturales iberoamericanos funcionan como compartimientos estancos. Para bien y para mal, la literatura latinoamericana depende de las editoriales españolas para su difusión. El peligro, entonces, es tratar de escribir pensando en lo que le podría interesar al mercado español. La tentación es muy fuerte. Y no veo impermeabilidad a esos cantos de sirena.

J.C.: Diego Trelles, en el prólogo a El futuro no es nuestro, dice que la antología de McOndo no tenía una base teórica sólida y que su propuesta estética era un «simulacro inofensivo». Destaca, además, algo que llama la atención: al «grupo» le une la «superación de la novela total». Y concluye que han optado por llamarse «sin onomatopeyas ni prefijos pegajosos». ¿Qué opináis sobre el proyecto?

E.P.S.: McOndo era una respuesta visceral a un estado de cosas, no había una base teórica pero sí varias ideas-fuerza muy importantes. Y había una selección de textos con cierto aire de familia. En literatura, no creo que sea un punto en contra no tener una base teórica. Las onomatopeyas y los prefijos son imposibles en una antología como la de Trelles, que apuesta por ser representativa y al hacer eso debilita cualquier posibilidad de una propuesta estética clara.

Todo comenzó con aquello de una nueva visión indecible.

Eran los ‘80. La década de los Reaganomics. El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Irán e Iraq, el movimiento Solidaridad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA. Mientras comenzaba a cuestionarme qué yo quería ser y a dónde quería ir, incidentalmente encontré un poema escrito en una forma muy particular: verso largo y tono bíblico, de fraseo sincopado, como una partitura musical en verbo.

El poema me habló.

“He visto a los más grandes espíritus de mi generación destruidos por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos, arrastrándose en la calle al amanecer, buscando una cura violenta.”

Quedé hipnotizado por la crudeza de aquel lenguaje, y a la misma vez por el dolor que transmitía. Era un dolor humano. Un dolor sublime. Era el “Aullido” (“Howl”) de Allen Ginsberg (1926-1997). En medio del rapto que me provocaron aquellas palabras de plumas y navajas, entendí a la poesía como algo más que un mero objeto de apreciación estética. La poesía, en efecto, podía ser tan sublime como peligrosa.

Entonces, encontré respuesta a mis cuestionamientos.

La visión indecible tenía matices de revuelta socio-cultural. Su filosofía albergaba todas las religiones y amparaba a los olvidados de la sociedad, a los marginados de la historia. Es en esta concepción “Whitmanesca” de la sociedad donde entran los puertorriqueños exiliados en Nueva York.

El resto del artículo, junto a escritos de Edmundo Paz Soldán, Santiago Gamboa, León de la Hoz, Amir Valle y Uriel Quesada, por mencionar algunos, lo pueden leer en el siguiente enlace:
http://www.otrolunes.com/html/otra-opinion/otra-opinion-n05-a04-p01-2008.html

La carencia. poemas en voz de Guillermo Rebollo Gil. Mix de BlakevoX.
12.16.08
Pre-release party en audio en Blakevox JukevoX.

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