bird in flight

BlakevoX prepara “Ensayo del vuelo”, que si sale, debe acompañar al poemario del mismo título y cuyos contenidos ya algunos de ustedes conocen.

El segundo corte del experimento se encuentra aquí: “Segundo vuelo”. Mezcla lounge-blues electro-acústica.

Después de siete libros escritos y unos ciento y tantos editados, tener un e-book reader es como volver a un Kindergarden.  Es un Kindle-garden, para ser más exacto.

Ya antes en la semana, el pasado miércoles 23 de diciembre, El Vocero de Puerto Rico corrió el segundo de una serie de reportajes firmados por Ana Teresa Toro en los cuales la escritora y periodista daba un vistazo a la situación literaria actual en Puerto Rico. “La era de los libros sin páginas” (página 17 de la edición impresa) contó con diversas opiniones en torno al creciente mercado del libro digital. Entre los consultados, tuve la oportunidad de expresar la postura a la cual me he adscrito desde que comencé a estudiar el cambio de paradigma: el libro digital no cancela al libro de papel, sino que “amplia el universo de posibilidades para acceder los contenidos” del producto objeto, que es el texto literario.

La palabra de orden es: selección. Poder consumir el texto de la manera que le plazca a uno, sea como audiobook, en MP3, en papel, en digital, en Braille y hasta escrito en papiros. El medio no altera el texto, aunque el texto a veces puede requerir del medio.

Así pues, dos días más tarde, me han obsequiado el Amazon Kindle como regalo de Navidad.

¿Primeras impresiones? Me gusta el juguete.

Tal vez sea por la novedad o por la facilidad que provee para la lectura, en sus aspectos técnicos. Lo primero que me bajé fueron las novelas completas de James Joyce, por noventa y nueve centavos de dólar gringo. Luego transporté El pozo de Onetti y Firmin, de Sam Savage. Y así, espero unir nuevos títulos a mi jardín digital.

Como buen geminiano, a lo mejor me aburro pronto y me canso del aparato. Pero eso no lo puedo adivinar.

Entonces, ¿que qué será del futuro?

No sé. Tal vez, en cuatro generaciones, mis descendientes presencien, en algún museo, la primera máquina ridícula que intentó suplantar el libro impreso. Y esto lo dirán, tal vez, con nostalgia, quizá hasta con interés, luego de bajar directamente a sus cerebros el brochure donde se explica la historia del libro digital.

Escuché esta historia de Paul Auster a quien a su vez le fuera relatada por Auggie Wren, pese a que ese no es su nombre. La idea es que a un escritor le solicitan una historia de Navidad como encomienda para un diario de preponderancia mediática, la cual el escritor acepta, lo que se le convierte en un problema cuando decide que no escribirá una historia de Navidad sentimentalista. ¿Entonces? Va a comprar cigarros a la tienda de su amigo (Auggie, por supuesto), a quien le cuenta su dilema. ¿Eso es todo?, dice Auggie. Si me pagas el almuerzo, te contaré la mejor historia de Navidad que jamás has escuchado.

Publicada en el New York Times el Día de Navidad de 1990, “Auggie Wren’s Christmas Story” se ha convertido en un clásico de las celebraciones navideñas pese a que no contiene renos a los que le encienda la nariz, ni arbolitos decorados con dulces y bastones, y ni siquiera sale Santa Claus.

El video es la versión del cuento según apareciera en el filme “Smoke” (1995). La canción de Tom Waits.

Feliz Yule a todos.

philip-roth2 El tamaño sí importa cuando la brevedad no conviene.

Si uno es Philip Roth, el asunto puede sonar tan certero como mezquino, puesto que en la más reciente novela del laureado escritor, The Humbling, predomina el tema de la impotencia ante la violencia del tiempo. Para los que conocen a Roth, esto no es nada nuevo. Es más, todo el espectro temático de las novelas de este escritor queda activado en apenas unas 140 páginas que comprenden su trigésima obra. Pero para el protagonista Simon Axler, la tercera edad también reclama la certidumbre sexual. Axler entonces despierta su infatuación hacia Pegeen Mike, una despampanante lesbiana de cuarenta años y que pertenece al mundo de la academia.

El problema de Axler se torna en símbolo del conflicto principal: es un actor teatral que ha perdido la gracia de su arte. Dildos, dedos y deslices cruzan la comunicación de un lado a otro hasta que una noche, Axler y Pegeen recogen a Tracy en un bar y se conforma un triangulo de interesantes excesos y perversiones. Demasiado para 140 páginas, creo yo.

Ahora, cualquier novela que proponga las aventuras sexuales de un viejo verde pudiese ser considerada obscena –yo mismo escribiré una si llego al menos a los 60-, o tal vez pudiese ser tomada como indicio de que la gran mente creativa de Roth también se cansa. En efecto, en The Humbling la debilidad, a mi entender, parece ser que Roth ha caído en la trampa de la novela corta y se ha quedado a medias, como un coito interrumpido por un repentina baja del flujo sanguíneo.

The Humbling es parca en los rasgos vitales de la caracterización y de la función agencial de los personajes, dejando el entramado argumental en manos del nivel temático o de la significación, o peor, en las facultades adivinatorias del lector. Incluso, hay partes de la trama que padecen de hiatos secuenciales, muchos de los cuales se pierden sin explicaciones. Aparte de los aciertos estilísticos que se le atribuyen a Roth, la novela vaga en escenas eróticas que más bien parecen remediar una carencia que justificar una gana.

Al parecer, Roth ha pasado por alto que una novela corta no consiste precisamente en que sea de pocas páginas, sino en cómo se acortan, se tensan y se controlan las proposiciones narrativas que a la larga dispondrán del rumbo de la novela. Por tanto, hay demasiado sexo sin sentido, carente de función propia dentro del desarrollo de la novela, como si hasta el propio Roth perdiera la noción de la coherencia y simplemente quisiera ser un viejo verde y nada más.

Que conste: este es el mismo Roth que publicó en 1972 una novela de corte kafkiano titulada The Breast, en la que un hombre se levanta convertido en una enorme teta de mujer.

Algo loco, ¿eh? Wicked.

Pero en The Humbling no hay mucho más qué decir. Sólo que uno espera que exista algo así como una Viagra para levantar el estímulo literario.

firmin2 Lo siento. Una vez imbuidos en la maniobra de anticipar mi escrito, tendré que arruinarles el chiste y, no, no se trata de mi autobiografía (y casi escucho decir: “Don’t flatter yourself. Ni que fueras tan literario”). La rata es Firmin, el protagonista de la novela de Sam Savage, publicada en 2006 pero editada hace poco en traducción al español por Seix Barral.

Me atrae le hecho de que, siendo la rata narradora y protagonista, la historia recupera la mala maña Beckettetiana de focalizar sobre la escisión entre el sujeto y el objeto. No es debatible el hecho de que, siendo un animal generalmente repulsivo y grotesco, Firmin exhiba profundad de pasiones humanas, sobretodo, en cuanto a su formación literaria, domeñada por el entorno espacial: vive en una biblioteca.

La novela tiene sus antecedentes en las Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, perturbadora y perturbada novela escrita por el maestro ruso durante uno de los momentos de mayor incomprensión de la realidad externa del mencionado novelista. Firmin es, como Memorias del subsuelo, la novela del fracaso de los humanos, cuya invención más grande ha sido el lenguaje, la materia de la que se componen la ficción de la vida. Baste entender de plano que la rata aborrece a los de su propia especie (incluyendo a Mickey Mouse y a Stuart Little), imagina que baila como Fred Astarie y que toca el piano como Gershwin.

De Memorias del subsuelo, se extrae que en el segundo capítulo de la primera parte (titulada “La ratonera”), el narrador nos dice: “Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.”

No hay duda que la condición humana, reducida en su indigencia existencial, circunvala lo escatológico y lo locústido, una visión solamente manejable en los contornos de la literatura. El fracasar hasta en el fracaso se reconstituye en la cucaracha de Kafka, o en la garrapata de Süskind. Pero si Gregor Samsa muere inefablemente cucaracha, y Jean Bapiste Grenoille termina como bocadillo de sacrificio caníbal, la rata Firmín se humaniza en la literatura. Nuevamente, su triunfo es su fracaso, porque entonces vive el mundo que sólo existe en su imaginación, pero que se convierte en el único mundo posible- ese mundo del cual el Molloy de Beckett se siente renegado.

El triunfo del libro es la postura de que la materialidad de la lengua –en su grafía y en su sonido- constituye el modo de que la humanidad se entienda a sí misma. Si embargo, el resultado es, muy a lo Beckett: “Una rata culta es una rata solitaria”, dice Firmin, quien, por supuesto, ha leído a Dostoievski.

Nos hace pensar, como comentara Savage durante su entrevista con William Baldwin, si Fermin lee porque es una rata solitaria o si es una rata solitaria porque lee mucho.

Francis Ford Coppola produjo en 1993 la animación con muñecos de arcilla “The Junky’s Christmas”, de William S. Burroughs, en voz del propio Sacerdote. La parte II y la conclusión la acceden al final del video, así que aquellos que dispongan de tiempo, quedan invitados a verla.

El texto completo aparece en el siguiente enlace:

http://www.interpc.fr/mapage/westernlands/junkyschristmas.html

Jingle bells.

gaby 2 copy La tarde fría de noviembre comienza a helar el aire y el cielo parece lavado tras la intensa lluvia del día, cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con desencanto. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre León, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. No fío más, Padre. Pero tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, asiduo consumidor de tabaco y al mabí, no había más que decidir.

Alguna gente dice que Gaby es tan hábil en el rezo a los muertos, que puede implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parece improbable si están uno al lado del otro, pero que impresiona si, por el contrario, se encuentran en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, es la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Por eso todo el mundo sabe que al muerto que ella le reza, llega más pronto al cielo. Y es por esta razón que Padre Lyon insiste en que Gaby le rece a Bombo, un pobre infeliz sin familia que tendrá que ser sepultado en una agujero en la tierra sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no- por las cuales Gaby ha orado en su vida, seguro tendrá V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, ahora rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo.

Gaby, que camina todo el pueblo mientras tuviese su paraguas en mano, avanza entre la lluvia por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde le recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo y comienza a rezar.

—Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.… — dice mientras se persigna y yada yada yada.

Los hombres se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos.

Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de pozos sépticos toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

Gabina Conrada La Torre me llevaba a los rosarios y novenarios por los que ella era conocida, hasta el día que me quemé la lengua con chocolate caliente en la casa de uno de sus ‘clientes’. Entonces, ya no volví.

sussex Sobre la entizada tierra de Sussex del Este, la bruma peina el verde del valle sobre el cual se acuesta la mirada enrojecida de Coenred. Le ha sido difícil acudir al sueño durante las últimas horas y su cuerpo se apresa en una suerte de calambre que lo aletarga. Se acomoda el grueso saco a manera de caparazón y cruza los botones cuando siente, a sus espaldas, los movimientos lentos de Hilda. Se torna. La mira entre la oscuridad retorcida que se empantana en la ordenada casa. Parecería que el tiempo se había detenido y que la única trabajosa faena fuese respirar a través del dolor de haber perdido, apenas unas horas antes, a Max, su niño de cinco años, y cuya presencia aún habita como una aura en los juguetes que ella abraza. Hilda se desploma en llanto. Ya, ya, le consuela Coenred, mientras intenta quitarle los juguetes de la mano para colocarlos en un par de morrales que yacen sobre la mesa.

Hilda siente que la desgarran a jirones. ¿Habrá juguetes al otro lado?, pregunta ella entre gimoteos. No sé, contesta el hombre. Llevémosle, pues; uno nunca sabe. Afuera apenas el sol se insinúa cuando Coenred asegura la puerta y, con uno de los morrales en sus espaldas, le indica a su mujer que es tiempo de partir. Hilda toma el segundo morral, que descansa sobre la mesa, y lo carga como si llevara su vida adentro.

La caminata es larga y silente. Son varios kilómetros que deben obliterar con las suelas de sus zapatos mientras van salando en el viento la crudeza de las memorias. Abanicaba desde el Este un viento taciturno que cargaba las risas de Max, durante las tardes en Passies Pond, o mientras observaba la miniatura de tren de vapor de Eastbourne. Luego el accidente de cinco años atrás: la bruma, la lluvia, el pavimento, el camión fuera de control y, entonces, la oscuridad. Como resultado, Max sufrió una lesión severa en su espina dorsal y quedó sin movimiento de sus extremidades. Prisionero de su cuerpo, la mente del chico no podía hacer otra cosa que soñar cosas como «¿Verdad, mamá, que voy a caminar?», o, «Papá, pronto jugaremos al fútbol», oraciones que resuenan en estos momentos traídas por medio de la voz y los labios de Coenrad e Hilda. El dolor ya no aguanta más vacío. Mejor no digamos más, dice la mujer mientras su esposo, sin inclinar la mirada, piensa que tanto vivir y luchar para que el chico caminara, y tenía que perderlo ante una meningitis.

