Vas, o no Vas

suicide duckie Adolorido y preocupado, luego que la enfermera certificara que yo aún tenía signos vitales y que me cobijaba un plan médico y que, por tanto, no iba a enredar al hospital con otra deuda echada a pérdida, me mantenía alerta en la sala de espera cuando llegó un médico a llamar al próximo paciente. “Jaime Vas”. Entonces se levantan dos individuos que se quedan mirando el uno al otro y el doctor con cara de cuál es la broma. “¿Jaime Vas?” repite el doctor, cuyo acento y aspecto general me decían que era hindú (además, su carné leía Dr. Srivastava, lo que bastaba para deducir su procedencia étnica, cosa que, en casos como la medicina, sí importa). “Voy entonces”, dijo el primero, gordo bajito y empleado de gobierno, como el mismo se había encargado de hacer conocer. “Yo soy Jaime Vas”, dijo el segundo, quien caminaba un tanto jorobado y así, arrastrando ambos pies, como un muñeco de cuerdas. “Y usted, ¿también es Jaime Vas?” pregunta el médico al primero. “No, yo soy Jaime Pérez, pero como usted dijo ‘Jaime, vas’, pues pensé que iba después”.

No tengo idea sobre hasta qué punto se trataba de una verdadera confusión o de un mero ejercicio de jaibería.

Srivastava entonces hizo pasar a Vas, le atendió y le dejó ir para atender al próximo paciente, que era yo. Pero Vas no quedó complacido. “Si yo sé, mejor me hubiese ido a la funeraria”, dijo a viva voz. “Allí por lo menos dan queso y galletas”. La gente lo ignoró. Miraban, anestesiados, un programa de juegos en Univisión.

Entonces, Vas se reinstaló en la sala de esperas y comenzó a quejarse. Como en una letanía, invocaba la ayuda de los médicos. “Ay, doctora Ortíz… ¡Ortiz! ¡Me duele!”; “Ay, doctora Rosario… ¡Rosario! ¡Me duele!” “Ay, doctor Srivastava … ¡Srivastava! ¡Me duele!”. Nunca dijo qué o dónde le dolía.

A todo esto, varios trabajadores del hospital, entre los que se incluían enfermeras, recepcionistas, guardias de seguridad, escoltas y empleados de mantenimiento sanitario, le saludaban con familiaridad. Intercambiaban palabras y luego Vas retomaba sus mantras.

Al poco rato, y como todos le ignoraban, decide entrar a la sala de emergencias por su cuenta y darle golpe de estado a uno de los consultorios. Toma como rehén a un esfigmomanómetro, que no tiene nada que ver con proctología y sí con la medición de la presión arterial. “Me voy a matar”, anunció. Y una de las enfermeras le hace un reality check con aquello que qué es lo que tú dices, y Vas, decidido, repite que su autosentencia. “¿Con una máquina de medir la presión arterial?” dijo la enfermera. “No, con 12 pastillas”.

Tal vez, una por cada mes del año, pensé. Puerto Rico es un país que de algún modo inevitable se hace inhabitable. Sufrimos 3,800 suicidios en los últimos 10 años, a más de uno por día.

Entonces, con suma delicadeza, la escolta del hospital le dice que a Vas que ya es hora de que se vaya. “Yo siempre me estoy yendo”, dice el paciente, que me parecía más solo que enfermo. Vas sale hasta las afueras del hospital. Mientras camina, se va despidiendo de todo el mundo. “Nos vemos mañana”, dice.

“Hasta mañana, Vas”, le dicen todos.

Cuando el médico me preguntó que me aquejaba, no supe decirle de inmediato.



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