La muerte de Santa Claus, o el fin de la inocencia

Compete a un dolor mayor darse cuenta que solo somos fragmentos de un lenguaje inacabado.

Anoche, mi hija tuvo que enfrentarse al desangramiento de una mentira. No, Santa Claus no existe como lo metaforizamos, intenté explicarle. Es tan sólo una magia. Un buen deseo. Una manera que ha inventado la humanidad para perpetuar el mito de que todo lo que fue bueno una vez puede volver a serlo. Pero no. Las palabras suelen carecer de alcance. Por eso las inventamos. Para solventar nuestras carencias. Y con todo y eso, no dan.

—Y yo que pensaba que era una persona —me dijo, y lloró.

Lloró como cuando se pierde un juguete querido, un amor inalcanzado, o peor, un amor muerto, perdido. Lloró como cuando le matan a uno algo por dentro.

Su rostro se me alejaba… se me alejaba mientras mi voz le deshacía el rostro.

Santa Claus había muerto y de persona había transmutado en algo etéreo y mítico. Un tropo. Una aproximación. Soph inconexa como Zarathustra sin Dios.

¿Adónde había ido Rudolph? (Recuerdo aquella navidad que dibujé las pezuñas de reno desde la entrada de la casa hasta su cuarto). ¿Qué sucedió con el trineo? (Ella juraba escuchar cascabel, cascabel, lindo cascabel). ¿Rumpelstinski? ¿Los duendes?

Se aferró a mi pecho como se adentra un árbol a la tierra.

Estuvo largo rato así, triste. Luego, como es habitual en ella, sacudió la frustración.
La dejó toda conmigo, y en las manos del aliento aún sostengo los primeros pedazos de una inocencia en migajas de jengibre .

Es un Eliot-down: “I grow old, I grow old… I shall wear the bottom of my trousers rolled.”

Antes de Soph quedarse dormida, me dijo:
—Menos mal que las sirenas existen.

La besé en la frente.


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