Al llegar al final del camino, los espera el acantilado y un faro que aún no se ciega, dada la intensa bruma mañanera. El sol destella como un cuchillo de luz que se abre entre el horizonte gris.

Coenrad toma la mano de Hilda. La besa. Sus labios húmedos de lágrimas y secreciones nasales engranan en la perfección de lo incompleto. Luego, en un movimiento acordado con la sencillez de la mirada, saltan al vacío.

En pleno vuelo, Coenrad e Hilda sueltan sus respectivos morrales y, justo antes de golpear las porosas rocas en el asentamiento del acantilado, flotan los juguetes en medio de la nada, seguidos por el cuerpo tieso de Max.

El 3 de junio de 2009, Neil and Kazumi Puttick se lanzaron al vacío junto al cuerpo sin vida de su hijo Sam, al que le habían dedicado toda su vida tras el niño haber perdido movimiento del cuerpo en un accidente de automóvil.

20091120-fresan%20port Rodrigo Fresán es un escritor al que le he seguido desde los 90 a raíz de la visita de Ray Loriga, entonces con melena heavy metal, a San Juan. Ni uno ni el otro son autores de alto consumo en Puerto Rico, pero por muchas razones me identifico con ellos. Particularmente, Fresán es un escritor al que conocí con Esperanto (1997) y La velocidad de las cosas (1998), y con quien comparto al menos dos cosas: una es su gusto por la banda de rock The Talking Heads y la otra por el respeto al lector. Con respecto a lo primero, pues ni pienso consagrar tiempo con explicaciones; en cuanto a lo segundo, en La velocidad de las cosas, Fresán dice:

Con el paso de los libros y la sostenida práctica de esa imprecisa ciencia que, a falta de otro mejor, responde al nombre de literatura, he comprendido, no sin algo de esfuerzo y bastante sorpresa, que en el fondo y en la superficie de todas las historias existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores. Están aquellos que al final de un cuento suspiran “¿por qué no se me habría ocurrido a mí?”; y están los que optan por sonreír “¡qué suerte que se le ocurrió a alguien!

Eso es todo, añade.

Todos somos lectores de un modo o de otro, y pronto, en el viajar de las lecturas, nos damos cuenta que nos sumamos como un monto de cosas pasadas, hasta llegar, como la revelación de un códice ancestral y apocalíptico, al último develamiento de esa suma: el principio de un libro también puede ser el fin del mundo.

No es casual que en la presentación de su más reciente novela, El fondo del cielo (Mondadori, 2009), nos reciba con un “Bienvenidos al fin de los finales del mundo”.

La novela es un tríptico episódico que semiotiza la proposición narrativa de la cual desprende la trama: es la historia de un triángulo amoroso que el desafío del tiempo y su inevitable paso agota en su insuperable destino: el final del mundo.

Como Junot Díaz en su The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, o Andrés Neuman en El viajero del siglo, Rodrigo Fresán retoma el registro de la literatura de ciencia ficción y escribe una novela que no es puramente ciencia especulativa ni fantasía, sino que se ampara en estas modalidades para traernos una historia de amor como posibilidad de salvación del mejor mundo posible, pero que se muere.

En efecto, cargada de J.G. Ballard, Vonnegut, Lovecraft, Phillip K. Dick y Arthur Clarke, El fondo del cielo se conforma en torno a la pasión de los personajes por la ciencia ficción, un elemento especular tanto en la manera misma en que se maneja la caracterización como en los juegos de tiempo y espacio. Pero sobre todo, es una historia de ciencia ficción que plantea al género como filosofía o sistema de convicciones hacia la vida.

No sé si fue García Canclini –antropólogo argentino, como Fresán, aunque el segundo reside en España- quien cuestionaba por qué habríamos de hablar sobre post-modernidad en una Latinoamérica donde apenas la modernidad se había manifestado, pero podríamos cuestionar si la literatura hispanoamericana se encuentra apta para la ciencia ficción cuando todavía existen países donde la ciencia y el progreso (la modernidad en sí) son signos del mal, y cuyos ciudadanos apenas cuentan con los servicios básicos de agua potable y electricidad para sobrevivir.

La respuesta en sí misma es otro debate.

Pero en cuanto al proyecto de la novela de Fresán, sólo puedo sonreír y decir a la vez: “¿por qué no se me habría ocurrido a mí?” y “¡qué suerte que se le ocurrió a alguien!”

origami_jedi_20061202 Una de las más antiguas polémicas entre las ciencias nomotéticas pertinentes a la literatura es si el escritor nace o se hace. Ahora, si bien uno podría resolver esto diciendo que uno puede aprender la técnica, pero no el talento, cuando se trata de las artes editoriales la respuesta es más tajante. Es decir, uno no nace editor; uno simplemente se hace.

Yo comencé, profesionalmente, a hacer libros en 1994, primero con el Grupo Santillana, luego dirigí el Departamento de Edición de la Editorial UPR, y en el 2003 decidí fundar, para bien o para mal, a TerranovA.

Cuando TerranovA comenzó, sólo existían Isla Negra y Callejón como editoriales de las llamadas “alternativas”. Por supuesto, estaba la Editorial UPR, Plaza Mayor, Editorial Cultural y Huracán como las principales publicadoras, si eliminamos a las multinacionales como Alfaguara (que ya no está en Puerto Rico) y Norma. A partir de entonces, han surgido las siguientes editoriales (sin ningún orden particular): Tiempo Nuevo, Vértigo (fuera de operaciones ya), Ediciones El Sótano, Publicaciones Gaviota, Editorial Tres iii, Letra2, Aventis, Pastiche, Agentes Catalíticos, Pasadizo, Preámbulo, Atarraya Cartonera, Editorial Dictatorial, Concepción 8, y otras que eluden al momento mi mente, sin intención de ignorarlas.

Por eso, encuentro particularmente interesante el hecho de que en la más reciente edición de la revista Tonguas (la cual dirigiré en la Universidad de Puerto Rico por el próximo año), el joven escritor Daniel Pommers, autor del libro El Esqueleto presenta, y en respuesta a la pregunta de la entrevistadora, Naida García Crespo, sobre qué opina el autor acerca del mercado actual de la literatura en Puerto Rico, dice lo siguiente:

“Es cuesta arriba. La crisis económica, cómo se mercadea un libro, termina quedándose solo en el sector universitario, en el intelectual. Queda en manos del escritor poder llevar al público su situación actual. Pero la producción de los escritores no puede parar aunque haya un montón de cosas (como la TV) que promueven que no se dé esa producción literaria”.

Pommers afirma en la entrevista que decidió publicar por su cuenta de forma independiente porque “primero que nada, las casas editoriales se tardan mínimo un año en sacar el libro”. Y añade:

“También hay que pasar por un proceso extenuante. Más aun si el libro va a estar condicionado a un costo de producción de la casa editora que puede ser más de lo que el público pueda costear”.

Otra de las razones que presenta Pommers para auto-gestar su libro es, probablemente, la que incita mi comentario:

“No siento que haya oportunidades para nadie. Es más difícil para los jóvenes porque no tienen un nombre establecido, pero es difícil para todo el mundo”.

Yo no he leído el libro de Pommers, ni mi intención es pasar juicio sobre el mismo ni sobre lo que dice, pero me parece que me escucho a mi mismo en 1993, cuando probablemente Pommers asistía a la escuela primaria. De hecho, mucho de lo que dice el escritor me ha llevado a pensar en la manera en que percibimos la realidad, en particular cuando se trata de un sector cultural tan reducido y fácil de detectar, como lo es el mundo del libro. Y digo esto porque, en Puerto Rico, si descontamos las librerías cristianas y las educativas, sólo queda un puñado de puntos de venta, generalmente concentrados en la ciudad universitaria de Río Piedras.

Para mí, con todo y eso, que hay editoriales para largo y tendido, cada una con su cosa.

El enemigo no es el sector editorial.

El enemigo es la analfabetización, la pobreza de cultura editorial, la desarticulación de políticas culturales y un sistema de gobierno que, como me dijo un senador una vez, prefiere hacer cosas que "la gente vea; piedra, brea y cemento, no libros”.

El enemigo somos nosotros mismos.

Agua, agua, agua, dice el náufrago de Coleridge, y ninguna que se pueda tomar.

circus01 Hay algo mágico y a la vez trágico en eso de la vida del circo. Es algo que se esconde como entre líneas, entre los intersticios que habitan los rugidos de los tigres, el olor a aserrín, la melodía del organillo, el olor a palomitas de maíz y la peste rutilante de los monos, elefantes, caballos y perros.

La aberración es el Todo, la suma de lo dispar y disímil, sin contar la peste humana, que es la yema del circo.

En fin, lo mágico es para los asistentes a la función, que asisten allí con la ilusión de ángel caído a vivir la grandeza en un par de actos de singular proeza humana, pero lo trágico es para los actores, trapecistas, magos y malabaristas, cuyo tiempo se mide en once meses de trabajo al año, a su vez dividido en los días que el circo presenta sus funciones, y las funciones se miden en número de personas, y las personas se traducen a dinero, y el dinero va a parar a los bolsillos de Pepo Watson, quien después reparte el bacalao, como dicen por ahí, ¿verdad?

Sin duda que la vida en el circo no es pellizco de ñoco.

Yo no tengo una prostituta idea de lo que es un pellizco de ñoco, pero eso no lo decía mi madre; lo decía mi padre, que apenas conocí, aunque vivió conmigo toda la vida y siempre fue un desconocido. Pero sí sé que la vida de circo se nutre de cierto arte de oscuro potencial humano.

Allí, en el estacionamiento, había carruseles, concesionarios de comida rápida, artesanías y otros recuerdos costosos de un día en el circo.

Y como el centro a la circunferencia, se levantaba una gran carpa de lona con los colores del arcoiris, ramilletes de bombillas que encendían y apagaban en serie y una gran boca de payaso que hacía de entrada principal. Daba la impresión de que el carapintada se tragaba a uno al entrar. Y es que el circo es un espectáculo orgánico donde el espectador es digerido lentamente por los jugos gástricos de la ilusión y el entretenimiento. Es el aroma a etiércol de elefante, a sudor de chimpancé, a las sobras de la comida de los leones lo que aromatiza la experiencia circense, que es aventarse al vacío de un micro-mundo eterno y repetitivo, como las malas memorias que pretendemos sofocar en el olvido momentáneo. El circo, en fin, es como una ciudad nómada, una suerte de vecindario improvisado en cuya periferia se concentran las viviendas de los habitantes, adjuntas a las asquerosas jaulas de los animales, incluyendo la del pobre oso polar al que le hacían el favor de colocarlo bajo ventiladores eléctricos, como si un vaso de agua al pie de una celda le quitara la sed a un prisionero encadenado a una pared. Pero, no los juzgo. Los tigres tenían pulgas, los caballos tenían anomalías en la piel y los perros lucían roñosos.

Pero ese era el circo pirata de Pepo Watson.

—Vaya, vaya —dijo una voz como ardilla con ataque de sinusitis. Era Vitellio, uno de los enanos del circo, que venía vestido en atuendo de piel negra, con cadenas perforándole sus tetillas y un látigo en la mano—. Conque el gran Simón vuelve por aquí.

—Déjame quieto, niño —dije, sin detener mi paso, y con Iggie siguiéndome fielmente.

—¿Niño? Yo podría ser tu padre, filósofo de mierda.

—¿A ver? ¿Qué es ese ruido tan agudo? Ah, pero si es Vitellio —dije, fingiendo no haberlo reconocido antes—. Es que con esa indumentaria de motociclista marica, no te reconocía. Por lo de ciclista, digo.

—La economía anda mal. Con algo hay que empatar la pelea. Así que estaba en una despedida de soltera anoche. Ya sabes. Dinero extra.

Proseguí mi camino y encontré a Bolita, el payaso, que de payaso sólo tenía la cara, porque jamás había conocido un ser más infeliz de estar vivo.

—¡Bolita! —grité con entusiasmo.

—¡A coger por el culo! —contestó.

—¡Soy yo! ¡Simón!

—¡A coger por el culo!

Miré a Iggie.

—Está borracho —le dije—. Siempre está borracho.

—¡A coger por el culo, todo el mundo!

—¿Sólo sabe decir eso? —le preguntó Iggie.

—¡A coger por el culo!

—Entiendo —dijo Iggie, y continuó su camino junto a mí.

Saludamos al resto del elenco.

Al fortachón Herculito, quien a pesar de su intimidante apariencia de héroe épico y su impresionante musculatura, tenía una debilidad por el color rosa y por correr con el baúl abierto, si me entienden.

También vimos a la increíble mujer de goma, a dos o tres infelices malabaristas practicando con botellas de cerveza (la única manera de asegurarse de que no se les caería nada), más enanos extraídos de la fábrica de chocolates de Willie Wonka y a los quíntuples trapecistas haciendo calistenias.

