Violencia

lesdemoisellesdavignonDesde nuestra concepción y gestación de la vida, que comienza con la batalla del espermatozoide por fecundar el óvulo, los humanos transitamos por un mundo construido en violencia.

Llegamos entre sangre y dolor. Nos transformamos físicamente de manera continua a medida que crecemos. Nuestros cuerpos se transforman con impetuosidad silente. Y luego nos concursamos con una biología en la que prevalece aquel que con más capacidad se enfrente a la adversidad. Nos producimos y reproducimos para preservar nuestra existencia y la de aquellos que nos completan.

Escuchamos los estribillos de canciones populares que perpetúan el movimiento de la vida, como “amar o morir”; “I will die for you”; “Si tú intentaras volver conmigo, te mataría”, y entendemos que la violencia es, más que un concepto, una acción.

En un día en que las tropas israelitas se lanzan a acabar con lo que queda de la franja de Gaza, El Nuevo Día publica dos artículos (edición del domingo 11 de enero de 2009) acerca de la cultura de sangre y violencia que predomina nuestra sociedad. Ambos artículos se concentran en citar a estudiosos del tema que plantean la situación de maneras obvias –la televisión, los videojuegos tienen parte de la culpa- o, en el peor de los casos, casi a la usanza de Perogrullo (¿es un puño o es la mano cerrada?), pues según exoneran la responsabilidad de la familia en inducir a los hijos en la enseñanza de valores también dice que al gobierno no se le puede dejar toda la responsabilidad.

El tema, aunque pertinente, no queda muy bien tratado desde su eje filosófico-conceptual, puesto que vivimos en una sociedad codificada dentro de la ley y el orden, lo que casi obliga a la presencia de un cuerpo o aparato adecuado para la vigilancia de los códices. O sea, la fuerzas armadas municipales, estatales y militares. Por tanto, o lo aceptamos como la inevitabilidad circunstancial, o pasa a ser doble moral. Curioso es que uno de los ‘expertos’ que cita el artículo es abogada.

El problema con la violencia, simplemente, se desvirtúa en su calibración semántica. Como pensar que la energía nuclear puede ser utilizada para iluminar y propulsar el mundo igual que para destruirlo.

Y es que la violencia, como intensidad, es una forma de energía que puede ser canalizada de maneras creativas, efectivas, satisfactorias. La violencia es un dragado del impulso innato hacia la creación (destruir es crear también) que persiste en todos los humanos Aquellos que han vivido a Goya o a Picasso; inclusive, a Warhol o a Basquiat, sabrán cuán agresor puede ser el arte. En la poesía, Whitman y Martí, Neruda y Machado, Palés y Corretjer: todos poetas sublimados en cuyos versos resuena el trueno del verso. La violencia es esa energía original que nos mueve. “…Si los pechos/Se rompen de los hombres, y las carnes/ Rotas por tierra ruedan, no han de verse/ Dentro más que frutillas estrujadas”, dice Martí en “Amor de ciudad”, para luego añadir: “muere la flor que nace”.

Para trabajar el problema de la llamada violencia, tendremos que adecuarnos para aceptar que todos los objetivos de nuestra realidad física condicionan el objetivo de congraciarnos con una satisfacción interna, espiritual e inmaterial. Ese es el reino o plano de la producción cultural de los seres humanos. Necesitamos inventarnos (ya sea en mito o poesía) para encontrarnos. Por tanto, ninguna iniciativa hacia la revitalización de una sociedad y la búsqueda de su futuro puede darse sin una materialización del plano intangible de nuestra existencia. Ese es el trabajo del arte –pintura, baile, actuación, música, literatura, etc.-. Completarnos.

Mientras esa realidad no sea admitida, seguiremos preguntándonos sobre si el puño es una mano cerrada, o la mano cerrada un puño.



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