Silly Love Songs

boombox Es ese día del año nuevamente. Parejas danzando en una caminata siamesa por los parques, cines y calles, vestidos iguales –generalmente de rojo y blanco-. Él, orgulloso, con el osito Teddy bajo la axila; ella, con ojos de alcoba, y el globo platinado que lee: “Te amo”. O su equivalente en inglés.

So kitsch. So Jeff Koons.

¡Ah, el amor es como lanzarse desde una montaña muy alta! La radio se inunda de melodías llamadas románticas, para todos los gustos, que de pronto es un solo gusto: un estado catatónico de melancolía al cual, como puros sado-masoquistas, nos entregamos con satisfacción.

Desde Korn hasta Julio Iglesias, desde rancheras al tango, desde música de banda hasta salsa romántica, y el campeón de todos los ritmos, el reggaeton seudo-romántico y desentonado, siempre hay un tema musical o banda sonora para metaforizar ese gran sentimiento abstracto. Sólo se requiere un amor, realizado o irrealizado, y bastante hígado (el poeta Edgardo Nieves Mieles dice que “el amor es una enfermedad del hígado”).

No falta la invitación a la “peña romántica”, la que siempre rechazo, pues, francamente, no me interesa que me pasen románticamente por ninguna peña. Tampoco falta la “bohemia romántica”, que es una frase para convocar a dos o tres para escuchar música corta-venas con la solemnidad de una Misa de Gallo.

En realidad la palabra “bohemia” alude a un grupo de personas o comunidad que se reúne para ensayar prácticas artísticas que generalmente no están aceptadas por la mayoría de la sociedad. O sea, una orgía puede ser una bohemia romántica.

Aquí comienzan los mitos, urbanos o no, acerca del amor. Que si te amaré toda la vida. ¿Cuánto piensa uno vivir? Que si no puedo vivir sin ti ¿Pero qué cosa más ridícula es esa? Que si mi corazón es un fuego ¿Hablamos de combustión espontánea? Que si pégame los cuernos pero no me dejes.

Y usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos, y por supuesto, la culpa siempre es de otro, no de uno, mientras Luis Miguel engorda la cuenta de banco.

Como marketing viral, el asunto va conflagrando y entonces vienen los temas de sentido inverso. Que si tú intentaras volver conmigo, te mataría y y, oh-oh: huelo crimen pasional. Que si serás para mí, oh, para mí. Digo, un tipo que diga una algo así, es un stalker en cualquier liga y eso puede poner al Romeo sin causa tras las rejas.

Que si bésame, bésame mucho, que tengo miedo de perderte, suena a un complejo de Peter Pan desviado. Que aunque te vayas por otro camino, sigues siendo mía, habla de una fijación obsesiva compulsiva. Que si esta tarde vi llover y vi dos aves besarse y pensé en ti, es una forma aberrada de bestialismo. Que si buscar la luz en el dolor de tu mirar, y no, no es el Marqués de Sade: es Armando Manzanero.

De pronto, las alusiones al amor conllevan experiencias religiosas, metafísicas, surrealistas –como esa canción de la banda irlandesa U2 (y, sí, U2 rules) que dice que “al mirarte, me siento como un pez en un gimnasio” [¿?]– absurdas y ridículas.

Some people fill the world with silly love songs, cantaba Sir Paul McCartney con Wings. So what’s wrong with that?

Oh, sí… nos gusta.



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