Pero, como orquídea en medio de un antro, apareció toda delicada y algo tímida la Dulcinea de todos mis sueños, Venus.

Oh, que los dioses decidieron un día hacer una belleza perfecta, pero al parecer, para que fuese perfecta tenía que mantener la boca cerrada, por aquello de que en boca cerrada no entran moscas.

Las mujeres que me disculpen, pero no lo digo porque ando en un Neruda-high, ni porque mi Venus era mujer, sino porque el silencio es sabio. A veces es mejor no tener ni voz, y si tampoco tenemos sentido auditivo ni visual, mejor.

No obstante, ella era un verso, un poema, y sus ojos guardaban miles de historias, las que uno quisiera.

Ella podía inventarle a uno el sol o la luna, el mar o la cordillera.

Ella era una geografía, y no por lo detallado de su firme y atlético cuerpo, sino porque el halo de misterio que la absorbía era un mapa a un mundo maravilloso, un mundo silencioso y tierno, callado, un mundo donde los poetas serían muertos de hambre (aparte del hecho de que ya lo son) porque no habría signo posible que denominara aquella paz que habitaba en Venus.

Yo la conocí un día en que me ofrecí de voluntario para repartir hojas de promoción para el Cirque Du Luneil. Para entonces, Pepo Watson, que no me conocía, aceptó que yo repartiera la propaganda siempre y cuando estuviese acompañado de un delegado del circo.

¡Ah, por las barbas de Neptuno, si es que no es lampiño!

La hermosa Venus apareció en su leotardo negro y su chaqueta de mezclilla, maquillada como si fuese un caramelo para el día de los enamorados, toda rosada y violeta, con su melena larga y rizada y negra y sus ojos indigo y yo queriéndome morir de amor a primera vista y morir bueno y sano y santo y no en vano.

Aquel día no me perdió a pie ni a pisada, pero como no me hablaba, yo me iba descomponiendo poco a poco, y mis piropos se estaban melcochando al sol sin recibir reciprocidad ni respuesta, ni siquiera desprecio, que me hubiese bastado, pero no; la Venus se veía lejana y aquella pequeña sonrisa no me bastaba para saciar mis ganas de que me hiciera caso, y ya para el final del día, yo tenía vómitos y mareos y sudaba como caballo en hipódromo, y no podía quitarme la imagen de la chiquilla aquella que sólo me miraba y me miraba y me angustiaba con su silencio. Pepo Watson, asustado, pensando que me había cogido una insolación o algo peor, asumió la responsabilidad de cuidarme por lo menos hasta que recobrara el ánimo y pudiera salir de allí caminando.

A medida que pasaban las horas, una extraña fiebre me apresaba.

Yo me quería morir voluntariamente, porque aquello era una injusticia para mi corazón, una carga demasiado pesada para tolerarla, una aplastante humillación para mi hombría.

¡Ay, cómo vivir si la amapola de mi jardín ni siquiera se dignaba en regalarme migajas de palabras!

Comencé, entonces, a convulsionar. ¡Llévame, llévame, Señor!, yo decía a los cuatro vientos para que el universo se enterara de aquel vil crimen. ¡Mátame, Pepo, mátame! ¡Termina este suplicio! ¡No aguanto más!, yo declamaba como poeta romántico con hemorroides.

Vinieron todos los empleados del circo, me dieron agua por si era un sofoco, miel por si era un bajón de azúcar y aguarrás por si era un demonio que se apoderaba de mi cuerpo. Con el estómago revuelto de tanta porquería, no tuve más remedio que comenzar a vomitar y ya sí dije que aquel era el fin, porque apenas había ingerido alimentos sólidos durante el día. Entonces, cuando lograron estabilizarme, no fue Katano quien pronunció las palabras mágicas, sino Pepo, quien le dijo a Venus:

—Tú te quedas con él toda la noche. Si se muere, es tu culpa; pero si sobrevive, me llamas y yo mismo lo saco a patadas del circo; pero recuerda: si él opta por dejar de respirar, tu darás testimonio. Y como eres muda, no habrá quien te haga cantar.

¿Muda? ¿Muda?

¡Pero por qué carajos no me dijo que la espía rosada era muda!

Tonto que fui, por no decir pendejo.

Venus asintió a las órdenes de Pepe y luego inclinó su mirada sobre mi frente, por donde pasaba una esponja helada.

Aquella noche, mientras me recuperaba de mi instantáneo mal de amores, le declamé versos de Machado para melar su corazón.

Por días salimos, ella se comunicaba conmigo a su manera, y yo, pues, a la mía. Nos besamos y un día hasta casi hicimos el amor en la caseta de la mujer con barba, quien nos sorprendió y nos reprendió y luego nos acusó ante Pepo Watson, quien determinó que yo nunca más me acercara a su querendona, Venus, con quien él mantenía una relación muy extraña, a pesar de que le decía a todo el mundo que la quería como a una hija.

Así, con el polvo malogrado, me he conformado por años con sólo ver a Venus, hablarle, saber que me escucha aunque no hable.

Iggie y Venus se entendieron muy bien. Ella le hablaba por señas y él le contestaba de igual manera. ¡Por Dios! Por un momento pensé que me la convertiría en gallina o en conejo o, peor, que la desaparecería como le había hecho al doctor Genenstein, por lo que lo alejé de ella con un empujón. Que qué haces, chico loco. ¿Qué te crees? Aléjate de ella antes de que hagas algo de lo que te vas a arrepentir todo lo breve que te vaya a quedar de vida a partir de entonces. Debo admitir que lo que me dio fue un leve arranque de celos que Venus supo calmar con tan sólo colocar su mano sobre mi mejilla.

No te preocupes, me pareció escuchar la voz de sus ojos. Mi corazón es sólo tuyo.

Y ya con eso, desde entonces, se me acabaron los malos pensamientos.

Pepo apareció y nos asignó un espacio junto a Katano, el mago oficial del circo. Katano no nos habló mucho y todo el tiempo se dedicó a acariciar su gato negro mientras nos miraba con resentimiento, ira u odio, o todas las cosas a la vez. Era una mirada de cuervo, fija y misteriosa. Llevaba un gran sombrero de copa negro inclinado siniestramente sobre su frente, como una torre de Pisa. Iggie cada vez que lo miraba le sonreía como un girasol, y Katano le devolvía aquel gesto de desprecio asesino que era sintomático de una gran envidia encubándose en su alma, cual un súper virus gusano nieztcheano. Iggie, un tanto nervioso, comenzó a silbar, a lo que Katano reaccionó con sus ojos abiertos como dos garras y abalanzándose sobre el joven mago.

—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!— gritó exasperadamente Katano, y colocando su mano sobre la boca de Iggie, le dijo—: No silbes en el camerino. Es de mala suerte. Profanas el oficio de mago.

—¿Escuchas algo, Iggie?— comenté en soberano acto de soberbia.

—Sí, al mago. Me dijo que no silbara.

—Idiota —dije—. Se supone que me digas que no, que no escuchas nada.

—Ah, pues no. No escucho nada.

—La voz de la sabiduría nunca puede ser ignorada, Simón de los infiernos —dijo Katano.

—No, ¿verdad? Por eso yo nunca me callo la boca.

—Insolente. La casta de los magos no debe ser mancillada.

—Bueno, por eso nosotros somos el acto de magia esta noche, porque hemos redimido al mundo de un charlatán más que se llama Katano.

Katano se acercó lentamente a Iggie, se zambulló en su mirada y allí estuvo nadando por un rato. Pero el rostro de Katano se fue transfigurando del granito de su facciones a una tierna y gelatinosa vulnerabilidad pálida que hasta le quitó años de encima, porque por mi madre que yo juraba que estaba rejuveneciendo.

—Por todos los Astros —susurró Katano—. Ve a demostrarles a todos que nuestra raza vive. Sólo un par de cosas: nunca mires hacia atrás cuando estés en la parada de entrada. No te sientes al borde de la arena ni silbes mientras te estas preparando para tu función. Es de mala suerte.

Luego Katano buscó en uno de sus bolsillos y le entregó a Iggie un montón de pelos que se asemejaban a los residuos que quedan en la bañera cuando uno se lava el cabello.

—Toma— dijo.

—¿Qué son?— preguntó Iggie.

—Son cabellos de la cola del elefante.

Inmediatamente intercedí en la conversación.

—¡Alto, alto! ¿Qué te sucede, mago de confeti y espanta suegras? Eso es un foco de infección. Esos elefantes son torres transmisoras de enfermedades que todavía no se conocen en la Tierra, ¿y tú le regalas a mi muchacho pelos del culo de uno de ellos?

—No son pelos del ano— dijo con su característica morbosa tranquilidad—. No son pendejos, por lo que no hay razón para sentirte aludido.

—Dije culo, culo; no ano.

—Son pelos de la cola. Y son signo de buena suerte.

No dije nada, por aquello de que discutir con un loco es como tirar puños por una ventana abierta.

Katano se retiró lentamente y sin darnos la espalda, y ya no hubo más con el testigo.

Dos horas después, ya el espectáculo había comenzado. Era una función especial en la que estaría presente Enemesio Miranda, hasta entonces el seguro candidato a gobernador por el PAN (Partido de Amistad y Nación), la colectividad política que había renacido como sustrato de los tres partidos principales del país. No había surgido nadie que retara su candidatura, y por tanto era casi la opción para morir en la papeleta. Lo generado en entradas sería a beneficio del partido.

Pepo Watson mismo se encargaba de dirigir las amenidades, en su tradicional sombrero de copa y frac hecho a la medida para sostener su gran depósito de mierda, que era su panza. Una banda compuesta por cinco borrachos irlandeses amenizaba la noche tocando las marchas tradicionales de John Phillip Sousa. La rutina sería la misma de siempre: iniciaba con una gran parada de criaturas buscadas por la sociedad Protectora de Animales, acompañados por los malabaristas, los acróbatas, los trapecistas, los enanos, los payasos liderados por Bolita y, al final, sobre un fino corcel blanco, adornado con púrpuras y rosados destilados de una pintura de Boticelli, llegaba Venus, la contorsionista que se enredaba en las válvulas de mi corazón con la facilidad de una boa constrictora y me asfixiaba las ilusiones. Tras de ella, iba, sobre un gran elefante cancerado, Iggie Valparaíso, la atracción de la noche. En fin, era un elemento de unificación tal que daba la impresión que el circo era una sola familia. Disfuncional, claro, pero una familia al fin.

Pues para resumir, luego de que cada cual hizo lo suyo, le tocó el turno a mi Iggie.

—Damas y caballeros, ante ustedes, y en exclusiva participación con el Cirque Du Luneil, desde la Bielarusia...

—¡Desde la Bielarusia!— comenté en voz alta y tras bastidores, mientras le daba apoyo moral a Iggie, quien se encontraba muy nervioso.

—¡...el Gran Ilusionista y Mago, Iggie Valparaíso, el Magnífico!

—¡El magnífico!— dije, despedazado por el asombro.

Así, Iggie hizo su presentación, con los pelos de elefante bajo el sombrero de copa que Venus le consiguió, para que se viese digno.

Una luz púrpura caía desde algún punto de la carpa sobre Iggie.

A saber si no era la misma estrella de Belén colándose por los agujeros del techo.

Pero allí el chico se veía digno.

E Iggie se lució.

Tuve que admitir: el chico tenía talento.

Primero, como que no sabía qué hacer, y sólo miraba a la gran boca de los espectadores sumidos en la oscuridad que quedaba tras las grandes y deslumbrantes luces. Iggie primero se quedó como falto de dirección.

Yo hablaba en voz alta como si él me pudiese escuchar, cosa que no era posible, pero yo decía: «¡Anda, chico! Haz que aparezca el Titanic, que se eleve la carpa, pero no me defraudes!».

Venus, a mi lado, fiel y solidaria, le enviaba mensajes telepáticos, asumo yo, porque su cara sí decía algo así como «No te amilanes. Tú puedes hacerlo. Ve en la dirección de tus sueños».

De pronto, Iggie levantó sus brazos, entrelazó sus manos para que todos pudiesen verlo y colocó los pulgares mirando hacia abajo.

El truco era hacer que los pulgares miraran hacia arriba, girando las manos.

Y no sé cómo demonios, pero Iggie lo logró.

Sus pulgares rotaron de una manera impresionante y sin explicación.

—¡A coger por el culo! —denunció Bolita.

—¿Sabías que tienes una fijación anal, Bolita? —le dije de mala gana—. Ya cállate.

El payaso ni siquiera me miró.

—Eso es un truco de David Copperfield —dijo Herculito.

—De Copperfield o no, la cosa es que lo logró —defendí a mi púgil.

Luego Iggie escogió al azar dos personas del público y los sentó sobre un sofá que pidió al momento y que fue suministrado por un par de enanos que seguían órdenes estrictas de Pepo, quien neurasténicamente observaba el acto.

Levantó sus brazos al aire nuevamente y dijo unas palabras que nadie entendió, pero que lograron que el mueble se levantara y levitara por el escenario.

