Tanto tiempo atrás como la publicación de mi primer libro, yo tenía entre mis estudiantes a un joven de ojos vivos, muy dispuesto hacia la literatura, y que gustaba de participar en clase.

En aquel entonces, le obsequié aquel objeto literario producto mío, Embudo. Sólo le dije: "Escóndelo del Monseñor Merino".

Entonces, hoy el tiempo me lo devuelve en forma de La invención del desencanto.

Hiram Sánchez Barreto me hace llegar su obra incial, publicado por la nueva editorial Letra2, y, quince años después de aquel encuentro, me hecha la culpa de los cargos en su contra: es poeta culpable de poesía en primer grado.

Así lo hace constar en una dedicatoria que me escribe.

Pero tengo que desmentirlo: nadie puede dar lo que ya estaba ahí.

Aparte de sentirme más viejo -como cuando salen poetas que se estimulan con lo que uno pueda haberles enseñado-, he quedado encantado con tanto desencanto.

El libro de Hiram me complace en muchas maneras. Sin mucho fetichismo pirómano ni exhibiciones de balística léxica, La invención es una especie de poesía que se debate entre la honestidad lírica y el propio juego con las ideas y conceptos que atraviezan el poemario.

Es clásico y es posmoderno. Tierno y tosco. Suave y brutal. Es un poeta que se acerca a la entropía de la vida con el artificio de un alquimista de experiencias.

Si yo fuera a escribir un primer poemario nuevamente, probablemente sería La invención del desencanto.
“Mi punto de partida como novelista: explorar lo peor que hay en mí”, dice Jorge Volpi en lo que será parte de su próximo libro, El jardín devastado, el cual leyó durante su reciente visita a Generika por invitación de Mayra Santos Febres.

Por supuesto: lo primero que viene a la mente es la pérdida del paraíso, o la caída del cielo. Como canta Ismael Serrano, ya nada es lo que era.

De la velada guardo una muy agradable impresión.

Entre amigos nuevos y viejos, tuve la oportunidad de escuchar a un narrador que conoce su materia prima: la palabra. Y no me refiero a la escritura impecable (perfecta, me dijo Edgardo Rodríguez Juliá), sino a la manera en que Jorge enunció la lectura de su texto.

Leo poesía pero no la escribo, me había dicho antes.

Eso resultó muy obvio al final. Como si su punto de partida [como poeta que no es] fuera explorar lo mejor de él.

Ciertamente, una rareza: si sorprendente suele ser la manera en que muchos poetas asesinamos nuestra propia obra -porque no leemos, sino que dictamos palabras-, imagínese un narrador que modula con eficacia poética su prosa.

Pero lo más satisfactorio de El jardín es la sutileza de su compleja facilidad en el decir.

El jardín devastado se encuentra dispuesto, por el momento, en el blog de Volpi.
Ayer el semanario Claridad publicó un artículo, escrito por el doctor Roberto Echevarría, sobre mis Vicios de construcción.

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Vicios de construcción recala en las inconstancias, la fragilidad, las ansiedades, las contingencias que suelen conmover al género humano. El vicio delinea el sendero existencial que se bifurca hacia la corporeidad y lo incorpóreo. La primera encauza nuestras aflicciones y nuestro ánimo depredador. La segunda nos vincula con el orden natural, con la inteligencia superior que habilita el líquido amniótico. Lo que se denomina “alma” nos armoniza con la naturaleza que destruimos cada segundo del día. ¿Cuándo fue la última vez que vimos una mariposa? En muchas partes del territorio nacional esta grácil criatura habita el mundo platónico de las ideas. Dios sonríe. A cada quien lo suyo. Vosotros también morareis en la evanescencia de la memoria.


Elidio La Torre Lagares se empeña en que no lo olvidemos. La voz de su poema inicial nos interpela con el mismo desparpajo que exuda Hamlet. ¿Y qué me importa a mí esa quintaesencia de polvo?, se pregunta retóricamente el malhadado príncipe. La muerte, burlona me la imagino, se apropia de la cotidianidad del poeta adjunteño. “Para alcanzarte”, le dice, “no hacen falta brazos”.

Perfectamente consistente, entonces, que los hijos de Pedro Páramo deambulen entre nosotros. “[Es] improbable”, se nos dice en “sábado en el recinto sur”, que no tropecemos con algún fantasma”. Este poemario conmina al desplazamiento ininterrumpido entre el ser y el no ser, entre lo palpable y lo etéreo. No hay fronteras; se desarticulan categorías formales. La impresión, la desazón, la ruptura, pueblan estas páginas. Buscamos certezas en vano. No están. Sólo podemos inhalar los fluidos premonitorios de nuestra decrepitud.

Esto no debe conducir a la desesperanza. Agradezcamos los quince minutos de fama a los que, según Andy Warhol, tenemos derecho. O como nos dice una de las voces poéticas: “…demos la cuenta por cerrada, pero sin aflicciones:/aún a las flores muertas/les sobrevive el fantasma de su perfume”. Don Miguel de Unamuno hubiese asentido. El filósofo podría haber hecho suyos los versos de “quiebra”: “…podríamos invertir promesas/para solventar el desbalance de ausencias…” De la tozudez del albedrío se trata, de circunstancias sinuosas que socavan nuestra determinación se trata, de la desesperanza que inflige la elusividad de la utopía se trata. Después de todo, se nos dice en “carne movediza”, que la cotidianidad nos impele sobre “un presente puesto a tientas”. Imposible asir la brújula del tiempo. La voz de este poema admite su derrota: “sílabas líquidas/poemas partidos/se hunden en mi mano”.

