Torceduras

Recuerdo, hace tanto poco tiempo, a dos seres que se amaban en demasía con un amor de esos que se le sale a uno por los poros y duele hasta en el aliento. Esto es autoplagio. Mas, ¿qué importa? Ya nadie recuerda lo suficiente como para reconocer la memoria en el fondo del shot de tequila Herrera reposado, de donde sale aquella vez que Roddie me preguntó a dónde yo iba, y yo le dije que a casa, y entonces mi robusto amigo asiduo visitante del gym me dijo que me llevaba. Su cara me lo decía todo, aunque no hablaba nada. Sacó la botella de debajo del asiento del conductor y comenzó el monólogo en Do/Si.

Ministraba un dolor particular. Digo, la imagen de una masa musculosa de seis pies y tres pulgadas no es tan dócil para uno pintársela en lágrimas, y menos cuando me confesaba que estaba enamorado, que su novia lo traía loco, pero que le preocupaba una cosa: que tenía que aplicarle un par de bofetadas, tal vez al cuadrado, para poner a su mujer en condición de acostarse con ella.

Yo no soy muy puritano, pero aquello parecía la letra de una canción de Jane’s Addiction. Total. Qué le vamos a hacer, dije. Hay gente así. Todos tenemos torceduras que nunca se van a enderezar.

El asunto es que no bien recorrido el tramo, Roddie me dijo que acababa de tener una pelea por teléfono con su novia y que era preciso verla. Si no me molestaba, podía acompañarlo. Y yo, qué diablos, sin auto y lejos de casa, no avisaba más opciones, así que acepté.

Una vez frente a la casa, Roddie llama a su novia con voz omnipotente. Como que: «¡Maritza! ¡Puñeta, ven aca!», así, desde el auto. Y ella sale, se posa sobre el cesped en sublime reto. Y le dice: «¿Qué quieres?», a lo que Roddie, naturalmente, responde que desea hablar con ella. Y Martiza dice que no hay nada qué hablar, que se vaya, shooo, hit the road, Jack, y Roddie como que eso no es así, que vas a venir a dónde mi ahora, y Maritza se niega, y yo le digo a Roddie que mejor nos larguemos, y el me dice que me calle la boca, que esto no es conmigo, y yo, como que, say what? Entonces, Maritza se torna camino de vuelta al interior de la casa y masculla un «te puedes ir al carajo». Y yo pienso que la manera de neutralizar un vete-al-carajo es con un “mira-puñeta” y así, santo y bueno, Roddie lo suelta, a lo que Maritza suelta un «cabrón» y hace poker. Game over. Kaput. La casa gana.

Roddie sale como un demonio del auto y salta sobre Maritza. Y allí, bella y bestia comienzan a rodar por el césped. Se escupen. Se golpean. Se muerden. Se halan por los cabellos. Yo trato de bajarme del auto. Roddie me advierte que ni lo piense, que me quede donde estoy, que me llevará a casa. Me doy un trago del Herrera. Y de puños, mordiscos y patadas la escena corre a un beso apasionado, un tranque de lenguas, un derretir de labios. Me doy otro trago en sostenido.

Roddie y Maritza se levantan salpicados de tierra y grama. Él le recoge el pelo de la cara. Ella le pasa las manos por el pecho. Se funden en otro beso y yo bebo. Te espero, le dice ella. Ya vengo, le dice él. ¿Por qué no nos vamos?, hubiese querido decir yo. Otro trago.

Roddie me regala el Herrera. Sonrío. Le doy las gracias en Sol/La.

Antes de bajarme del auto, frente a mi casa, Roddie me dice: «¿Ves lo que te digo? Ahora voy a su casa y no salgo de allí hasta mañana».

Lo felicito.

Recuerdo una vez que intenté algo parecido y por poco me llevan arrestado por Ley 54 –ley de protección a víctimas de violencia doméstica–.

Nada. Que toda la vida nos llenamos la boca de tanta materialidad y queremos darle forma a algo que en sí mismo no la tiene. Y al final, todos tenemos torceduras que nunca se van a enderezar.

¡Feliz 2009 a todos!


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