Yo me temí lo peor, porque no pude evitar pensar en la pobre infeliz que se había quedado suspendida en el aire en plena Calle Cristo.

—¡Qué hombre! —exclamó Herculito.

—¡A coger por el culo! —dijo Bolita.

—Es uno de los escogidos —dijo Katano.

El público deliró y, literalmente, alucinó con el acto.

El candidato a gobernador, Enemesio Miranda, se puso de pie.

El spotlight lo alcanzó y entonces fue que notamos a su acompañante, Aurora Borealis, quien deslumbró a todos con su impactante traje perlado de escote pronunciado, que la hacían ver mejor de lo que estaba. Ella había sido una Miss Puerto Rico Universe de quien se decía que el partido le pagaba para que acompañara a Enemesio a todas sus activiades públicas.

Pude notar en Iggie una expresión de embelesamiento con la beldad.

Luego de eso, mi chico fue tomando confianza en sí mismo.

Tomó el micrófono y comenzó a hablar sobre la influencia de la luna sobre la marea en el mar, lo que provocó que Herculito lo viese como un poeta, Katano como un hechicero milenario y Bolita simplemente lo mandó a coger por el culo. Luego de hablar sobre los efectos de la luna, Iggie pidió un vaso con agua, el cual fue suministrado por mi cuchi-cuchi Venus, y lo cubrió con un pañuelo.

—Esto es lo que hace la luna con la marea —dijo Iggie—. Esto es lo que los poetas dicen que le hace al corazón de un hombre.

La luna se asomó por uno de los boquetes de la carpa.

Cada vez que Iggie levantaba el pañuelo, el vaso se vaciaba; cada vez que colocaba el pañuelo sobre el vaso, éste se llenaba. Finalmente, mostrando las manos vacías, hizo aparecer sobre ellas unos peces tropicales que vaciaba en la copa como un arcoíris vivo.

Acto seguido, Iggie le pidió la corbata al candidato a gobernador, a lo que él primero se negó.

—Es Armani —dijo.

Pero Aurora, muy sutil y sugestivamente, le fue quitando el nudo hasta que lo desposeyó de la colgante tela y se la entregó a Iggie.

El momento fue mágico.

Iggie y Aurora no podían dejar de mirarse.

Al recibir la corbata, Iggie sujetó las manos de Aurora y se quedó como congelado, prendado de aquella belleza de amaneceres por descubrirse.

Pepo vino hacia mí alarmado.

—¿Qué se cree que hace?

—Nada.

—¡Es la mujer del candidato a gobernador! ¡Que se busque otra, que muchas hay! Esa no.

El gobernador se levantó muy serio y ya procedía a interrumpirlos cuando de pronto la corbata se levantó como encantada por un flautista y comenzó a bailar. La banda, barata y narcómana, comenzó a tocar, por designio de quién sabe quién, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Sobre los pechos de aquellos hombres que las vestían, las corbatas comenzaron a bailar sincronizadamente, Lo mismo sucedió con las faldas de las mujeres. Y en todo caso, el público general quedó sumiso ante un incontralable impulso de mover las piernas, como si un titiritero invisible tuviese dominio sobre ellos.

El acto, ridículo por demás, era una maravilla que a la misma vez anunciaba el clímax del espectáculo: Iggie, envuelto por una misteriosa nube de humo, se elevó sobre la multitud, y ascendió hasta los cielos perforados de la putrefacta carpa, la cual él, en su levitación maravillosa, atravesó y rompió y se perdió ante la vista, sorpresa y ovación de todos, como un Chris Angel autista o algo así.

Pepo aprovechó para hacer que todo el elenco del circo saliera a la arena y concluyó al momento el acto con Iggie reapareciendo montado sobre un elefante.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba eufórico el candidato a gobernador.

—¡Genial! —gritaba Aurora, con sus ojos magnetizados en Iggie.

Una lluvia de hojuelas de azúcar bendijo al auditorio como maná caído de los cielos.

Yo, muy orgulloso al lado de Iggie, sospechaba que una magia mayor había ocurrido allí mismo, frente a todos nosotros, y nadie, excepto yo, Iggie y Aurora, se había percatado de su poder.

ode_to_jack_kerouac Saber levantarse a la hora que sea o lo opuesto: acostarse sin hora. Horas frente a la pantalla. Horas frente a la libreta, bolígrafo en mano y sin escribir una sola palabra. O sentado en el inodoro, a la espera de la inspiración divina. Hablo de escritura, claro. De la invocación a los dioses para que nos concedan la luz y la inspiración. La llegada de las musas. Todo siempre afuera y nada por dentro. Ya, de por sí, un conflicto. Nudos argumentales, ¿no?

Y puede que uno se dedique, como es mi caso, a enseñar técnicas de redacción que a la larga serán suplantadas por la manera que a uno le venga en gana para escribir lo que con la misma intensidad se le antoje, pero, a fin de cuentas, siempre se lee de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo.

Yo siempre digo que es más fácil destruir que crear, aunque ambos actos se parezcan. Y cuando se trata de escritura, no pare más. No se puede romper con lo que uno no sabe cómo se construye. Pero lo fácil a veces es anatema si confunde o no se deja entender. La claridad, por el contrario, es una simpleza complicada. Gana lectores, ese otro complemento de todo aquel que se dice escritor.

Y así, el más inaprehensible de todos los géneros, la novela, requiere que uno se adecúe a las exigencias de elaborar el género. Por tanto, escribir un género que de por sí –Bajtín, siempre Bajtín- no se atempera a definiciones, exige que el escritor se acerque al mismo como quien entra en un ritual ceremonioso. Es decir: olvídese de los pájaros embarazados. La novela de un tirón no existe (Mis disculpas a Jack Kerouac, que reclamaba haber escrito En el camino en tres semanas –otras veces decía que en una- sin dormir y propulsado por la bencedrina).

Omar Pahmuk dice –y me entero por el ensayo de Alexandara Alter How to Write a Great Novel- que lo peor es la primera oración. Pero una vez sale –luego de 50, 100 intentos-, el resto es otra ficción. Michael Ondatjee escribe en libretas tamaño carta y luego se dedica, literalmente, a cortar y pegar fragmentos. Isabel Allende se aísla de su familia en su propia casa. Margaret Atwood escribe en todo lo que encuentra, desde servilletas hasta recibos de compras. Colum McCann escribe todo en letra tamaño 14 y luego edita en tamaño 8. Don De Lillo no escribe en computadora pero se adscribe a la maquinilla. Edwidge Danticat, luego de un intricado sistema de fotos y diagramas, se sienta a escribir a mano pero luego se graba leyendo su propio trabajo. Nada más que hacer: Richard Powers utiliza el sistema de reconocimiento de voz y, literalmente, dicta sus novelas a la computadora. Mientras tanto, Junot Díaz necesita encerrarse en el baño.

Luis López Nieves, como Dostoievski, escribe de noche y duerme de día. Rey Andújar no sólo entrena como si fuera para las olimpiadas, sino que, como Sartre, es un grafómano obsesivo.

Ah, ya lo dijo García Marques: escribir y detenerse solamente cuando haya que comenzar de nuevo al otro día, cosa que aprendió de Hemingway.

Y yo digo como Beckett: “Escribe. Si fracasas, vuelve a fracasar. Fracasa mejor”.

Entonces me pongo los pantalones.

Imagen: Ode to Jack Kerouac disponible en Flickr by Olivander.

cien mil generikans

Y fue en febrero del 2006 cuando entonces dije, “¿Un blog?” Y un blog fue. Personal, dije, donde yo puda ser yo lejos de los tribalismos buona fide que se suelen generar en torno a este medio. He agradado a alguna gente, he recibido lodo de otra, pero sobre todo, me he acercado a buenas amistades que comenzaron a leerme aquí y han seguido conmigo.

Hoy, a las 7:45 p.m., el visitante número 100,000 llegó desde Cánada.

En el mismo día, mi hija ganó el campeonato de ajedrez de las Escuelas Católicas y mi novela se fue para España, cosa que no le importa a nadie, pero si convenzo a mi editor de que 100,000 personas podrían querer leerme, pues mi hija pudiese seguir ganando campeonatos de ajedrez. Así que cuando venga por mi blog, señor editor –que yo sé que sí vendrá–, piense en esa posibilidad.

(Bueno, al menos lo intenté, ¿no?)

ilusionismo2 Dado el hecho de nuestra consecuente notoriedad por los alrededores de la ciudad colonial, decidimos refugiarnos ciudad adentro, en la vejiga de la posmodernidad: el San Juan nuevo pero podrido. En específico, nos dirigimos hacia Río Piedras. Esa pobre parcela urbana es una ciudad de muertos y fantasmas que son la misma gente de siempre en las mismas esquinas y en los mismos bares. Lo que cambia son los nombres y las ocupaciones. Pero en Río Piedras también vivía Pepo Watson, un venezolano dueño de circo que pasaba gran parte del tiempo en Puerto Rico. Eso cuando no lo estaban buscando por piratería circense en México, Chile, Colombia o cualquiera de esos países por donde él llevaba su espectáculo: el Gran Cirque Du Luneil.

Iggie, por supuesto, no conocía hacia dónde nos dirigíamos.

Él viajaba pegado a la ventana como pez en pecera rodante.

Aquello debía ser como una pintura de Dalí para él: tanto surrealismo arquitectónico, tanto edificio en ruinas, tantos carros en las avenidas y tanta gente a pie a la misma vez.

El muchacho ni pestañeaba.

Tenía los ojos llorosos y enrojecidos.

Yo le dije que podía pestañear en confianza, que aquí no se cobraba por eso. Aquí se cobraba por todo, especialmente si uno era de clase media. Aquí existe toda clase de impuestos, Iggie, le dije. Ya verás que hasta al precio de los condones le van sumar un arbitrio especial, dije. La gente se va a tener que conformar con frotar la lámpara para que salga el genio, si me entienden, porque de lo contrario, entre el espectro del SIDA y la sobrepoblación, tener sexo pronto se convertirá en un lujo, por lo que cabe la posibilidad que el gobierno le incorpore un arbitrio también, añadí. Iggie me miró sin entender un comino de lo que yo le hablaba.

La realidad para él era una cosa inasible en aquel momento, una cosa demasiado grande, como un piano cuyas teclas nunca acaban. Pero, ¿para qué hablarle de un país en bancarrota, sin empleo, sin educación, pero con muchos funcionarios públicos dándose la vida de un pachá?

A la llegada al corral de autobuses, divisamos un enorme cartel publicitario que anunciaba la llegada de los Hermanos Watson a San Juan.

—¿Ves ese regordete con cara de Porky Pig con bigotes que está en ese anuncio? —le pregunté a Iggie—. Pues ese es mi amigo Pepo Watson.

—Parece una caricatura.

—Lo es. No sé a qué caricaturista demente se le escapó del tintero. Ahora, ¿ves a esa hermosa doncella que se ensucia sus tersos y níveos brazos postrándolos sobre el puerco de Pepo?

—Sí, la veo.

—Pues esa es Venus.

—¿La diosa?

—Sí. ¿No está buena?

—No sé.

—Impío. Deja que la veas en persona.

Ah, Venus, Venus, Venus...

La contorsionista del Cirque Du Luneil.

Una frágil chica venida desde la Grecia misma y nacida desde el ramalazo divino de Zeus.

Su boca era una rebanada de fresas jugosas cortadas justo a la medida de mis labios. Sus ojos prometían grandes promesas color índigo y era como zambullirse en un cielo y nadar hasta el comienzo de esa cúpula bajo la cual los planetas y los astros rotan. Su rostro era un lienzo de pétalos que perfumaban miles de poemas en noches de sublime oscuridad y distancia de los cuerpos. Su cabello era negro y aromático como el café acabado de colar en una tranquila y suave mañana de domingo. Pero su voz era menos que un susurro que apenas alcanzaba a los registros del mundo de los demás humanos, porque no podía hablar.

Tanta belleza no podía ser perfecta y yo la deseaba así, callada. Como el poema de Neruda. Me gustas cuando callas, y como callas todo el tiempo, me traes de cabeza, nena.

Ah, Venus, Venus, Venus... sirena que cambió las palabras por piernas.

En fin, llegamos a una oficina en el primer piso de un edificio que, por mi madre santa, parecía un palomar de ratas. Ya sé que en los palomares sólo viven palomas, y que un ratón con alas sería un murciélago, pero por concesión de la famosa licencia poética, yo digo que aquello era un palomar de ratones y arriba el posmodernismo, que todo lo aguanta, aunque sea más bien una cosa de mundos caídos.

Y allí estaba el enorme Pepo Watson, con su barrigota llena de kilómetros infinitos de intestinos, sus pantalones sujetos por tirantes, porque no existía correa que pudiese rodear aquel perímetro de panza. Para variar, estaba hablando por teléfono, su gran fetiche. Siempre tenía un auricular cerca al roce de sus labios y asomado a sus oídos. Cuando me vio me indicó que pasara y me sentara, sin quitarle los ojos de encima a Iggie.

