[Memoria del mar]

mermaid 2 “Yes, there were mermaids… sweet little mermaids”- Duncan Sheik, Sad Stephen

La brisa traza el contorno de nuestras siluetas cuando su boca encuentra la mía. El beso caliente lacrando el silencio. La mira cerrada sobre mis ojos áridos. La luna abraza con su candor plateado como un velo de azogue y la arena caliente mantiene los pies ocupados en una danza ritualista al pie del mar. Mis ojos se pierden entre rostros borrosos y sombras que se hacen el amor al ritmo de una música de congas, y yo pido aire, silfos de vida por mis fosas nasales, un despertar de la sangre.

La mar ataviada en un traje de aire salino ruge con su voz inmortal mientras su lengua de espuma lame la cómplice playa. A sus pies, la mujer y yo devenimos el tiempo entre besos y abrazos, un responso al sinuoso espiral que se dibuja en los caracoles, en los remolinos, en las galaxias, como las sortijas abiertas que ella luce y cuyo metálico frío abre surcos de fuego en mi piel. Sus labios tajan vena adentro. Su boca en la mía conjura regresiones imprecisas a un dónde y a un cuándo en los que la vida encuentra su origen.

La vida. Sí.

Yo no espero milagros en mi existencia, porque los milagros no son otra cosa que la percepción desplazada de un hecho común que en nuestra vida insipiente y monocromática toma ribetes de fenómeno, pero entonces un miedo insidioso provoca que me hunda más en su carne, en su cuerpo que se amolda al mío y que yo arropo como si me aferrara a una boya en medio de un naufragio, y pienso que podría, por fin, salvarme.

A nuestro alrededor, la gente baila y se pierde en una amnesia colectiva, como si quisiera borrarle el rostro a Dios, como si quisiera castrarlo y arrojar sus testículos a la mar para que los convierta en espuma. Sudor y fricción. La noche quema como si fuera la última noche del mundo. Pero entonces ella y yo somos invisibles.

Su aroma levita en poemas. Sus movimientos telúricos de mujer tierra ondulan sobre mí, su gemido fino e infinito se adentra en el reino del para-siempre como la luz muerta y milenaria de las estrellas. Somos la discontinuidad en función de alargarse, desplazarse, prolongarse, al menos durante las horas que ella navega entre mis brazos. Somos dos barcas gemelas cruzando un mar oscuro y salvaje en la misma dirección, y que inevitablemente se encuentran en la decadencia de aquella ceremonia de olvido, el extático carnaval de las historias caribeñas. Un telar de estrellas nos acompaña durante el trayecto mientras la luna bruja ríe por haber imantado tantos destinos. Destinos que ahora son uno mismo.

¿Quién es quién para quitarle el calor a la sangre? ¿Quién es quién para silenciar el corazón? ¿Quién es quién para revertir los relojes? ¿Quién es quién para renunciar al instinto?

El momento es un elixir embriagante y nos basta. No existe el pasado y no existe el futuro. Es como...

¿Alguna vez has estado en alta mar en medio de la noche?

Es la misma sensación. Un punto en medio de una nada, donde la distancia hacia el punto de procedencia se nos aparece en congruencia al punto de llegada. Uno puede trazar una circunferencia perfecta y no tocar nada excepto agua y viento y cielo, si los ojos llegan suficientemente lejos. El firmamento te arropa, te traga, te humilla, te recuerda tu minucia, te dice cuán solo estás, pero en la soledad podemos escuchar la infinitud crecer.

Así es. Es así.

Bien pudiese pasar todo esto como una celebración de muertos, pero cuando la toco y la miro, siento extrañas infusiones de vida. Lo sé por la profundidad oscura de su mirada, por la manera que su cabello se cuela en mi boca, y por su tibia saliva que se diluye en la mía. Lo sé por el sexo caliente que se adhiere al mío. Mi vientre revuelve en leves espasmos que ella provoca con esa capacidad luminiscente de un sol, como una ola tropical, como un silbido vaporoso, provocando una sed que asfixia levemente, como si me tragara la arena y me sofocara con su granulación térmica, así, como si me hundiera, como si la luna y el sol celebraran un infernal novilunio y me fuesen calcinando poco a poco, poco a poco, hasta que me arrase la piel, abrasando el aliento— una conflagración en mis venas, una combustión que me hace sudar hasta desposeerme del aire por completo y dejarme ir como en una muerte, una muerte que viene, que viene y me lleva, me toma, me posee, me destruye, mientras evocamos la lava.

Tanto esperar por esta muerte...

Y ahora mi corazón vuelve a latir.

***

Al abrir los ojos, un desierto de desechos y una que otra figura que pasea al pie de la playa al momento que el sol rompe el horizonte. Mi aliento todavía sabe a ron de especias, pero me siento en plenitud. El cielo, la playa, los mangles, las palmeras, todo parece sincoparse en unicidad y norma. Sin esta calma, la tierra se hubiese hundido, pensé. Ella no está.

La mañana se amantequilla silentemente. Los perros vagabundos buscan por algo de desayuno en los botes de basura y alguno que otro trotador mañanero afila la orilla de la playa. El viento duerme y las nubes parecen estar pintadas sobre el firmamento mientras mi cabeza gira a destiempo entre breves pero acelerados recuentos de la noche anterior.

¿Quién era ella? ¿Qué veneno aliciente había depositado en mi boca? ¿Qué serpigo había tatuado en mi aliento?

