Las economías endebles y la publicación de libros

next-publishing2LGEn tiempos de economías endebles, ¿qué nos depara el mundo de las publicaciones literarias? Si la Gran Depresión de los ’30 en los Estados Unidos –y cada vez el déja vú es más patente– despertaron generaron nuevas propuestas para hacer literatura, tanto en su contenido como en la explotación del medio –es decir, los modos de publicación del texto y su oferta y exposición-, los próximos años en este inicio del siglo XXI no serán mejor resueltos. Las grandes editoriales de alcance global ya han declarado el “freeze over”; o sea, menos textos serán aceptados y publicados, en particular si el manuscrito presentado proviene de un escritor desconocido o poco establecido.

No obstante, pese a que todos aspiran salir del blog al estrellato literario internacional, dicho fenómeno será cada vez menos plausible, delegando la posibilidad de ser publicado, más que nunca, sobre las editoriales medianas y pequeñas. Por supuesto, esto no presupone que dichas empresas culturales queden inoculadas del efecto adverso de la desarticulación de las economías nacionales en el mundo. Al contrario, la soga siempre romperá por lo más fino.

De todas formas, hablamos del survival of the fittest entre los escritores.

La publicación, suele decir Juan Gelpí, siempre es el más alto decir de un texto. Por tanto, los escritores tendríamos que afinar nuestra mirada hacia aquellas editoriales que mejor representen sus trabajos dentro de un espectro de opciones muy limitado. Por supuesto, siempre se puede publicar uno mismo y esto es lo que se espera que ocurra con mayor frecuencia a medida que la situación agrie. Lo que todavía no cambia, sin embargo, es el poco rango de credibilidad que tal gesta carece. Se lo digo yo, que pasé por eso.

Queda por cumplirse, entonces, la promesa de la revolución del libro digital. Yo me apunto.

Pero queda por cumplirse la muerte del romanticismo –demonio hecho ángel de luz en nuestra literatura puertorriqueña– y su búsqueda de la gran novela nacional. Es curioso ver cómo nos entregamos a las mismas metanarrativas que creemos, en suma ceguera del tiempo (a.k.a. novatada), erosionar.

Queda la posibilidad de que algún día la literatura pase a ser un mal –o, en su defecto, un bien, whatever, I take it– necesario, y no el código privado que algunos se cargan como a su Lola particular.

Queda la posibilidad de la posibilidad misma, dada, por supuesto, a lo posible.



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