—Sí, sí, sí... no hay problema, señor de la Guarda— continuó al teléfono—. Comenzaremos puntualmente. Será una gran gala. Sí, señor. No se preocupe. Venus estará allí. Sí, si quiere. Puede firmar autógrafos, por supuesto. Como no, señor de la Guarda. Y sobre aquel asunto de campaña. Será un placer aportar a la elección de nuestro futuro líder. Buenas tardes. A usted también.

Colgó el teléfono repentinamente, dio dos palmadas y luego se levantó para saludarme.

—¡Simón, Simón! ¿Qué te trae en tan dichoso día por mis oficinas?

—Vengo a saludar a un viejo amigo, que parece que está muy contento hoy.

—Es que acabé de hablar con Ángel de la Guarda.

—¡Ah, dulce compañía! No me desampares ni de noche ni de día...

—No seas gafo. Ángel de la Guarda es el ayudante especial del candidato a la gobernación Enrique Posadas.

—¿Ya es candidato oficial?

—Todavía no. Lo será después de la función de gala privada que presentaremos esta noche para recaudación de fondos para el partido.

—Es un oportunista. Como todos. Primero, que no,no, no tengo ambiciones; segundo, que haré lo que el pueblo me pida. Claro, el concepto de “pueblo” son dos o tres igual que él que le venden a uno la imagen de que, en efecto, el “pueblo” lo quiere. ¡Pero es todo un constructo!

—Lo que sea, vale.

—¡Es una impostura!

—Ni modo.

—¿Quién carajos les empodera para hablar “por el pueblo”? Aquí hay gente que ni lee ni escribe y votan, por tanto, no deberían ni estar inscritos. ¿Cómo me van a decir que ese voto inculto vale lo mismo que el mío?

—Se llama democracia, creo.

—Y tu, gordo amazónico, no me hables de lo que tu país carece.

—Pues vete a vivir a él. Te lo regalo.

—No, gracias.

—Bueno. ¿Ya te vas?

—¿Esta noche es la cosa?

—¿Qué cosa?

—La función para el candidato a gobernador.

—Correcto, así que no tengo tiempo que perder. ¿Se te ofrece algo? Ya ando con prisa.

—Andas con dificultad.

—Pero tengo más dinero que tú, vale.

—Bah. Ni que lo quisiera.

—¿Entonces? ¿No vienes a pedir prestado ahora?

—¿Yo? ¿Yo? No, no, Pepo. Te has equivocado conmigo. ¿Yo? ¿Venir a pedirte dinero prestado?

—¡Sí, tú! Total, no sé por qué me preocupo si nunca me lo devuelves.

—¡Calumnia de las calumnias calumniosas! No le hagas caso Iggie. Así son los capitalistas.

—No sé de qué hablan —dijo Iggie.

—Qué bueno —comenté.

—Pues para perder el tiempo, mejor me voy que tengo cosas importantes que hacer —dijo Pepo mientras desplegaba su inmensa humanidad en la reducida oficina.

—No, espera —dije—. Me acompaña Iggie. Iggie Valparaíso.

—Ajá. Mucho gusto —dijo el gordo saludando amablemente a Iggie. Luego añadió—: ¿Y?

—Pues Iggie es un gran mago.

—Ya tengo mago.

—No como Iggie.

—Tal vez no, tal vez sí; pero es el que tengo.

—¿Todavía estás enredado con Katano? Ese mago de tercera que sólo saca conejos de su sombrero, y hasta los conejos tienen sarna. Iggie no; Iggie es especial.

Pepo miró a Iggie. Encendió un habano. Expulsó un tornado de humo de aquel par de hoyos negros que eran sus pulmones, y dijo:

—¿Bromeas? Este tipo tiene cara de quién se comió mi queso.

—Vamos, las apariencias engañan. ¿Cómo te atreves? Insolente serás, Pepo, y no quiero decir ignorante. ¿Te engañan las apariencias? Pues, por eso, más que mago, es... ¡el gran Iggie Valparaíso, el Mago Ilusionista!

Pepo se quedó tan inmutado como una enorme estatua de granito.

—Deberías ver lo que hace —continué—. ¡Puede desaparecerse y todo, Pepo!

—¿Ah, sí? Pues que haga puf y que se vaya de aquí. Y si te desaparece a ti también, mejor. Simón, no tengo tiempo para novatos.

—Conque novatos, ¿eh? Iggie, dale una demostración.

—¿Qué quieres que haga? —dijo Iggie inocentemente.

—Pues, un acto. Cualquier cosa. Lo que quieras con tal de cerrarle la boca al gordo este. Después comeremos.

—¿Comeremos?

—Sí. Lo que quieras. Pepo invita.

—Yo no he dicho nada —aclaró Pepo molesto.

—No le hagas caso, Iggie. Es muy modesto. Sólo haz algo de magia para que él vea.

Iggie pensó. Miró a su alrededor. Miró por la ventana. Salió a la calle. Miró en todas las direcciones que sopla el viento. Se rascó la cabeza.

—¿Qué hace? —preguntó Pepo.

—¡Sshhh! No puedes desconcentrarlo —dije.

—Vale, ni que me fuera a escuchar. Hay más ruido allá fuera que mil canteras trabajando al unísono.

Iggie se tornó hacia nosotros.

Nos sonrió ampliamente y nos mostró su dedo índice como quien de pronto es abrazado por una gran idea.

Cruzó la callé.

Puso sus manos sobre un bote de basura que estaba repleto de desperdicios.

Cerró los ojos.

Hubo un gran destello que llamó la atención de los que concurrían por la destrozada plaza de recreo de Río Piedras.

Entonces, a medida que la gente comenzaba a acercarse a ver qué sucedía (porque en Puerto Rico cualquier cosa llama la atención y provoca una conmoción), Iggie comenzó a extraer hamburguesas, papas fritas, malteadas, Coca-colas y helados, en fin, el reino de la basura que la gente promedio consume diariamente en este país revividos desde el reino de la materia descompuesta.

Un intenso olor a comida rápida se apoderó del centro de Río Piedras, y la gente comenzó a peregrinar hasta el bote de basura desde donde Iggie extraía la comida.

La gente comenzó a empujarse para abrirse paso y tener acceso a lo que fuera. No era que estuviesen tanto muertos de hambres, que no lo estaban porque en este país el que se muere de hambre es porque es pendejo o algo así, sino porque era comida gratis, y en la meca del vacilón se dice que if it’s free, it’s for me.

El cigarro de Pepo se deslizó lentamente desde la caverna de su boca y cayó al suelo, de donde yo tuve que recogerlo porque la barriga del dueño del circo apenas le dejaba ver la punta de los pies, menos le permitiría inclinarse a recoger un puro.

—¡Qué maravilla! —dijo.

—¿Verdad que sí?

—¿Cómo logró que la gente se comiera los desperdicios? Digo, ustedes los vagabundos están acostumbrados a eso, pero ahí hay gente de toda clase comiéndose la basura.

—No es basura. Y yo no recojo comida de los basureros, ¿eh? Lo que sucedió fue que Iggie convirtió la basura en comida, so pendejo. ¿No lo viste?

—¿Cómo cuando Cristo revivió a Lázaro?

—Exacto, pero aquí el truco es más práctico, porque a Lázaro no se lo podían comer.

—Ah, es un ilusionista.

—Te lo dije.

—Y de los buenos.

—Claro. Si no, yo no estaría aquí.

—Le ha hecho creer a todos que esa comida es digerible.

—¿Qué dices?

—Pues que es una ilusión. Sabrá Dios qué cosa se están comiendo.

—Gordo con corazón forrado de grasa. Por eso es que no sientes, los triglicéridos y el colesterol no dejan tu corazón en paz. ¿Cómo se te ocurre pensar que es un engaño y que esa gente come materia descompuesta? No tienes corazón. Mira sus caras. Se están dando el atracón del siglo. Y si no me equivoco, aquel que casi no puede tragar es el mismo Iggie. ¿Comería Iggie alimentos podridos?

—No sé. Cara de estúpido tiene.

—¡No le digas estúpido al chico! Lo que es, es... que es... inocente. Carece de maldad.

—Perfecto —dijo Pepo—. Le pagaré lo que me dé la gana y comienza a trabajar hoy mismo en el circo. Quiero que convierta aserrín en palomitas de maíz o algo así. La función es a las ocho de la noche. ¿Estamos?

—Y, ¿qué por ciento hay para su manejador, que soy yo?

—Lo que haré contigo es que me olvidaré de todos los favores que me debes; favores que terminan con la “S” de dólares.

Quedó acordado, por supuesto, y por mutuo acuerdo, que yo no cobraría un centavo por el momento, y que nos desplazaríamos de inmediato hacia el campamento circense que se establecía, como todos los años, en el estacionamiento del Estadio Hiram Bithorn, en el corazón de la ciudad.

Ilusionista La Nana se persignó, cogió las maletas y se marchó. Dijo “Busquen las respuestas en Dios” y después, pesé a mis constantes preguntas de último minuto, no dijo ni ji. Ustedes saben, que qué voy a hacer con el bambalán; que si ella tenía idea lo difícil que era mendigar para uno, imagínese para dos; que la calle estaba dura y la competencia era atroz; que si ella estaba consciente de lo que hacía. La Nana sólo dijo: “Busquen las respuestas en Dios”.

Para Platón, la dialéctica daba paso a las formas y a las ideas, las cuales se supone que fuesen racionales y eternas, pero para la Nana, al parecer, en su mejor derivación de Hegel, la verdad conceptual, residía inmanentemente en todas las cosas.

Pero esto es un mundo en constante cambio, ¿no?

Nada es estático, porque, para comenzar, no hay centro.

Llámese posmodernidad a este berenjenal de ideas, donde nada es permanente y, por tanto, pregunto yo, ¿no estaría la verdad eslabonada a ese constante cambio de las cosas, y, por ende, a la idea de Dios? O sea, que la muy sabia lo que nos estaba diciendo en buenas palabras era “resuélvanselas como puedan”, y yo gustosamente la hubiese enviado tomado a tomar por las sentaderas, pero ya era tarde.

De ella sólo quedaba el eco de su sombra.

Iggie, demás está decir, no se daba por enterado. Su origen era desconocido, porque, según la Nana, hasta su nombre era inventado por el Dr. Genenstein. De lo contrario, sería Ignavo Genenstein, pero no, se llamaba Ignavo Valparaíso. Eso de por sí ya era un enigma.

La Nana no tenía datos de la madre del niño o si simplemente este había nacido en un platanal. Me contaba que ella tuvo la suspicaz idea de preguntarle al doctor Genenstein, en un momento que éste gozaba de una afable borrachera, por la madre de Iggie. La Nana pensaba que las marejadas de alcohol en la sangre del doctor provocarían una apertura de las compuertas que contenían los secretos y que las verdades saldrían en bancos de incontenible chisme, pero no. El doctor comenzó a hablar de cómo un día la mamá de Iggie salió de paseo por un monte de Adjuntas, donde abundaban bellas aves y flores, cuando una suntuosa enredadera le ató por los pies y le subió por las piernas, le circundó la cintura, le apretó los pechos, se enroscó en su cuello y bajó lentamente hacia la pubis, y ya la mujer no pudo huir porque una sesión de espasmos correntosos tomó posesión de su piel y tuvo un orgasmo tal que ese día nacieron miles de nuevas estrellas. Tiempo después, al pie de un sauce, la mujer tuvo contracciones y cuando abrió las piernas para dejar que su criatura viniese al mundo, una gran enredadera gris salió de su vientre y se arrastró por todo el prado hasta cubrir el campo, las montañas y toda la geografía que la vista podía recorrer. Enredado en la planta llegó Iggie.

La Nana, al escuchar dicha historia, se le quitaron las ganas de seguir preguntando y prefirió pensar que el doctor, sumido bajo algún encanto dionisiaco, hablaba incoherencias que no le ayudaban a conocer el verdadero origen del niño, pero sí la asustaban.

Yo, a pesar de lo maravillado del relato, insistía en que si no hay hijos sin padre, menos hijos sin madre, aunque haya mucho hijo de puta cuya madre no tenga culpa de la suerte escogida por el hijo.

Iggie tenía que tener a alguien y ese alguien era mejor que apareciera, porque mi misión en la vida no incluía hacer de niñero a un mago. Para colmo, no tendríamos derecho a dormir bajo el techo que había visto a Iggie crecer porque la propiedad era alquilada, y ya la Nana había entregado las llaves y el derecho a disponer de todos los muebles y pertenencias de la mejor manera que el casero estimara.

Esa primera tarde en que Iggie comenzaba a estar bajo mi tutela, no hablé mucho. Yo soy un hombre de palabras, de hablar profuso y ameno. Yo hablo con las palomas, con las paredes, con los barrenderos, con los turistas, con todo y todo el mundo. La timidez no es problema conmigo. Pero aquella primera tarde con el Iggie a cuestas, no tenía ganas ni de cagarme en mi propia madre. Yo viajaba en el tiempo arreando mis pensamientos hasta llegar al sofisma kármico que me había ganado aquel indeseable bulto.