Las palabras no son otra cosa que una danza de sombras con lo verdadero, con lo que aún humea por los escondrijos de mi cuerpo amasado en verbo.

Cierro mis ojos y reposo justamente bajo aquel parapeto de uvas de playa.

El secreto de morir está en no tenerle miedo a la muerte, pienso.

¿Qué podrían quitarme si la palabra miedo fuese desterrada de mi mente? ¿Quién podría matarme si la muerte para mí no existiera como el final de un acto, sino como el comienzo de otro?

—Despierta —escucho una voz decir.

—¡Sa-a-a-alllll! —dice otra voz, con cierta melodía en la entonación.

Mis párpados ceden a la luz y allí están ellos: Leo y Margarita.

—¿Qué hora es? —pregunto un tanto desorientado.

—Las seis de la mañana.

Me estrujo el rostro con las manos, como si pretendiera cambiarme el semblante.

—¿Y tu amiga? —pregunta Margarita.

—No seas imprudente —advierte Leo.

—¿Amiga? —digo, el sabor de su boca de alguna manera añejado en mi memoria.

—Vamos, que nos hiciste la noche a muchos voyeristas —dice Leo.

Yo aún siento su cuerpo como un vacío sobre mí.

Entonces, sucede lo inentrañable: la extraño.

—Mira, ¿estás en condiciones de conducir? —inquiere Leo.

—Claro.

—Pues mejor vete ahora, que el tráfico aún no endurece.

—Lo que endurece es signo de muerte.

—Pues anoche se te endureció bastante y no me parecías nada muerto —dice Margarita.

Ella y Leo rieron. Ambos son mis mejores amigos: inseparable trío desde nuestros días universitarios, cuando queríamos ser revolucionarios que revirtieran el orden imperante en el mundo. Entonces Leo era estudiante de leyes y Margarita estudiante de drama. Yo ambicionaba una carrera como escritor. Pero La Bestia –así llamábamos al Status Quo-, nos devoró. Ahora Leo era periodista policial de un diario regional, Margarita secretaria en un bufete de abogados, y yo revisor de manuales de instrucción para una farmacéutica. Pero los tres éramos gajos de una misma fruta podrido.

—¿Quién era ella? —curiosea Margarita.

—No sé.

—Vaya. Hombres. Bim, bam, thank you, ma’am.

Grand Slam, pienso...

—Bueno, entonces, ¿cómo se llamaba?

¿Cómo se llamaba?

Se llamaba viento, tierra, aire y agua. Se llamaba sol y se llamaba luna. Se llamaba de todas las cosas con que se nombra la vida.

Ante mi silencio, Margarita y Leo ayudan a que me incorpore. Sacuden la arena de mi ropa. Me comentan que me veo espectralmente bien. Dulcemente maltratado. Decido marcharme, con la promesa de encontrarme en la noche con mis dos amigos, que pertenecen al Thursday Club, el autodenominado club de aburridos que recién hemos constituido. Nos llamamos el Thursday Club porque ese es el imprescindible día de la semana en que nos reunimos para articular el curso de nuestros desorganizados destinos, y sentirnos menos solos.

Me despido de mis amigos. Ya ellos se irán a encargarse de sus propios asuntos.

Camino descalzo hasta mi vehículo. Es hora de volver al mundo, que aúlla en el horizonte, tras los palmares, con la insistencia dolorosa de las bocinas de los carros.

Antes de emprender la marcha, vuelvo a buscarla, pero no la encuentro.

Se me hace en la memoria: sus múltiples prendas como signos de un ritual. Su traje de algodón negro entallando su figura. Su cabello largo ondeando en el viento. Su piel blanca como la espuma del mar que la trajo. Sus pies descalzos enterrados en las doradas arenas, como si se enraizaran en ellas. Desde algún punto de la playa, Lola Downs canta a Jaime Sabines y retribuye la suavidad con que se esmalta el cielo:

Mi corazón me recuerda que he de llorar/ por el tiempo que se ha ido/ por el que se va”, dice un verso acompañado de guitarras bohemias.

Agua del tiempo que corre, muerte.

Mi recuerdo es un presente: mi corazón deambula por las riberas de un sueño. Camino la manera el cielo. Mis pies se entierran en el negro lienzo de esta noche sin estrellas. Brinco nubes. Salto vientos. La siento cerca de mi cuerpo. Siento su calor, sus formas, sus contornos perderse entre los míos. Siento su aliento cerca de mis labios. Su cabellera rojiza interrumpe en mi boca. Me sabe a madera mojada. Sus dedos remueven las hebras intrusas, imantadas a mi hambre, tal vez. Siento su mano acariciar mi rostro. Es una mano cálida y suave, una mano de la cual han de nacer muchos mundos, una mano desde donde se verterán las galaxias. La aproximación es inevitable. La colisión es certera. La rebelión de la sangre se ha alzado en gritos y pide de un beso. Nos fundimos lentamente en el crisol de la eternidad. El fuego vive. El fuego quema. El fuego aviva.

Y entre resaca y memoria, se me escapa una leve sonrio.

Leo y Margarita me escoltan en dirección de mi auto. Estás hecho un desastre y debes ir a trabajar, me dicen. Claro.

Arrastro los pies por la arena. Avanzo poco. Me pesa el mundo. Me torno hacia el mar.

En la distancia , una cola de pez plateada se levanta y rompe las olas.

¿O no?

[Foto: Michael Dweck]



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