José María Lima: 1934-2009

Fue una tarde del verano pasado cuando el poeta hizo su entrada a mi oficina. Arrastraba los pies y fumaba. Venía acompañado de Margarita Rodríguez Freyre. La visita fue grata, la sorpresa fue grande. José María Lima me dijo que Sofía Irene Cardona y Carlos Alberty le habían hablado de mí y que le interesaba publicar un libro que Margarita le ayudaba a organizar.

Hablamos toda la tarde. Tomamos café. Me contó de su vida. Y yo, fascinado, pensaba que ante mí estaba un iluminado, un sabio, un verdadero palabrista.

Yo, extranjero en todas partes y ciudadano de la palabra, nunca merecí tanto poeta.

Fue una de muchas conversaciones que tuvimos por casi un año, durante el cual, entre sus recaídas en su condición de salud, montamos el libro que él quería. Un día de esos en que se decía en lucidez, Lima me dijo: “Éste es el primer libro que yo organizo”. Hacía cambios, eliminaba versos, añadía otros. Yo tan sólo lo escuchaba y lo miraba. Cuando revisaba, no necesitaba verificar el manuscrito. Se lo sabía de memoria.

Ante Lima, no había otro modo que la humildad.

En medio del proceso, mi madre fue diagnosticada con cáncer del seno. Ante mi tristeza, el poeta dijo: “Es una pena. Pero la muerte nos hace mejores”.

El poeta cambió de plano existencial ayer. Su libro en prensas lleva por título Poemas de la muerte, con los cuales pidió ser enterrado. Ahora, irremediablemente una obra póstuma, se nos adentra hecho palabras. La carne gravita. Se desvanece. El poeta se queda.

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Ahora digo ayer

aunque lastime.

Camino despacio

este tablado.

Reúno, resucito, respiro.

Escogidas palabras

a una señal,

acuden

a despertar desvelos

olvidados.

Me recuesto a dormir

en las fisuras

(es sabio;

no agrede la ventisca,

de este lado del muro

conozco el empedrado

y las alturas,

el residual espacio

las lagunas

las voces desteñidas

los molinos

los odres engañosos

las bacías vacías;

es tibio)

de reojo

la sorprendo restando

y disponiendo restos.

“Habla a solas”

murmuran los vecinos

yo sé que dialoga

sé a quién promete

aquel lugar oscuro

rodeado de antiguas

fantasías,

ahora pálidas,

pero no le respondo.

antes desconocía

sus mañas

me escurría

hasta sus predios,

mi alforja rebosante

de inocencias.

me parecía leer

en sus tapices

las horas con fortuna

de los días en acecho,

la calma

que encerraban

las borrascas

las fragantes fronteras

del dolor,

la alegría aferrada

a las desgracias.

en ocasiones

me tendió golosinas

mi moneda más limpia

se posó sabiamente.

cuando me dio

la espalda

adiviné fulgores

debajo de sus cuencas.

no tuve la osadía de sonreír

espero que lo sepa.

yo sé de carcajadas necias

con las que hizo

su agosto.

así aprendí sus tretas

más filosas.

ya no invado

su jardín de delicias

me bastan

los antiguos trofeos

secos y patinados

que penden

de mis muros.

 

(-de Testamento, en Poemas de la muerte).



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