El chico no era malo, que conste y no me malentiendan. Hasta aquel momento, su único defecto era que comía como una llaga y no había manera de explicar como tanta comida podía ser almacenada en aquel esquelético cuerpo. Simplemente era un barril sin fondo, como dicen por ahí.

Muchos limosneros pierden la limosna.

El problema era, primero, como conseguir comida para satisfacer dos bocas, y, segundo, como deshacerme de él sin cometer filicidio.

—Oye, Iggie, ¿tienes hambre? —resolví por preguntarle a eso de las once de la mañana de aquel día calurosamente tropical.

—Sí. Mucha —contestó, como yo esperaba.

—Pues la gente acá afuera trabaja para comer y vivir.

—Sí, entiendo que eres un vagabundo —dijo Iggie.

—¿Quién te dijo que yo era semejante barbaridad?

—La Nana lo dijo, ¿recuerdas?

—La Nana no tiene derecho a opinar aquí. Mírala a ella. Te abandonó.

—Ella siempre vuelve para prepararme la comida.

—Pues siéntate a esperarle esta vez. Y, para que te quede claro, no soy vagabundo, soy un errabundo. Como Apolonio, que era un errabundo.

—¿Errabundo? ¿Y en que se diferencia de un vagabundo?

—Sencillo. El vagabundo es de clase baja. Yo tengo caché. Me cepillo los dientes y todo eso. No hay nada peor que una persona con una letrina por cavidad bucal. Los vagabundos desconocen la existencia de los dentífricos, de los enjuagadores bucales y del hilo dental. Eso, entre otras cosas, porque yo soy filósofo; y ellos son vividores.

—Para mí no hay diferencia. Barco varado no gana flete.

—Primero: no me hables con refranes. Segundo: ¡Nadie pide tus opiniones, señorito mago! A ver para que te sirve la magia si no puedes ver lo obvio, que es que yo pienso, y ellos no, ¿viste? Mejor dejemos el tema, porque no entiendes nada de nada.

—Eso decía Nana.

—Y razón tenía la vieja gansa esa.

—Pero yo sé muchas cosas.

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuales? ¿A ver?

—Como hacer que los animales me obedezcan, controlar el clima, hacer y desaparecer objetos. Cosas así.

—Hacer y desaparecer científicos locos, ¿verdad? —dije con característico cinismo que característicamente Iggie no absorbió.

—¡Sí! —dijo riendo, como alimentado por una alegría muy dentro de él y a la vez muy distante en la memoria—. El doctor debe estar donde quería estar, aunque no creo que estaba loco.

—¿Y dónde queda eso?

—En 1935.

—¡En medio de la gran depresión! Pero que sí eres mala fe.

—En medio de la plenitud científica de Einstein. Quería hacerle unas preguntas para poder confirmar la posibilidad de poder regresar al presente si llegaba a viajar al futuro. Ese es problema de viajar al futuro, ¿sabes? Hay que tener claro como volver, porque él no utilizaba máquinas ni computadoras ni cosas así.

—Utilizaba, por supuesto, tu magia, ¿no?

—¡Sí! —dijo con quien se siente orgullo de ser útil con lo único que sabe hacer.

—Pero supongo que él sí sabía como viajar al presente.

—Supongo.

—¿Supones?

—Sí, porque si viaja al pasado, entonces regresar sería como viajar al futuro, cosa que Einstein y él sí sabían.

—¿Estás seguro?

—No.

—Oh, Dios.

—Pero a él no le molestará quedarse por allá. Además, Einstein lo puede ayudar a regresar al presente, porque sabía como viajar al futuro. Él sabrá cómo, ¿no crees?

En verdad, ya ni sabía en qué creer, así que me di por vencido.

Aquella conversación no podía entenderse por lógica porque estábamos hablando de cosas tan abstractas e inexistentes físicamente como el pasado y el futuro. Eso sí, el chico había pronunciado más palabras en los últimos cinco minutos que todo lo que había hablado en dos días que llevábamos juntos. Sin duda, la falta de interlocutores había hecho al muchacho sumamente introvertido, pero ahora, muy cándidamente, se soltaba como un soplido en el viento.

—¿Cómo pudiste vivir encerrado tanto tiempo? —persegui una lógica, pero Iggie no me contestó.

Sólo sonrió.

—Mi raza está acostumbrada a eso. Es designio del destino.

—¿Tú raza? Ay, no, que ahora te me acomplejaste y te me pusiste con la paranoia étnica. Ser estúpido no es una raza, corazón.

—No, no. Yo provengo de un tiempo dorado donde los sueños eran signos que simbolizaban una realidad por nombrarse. Yo provengo de las mismas tribus de los magos medos.

Abrí los ojos así, bien grandes, como si me hubiesen halado la misma punta de los nervios ópticos., que empiezan donde termina el sistema digestivo.

Ahora sí que la cosa se ponía buena.

El muchacho tenía episodios de perdida de la identidad que se difuminaban en lo recóndito de lo imposible. No obstante, recordé que Heródoto escribió sobre los medos, aunque fue muy tacaño con sus datos.

—Cuenta la historia —narró Iggie—, que un hombre llamado Astiages, rey de los medos, tuvo un sueño en el que un ave de luz le devoraba el corazón. Al llamar a sus magos intérpretes de sueños, estos concluyeron que el sueño era un augurio de muerte y destronamiento del rey. Los sabios coincidieron que se trataba del hijo de Mandane, la hija del rey. En aquel entonces, el rey decidió casar a Mandane con un hombre persa llamado Cambises. Cambises era de clase media alta, y al no ser de la misma alcurnia que Mandane, cualquier hijo que tuviesen no podría heredar el trono. Pero llegó el nacimiento del nieto de Astiages, y el rey volvió a tener el mismo sueño. Astiages resolvió por ordenar la matanza del niño, que respondía al nombre de Ciro. La persona encargada de cometer el asesinato no tuvo corazón para deshacerse de la criatura, y optó por dejarla en manos de un pastor persa.

»Ciro se hizo rey entre su gente, y cuando Astiages se enteró que su nieto vivía, llamó a los magos para confrontarlos. Por supuesto, los magos se defendieron, y dijeron que la profecía se había cumplido, pero no en contra de él. Ciro, en efecto, ya era rey, y ya no podría destronar a Astiages. Los magos convencieron al Astiages de que ellos no hubiesen podido fallarle, porque ello representaría poner en riesgo el poder y el prestigio del que los magos gozaban. Ciro se levantó en armas contra su abuelo y lo destronó. Ese fue el comienzo del Imperio Persa.

—Increíble. ¿Tú estás medicado o algo así?

—Medicado, no. Pero queda más. Ciro tuvo dos hijos, Esmerdis y Cambises. Esmerdis era el primer heredero al trono y para asegurarse de que no fuera así, Cambises ordenó el asesinato de su hermano. En consecuencia, Cambises se convirtió en el rey. Los medas, que aún tenían presencia social, quisieron deponer a Cambises, a manera de venganza contra el desprestigio y humillación que les había provocado Ciro. Uno de los medos, Paticites, que fungía como gobernador en ausencia de Cambises, le pidió al mago Gautama que se disfrazara como Esmerdis un día que el nuevo rey se encontraba en Egipto. El mago Gautama, quien guardaba un parecido muy singular con Esmerdis, hizo su entrada al palacio reclamando el trono y acusando a su hermano Cambises de intento de asesinato. El pueblo, indignado, lo apoyó. Cuando Cambises se enteró de los sucedido, le pidió cuentas al verdugo de Esmerdis, y el asesino le confirmó que sí, que había matado al hermano mayor del hasta entonces rey. Cambises partió de inmediato para resolver el asunto, pero debido a un extraño accidente que le ocurrió en el camino, nunca logró llegar al palacio. Entonces, el verdugo, único testigo de lo que realmente había sucedido, declaró en corte que él nunca había cumplido las órdenes de Cambises y que el mago Gautama era, sin duda, Esmerdis.

»Así Gautama rigió por mucho tiempo, hasta que, atormentado por su conciencia, el verdugo confesó la verdad en público y luego se suicidó. Entonces, un príncipe persa de nombre Darío, hijo de Histapes, entró a corte con otros seis nobles y reclamó el trono de vuelta para su pueblo. Paticites y Gautama sufrieron ejecución pública, y ello inició una oleada de persecución contra los magos, quienes a pesar de que perdieron el prestigio social y político de una vez por todas, conservaron su gran fama de conocedores y detentores de un poder oculto, que les permitió que, al menos en ese sentido, fuesen respetados y consultados. Desde entonces, los magos, aunque llegaron a dispersarse por toda Grecia, China e India, han aprendido a vivir en marginación.

Boquiabierto y patidifuso, las babas inundaban mi boca ante la maravillosa historia que Iggie acababa de hacer.

—¿Quién te ha envenado la razón de esa manera, muchacho?

—Eso me lo contó el Dr. Genenstein, que era mi maestro —respondió muy orgulloso el mago, y luego añadió—: Tengo hambre.

Aprovechando la coyuntura para salir del tema, le dije que tenía un plan para conseguir comida, porque a la Dulcinea ya no podíamos ni asomarnos, así que había que buscar la manera alterna de incitar a la caridad humana. Iggie dijo, muy dispuesto, que me ayudaría en lo que fuera y que haría lo que yo le pidiera. Inmediatamente le solicité que materializara algo de plata, pero me dijo que no, que para lucro personal la magia no mediaba, que así era de seria su vocación. Así, pues, nos fuimos de allí caminando en silencio Calle Cristo abajo, pero yo no podía dejar de pensar en que en la historia de los medos que había narrado Iggie se encerraba el misterio y la respuesta de por qué nunca se supo mucho de los sabios de Oriente que fueron tras el rastro de la estrella de Belén, y de los que, aparte de mencionarlos en la crónica del nacimiento del niño Jesús, nadie dijo un carajo de nada.

El sol se acoplaba en pleno firmamento como el gran bulbo soberano que es y sus tentáculos de fuego calentaban las calles del Viejo San Juan, llorosas de historia, vómitos y orín, que era a todo lo que se habían reducido las pintorescas callejas de tantos años de suelo sin patria, cuando Iggie se plantó en medio de la calle Cristo, frente al Bar María’s. Centenares de turistas poblaban las aceras, maravillados ante la magnífica ingeniería caótica —manifestación del fracaso de la modernidad— de poder albergar tanto automóvil en tan reducidas calles, cuando se sintieron atraídos por la presencia de Iggie con sus brazos extendidos paralelamente con el horizonte. Otro que se hace pasar por un loco más del pintoresco San Juan, debió pensar la gente, porque eso era lo que parecía, pero luego Iggie, como poseído por un demonio, abrió aquella bocota de maestro de ceremonias de un circo y dijo:

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen, el Gran Ignavo Valparaíso les va a obsequiar con lo mejor del arte más antiguo del mundo.

—¿Prostitución? —preguntó un turista que se había interesado en el singular protocolo, quien sabe si haciéndosele la mente agua y fermentándose los pensamientos con fantasías homoeróticas donde Iggie era el protagonista.

—¡Ay, qué bueno! ¡Prostitución gratis, darling! —dijo una sueca entrada en edad a su marido, quien probablemente estaba muerto hacía tiempo y ella no se percataba.

—No, no es prostitución, damas y caballeros, ladies and gentlemen —aclaró Iggie—, se trata de un acto de magia.

—Hijole —comentó otro turista mexicano—, pues yo como que ya me afilaba los dientes.

—No los voy a decepcionar —dijo Iggie, con aquel tono de voz ficticio y pendejo que me arrebolaba las pelotas de una manera descarada. Digo yo, nadie hablaba así. Ni siquiera Gómez de la Serna cuando se subía al trapecio a recitar sus greguerías. Qué va. Semejante ridiculez. Ya yo comenzaba a arrepentirme del plan maestro, que consistía en que una vez el público del restaurante se distrajera y abandonara sus sillas, yo comenzaría a saquear las mesas y a llevarme todo lo apetecible a mi paladar, y que cupiera en mis manos y brazos.

Debo aclarar en este momento que mi manera de proceder no constituía un robo.

La comida es una cosa sagrada.

Por eso uno va a misa y le dan un aperitivo de hostia, aunque no de vino.

Gansos curas.

Se lo quieren todito para ellos.

Pero la comida no, ¿ven?

Si vamos a ver, deberían regalar el vino también, que viene de las uvas, ¿verdad?, y mi punto aquí es que la comida es la parte que aporta la Tierra en este acuerdo de subsistencia donde nos toca compartir del mismo aire. Se supone que nosotros, a cambio, cuidemos de ella, y tarde o temprano, por desencadenamiento y circunvolución intestinal, le devolvemos a la tierra lo que es de la tierra, y así, por los meses de los meses, los años de los años, hasta que saldamos la deuda y le devolvemos nuestros cuerpo, que la mayoría de las veces llega a esta fase flojo de carrocería, y eso está bien. Hace que uno salga ganando en el acuerdo.