Recuerdo las palabras del aventurero británico en la inmortal novela corta de Joseph Conrad, Heart of Darkness. El horror, el horror, susurra un moribundo Kurtz. En “hacer las paces” se abomina de esta abstracción. La especificidad, por el contrario, decanta un típico momento de terror de Lovecraft o de Poe. Nos ubica en tiempo y espacio, o en el cronotopo, al decir de Bajtín. No. No es literatura. Es la vida, es la barbarie que pulsa en nuestro ánimo de minuto a minuto. El hecho concreto desconcierta, entenebrece con una contundencia inalcanzable por la imaginación. Son los cientos de miles de muertos en Irak que parecen converger en dos estremecedoras líneas: “quisiera mirarte/pero me he arrancado los ojos”.

La homogeneidad, implica Julia Kristeva, destila inercia, complacencia; la alteridad, por el contrario causa desasosiego – una pieza social resiste el espacio asignado, contraviene la cartografía social para trazar su propio camino, edificar su propio esquema mental. Fragmenta la tradición para inscribir no solamente un momento de interlocución contestataria, sino también para fundar una nueva memoria social. Y es que la resistencia mueve las pesadas ruedas de la tradición. En “poema en grafito para Basquiat”, el sujeto poético afirma que Basquiat “…gira los platos de Dios/en el callejón de los destinos”.

Basquiat y el poeta se tienden la mano. La trasgresión artística que les hermana devela lo apócrifo, reclama respeto a la especificidad, revive la solidaridad, enuncia la pasión, se apropia de un espacio en la historia, desintegra el mantra del común denominador. Que los puntos de encuentro legítimos no sofocan la individualidad.

“La poesía es impostura” dice la voz de “loop”. “Sólo soy una vieja que apostrofa” aduce la Matilde de René Marqués en Carnaval afuera, carnaval adentro luego de mostrarle al poder cómo se dirige un carnaval decoroso. Estos interlocutores pecan de modestos. Han dejado entrever el poder insospechado del gesto diferenciador. Conocemos la verdad. Un simple artefacto nos bastará para lidiar con las irregularidades que anegan nuestra cotidianidad. Como deja saber asertivamente el sujeto de uno de los poemas finales: “…la niebla, sedentaria, arropa la casa: mi A vuela no está, pero me dejó su paraguas”.

Es lo único que necesitamos para conjurar los vicios de construcción.
Y en el séptimo día, Dios se puso verde de envidia porque no tenía blog y Marta Aponte Alsina sí:
Todos tenemos muertos que llevamos a cuestas. Y de algún modo, aún después de enterrados, se quedan con nosotros.

Mi próxima columna para la revista hispanoamericana de cultura y literatura Otro lunes la he dedicado a la novela Sexto sueño, la más reciente novela de la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina, quien nos presenta la voz de Violeta Cruz, una de las voces narradoras de esta magistral novela, y quien se dedica, además de escribir partes de la novela que leemos, a componer boleros y a disecar cadáveres.

Es una mujer que endurece el tiempo con sus manos y recrea la memoria con las palabras.

Y es que en cierto modo toda novela es un acopio de cadáveres que se convocan en la página escrita. Por tanto, el oficio de embalsamadora y el de novelista no quedan tan yuxtapuestos como pareciera.

Sexto sueño -que se instala se localiza exactamente en seis grados de separación del sueño de Sor Juana y vive de la muerte y de los muertos, como si un cadáver fuera un cadáver fuera un cadáver.

De todos estos, el más celebre es Irenaki, la momia que Leopold secuestra y que se erige como símbolo arquetípico de ese deseo de preservación de la identidad del alma.

La momia es lo imborrable. El tiempo. La experiencia. La memoria.

Esta es la dimensión íntima de los seres humanos, la misma en la cual la narradora tendrá que hurgar para llevarnos al epitálamo de la historia. Entonces, como embalsamar un muerto, la novela que inicia de afuera hacia dentro, progresará en un sentido inverso.
Creo que, al fin y al acabo, estamos hechos de pasado.

La momia es todo lo muerto que queda vivo entre nosotros, propuesto a través de ese carácter necrofílico que a su vez encierra un valor metanarrativo. En efecto, Violeta siente el corazón del cadáver de Leopold arder en sus manos, mientras acaricia las tetillas del cuerpo inerte. Se conmueve antes sus facciones, y pronto el cadáver deja de ser un mero objeto de trabajo, sino que se asume como agente intoxicador de belleza de lo que se está a punto de hacer- algo solamente comparable, en el mundo de Violeta, a la primera vez que escuchó un bolero, que la remite a su vez a la primera vez que fue penetrada, tanto física como emotivamente.

La momia es un sumo muerto, porque se queda aunque ya se ha ido, como toda esa literatura que nos precede y que nos cargamos en acumulación de náuseas, y que aquí queda convocada y superada -sin arrogancia literaria de novelista beginner- en nuestra parte de esa localidad que es la literatura hispanoamericana.

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