Ah, pero el ser humano es muy insolente, ven.

Y entonces quieren que la tierra y los animales le den de comer sin dar nada a cambio, lo que es una demagogia en principio, porque pensando en que nos salimos con la nuestra, la tierra se queda con su parte del acuerdo, y de pronto ella se pone de acuerdo con el resto de los socios inversionistas, el cielo y el mar, quienes se quedan con el agua, y si no les da la gana de mearnos el panorama, no hay paraíso y no hay Dios que valga.

Nos secamos como flores desarraigadas.

Bueno, todo esto para hacer claro que uno no roba lo que le toca por orden de vida, que es la comida. Así que aquello se trataba de reclamar nuestra porción alimenticia de aquel día.

—Voy a exponer este paquete de cartas— dijo Iggie, extrayendo de su bolsillo el objeto indicado—, y voy a adivinar la carta que cualquiera de ustedes elija.

That is an absolute manifestation of unbelievable nonsense —dijo un turista inglés.

That’s bullshit, you mean —le dijo su compañera, que por su acento debía ser americana.

—Joder. Vaya tío este gilipollas —dijo un turista español—. Cuatrocientos años perdidos, ¿para esto?

Unos japoneses tomaban fotos.

Iggie procedió a hacer el viejo truco de las cartas, pero noté que el mismo no era muy del agrado de los presentes. La gente se quedó en sus mesas. El plan no estaba funcionando, por lo que me le acerqué al señorito Gran Mago, y le dije al oído:

—Mira, pan para hoy y hambre para mañana. O te dejas de mariconerías, o no comes.

—Ah. Entonces voy a tener que hacer algo diferente.

—Ay, que parece que al fin te llega el oxígeno al cerebro.

Iggie de pronto volvió a cambiar el tono de voz.

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen —vociferó como si su garganta fuese un viejo megáfono , y cómo me rejodía aquel tonito de voz tan poco cuidado—. Para el próximo acto, necesito un voluntario o una voluntaria.

—¿Y voluntario para qué? —preguntó el turista mexicano—. Si tú solito haces el ridículo muy bien, ¿no?

Todo el mundo rió.

No obstante, una puertorriqueña que observaba la supuesta función se ofreció como conejilla de indias para el acto que Iggie quería realizar. Dijo que había que apoyar a los del patio, a los de aquí, y que ella ayudaría a su compatriota a demostrarle a todos aquellos turistas que en Puerto Rico hacíamos cosas mejores que jugar béisbol, boxear, desfilar por una pasarela o cantar música pop con sabor a goma de fresa. Luego vomitó el cliché: pondría el nombre de Puerto Rico en alto.

¿Alto en dónde?

¿En las astas de La Fortaleza?

¿En el último piso del edificio más alto de la Milla de Oro, el feto bastardo de Wall Street?

¿En la punta de El Yunque?

Maldita sea la frase, pensé. Pero el espectáculo debía seguir.

Iggie cerró los ojos.

Tocó la cabeza de su voluntaria.

Palpó su cuello.

Caminó hasta detrás de ella.

Le colocó la punta de los dedos sobre sus sienes.

Separó las manos.

Se colocó entres de frente a la chica y volvió a colocarle los dedos sobre las sienes.

Get on with it, for God’s sake! —gritó otro turista americano.

—Meta mano, que usted es boricua —dijo un puertorriqueño presente.

—¡Silence, s'il vous plaît! Ceci est une chose sérieuse —dijo una dorada francesa.

Mi temor era que Iggie le fuese a degollar a esta mujer también, pero él dio dos pasos, atrás inclinó la cabeza, levantó los brazos y, como por arte de, pues, coño, de magia, ¿de qué más?, la chica comenzó a elevarse y a flotar en el aire.

La gente exclamó al unísono en medio del sereno silencio que se montó sobre la Calle Cristo.

Hasta yo mismo me sorprendí embelesado con aquel acto maravilloso, admirando como Iggie hacía que la chica fuese oscilando desde un ángulo de 90 grados perpendicular a la calle, hasta postrarse sobre el aire que dejaba de soplar entonces.

Cuando me percaté que todo el restaurante se había vaciado, acudí a las mesas como si fuese ese buffet único en que uno se sirve a gusto y gana. Tortillas, carnitas, nachos con queso, filet mignon, salmón ahumado... todo lo iba colocando sobre mis antebrazos de la misma manera que lo hace el más diestro de los meseros. De más está decir que ese fue mi oficio por un tiempo durante mi juventud, y esa habilidad es como correr bicicleta: nunca se olvida.

Bueno, pero, claro, la falta de práctica traiciona a cualquiera.

Y ante la falta de práctica, pues, algo se me tenía que caer.

Y lo que se deslizó de mi antebrazo y se estrelló contra el suelo fue un gran plato de hierro rebosante de fajitas de carne de res que aún hervían con la misma capacidad del metal para guardar el calor del fuego.

Entonces, Laria, la propietaria del restaurante, se percató de mi inocente acto en beneficio de los menos privilegiados, y alertó a los presentes con un grito que reverberó en la mismísima Capilla del Cristo donde acaba la calle.

—¡Ladrón! ¡Devuelve esa comida! ¡Deténganlo! —dijo.

La gente tornó su mirada hacia mí, y no hacía falta un sexto sentido para adivinar que venía por mí, por lo que emprendí mi fuga en dirección de la Calle Fortaleza.

—¡Corre, Iggie, corre! — alerté a mi eficiente compañero, por quien, luego de tan exitoso acto, no iba a abandonar en medio de aquellos chacales malhumorados y con hambre.

Iggie emprendió la carrera, me alcanzó, me rebasó, y se perdió en la lejanía como si se fuese desvaneciendo poco a poco hasta que no quedó nada de él.

Yo, luchando por salvar algunos platos, aceleré para alcanzarlo, pero el muy cabrón debió invocar a algún demonio o ángel que lo ayudara en la escapada, porque no lo volví a ver hasta que llegué a mi guarida en el Ejército de Salvación, donde él me esperaba pacientemente sentado sobre el catre.

—Tengo hambre —dijo él, al verme llegar.

Simplemente eso dijo.

Me dieron ganas de tirarle los platos en la cara, de hacerle tragar los nachos sin masticar.

—¿Tienes hambre? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir después que arriesgué mi vida por ti?

—Del plato a la boca se pierde la sopa.

—¡Que no me imites! Deja los refranes.

—Lo siento, vagabundo.

—¡Errabundo! ¡Te he dicho que no soy vagabundo! ¡Soy un errabundo! ¡Y no diluyas el tema!

—Es que no sé cómo te llamas.

Por supuesto. Yo no me había presentado en momento alguno y me sentí muy mal.

—Mi nombre es Simón.

—Ah, Simón. Como el hechicero.

Al mirarlo con detenimiento, percibí que el muchacho en realidad tenía hambre, así que, sin más, le ofrecí de aquello que pude salvaguardar y me senté junto a él a compartir.

Mientras procedíamos a degustar aquel almuerzo prestado, le pregunté:

—Oye, ¿cómo hiciste para hacer levitar aquella chica?

—Un buen mago no revela sus secretos, Simón.

—Bueno, se habrá pegado fuerte cuando saliste corriendo. Digo, la chica estaba, ¿cómo a cuanto? ¿A nueve metros de altura?

—Más o menos. Pero no te preocupes, que no se hizo daño.

—¿Te dio tiempo a descenderla?

—No.

—¿Entonces?

—Pues allí debe estar todavía.

Sobresaltado, me levanté de un brinco.

—¡¿Cómo?! ¡¿Cómo dices?!

—Que la chica debe estar levitando todavía.

—¡Por Dios! ¿Y qué vas a hacer, muchacho endemoniado?

—Nada —dijo, mientras disfrutaba su comida.

—¿Y quién la va a hacer bajar?

—Nadie, a menos que aparezca otro mago con un poder superior al mío.

—Por supuesto, de los cuales hay miles por ahí, supongo.

—No te preocupes, Simón. Ya pondrá los pies en la tierra.

Sin abundar más sobre el tema, terminamos nuestro almuerzo, y yo pensaba que el talento, don o magia de Iggie podría ser tan peligroso como beneficioso. Sólo había que saber canalizarlo. Así que yo lo llevaría a dónde pudiera ser de provecho: en el circo de Pepo Watson.

CrissAngel-Float-4 Yo estaba más salado que un arenque. Sabrán que no como arenque, porque a mi paladar le sería imposible degustar un plato tan apestoso. Y cuando se fríen los arenques es peor, porque es como pegarle fuego a las axilas de Satanás y sentarse a tocar la lira mientras el mundo se intoxica. Pero en verdad que yo no pegaba una, pensé. Estaba más salado que un arenque.

Mientras yo me cuestionaba la manera en que mi vida había girado, observaba a Iggie devorarse su segundo desayuno, esta vez consistente de omelet con queso, champiñones, tocino y cebollas, con sus rebanadas de pan tostado y jugo de naranjas. En cambio, yo, con tanto desaliento, y sin mencionar los golpes recibidos en el estómago, había hasta perdido el apetito, por lo que me dedique a mirar alrededor.

Aquella gente era gente rara.

Había que descifrarlos a tiempo antes que me lavaran el cerebro, me disecaran o me utilizaran para alimentar los cerdos. Pero en lo que Iggie comía, lo cual parecía ser un acto litúrgico o algo parecido, porque la Nana se mantuvo de pie junto a él todo el tiempo, así, sin decir palabra, pues me puse a apreciar la lúgubre decoración de la casa.

Aquel Dr. Genenstein tenía el gusto en el mismo orificio por donde expelía los desechos de su cuerpo.

El apartamento era una depresión de piedra y madera. Aquello era un inducidor natural de suicidios. El interior del apartamento estaba decorado muy a la americana, con esos tonos graves de madera de cedro tragándose las posibilidades de la luz. En una de las paredes colgaban decenas de relojes de diversos tipos y tamaños, muchos dando la hora exacta, otros inservibles, otros bastante adelantados, aunque otros bastante atrasados.

Mientras tanto, la Nana mantenía la mala cara.

Tenía el pelo recogido en un rígido moño que daba la impresión de que se halaba el cuero cabelludo, frente y todo para tratar de estirar las arrugas.

Claro, al tiempo no hay quien le gane, y menos con tanto reloj de panorama en la misma sala de estar.

Yo no decía ni que lindos ojos tienes, porque no tenía los ojos lindos. Lo que tenía eran dos orbes que me querían rebanar como a pata de jamón.

—Debería darle vergüenza —me dijo finalmente, acuchillándome todo el tiempo con aquellos ojos de estilete.

—Y a mí, ¿por qué?

—Aprovechándose de la inocencia de los demás.

—A mí el chico no me pareció tan inocente. Además, lo que hice fue un favor.

—¿Un favor al pervertir su inocencia y hacer que me dijera cosas?

—Yo no sabía que usted era su madre. Yo...

—No soy su madre.

—Bueno, lo que sea. Yo pensé que...

—No hace falta que me diga lo que pensó. Lo que usted piense no me importa. Usted es un vividor de gente. Lo he visto por las calles de San Juan pidiendo limosna.

—¿Vividor yo? ¿Vividor yo? Señora, con su permiso. Me insulta. Me voy de aquí.

—Que no va a ninguna parte. Siéntese donde estaba.

Así lo hice, no por sentirme amenazado, claro, sino por decencia y respeto a los mayores.

—Oiga, abuela, ¿la frase restricción de la libertad no le dice nada? Es como tomar a uno de rehén.

—Ignavo se escapó. Se fue por voluntad propia. Y usted, genialmente, me lo trae de vuelta. Esto sólo me ocurre a mí.

—Al perro flaco, todo es pulga.

—¿Ah, sí? Pues sepa que zapato viejo que boto, no recojo.

—La culpa es tan fea que ahora no quiere cargar con ella.

—Palabras de burro no llegan al cielo.

—Precisamente...

—¡Suficiente! ¿Por qué tenía usted que aparecer en mi vida? Yo tenía todo planificado, pero usted no me va a echar a perder la cosa.

—Conque quería deshacerse del muchacho, ¿eh? —dije en tono amenazante—. ¿Estás escuchando eso, Iggie?

Iggie, mientras seguía comiendo, asintió como si no le importara.

—Se llama Ignavo. Ignavo Valparaíso —dijo nuevamente con aquel tono de voz de exquisita soberbia diez grados bajo cero.

—Es que nos hicimos panas. Cuates. Carnales. Tíos.

—Él no entiende lo que está sucediendo.

—Ni que fuera una tabula rasa —dije con acostumbrado cinismo—. Por favor, llamen a Hobbes, que hemos encontrado al buen primitivo.

—Yo sé lo que le digo. Yo crié al muchacho. Jamás había salido de los confines de este apartamento. Él no conoce la maldad.

—¿Ah, no? Y yo soy Johnny Depp.

—Usted lo que es un estúpido.

—Y, ¿cómo le sienta que lleve su caso a las autoridades, eh? Pues por lo que me dice, el muchacho era rehén suyo y del tal Dr. Genenstein, a quien no le he visto el pelo todavía.

—Elmmm doftor ehjjj uehjno conjmigohjjjj— dijo Iggie.

—¿Qué? —le pregunté con el rostro plegado por lo ininteligible de aquella lengua extraña.

—Dice que el doctor es bueno con él —tradujo la Nana.

—Ah, bueno. Yo no hablo alemán.

—No es alemán, estúpido. Es que tiene la boca llena de comida.

—Oiga, pues para haber estado enclaustrado tanto tiempo como usted dice, ustedes han perdido el tiempo enseñándole modales.

—¡Suficiente! —dijo la Nana encolerizada.

Iggie continuó degustando su desayuno y después dijo que quería irse al balcón a mirar El Morro en la distancia. Asomarse al balcón le era permitido a Iggie, me dijo la Nana al yo reprocharle cómo era que lo dejaban otear la vida desde allí sin haberle dado la oportunidad de interactuar con la gente. Esa siempre fue la voluntad del doctor, me dijo Nana. Y aquí se hacía lo que el doctor dijera.

Fue la voluntad, dijo.

Fue. Pasado preterito passé.

Fue.

Como lo que ya no es.

Un cambio de estado de la materia o de plano de la existencia. Entonces no pude contener más mi curiosidad y pregunté por el doctor, que cuando regresaba, que me moría por conocerlo, y que me ofreciera un trago de aquel brandy Napoleón que descansaba virgen sobre el recibidor. La Nana me dijo que el doctor había desaparecido. ¿Desparecido? ¿Así no más? Puf. ¿Y ya?, cuestioné en legítimo derecho. La Nana entonces me sacudió con un pensamiento que me paró todos los vellos de mi cuerpo: ella sospechaba que Iggie había asesinado al doctor y había dispuesto del cadáver de alguna manera diabólica.

—Por eso me marchaba y por eso me marchó, vagabundo entrometido —me dijo—. No voy a ser la próxima. Esas cosas de lo malo existen. No voy a ser experimento de nadie.

—Pero si la asesina ya no le queda nadie más, y eso sería muy paradójico, pues el chico aparentemente vive para comer y, ¿quién le cocinaría?

—Él no tiene cabeza para pensar en esas cosas. Es como un animalito, digo yo. Vive a la buena de Dios, con el día a día.

—¿Y qué le hace pensar que fue Iggie quien se deshizo del doctor?

—El chico me dijo que se encontraba practicando un truco de magia, con la asistencia del doctor, cuando... ¡Jesús, María y José!

—Se le quedó el burro y la vaca.

—No sea payaso. A lo que quiero llegar es que hubo como una explosión, como si desatarán una gran fuerza que estremeció las paredes de la casa. Cuando acudí al estudio del doctor, porque me sospeché que me necesitarían para limpiar algo, de seguro, encontré a Ignavo envuelto en una nube de humo, con una sonrisa amplia y sus ojos muy brillantes. No había rastro del doctor. Entonces, al pedir explicaciones, Ignavo me dijo lo que había hecho. ¡Ay, San Judas Tadeo!

—Y dígame, Nana, ¿doctor en qué es el doctor Genenstein?

—Doctor en física en la Universidad de Puerto Rico.

—Porque si era un hombre de ciencias... ¿el doctor se prestaba para trucos de magia?

—El doctor fue quien le enseñó los trucos. Él era profesor de física, sí, pero también era un aficionado a la magia, en particular los actos de ilusionismo. Acá entre nos, siempre pensé que eso eran cosas del diablo, pero el doctor decía que un ilusionista genuino era alguien que dominaba las propiedades de las dimensiones, a saber usted lo que eso significaba. Yo sólo repito lo que escuchaba. Y ya no sé más. Yo no entiendo de esas cosas, sabrá. Siempre me encargué de la limpieza de esta casa, de que Ignavo durmiera en un lugar limpio y cómodo, de que comiera bien, pero nunca me metí con los experimentos del doctor. Ahora tengo que quedarme sola con el muchacho y verá, no es fácil. Yo soy cristiana, ¿usted entiende? El chico tiene dones. Y como usted ha descubierto su secreto, usted es tan responsable por él como lo soy yo.

—¿Yo? ¡Pero si nunca lo había visto en mi vida! Mire, a ustedes lo que le falta es sarna para rascarse, así que yo mejor me voy.

—Usted conoce el secreto de Ignavo, así que eso lo hace responsable. El chico no tiene malicia, ¿comprende? No sabe nada de nada. Todo su mundo ha sido lo que ha leído en libros y revistas. Y lo que ve desde el balcón, claro. Yo no estoy capacitada para comenzar a encaminarlo por el mundo. Mucho menos cuando él no controla el alcance de sus poderes.

—Bueno, ¿y que le parece si nos escabullimos usted y yo ahora mismo y nos olvidamos que nos conocimos?

—Eso sería irresponsable, además de que con usted yo no voy ni de aquí a la esquina.

—Pues si piensa que me lo voy a quedar, está más loca que una cabra.

—Usted no parece ser iletrado.

—No, ¿verdad?

—Tiene cara de vagabundo vividor, de vago y de hijoeputa, pero no de iletrado.

—Oiga...

—Tal vez pueda entender mejor si le dejo ver los documentos que dejó el doctor.

—Pues, después de usted, my lady.

El estudio del doctor Genenstein, dijo la Nana, estaba idéntico a como había quedado desde la última vez que Iggie y el físico estuvieron allí. La Nana se había rehusado limpiar por aquello de no envilecer la escena del crimen. Había libros por doquier, microscopios, modelos a escala del sistema solar, frascos sellados con cosas en su interior, telescopios que apuntaban al espacio sideral que se asomaba por una ventana en el mismo techo y otras cosas alusivas al estudio de la materia y el universo. Yo me sentía ridículo caminando con tanta precaución, como si al respirar muy profundamente fuera a derribar todo a mi alrededor.

La Nana no me perdía a pie ni a pisada.

Me miraba con una desconfianza que no le daba la gana de disimular. Me condujo hasta el lugar donde asumidamente se había llevado a cabo el mágico acto de desaparición. En el piso había una mancha negra, como de tizne, que tenía la forma de un sol estrellado.

Estrellado de derribado, no de lleno de estrellas.

Sobre el escritorio había una libreta de apuntes. “No hay nada más rápido que la velocidad de la luz, A. Einstein”, decía un epígrafe en la primera página. Aquella libreta voluminosa contenía, a partir de entonces, cientos de anotaciones, fórmulas matemáticas, gráficas, tablas y otros garabatos que aún un hombre de mi alcurnia no podría descifrar.

Verán, yo soy filósofo y posmoderno.

Soy arqueólogo de los actos del hombre a través de los siglos.

El mero hecho que haga de vagabundo no quiere decir que lo sea.

No, señor.

Yo soy de los que cuestiona y busca la diferencia entre la realidad y lo que es la apariencia superficial.

Y viviendo en este país, un día me decidí a comprobar si el mundo en que yo vivía era real; si las calles, las tiendas, la congestión de tráfico y los siempre tardíos autobuses eran de verdad; si la gente que puebla las aceras, se monta en aviones, si los mismos aviones eran real; si lo real era solamente lo físico, lo tangible, lo material; si la realidad era una propiedad de otra cosa, algo así como una regla dorada o la sabiduría y propósito de Dios. Claro, metido en aulas desérticas de alguna universidad, escribiendo monografías que deslumbrarán a mis colegas, para mis colegas, cuestionadas por mis colegas, y a veces, derrocadas por mis colegas mismos, no iba a llegar al fondo de la gran pregunta: ¿Qué es la verdad?

Y la verdad en aquel momento era que yo no entendía un carajo de lo que leía, puesto que, aparte de una terrible caligrafía, tanto número y tanta variable no me decían nada.

Allá los cabalísticos, pero para mí lo que nombra la realidad son las palabras, aunque ellas mismas sean altamente cuestionables sobre su misma existencia.

No obstante, había intersticios de luz entre todo aquella madeja de fórmulas y dibujos. “Cada vez que recordamos algo, viajamos en el tiempo a un lugar y momento del pasado”, decía, por ejemplo, uno de los pasajes en la vetusta libreta. “Pero, ¿no sería grandioso poder hacer el viaje en presencia y consistencia física?”, añadía. Sin dudas, que el doctor tenía afición por retar las rotaciones de la Tierra. Minkowski, Einstein, Newton, Feynman, Gödel, Tipler, entre otros, eran constantemente aludidos y citados, dejando entrever que el Dr. Genenstein consideraba todo desde la física tradicional hasta la física cuántica, que no admitía una sola espiga de razón, sino un ramillete de verdades que pudiesen estar todas en lo correcto como que equivocadas. Porque Genenstein, evidentemente, quería dominar las propiedades de la materia para viajar en el tiempo. Eso se caía de la mata. Pero su recurso indispensable iba más allá de meros campos electromagnéticos, protones, electrones, positrones, antimateria o cualquiera de esas cosas en su carácter particular, sino que el científico buscaba canalizar la potestad sobre la constante del cambio a través del principio de la inteligencia: la palabra.

Genenstein postulaba en sus escritos que alguien que dominara los estados de la materia, sus posibilidades de cambio y transformación, podría viajar libremente a través de una línea de tiempo. Ese alguien tendría que estar dotado de un poder o don especial, legado por generaciones a los primeros historiadores y poetas de los pueblos, los brujos o curanderos, magos o hechiceros, llámeles como sea. Genenstein los nombraba “ilusionistas”. “El espacio, por sí sólo, y el tiempo, por sí sólo, están destinados a desaparecer en la agonía de las sombras”, decía una nota al pie de una de las páginas, “y solamente la unión de ambas perpetuará sus respectivas independencias”.

Tiempo y espacio unificados en matrimonio para toda la vida. Genenstein exploraba las teorías de la curvatura tiempo-espacio en donde ésta le indica a la materia como moverse y, en reciprocidad, la materia le dice al tiempo-espacio como curvear. Que si eso hace posible retar el tiempo. Que si eso hace que la luz se encorve. Que si eso hace que uno pueda viajar al pasado.

Al leer la última página escrita de Genenstein, encontré un pasaje que leía:

Si un ser yo pudiese encontrar su línea del tiempo, y viajar en ella siempre a una velocidad menor a la velocidad de la luz, yo podría ver todo a mi alrededor sucediendo de manera normal en su orden causal. Entonces llegaría el momento que la línea misma se cerraría, y esa sería la manera de viajar físicamente al pasado. Existen diversas maneras de lograrlo, pero todas ellas requerirían una gran cantidad de energía que, en la mayoría de los casos, no poseería medida posible, porque su magnitud tendría que ser infinita. La única manera de lograr acceso a esta energía infinita es tocando el infinito mismo por medio de lo que los religiosos llaman poder de Dios, pero que los paganos llaman magia. ¿Cómo lograrlo? Irónicamente, todo lo que requiero es tiempo... pues el tiempo no se detiene... me desgasta y me degenera... quiero tiempo para entender al tiempo...”

¡Por las barbas de H. G. Wells, que el demente del doctor le había pedido a Iggie que lo transportara al pasado!

Mientras le comentaba todo esto a la Nana, quien tenía cara de entender menos de lo que entendía al principio, se escuchó un tumulto en la calle. Cuando acudimos para ver de qué se trataba, vimos a Iggie suspendido en el aire, sin ayuda de sostenedores ni tensores ni nada por el estilo.

Iggie flotando sobre la Calle San Sebastián como dirigible en la Parada de Macy’s.

La gente se maravillaba y exclamaban que hasta se parecía a Chris Angel. Iggie, con sus ojos cerrados y en posición de Buda bajo el árbol en que le desperdigó la iluminación, ni se enteraba. De lo que sí se enteró fue de un botellazo que alguien le arrojó desde algún lugar de la acera, al reconocer que quien flotaba era la misma persona que había decapitado a una mujer el día anterior. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Desmembrarnos a todos?, gritó la voz. Y luego vino el botellazo. El muchacho, al caer en la festiva calle, fue celebrado a patadas por la breve muchedumbre que allí se había aglomerado y que, en efecto, habían reconocido a Iggie. Quién sabe si hubo hasta quien le dio por solidaridad o por aburrimiento, pero le dieron hasta que la Nana y yo lo fuimos a recoger.

—Eso es lo que le pasa a los que viven de ilusiones —dijo sabiamente la Nana—. La caída siempre es dolorosa.

Y a mí me comenzó a doler el ánimo cuando supe que había caído en una trampa de conmiseración humana, y que no podría abandonar a Iggie, al menos por el momento.

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